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martes, 28 de octubre de 2025

MEREQUETENGUE

 


  Merequetengue suena meloso, dulce y rico al oído. Gustoso y suave al paladar. Parece algo sabroso donde hincar el diente resulte una delicia pero en realidad se trata de un vocablo perteneciente al habla popular de México, todavía no aceptado por la Real Academia de la Lengua mexicana. Mi amiga y doblemente tocaya, la utiliza constantemente cuando chateamos, siempre con la acepción de situación confusa y complicada, desordena y enredo de difícil solución. Algo así sucede en el relato que os presento a continuación.




  Aspiré una dosis de SALBUTAMOL. De inmediato sentí el reconfortante cosquilleo del polvo inhalador, abriéndose paso hasta los saturados pulmones. Aguanté la respiración, contando mentalmente hasta trece. Luego exhalé despacio el aire. Aguardé unos minutos observando la calle desierta a través de la ventana. Repetí la misma secuencia con el inhalador. Titubeé escasos segundos ante la cajetilla de MARLBORO. Decidí encender un cigarrillo, prometiéndome que sería el último. Tras la primera calada sobrevino la tos áspera y asfixiante. Abandoné el cigarrillo en el cenicero abarrotado de colillas. Me asomé a la ventana, tomando aire a bocanadas. La tos fue remitiendo lentamente. Tomé de nuevo el cigarrillo con dedos trémulos y amarillentos, consumiéndolo con frenesí.

  - ¡Qué delicia el aroma del tabaco! - pronuncié en voz alta saboreándolo.

  Repentinamente, acudieron a  mi memoria las palabras del cardiólogo tras el tercer infarto. "El tabaco le está matando, señor Retana". Cavilé detenidamente en el aciago mensaje. Tal vez el matasanos estuviera en lo cierto. Tanta martingala con que el tabaco era dañino para la salud, se fue adentrando en las mentes de la población como si fuera un mantra y   progresivamente se abandonaba la noble costumbre de disfrutar del cigarro con abnegada obstinación. Los fumadores descendían  en número considerable cada día. Pese a ello, las muertes producidas por el temido cáncer de pulmón en pacientes no fumadores, continuaban siendo alarmantes.

  A nivel particular, el tabaco me proporcionaba un placer indiscutible, más cuando me lo prohibieron después de sufrir el primer infarto. Desde aquel primer revés de salud, habían pasado ya quince años. No encuentro mayor deleite  que desoír los consejos de los de la bata blanca. Pese a sus erróneos vaticinios, aquí continuaba yo, Fernando Retana, desafiando a los medicuchos, que con sus pobres teorías, intentaban retarme en cada consulta. Soy consumidor habitual de tabaco rubio. Dos cajetillas diarias de MARLBORO. Me vanagloriaba haciendo un corte de mangas imaginario al charlatán del cardiólogo cada vez que prendía un cigarrillo. Me considero un superviviente con hipertensión, colesterol, glucosa, además de estrés, debido a los quebraderos de cabeza que me dan los trabajadores de la empresa, las reuniones, los viajes, a punto de cumplir cincuenta y cinco,  cargando ciento cuarenta y dos kilos, ganados a pulso y con ayuda de opíparas comilonas, vida sedentaria y arrastrando la frenética y desenfrenada existencia de cualquier individuo en la actualidad. Me niego en redondo a abandonar el hábito del tabaco. "No hay infarto traicionero que tumbe a Fernando Retana", desafiaba entre carcajadas con los amigos. 

  Apuré el cigarrillo hasta el filtro, aplastando después la colilla en el cenicero. Con rapidez reconté los restos de colillas. Veinte habían caído a lo largo de la tarde. Hice un mohín regañándome: "Valor, Retana. Te falta valor para dejarlo". Con efecto mecánico saltó al pensamiento el auto convencimiento: "Pero, ¿por qué voy a dejar el único vicio que tengo?"

  Escuché con clara nitidez el latido vigoroso con que marchaba el reloj de pared. Se asemejaba al paso marcial de un desfile militar. Todavía faltaban treinta minutos para la reunión con otros empresarios del gremio, tiempo suficiente para echar una ojeada rápida al periódico. Comencé por los deportes, mascullando entre dientes el empate del último partido del Alavés, debido a la mala gestión del árbitro. En primer lugar tarjeta roja directa por una entrada violenta a Gómez del equipo visitante, que solo vio García Verdura, el árbitro. Ocurrió en el minuto quince de la primera parte. Pese a ello, el equipo se rehízo, consiguiendo adelantarse en la segunda parte. Nuevamente, la mano letal del árbitro, actuó en contra nuestra. Se sacó un penalti de la manga a los dos minutos de marcar el segundo gol, que tuvo lugar en el minuto sesenta y ocho. Leí los titulares del resto de las noticias, deteniéndome en las que me resultaron más interesantes. Resolví los crucigramas y como cada día, finalicé con las necrológicas.

  - ¡Coño! - ahogué una exclamación que no pasó de ser un suave murmullo.

  En el centro de la página aparecía lo que en principio supuse sería una macabra coincidencia. La enorme esquela de un tocayo al cubo, me heló la sangre. Coincidían el nombre y los dos apellidos, además de la edad. Don Fernando Retana Díaz de Ocio. La familia del finado no había escatimado en gastos. Tremenda visión. Con el corazón saliéndoseme por la boca, continué leyendo. Comprendí que se trataba de una errata del destino. Los nombres de la esposa, madre, hijos, hermanos, hermanos políticos e incluso sobrinos de mi tocayo coincidían  en su totalidad con los de mi familia. No daba crédito. La fotografía del tipo... ¡Era la mía!  ¿A quién se le ocurrió tan pérfida broma macabra? Leí la fecha con espanto. 6 de mayo de 2025. ¡Acababa de leer mi propia esquela! ¿Quién tuvo el pésimo gusto de hacerla pública sin mi consentimiento? Me pellizqué. Me dolió. Señal inequívoca de que estaba vivo.

  - ¡Estoy vivo! - grité al silencio con todos mis fuerzas.

  Habían publicado otras dos esquelas más pequeñas, una de los trabajadores de la empresa y otra de la cuadrilla.

  - Seguro que ha sido idea de Pineda que trabaja en el Correo - maldecí -. Para qué cojones quiero enemigos si ya estás tú en mi vida, pedazo de cabrón. ¡Me cago en tu estampa! Falso amigo de mierda. Cuando te coja te voy a hacer picadillo - despotriqué en voz alta.

  Me incorporé del sillón con dificultad. Abandoné el despacho cerrando la puerta con estrépito. Avancé por el corredor en penumbra. "¿Dónde coño se han metido los de la reunión?", vociferé poseído de un temor irracional. Desde el fondo me llegó nítida la voz serena de Alma, mi fiel secretaría. Mis pasos me resultaron pesados, incómodos. Las piernas no respondían al estímulo del movimiento. Experimenté la sensación de un nuevo infarto. Un mal presentimiento anidaba con fuerza en mi interior.

  - Una pérdida irreparable... - la voz entrecortada por el llanto de Alma me conmovió.

  Rocé ligeramente el brazo de la mujer, soltando el diario sobre la mesa. Me sequé el sudor de la frente con la manga de la americana. Sentí que me traspiraban hasta los huesos. Me esforcé por hablar, pese a que me faltaba el aire. Aflojé el nudo de la corbata. Parecía un pez castigado fuera del agua.

  - Alma - supliqué sin que se percatara de mi agónica presencia -. Por favor, chata. ¡Ayúdame! Dime que esto es una broma de muy mal gusto. Dime que todo ha sido idea del mamonazo de Pineda.

  Apenas se giró aparentando no verme. Sonreí sin ganas. Continuó la charla.

  - He escuchado un portazo - dijo después de unos instantes de silencio -. Debe haber alguna ventana abierta en algún despacho... Como te decía nos ha pillado por sorpresa. La verdad es que no se cuidaba mucho pero, quién iba a pensar... Se quedó como un pajarito... La pobre Chabel está pasada... ¡Imagínate! Que no se despertaba de la cabezadita que se echaba todos los días después de comer, unos diez minutos, no más... Y se lo encontró casi frío... ¡Menudo trago!

  Alma jugueteaba nerviosa con un bolígrafo. Llorosa, tristona.

  - ¿Qué voy a hacer sin él? - suspiró desalentada -. He venido para recoger sus cosas. Chabel se ve incapaz y no he podido negarme... Chica, tengo un vacío por dentro que me seca las entrañas... Han sido más de veinte años junto a él... Más, mucho más que si fuera de la familia... Tan buena persona, atento y educado...

  - Alma, rica, deja la charleta para otro momento que lo mío es urgente - rogué sorprendido de lo escuchado -. Por lo que más quieras bonita. ¡Te necesito!

  - Mañana, después de la cremación volveré otro rato. Quedan muchos asuntos en suspenso... Mucho trabajo pendiente... Chabel desea que actúe como testigo cuando abran la caja fuerte. Allí se encuentra el testamento.

  - Alma, te lo pido de rodillas. Solicita una ambulancia. Me encuentro fatal.

  - Bueno, te dejo. Nos vemos mañana en el cementerio - colgó el auricular.

  Tuve la impresión de que  no era consciente de mi presencia y de que mis súplicas no fueron escuchadas. Descolgué el teléfono e intenté realizar la llamada pero mis dedos se negaron a moverse.

  - Alma - mascullé jadeando sin poder alzar la voz. Mi secretaria me obsequió con una vaga mirada, sin reparar en mí. Ni siquiera me sonrió. Sintiéndome a cada segundo más débil, fui pasando una a una las hojas del diario hasta llegar a las necrológicas. Una vez más comprobé la fecha. Coincidía con la de mi smartphone y con la del calendario de mesa. Releí las tres esquelas. Continuaba resultándome difícil de creer pero presagiándose fatalmente real. Todo apuntaba en una misma dirección: ¡Estaba muerto! Aunque en realidad solo me sentía un poco cansado.

 -  Alma, corazón - deseé con todas mis fuerzas estar inmerso en una terrible pesadilla -, si se trata de un aumento, estoy dispuesto a escuchar cualquier propuesta por descabellada que parezca. Te daré lo que me pidas. Como si es un sueldo vitalicio y no volver a pisar la oficina... Lo que desees, reina mora. Sabes que el dinero no es problema. Siempre te he respetado. Tal vez esperabas alguna propuesta deshonesta a lo largo de estos años. O tal vez estés molesta por las miraditas de reojo que de vez en cuando se me escapaban a tus esculturales piernas o al escote. ¿Es eso, Alma? Es tan difícil en estos tiempos saber qué podemos hacer, mirar o decir los hombres... Las mujeres ahora sois intocables. Chica, no sé qué pensar. Pero, ¿qué quieres que te diga? Uno no es de piedra. Mira cielo, solo por aclarar algunas cosas, te confieso que jamás fueron miradas lascivas. Al fin y al cabo, en algo hermoso se tienen que posar los ojos cansados de este cincuentón, que dicho sea de paso, no ha engañado a Chabel ni con el pensamiento. Anda bonita, no me hagas perder la poca paciencia que me queda y llama a la puta ambulancia de una jodida vez.

  Durante la perorata, Alma se afanó impasible ante la pantalla del ordenador con los ojos enrojecidos y pálida como nunca antes la había visto, pese al maquillaje. ¿A qué se debía el enrojecimiento? ¿Al esfuerzo de mantener la vista fija en un punto o a la pérdida irreparable de...? No me digas más, chata... ¡Es por mi fallecimiento! Pero, ¿sobre qué tonterías estoy divagando? Estoy vivo, aquí, en mi empresa que con tanto sudor y esfuerzo he levantado. Aunque por alguna razón que no llego a comprender, todos se han confabulado para gastarme una broma pesada. Seguro que ha sido idea de Chabel. No me cuido lo suficiente y ha decidido darme un escarmiento.

  - Alma, cielo, ayuda a tu jefe. Siempre me he mostrado comprensivo y sabré recompensarte. Por todos los años de amistad incondicional.  Si no estoy enfadado, mujer. Seguro que mañana nos reímos todos pero ahora debes reconocer que la bromita no tiene ni pizca de gracia.

  Alma suspiró melancólica y se sonó la nariz. Cerró el programa. Encendió un cigarrillo y descolgó el teléfono.

  - ¡Ya era hora, chata! - exclamé sintiéndome repentinamente reconfortado y relajado. Atónito comprobé que marcaba el número de mi casa -. La ambulancia, Alma. Primero la ambulancia.

  - Buenas tardes, Chabel. ¿Cómo te encuentras? Comprendo... Si, ahora mismo salgo... No, he estado sola toda la tarde... Algunos clientes y proveedores han telefoneado... Mujer, ¡qué cosas tienes! No me debes nada. Es lo mínimo que puedo hacer. Yo también quería mucho a Fernando... Prefiero mantener la mente ocupada en otros asuntos... Va a ser muy difícil a partir de ahora... El trabajo ahuyenta los pensamientos y disipa las penas, ya me entiendes... ¿Y los chicos?... Claro, claro, estaban muy unidos al padre... Sabes que estoy para lo que necesites... Lo comprendo... Doña Teresa es muy sensible. A su edad es muy difícil asumir la perdida de un hijo... No mujer, ninguna molestia. Me quedo encantada... Es mejor así...  Es su niño... Fíjate, que siento su presencia, es una sensación extraña, Chabel. Como si continuara a mi lado, dándome órdenes. Con esa manera tan suya de mandar que parecía pedir permiso. Todo lo pedía por favor y con una educación... Incluso huelo su perfume de Loewe. Siento sus pisadas... Siempre tan comprensivo con todos... Te lo digo con el corazón en la mano, Chabel, cariño, que me parece tenerlo delante...

  - Te noto muy graciosilla, Alma. ¡Estoy aquí! Llevo un buen rato rogándote que llames a una ambulancia. ¿No ves que estoy desesperado? ¡Me va a dar algo!

  - No hay más remedio... Muy duro... Todos nos tenemos que hacer a la idea de que no lo volveremos a ver... Descuida, Chabel, cielo. En quince minutos estoy ahí... No, no me he traído el coche... No me ha parecido buena idea... No paro de llorar... Tengo una congoja, no me siento con fuerzas para conducir... Desde mis comienzos en la empresa me cogía en la esquina de casa y a la vuelta, ya sabes, nos tomábamos una cervecita... Hoy me he parado en la calle, ya ves, como una tonta pero luego he tomado un taxi. ¡No, mujer! - ahogó un sollozo e hizo un pucherete antes de cortar la comunicación.

  Marcó el número de Radio Taxi mientras sollozaba con desesperación y rabia, como si fuera una chiquilla a la que le hubieran arrebatado su muñeco preferido. Intenté consolarla, acariciándole el cabello sedoso con una mano amarillenta y entumecida. Se estremeció observándome de frente.

  - No llores, tontina. Estoy aquí, al pie del cañón, como siempre. Anda, no llores, que se me parte el corazón viéndote tan tristona. Que no me voy a morir tan rápido - me resultaba curioso que después de tantos años, trabajando codo con codo, alternando, almorzando juntos por trabajo y por placer, compartiendo la vida como con la familia, jamás nos hubiéramos permitido pequeñas licencias, ningún amago de contacto físico, más allá de las muestras cariñosas que se tienen con la familia, besos por cumpleaños y Navidad. Después de dar la dirección, utilizó un nuevo clínex, conectó las alarmas y apagó las luces.

  Sorprendido escuché las pisadas de Alma. Los tacones retumbaron en la tarima del pasillo con decisión hasta extinguirse por completo. Precipitado intenté buscar otro juego de llaves, suponiendo que me sería complicado abandonar la zona de directivos de mi propia empresa. Sin éxito, intenté forzar la cerradura. Encontré un destornillador. Nunca se me dio bien el bricolaje. "¡Qué manazas eres, Fernando!", me recriminé golpeándome la cabeza con los nudillos. Descubrí una horquilla para el cabello sobre una de las mesas. En las películas resultaba un método infalible. Introducían la horquilla, convirtiéndola en un alambre alargado, en el interior de la cerradura y con un leve chasquido cualquier pringado abría hasta sofisticadas cajas de seguridad. A mi me resultó imposible. Exhausto y malhumorado me recosté en la puerta e inmediatamente me encontré en el otro lado, es decir, en el pasillo que conducía a los ascensores. Estos únicamente funcionaban con tarjeta electrónica, aunque por alguna razón injustificada no funcionó al acercarla a la luz. "Segundo inconveniente", me dije desesperado. Apoyé las manos en las puertas e inmediatamente me teletransporte al piso inferior. Descendí en un santiamén los ocho pisos que me separaban de la calle. "¿A qué ha sido debida semejante celeridad?", me pregunté incrédulo una vez más. "Es cosa de brujería o más bien... ¡Dios santo! ¡Me he convertido en un fantasma! Esto solo puede significar que estoy... ¡Muerto! ¿Estoy muerto en realidad? ¡Voy a volverme loco! "Imposible, Fernando. Los muertos no pueden volverse locos". Al admitir mi nueva condición de cadaver, me recorrió un escalofrío interior. Me palpé el rostro, comprobando que estaba frío como el hielo. Lo que no me cabía en la cabeza era que si estaba muerto, cómo podía ser consciente de mi nueva naturaleza. "¡Qué ingenuo eres, Fernando! Seguro que esto mismo les ocurre a todos los muertos. ¡Cómo voy a saberlo si nunca he estado muerto!". Me quedé más helado de lo que nadie pudiera imaginar.

  "Estás tieso, chico. Seco. Fiambre. Frito", pensé un tanto desanimado. "Se supone que he pasado a mejor vida, pero ¿por qué no me encuentro satisfecho, tranquilo o descansado?"

  Caminé ligeramente encorvado, sin tomar precauciones ante el intenso tráfico. No era momento de tomarlas. Nadie se muere dos veces seguidas. Recalé en casa al mismo tiempo que Gorka, el novio de Garazi, mi hija mayor. El tío me caía gordo. Veinticuatro años, desaliñado, greñudo, tatuado por todas las partes visibles del cuerpo. Sin más oficio que el de tocar el bajo en un grupo de rock. Había cambiado la ingeniería por la música en el último año de carrera. Parecía vivir en la inopia. Ascendimos juntos en el ascensor pero como es natural, no reparó en mi presencia. A mala baba le clave el codo en las costillas. Se ladeó un poco mirando boquiabierto en mi dirección.

  - Flojo, que eres un flojo - le grité en el oído -. No sé que ha visto mi hija en un tiparraco como tú.

  Circundó con sus enormes ojos el interior del ascensor. Me regocijé al comprobar el temor que sentía.

- ¡Cobarde! ¡Gallina! ¡Mindungui! - exclamé exaltado situándome tras él. Se  mostraba nervioso e intranquilo.

  Garazi acudió a recibirnos. Llorosa y pálida se acurrucó en los  brazos del músico. Intenté separarlos interponiéndome entre ambos pero el roquero hizo palanca y a pesar de ser un tirillas, me fue imposible deshacer el nudo. Cabía la posibilidad de que una vez convertido en fantasma, se hubieran mermado mis fuerzas. Se besaron con fricción, hasta el punto de que el chicle que mascaba el cantamañanas, pasó a la boca de Garazi.

  - ¡Qué asco, hija! - murmuré dejándolos por imposible.

  Enfilé el pasillo persiguiendo la voz de Chabel que llegaba de la sala de los chicos. Por el rabillo del ojo comprobé que la feliz pareja me pisaba los talones. Mi madre y Chabel sostenían una conversación trivial sobre plantas.

  - ¡Gorka, tesoro! - mi mujer abrazó con cariño al recién llegado. El chico respondió de la misma forma. Seguidamente se dirigió a mi madre, a la que también besó y abrazó. Alma y mis otros dos retoños, se unieron al grupo y también recibieron besos y abrazos.

  Observé con desaliento que Chabel presentaba un tono cetrino en la tez. Apenas se había maquillado. Pese a todo mantenía la sonrisa acariciadora, igual que el día en que nos conocimos. No pude contenerme y le besé en los labios. Debido a mi atrevimiento, dejo escapar un alarido. Todos le observaron en silencio.

  - ¡Hija! - exclamó mi madre alarmada -. ¿Qué te pasa?

  - ¿Estás bien, mamá? - Garazi se precipitó en su auxilio.

  - He notado algo helado que me ha rozado los labios - se los frotó con fuerza con el dorso de la mano.

  Mi hija la abrazó.

  - Ven, mamá. Siéntate. Está siendo un día muy difícil y todos estamos nerviosos - propuso Irati, mi hija pequeña.

  - Ha sido como cuando papá... - suspiró ante el recuerdo -. Fernando era tan cariñoso. Cada mañana al levantarse, al salir de casa, al regreso... Le voy a echar tanto de menos... Ha sido como si hubiera vuelto para besarme otra vez.

  - No, Chabel querida. No he vuelto, todavía pululo por aquí.

  - Por Dios, Chabel - exclamó mi madre molesta -. No pienses siquiera en ello.

  - Si no os marcháis ya, se os hará tarde - creí haber hablado yo, sin embargo fue Alma quien cambió de conversación. Siempre calibraba todo en función del tiempo, como buena secretaría -. Asistirán muchos conocidos y amigos y está mal que no os encuentren allí.

  Obedecieron como si se tratara de la orden de un general. Lancé una mirada cariñosa a mi madre y me despedí de Alma con un beso al aire. Encendió la televisión. Seguí a la familia cerrando la comitiva, sin comprender qué me proponía al caminar junto a ellos. Ni siquiera me paré a pensarlo. ¿Estaba preparado para asistir a mi propio velatorio?

  En el coche de Gorka marcharon Garazi y Chabel, mientras que en mi MERCEDES iba Irati con Aratz al volante. Mi hijo condujo como nunca. Seguro. Sereno. Confiado. Acababa de cumplir los dieciocho y hacía poco más de diez días que tenía el carnet de conducir. Llevaba un par de días dándome la vara a todas horas para que le prestará el MERCEDES. Por descontado, me negué rotundamente. El vehículo todavía no tenía un año de rodaje y mi hijo acababa de estrenar la mayoría de edad. De sobra sabemos los padres para qué quiere un chaval de esa edad conducir un cochazo. "Ni hablar", le dije. Aratz, además de novato se me antojaba bastante inconsciente. No era la suya edad de ser muy responsable. Desde temprana edad le gustaron los coches y ya ponía cara de velocidad con dos o tres añitos en los carruseles de la feria. Con un viejo CITRÖEN, que también utilizó Garazi hasta coger soltura al volante, dio los primeros pasos en la conducción. No sería mal conductor con el correr de los años pero todavía se comportaba con arrogancia, cometía numerosas infracciones y pecaba de imprudente.

  Le observé con detenimiento. Mantenía la vista fija en el firme, sin cometer errores y con la certeza absoluta de que el "Merceditas", como apodábamos cariñosamente en casa al cochazo, pasaría a ser de su propiedad desde el mismo momento de mi... vamos a llamarlo ausencia que la otra palabra es muy fuerte para que salga de mi boca.

  - ¡Jodido chaval! - sonreí orgulloso.

  Estacionó como lo hacen en las películas, casi sin maniobras. Con extrema delicadeza. Sujetando a la hermana por los hombros, se unieron al numeroso grupo de familiares y amigos. Una vez más cerré el cortejo.

  - Está guapísimo. Parece un feliz durmiente - escuché la voz engolada de mi cuñada Asun, la esposa de mi hermano Ernesto.

  - ¿No ha venido Alma con vosotros? - se interesó Luis.

  - Se ha quedado en casa acompañando a la abuela - respondió Irati.

  - ¡Pobre mamá! ¿Cómo se encuentra?

  - Muy entera. Nos está dando una lección pero a su edad es mejor evitarle estos malos ratos - Garazi parecía más tranquila. El roquero le sujetaba la mano y "mira, parece que este sirve para algo después de todo", pensé sorprendido. 

  Me adelanté al grupo hasta alcanzar la urna acristalada donde descansaba mi cuerpo en el ataúd abierto. Traté de despedirme de mi mismo. Mi pulso tembló al recoger un recordatorio. El montoncito resbaló y cayeron todos en cascada. Gorka los recogió. Volvía a mascar chicle.

  No le faltaba razón a Asun. El semblante sereno. Bien maquillado, sin resultar excesivo. Afeitado. Con el traje gris marengo y la camisa de seda malva. La última corbata que me regalaron los chicos por el día del padre. Seda natural en gris con topitos malvas. Les costaría un riñón. Permanecía con las manos cruzadas sobre el estómago. Los zapatos negros lustrosos. Me extrañó que no se despertara en mi ninguna emoción al verme muerto. ¡Qué mal sonaba la palabra! ¡Muerto!

  Callaron de pronto. Se movieron. Cesaron los murmullos. Mi buen amigo Pablo desde los tiempos de colegio, entró en la sala. Estrechó algunas manos, besó a mis hijos y abrazó a Chabel con excesiva fogosidad, para mi gusto.

  - Buenas tardes a todos - cargó las palabras con esa plácida calma que muestran los curas en algunas ocasiones. No en vano, se ordenó sacerdote iba ya para... ¿Cuántos eran? ¿Treinta años?

  - Nos hemos reunido para despedir a nuestro esposo, padre, hermano, compañero y amigo. En nombre de doña Teresa, Chabel, Garazi, Aratz e Irati, agradezco vuestra compañía y solidaridad. Mis hijas sollozaron entrelazando fuertemente sus manos. Aratz abrazó a su madre, que no soltó una lágrima y Gorka se pegó como las lapas a su novia. Los minutos de silencio siguientes, invitaron al recogimiento. Todos pusieron caras de aflicción.

 - Misterios Dolorosos. Revivimos la muerte de Jesús poniéndose al pie de la Cruz junto a María... La oración en el Huerto. Adelantándose un poco, cayó rostro en tierra suplicando... - comenzó Pablo después de escasos minutos.

  Salí al exterior. Nunca estuve cercano a la iglesia. Traté de evitar estos molestos momentos en la medida que pude. Repentinamente noté que no me encontraba a gusto entre los míos. Sin ningún motivo no comprendí la actitud de Pablo.

  Fuera se notaba frescura y llovía menudo. Regresé al reluciente y encerado vestíbulo. De cuando en cuando me asomaba a la sala. Tras la celosía, mi cuerpo inerte aguantaba el responso.

  - Padre Nuestro que estás en el cielo... - la voz de Pablo me llegaba rotunda.

  Paseé por el amplio vestíbulo palpándome los bolsillos en busca del paquete de MARLBORO. Leí algunas esquelas, más que nada por saber quiénes serían mis compañeros de viaje. Siempre fui un tipo sociable. Escuché sollozos, llantos desgarradores, berrinches, chistes, carcajadas. En fin, nada fuera de lo normal en un tanatorio.

 Por fin encontré un paquete arrugado en una papelera con un cigarrillo aplastado de una marca desconocida. Fuera soplaba un aire fresco y desagradable. Prendí el cigarrillo en un lugar apartado. Saboreé la delicia prohibida. Ya no podía dañarme, así que fumé algunas colillas que recogí del suelo, sin que la tos me rompiese los dañados pulmones. Se produjo el milagro ¡sin el SALBUTAMOL!

  El humo y la nicotina recorrieron el camino con frescura, abriéndose paso por los bronquios. "A mis anchas a partir de ahora", me dije. Sin las miradas recriminatorias de Chabel o de mi madre. Regresé a la sala donde se rogaba por el eterno descanso de mi alma, todavía paladeando el pitillo encendido sujeto entre los labios. Le dediqué un corte de magas a Chabel pero al momento, me arrepentí. Se acurrucaba entre los tres hijos, muy entera. Mecía suavemente el cuerpo de Irati, incapaz de vencer la pena por perder al padre. ¡Mi pequeña ratita, tan frágil!

  - …Y bendito es el fruto de tu vientre... Jesús agonizando en el jardín de Getsemaní - Pablo continuaba con la perorata.

  Regresé al corredor. En la sala contigua un chaval contaba chistes de muertos con mucha gracia ante un grupo numeroso de asistentes.  Me uní a ellos. 

  - De una tumba sale una voz que pregunta: ¿Cuándo te ve el traumatólogo? Desde el interior de otra tumba otra voz responde: Dentro de cuatro meses pero no sé si ir, ya no me duele. El primero, dice: Vete, se van a cagar del susto - los presentes rieron a carcajadas.

  Desde mi posición contemplé al difunto, que esperaba inerte el desenlace.  El tipo estaba más solo que la una.

  - Chico, muévete de ahí. Participa de los últimos momentos con los tuyos. Fuera hay un chico que cuenta unos chistes para morirse de risa - le insté plantándome ante él.

  - Me da pereza levantarme - respondió con acento cansino y soñoliento -. Tengo buena disculpa: estoy muerto y se está tan bien aquí tumbadito.

  - Tú te lo pierdes, macho.

  Regresé a mi cubículo pasados veinte minutos.

  - … Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres... - menudo rollo se gastaba el curita de marras. 

 Con la esperanza de que finalizase pronto, me obligué a permanecer tumbado en el ataúd, anhelando sentirme tan cómodo y relajado como el vecino.

 - …Concédenos gozar de constante salud de alma y cuerpo y por los ruegos de la Virgen María, líbranos de las penas de esta vida y haz que alcancemos la alegría sin fin. Por Cristo Nuestro Señor...

 - Amén - respondieron los presentes con fingido fervor y aburrimiento en los semblantes. Sorprendí a más de uno bostezando.

  - …Creo en un solo Dios... - prosiguió Pablo incansable, sin que ninguno de los presentes cambiara de postura.

  Paseé la mirada inquisitiva en derredor. En un rincón había una mesita auxiliar cubierta con mantel blanco y varias bandejas de pastas. Me incorporé con dificultad del estrecho ataúd. Dirigí los pasos hacia la manduca. Escogí seis de chocolate y envolviéndolas en una servilleta, salí al pasillo para comérmelas tranquilamente.

- …Creo en el Espíritu Santo... - martirizaba de nuevo Pablo.

  - Pero mira que eres brasas, tío - le recriminé con la boca llena, mientras una nube de azúcar glas se precipitó desde el interior de mi boca hasta su calva brillante. Sin percibir mi atrevimiento, recitó la Salve.

  Recordé con agrado que fue una de las primeras oraciones que me enseñó mi madre.

  - ...A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas... - me reconfortó recordarla a pesar de que habían pasado muchos años. Rebusqué en la memoria las oraciones que junto a mis hermanos, rezábamos al acostarnos, cuando mamá venía a arroparnos y darnos el beso de buenas noches. Éramos tan pequeños.

  - Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que la acompañan: Lucas y Marcos, Juan y Mateo y a Nuestro Señor que le llevan en medio - murmuré con lágrimas en los ojos. 

  Por primera vez desde mi muerte, fui consciente de que no volvería a ver a los míos. Me sobrevino un ahogo al recordar las palabras que con frecuencia decía mi madre. "Una madre no debería ver jamás morir a un hijo". 

  - Mamá, mamita querida - el llanto me quebró la voz. Sollocé por su inconmensurable sufrimiento y por la impotencia que sufriría por mi pérdida.

  -Te rogamos Señor por nuestro hermano Fernando que nos ha dejado para ir a tu encuentro - escuchar a Pablo pronunciar mi nombre, me devolvió a la realidad -. Que premies su trabajo, sacrificio y buenas obras... Te rogamos Señor - parecía no tener prisa -...Cuando llegue nuestra hora y caminemos hasta la casa del Padre, te suplicamos podamos reunirnos con nuestro hermano Fernando.

 - Te lo pedimos Señor - aclamaron los presentes.

  Pablo continuó con otro Padre Nuestro y por fin finalizó con una oración corta que coreé al unísono de los asistentes.

  - Escucha nuestras oraciones y concede a nuestro hermano Fernando gozar de la luz eterna, por Jesucristo Nuestro Señor.

  - Amén - musitaron  los tediosos congregados entre suspiros.

 Lentamente abandonaron el recinto pero en la entrada principal formaron varios corrillos, como si sintieran lástima por abandonarme en la soledad, rodeado del silencio penetrante del tanatorio. 

  Pablo rodeó los hombros de Chabel y con una sonrisa beatifica, consoló a mi esposa con susurros.

  Me quedé solo, aturdido y sorprendido por la reacción de ambos. 

  Un empleado apagó las luces y cerró con llave, como evitando que algún intruso perturbase mi descanso eterno. ¡Eterno! Que palabra tan carente de sentido a partir de ahora.

  En julio cumpliríamos veinticinco años juntos. ¿O eran veintiséis cuando le juré amor eterno? La memoria me falla. Pablo nos unió en matrimonio hasta que la muerte nos separase. La maldita muerte nos había separado. Sentí deseos de correr tras ellos. De borrar los últimos acontecimientos sucedidos. Ojala todas las vivencias de hoy no fueran más que una terrible pesadilla. Sin embargo, un impulso desconocido, me obligaba a permanecer junto a mi cuerpo físico.

  Escuché la voz de Aratz, que se convirtió en hombre en unas pocas horas. Presumía ante la familia de conducir el MERCEDES y se ofrecía con gusto a acercar a cuantos quisieran a sus casas.

  - Ten mucho cuidado, hijo - le aconsejé despidiéndome de él.

  Garazi e Irati se adelantaron con Gorka, mientras Chabel y Pablo quedaron rezagados en el vestíbulo hablando en cuchicheos. Me hubiera gustado abrazar a mis hijas por última vez pero recordando la reacción de mi mujer en casa, no me atreví delante de la familia y los amigos. Retrocedí hasta la sala donde quedó mi cuerpo tieso y pálido. Una fuerza interior me invitaba a pasar la noche conmigo mismo, velando mi sueño eterno, recordando la famosa novela de Raymond Chandler, que en tantas ocasiones releí, así como otras del género. La lectura de novela negra fue una de mis grandes pasiones. Estupenda manera de pasar una noche en vela. He de confesar que sentía pánico a dormitar por si no despertaba.

  - ¡Joder, Fernando! ¡Qué cosas se te ocurren! - me sonreí con tristeza -. ¡Qué estás muerto, tío! Métetelo en la cabezota de una vez: ¡MUERTO!

  La noche transcurrió en un suspiro. Al amanecer comenzó el trasiego de nuevo. Nuevos inquilinos llegaron y otras lágrimas recorrieron los pasillos. Representaba una sensación nueva jamás vivida. Aun sin estar muy convencido de mi comparecencia real en el interior del ataúd, notaba otras presencias. Enseguida llegó mi familia. Alma, mi madre querida, algunos vecinos y comerciantes del barrio, trabajadores y proveedores de la empresa, compañeros y amigos de mis hijos, los padres de Gorka, Chabel ojerosa y macilenta. Pablo retomó la palabra, rezando unas oraciones cortas mientras los funcionarios sellaban el ataúd y trasladaban mi cuerpo al incinerador. Súbitamente, me horroricé ante la idea de ser quemado. ¿Me dolería? ¿Me ahogaría con el tufo del humo? Me dejé caer del cuerpo físico, resbalándome de él y atravesando la sólida madera del trasportín mortuorio. Mi alma rozó la baldosa fría. Un escalofrío interior recorrió mi nuevo ser etéreo. A pesar de tener plena conciencia de mi nuevo estado, tenía la clara sensación de notarme vivo. Difícil de explicar. Anduve pululando de grupo en grupo. Recogí los suspiros de las cuñadas, las oraciones de mi madre, las lágrimas de mis hijas, la mirada perdida de Aratz. Al término del acto escuché comentarios de todo tipo.

  - El negocio marcha de maravilla - puntualizó mi cuñado Marcos.

 - ¡Cómo para no marchar, macho! Metes horas a punta pala - exclamé, sabedor de que no se escucharía el comentario.

 - Me quedaré unos días con Chabel y doña Teresa - comentó Angela, la hermana mayor de mi mujer, que vivía en Madrid -. Aunque aseguran que no es necesario, creo que nos vendrá bien a las tres.

  - Chabel es como una roca - dijo Julia, su mejor amiga -. ¡Qué entera está!

  - Entera y bella - puntualicé orgulloso.

  - Estás impresionante, Alma. No pasa día por ti - piropeaban a coro los primos de Bilbao.

  - Ni día ni año. ¡Las hay con suerte! - murmuraban algunas envidiosas, compañeras de la empresa.

  - Es que ha hecho un pacto con el diablo - afirmaba una voz masculina.

  - A ver cuando nos dais un buen día, chavales - mi cuñado Marcelino se dirigió a Garazi, mientras mi hija le miraba mimosa a Gorka.

 - El lunes vuelvo a la universidad. Mamá dice que cuanto antes retomemos todos la vida normal, mejor - aclaró Aratz, jugueteando con las llaves del coche en el interior del bolsillo del pantalón.

  - Tú fijas el día, Chabel. Ya sabes cómo va esto, se notifica a la notaria... De eso me encargó yo mismo, no hay cuidado... Lo que cueste cambiar las propiedades de nombre... - aclaró mi buen amigo Lucas y fiel abogado de todos mis bienes.

  - Lo dejo en tus manos, Lucas. Ya sabes que no entiendo de estas cosas. Lo comentaré en casa con los críos y Teresa.

 - Te mantendré informada de cada paso que dé - aclaró Lucas.

 Se despidieron.

En la familia Retana teníamos una tradición. Tras los entierros, nos tomábamos el día libre. Comíamos juntos, brindábamos por la persona que había hecho posible el encuentro y recordábamos anécdotas divertidas y emociones vividas junto al finado.

  Estuve a punto de unirme a ellos en el MERCEDES pero en el último momento caí en la cuenta de que Chabel no nos acompañaba. Tras mantener la conversación con Lucas, desapareció. La busqué primero con la mirada. Mis ojos saltaban de grupo en grupo. Recorrí el aparcamiento, mezclándome con los presentes. La idea de dejarla sola, me sobrecogía el alma. Bastante mal me sentía por la jugarreta de abandonarla, así de golpe, sin haberme despedido. "¡Ha sido una auténtica guarrada, Fernando!", me recriminé todavía enfurecido. Aunque bien pensado, no hubiera sabido qué decir. "Verás, Chabel cielo, no sé cómo decirte... Tengo algo que me oprime el corazón. No se trata de una emoción, ni mucho menos querida. Es una opresión real, es decir, el órgano del corazón, que está diciéndome que hasta aquí ha llegado y que ni un latido más... Mi vida, que te dejo para siempre. Que no quiero irme, pero...", sería algo así pero soltarlo a bocajarro... Ni aunque me hubieran dado la oportunidad, no me veía capaz. Ella me observaría con la sonrisa suave, con los ojos curiosos. Y yo me derrumbaría antes de que alguna palabra saliera de mi garganta. "Ni te molestes en despertarme después de la siesta, querida. Que se me ha ocurrido morirme. Ya ves tú, cielo. Caprichos tontos que se tienen a veces". Desde que estoy muerto, se me ocurren unas cosas...

 Regresé al interior. En el vestíbulo quedaban algunas personas aunque ninguna de nuestro entorno. Se me ocurrió pensar que Chabel estaría comentando algo con los encargados de la funeraria. Cabía la posibilidad de que estuviera despidiéndose de mi o quizás se quedó encerrada en el aseo. ¡Qué sé yo! Mi pobre Chabel fuera de mi alcance visual. Conocedor de su fortaleza, se me antojaba desvalida en estas circunstancias. La vida le había cambiado en un instante. Me atacaba los nervios haberme despistado y haberla perdido de vista tan fácilmente. ¡Solo ha sido un minuto de distracción! ¿Dónde se habrá metido esta mujer? Aceleré el paso atravesando pasillos y subiendo escaleras. Por fin di con su figura imponente. ¡Qué hermosa estaba! Pálida y ojerosa, eso si pero tan bella y joven como cuando nos conocimos. Esgrimía la sonrisa suave, su carta de presentación. Vestía con  pantalón rosa palo y la blusa a juego rosa y azul, que a mí tanto me gustaba. Le decía bromeando que estaba como para enamorar a los ciegos. Me acerqué sigiloso hacia ellos. Pablo le acompañaba.

  - Me siento culpable - fue lo primero que me llegó a los oídos -. Me adoraba. Estaba enamorado como un chiquillo.

  - No debes atormentarte, cielo. Estoy convencido de que jamás intuyó nada - susurró Pablo con voz pastosa.

 - ¿Cielo? - alcé la voz malhumorado -. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué coño no intuí? ¡Qué mala espina me está dando todo esto!

  - Era tan honesto y tan buena persona. El mejor padre y un compañero excelente. Mi amigo, mi confidente. Mi chico bueno - añadió hipando como una niña -. Siempre pendiente de nosotras, luchando para que no nos faltará nada y yo... No soy buena persona, Pablo. Ninguno de los dos lo somos.

  - Estas cosas pasan, cariño. Así es la vida - fue la respuesta tranquila de Pablo.

  - ¿Cariño? Aclaradme ahora mismo que esto no es lo que parece - una luz roja de alarma se encendió dentro de mi ser.

  - No pudimos evitarlo - continuó Pablo, mostrándose convencido de sus palabras -. Nuestro amor es tan puro y verdadero como fue el de Fernando.

  - Sentía un profundo cariño y respeto hacia Fernando - protestó Chabel con cierta indignación -. Es más, todavía tengo su amor guardado dentro de mí. No sé cómo voy a vivir con la culpa a partir de ahora.

  - Mi querida y amada Chabel - Pablo besó con delicadeza los labios de mi mujer, mientras sus manos recorrían su espalda.

 - ¡Asqueroso! ¡Farsante! - vociferé antes de propinarle una patada en la espinilla que le obligó a retorcerse de dolor.

  - ¿Qué te ha pasado? - se alarmó Chabel, sujetándolo por la cintura.

  - Quita de ahí las manos o no respondo, Chabel - amenacé todavía confuso y dolido.

  - Tal vez debamos mantenernos alejados durante un tiempo. Nos ayudará a ordenar las ideas. quizás debamos abandonar esta locura para siempre.

 - Por supuesto que debéis dejarlo. ¿Cómo habéis sido capaces de joderme la vida? ¡Ya sé! ¡Ya sé! Lo de la vida es un decir. ¿En qué cabeza cabe esto? Decídmelo a la cara, cobardes. Cómo me marcho yo ahora dejando este pastel.

 - Demos tiempo al tiempo, cariño. Lo nuestro es muy hermoso. Tengo buenas intenciones, de sobra lo sabes.

  - ¡Y una mierda! ¡Mal amigo! ¡Degenerado! Cómo he podido estar tan ciego y ser tan... tan... tan gilipollas.

  - No es buena idea, Pablo. Cada día estoy más convencida de que hemos jugado con sus sentimientos.

  - Claro que no es buena idea, chata. Mal está que me pongas los cuernos pero que lo hagas con un amigo de toda la vida y encima sacerdote, clama al cielo.

 - Estás dolida porque el fallecimiento de Fernando nos ha cogido por sorpresa. Lo entiendo. Para ti es muy complicado pero pasados unos meses, cuando las cosas se vayan asentando, lo verás de otra manera. Eres joven y muy bella. Te mereces rehacer tu vida -la observó con candidez unos instantes. Luego prosiguió -: Te estaré esperando con los brazos y el corazón abiertos. 

  - ¡Jodido Pablo! Te voy a abrir en canal para que esperes abierto del todo.

  - Lo siento, Pablo. No puedo con este peso. Me siento culpable.

  - Mi vida... - musitó Pablo.

  - Deja de llamarle "mi vida" porque no es tu vida, es la mía - dirigiéndome a mi mujer, agregué -: ¿Desde cuándo este licencioso idilio?

  - Lo más prudente será mantener la relación en secreto de por vida - sentenció Chabel cabizbaja.

 - Sé que no hablas con el corazón. Ahora estás asustada. Te invade el dolor por la perdida. Es normal, mi amor. La pena que sientes es enorme y crees que será infinita pero pasará. Créeme.

  - ¡Desgraciado! - me ensañé y le propiné otro golpe en el costado.

  - Pronto verás las cosas de otro modo - insistió el malnacido haciendo un gesto de dolor. Le rodeó con los brazos y le besó el cuello apasionadamente.

  Ella se dejó besar pero enseguida se apartó, diciendo:

  - Jamás pretendí hacerle daño. Me siento culpable de su muerte. ¿Y si sospechó algo o nos vio y a consecuencia de ello sufrió el infarto? - mi esposa se reconcomía.

  - Soy bastante canuto, Chabel. No sospeché nada. Bien que os encargasteis ambos de ello. Pero mira, me alegro de que te remuerda la conciencia. Fíjate, por mi puedes sufrir durante mil años.

  - Mi vida, reconsidera lo nuestro. No somos culpables de nada. El amor surgió... accidentalmente -  suplicó el farsante.

 - ¿Accidentalmente? ¡Menuda chorrada! - exclamé alzando los brazos desesperado.

 - Siento que fue un error lamentable por mi parte - soltó Chabel en voz  tan alta que ambos dimos un respingo -. Durante años amé a dos hombres a la vez. Reconozco que no te falta razón. Los nervios me hacen pensar, hacer y decir cosas extrañas. Lo de Fernando ha sido duro y muy rápido.

  - Claro, tontina. En cuanto se pase el susto, veremos las cosas de otra manera - Pablo le dirigió una mirada sonriente y enamorada -. Es reciente y el futuro te parece algo turbio. Cosa lógica y normal en estas circunstancias.

 - No hubiera sido capaz de divorciarme.

 - Lo sé, cariño - Siempre estuvimos de acuerdo en ese punto. No hacía falta ser crueles. El daño causado, le hubiera matado.

  - Pero qué bruto eres, Pablete. Qué me hubiera matado, dice y el tío se queda tan pancho.

  - Fue tan buen esposo y padre...

  - Y fiel amigo.

 - Pues  bonita manera de agradecérmelo que tenéis los dos.

  - Aunque está mal que lo diga ahora, en la cama era estupendo, sin que tú desmerezcas, claro.

  - ¡Toma ya! O sea que también os habéis acostado. Tengo dudas sobre si fui el mejor hombre, Chabel. Pero que fui el más idiota, lo tengo clarísimo - berreé colérico -. Un memo que no supo ver más allá de sus narices.

  - No digo que deseara su muerte, ¡Dios me libre! - se santiguó Pablo, separándose un paso de mi mujer pero reconocerás que nos ha hecho un gran favor.

 - ¡Serás mamón! ¡Bestia parda! Confié ciegamente en tu amistad y me lo pagas de la peor manera. ¡Cabronazo de mierda! Así se te caiga la picha a trozos.

  - No seas cruel, Pablo.

  - Mujer, pensándolo fríamente...

 - Solo imaginar que nos puede escuchar, se me pone la carne de gallina - mi mujer paseó la mirada asustada a lo largo del pasillo.

 - ¡Bruja endemoniada! Por supuesto que os escucho y no quieras saber lo qué se me cruza por la mente.

  - ¿Escucharnos? Mi amor, es imposible. Fernando está en otra dimensión, rodeado de paz y sosiego.

  ¿Tú crees? Para ti es muy fácil, Pablo. Sin embargo yo, soy un mar de dudas. No sé cómo explicárselo a los niños y me espanta lo que supondrá para doña Teresa - guardó silencio durante unos segundos. Luego añadió -: Pablo, creo que está aquí. Noto su presencia muy cerca.

  - ¡Pendeja! - me planté en jarras frente a ella. Sonreí y le soplé la mejilla con suavidad, como cuando estaba distraída con alguna labor y al llegar a casa, la sorprendía. Repentinamente, giré en redondo, encarándome a Pablo. Le propiné un  cachete en la cara a mano abierta que le dejo blanco -. ¡Toma lugar lejano!

  - Perdonen. Es la hora de cierre - les sorprendió un engalanado empleado.

 Se encaminaron a la salida presurosos. En el exterior esperaban los hijos, Gorka y sus padres.

  - ¿Estás bien, mamá? - preguntó Garazi.

  - No, cariño. He notado una brisa fría cerca del rostro. Estoy convencida de que es papá que quiere decirme algo.

  - Estás muy pálida, Chabel. Vamos a pasear un  poco para que te dé el aire - recomendó la madre de Gorka -. Estás sensaciones son normales cuando alguien querido nos deja. Nos obsesionamos con que nos va a acompañar de continuo para protegernos.

  - Rosa, ¿tú crees que los muertos nos escuchan?

  - Pues claro, querida. Fernando te acompañará siempre y en ocasiones, te parecerá que está pendiente de ti.

  - Pablo me asegura lo contrario. Dice que está en otra dimensión.

  - No le falta razón pero creo que los que parten a esa dimensión, tienen poderes para protegernos desde donde quiera que estén. También te digo, que me parece raro que un cura se exprese de ese modo que dices - aseguró sopesando sus palabras antes de pronunciarlas. Abrazó el cuerpo herido con cariño -. Mientras estés convencida de su cercanía, te sentirás reconfortada.

  Irati observó el semblante circunspecto de Pablo.

  - ¿Qué le pasa a mi madre? Desde que habéis salido estás muy serio y callado.

  - Es la impresión, cielo.

  - ¿Pasa algo importante? - Aratz se unió a ellos preocupado.

  - También yo he perdido a un buen amigo - se puso a la defensiva.

  - ¿Qué te ha pasado en la cara? - interrogó Garazi.

  - Nada - Pablo se acarició el dolorido carrillo enrojecido.

  - Pues lo tienes rojo como un tomate - añadió la pequeña.

  - Y marcado con los dedos de una mano - Aratz sonrió sin ganas -. ¿Te ha zurrado mi madre?

  - No, hombre. Qué cosas se te ocurren - improvisó Pablo con nerviosismo -. Habrá sido por la diferencia de temperatura.

  -Vámonos - rogó Chabel con el semblante crispado -. Estoy helada de frío. 


  - Hace dos horas que no sé nada de ti - escribió Pablo en el chat de Chabel -. ¿Me estás rehuyendo o es impresión mía?

  - Mis hijas están preocupadas. Creo que sospechan algo.

  - ¡Qué van a sospechar, mujer! Siempre hemos obrado con cautela.

  - Creo que lo correcto es que dejemos la relación por un tiempo.

  - Mi amor, ahora que somos libres, ¿pretendes apartarme de tu lado? No puedo vivir sin ti.

  - Vivirás, Pablo. Te aseguro que vivirás. Soy yo el que no puedo vivir sin ella y sin mis hijos - le susurré al oído. Lo bueno de estar muerto es que uno puede moverse con facilidad de un lugar a otro en un santiamén.

  - Recapacita, mi vida. Lo nuestro es una relación consolidada. No niegues nuestro amor. No me rechaces como si fuera un cualquiera - suplicó.

  - Eres un asqueroso cualquiera, Pablo. Un gilipollas cualquiera. Un indeseable cualquiera. Un hijo puta cualquiera - me desahogué malhumorado.

 Chabel comenzó a escribir, borrándolo de inmediato. Dirigió la mirada hacia el techo. Volvió a posar los ojos llorosos sobre la pantalla. Pablo esperaba. Continuaba en línea. Chabel abandonó el smartphone arrojándolo sobre la mesa. Se balanceó con suavidad en la mecedora.

  - ¿Vas a tirar ocho preciosos años por la borda? - el indeseable volvió a la carga.

 - ¿Lleváis ocho años poniéndome los cuernos?

  - Bien sabe Dios que no me agrada esta situación - escribió mi mujer de nuevo.

  - Fernando permanecerá siempre en nuestros corazones.

  - ¡Cínico! Te voy a reventar a golpes.

  - Tal vez se convierta en una sombra penosa. Pienso que nos perseguirá impidiendo nuestra felicidad - Chabel estaba desesperada.

  - Ardo en deseos de que sea así, querida - lancé malherido.

  - Chabel cielo... Pasados unos meses... El tiempo lo cura todo - insistió el malnacido -. Ya verás como no nos resultará tan difícil ser felices. Los chicos son mayores y modernos. Lo entenderán. Los jóvenes están abiertos a todo. Ya no hacemos daño a nadie. Comprenderán que el amor ha llamado a nuestra puerta de manara casual e inocente. Me encargaré de que seas muy feliz a mi lado.

  - Te echo mucho de menos - flaqueó Chabel -. Añoro tus besos.

 Intenté sin éxito borrar el contacto de Pablo, así como las últimas palabras de mi mujer.

  - Chicos, chicos - vociferé en sus oídos -. Pensad un poquito en mi. Aunque estoy muerto no soy de piedra. Me entero de todo.

  - Si deseas tiempo, te lo daré, mi amor - prometió Pablo -. Únicamente te pido que mantengamos vivo nuestro preciso idilio.

   No sé qué pinto a partir de ahora en este romance que se cae de ñoño y empalagoso. Que nadie me diga nada. Ya lo sé. ¡Menuda putada! ¡Quién me mandaría a mi buscarte, Chabel de mi corazón, para despedirme por última vez! Con lo bien que estaba yo camino del limbo sin conocer la humillante realidad.

  Como despedida, se enviaron mensajes ridículos, más propios de adolescentes. Tuve la sensación de que rejuvenecían, mientras yo me sumía en el letargo de la irrealidad, la inutilidad y la imbecilidad. Lo cierto es que mi mujer y yo llevábamos años en los que escaseaban los encuentros sexuales. Tanto como ocho años, no diría pero el tiempo pasa a velocidad vertiginosa. Las disculpas de Chabel variaban desde "estoy agotada", "he tenido un día muy duro en el instituto", hasta "me duele mucho la cabeza". Hablándolo con los amigos, me aseguraban que se pasaría, que debía tener calma, que la paciencia era una virtud. Que era importante dejarte tu espacio, que estuviera pendiente, que la frialdad aumenta con la menopausia... En fin, chata. Qué quieres que te diga, que yo creía a pies juntillas lo que me decían ellos. Pensaba que era lo normal. Como un imbécil, te daba la espalda en la cama y a dormir, después de hacérmela un nudo. Y todavía me interesaba a la mañana siguiente: "¿Has descansado bien, querida? ¿Mejor de la jaqueca? A ver si esta noche te acuerdas un poquito de mi". Te hacía un guiño o un pucherete y te lanzaba un beso que tú ni siquiera recogías. Y a la noche, otras excusas nuevas. ¡Ahora lo entiendo! Cómo ibas a querer hacerlo conmigo si tenías a dos pasos un nuevo amor, nada más y nada menos, que en la parroquia del barrio. ¡Me cago en mi estampa! No sé cómo he podido estar tan ciego. ¡Tontolaba, Fernando! Que no eres más que un mamarracho cornudo y un pelele. Que todo lo que me recrimine es poco. Con el morbo que te daría follarte al párroco, siendo Pablo ese puto párroco. ¡Me da un coraje!

  La ventaja de estar muerto, es que uno puede retroceder a su antojo en el tiempo. Reculé unos años atrás, a sabiendas de que me escocería. Les vi alejarse un día cualquiera, rozándose las manos en la penumbra de la calle, sonriéndose con la mirada, hablando como dos amigos, regocijándose en lo prohibido. "¡Para que te jodas, Fernando!"


 Pensativo, comienzo a oler a chamusquina. No estoy muy atento a los acontecimientos. Ha empezado la incineración. Me reduzco a ceniza lentamente. ¿Todos los espectros tienen la oportunidad de asistir a su propia despedida? Me reconcilio con la vida al escuchar la música, supongo que elegida por mis hijos. Las mejores piezas. Mis preferidas en vida. "Gracias tesoros". Comienzan entonando "Gracias a la vida/ que me ha dado tanto/ me dio dos luceros/ que cuando los abro/ perfecto distingo lo negro del blanco...", entona el coro al que pertenecen mis cuñados, Lourdes y Marcelino. El resto de asistentes, siguen los compases tarareando. Visto lo que he descubierto en las últimas horas, la canción me parece un poco socarrona. Abro los luceros y me quedo de piedra pómez al descubrir a Chabel y Pablo besuqueándose. Me es imposible quitarme esa imagen de la cabeza.

 - La mayoría de vosotros conocéis la profunda relación de amistad que Fernando y yo mantuvimos desde los cinco años - comienza Pablo, después de que Garazi e Irati leyeran unos poemas preciosos de Neruda que me conmovieron, al igual que a la mayoría de los presentes -. Hoy siento que me he quedado solo. No solo se ha ido un amigo sino también un hermano...

  - Anda, anda - en otro contexto me hubiera emocionado pero ahora me hierve la sangre -. Déjate de tonterías, que el mensaje te queda grande. ¿Por qué no les cuentas la enorme cerdada que me has hecho? No eres más que un puto cabronazo.

  Algo debe notar porque se muestra inquieto, se pasa varias veces la mano por el oído derecho por el que le increpo sin cesar, como quien desea espantar a una  mosca pesada.

  Percibo la figura de mi madre muy desmejorada y repentinamente envejecida. La custodian mis hermanos Ernesto y Adolfo. Chabel ha dejado una silla libre. Serena y tranquila, cubre con los brazos fuertes de madre a nuestras hijas. Gorka, sin chicle acaricia la mano de Garazi, mientras que Irati hecha un mar de lágrimas, mira hacia la brillante baldosa.

  - Deseo ser escueto pero llegaros a lo más hondo de vuestros corazones - Pablo vuelve a tomar la palabra -. Mi querido amigo fue un buen esposo, un padre inmejorable. Un hijo encantador. Un trabajador incansable. Un buen jefe y un amigo difícil de igualar...

  - Desde luego a ti palabrería no te falta y de hipocresía santurrona vas sobrado - le disparo a bocajarro -. Veo que con semejante verborrea has conquistado a mi mujer. Bueno, que ella también tiene lo suyo.

  Atisbo a Chabel que entona "No me digas adiós". Aratz le acompaña a la guitarra. Sollozo de rabia y desconsuelo. El repugnante descubrimiento me atenaza las  requemadas vísceras.

  Algunos trabajadores de la empresa, reviven anécdotas graciosas sobre mi persona. La cuadrilla de toda la vida, en la que se incluye Pablo, entonan a pleno pulmón "Tears in Heaven" de Eric  Clapton, recordando que la solíamos cantar años atrás. Alma lee una cosa preciosa escrita de su puño y letra, que cautiva mi dolorido corazón. Un dantzari baila el "Aurresku", acompañado por un txistulari. Para finalizar el acto, los presentes entonan el "Agur Jaunak".

  - Excelente jefe. Como uno más en el trabajo - le aseguran los trabajadores de la empresa a Chabel.

 - Sencillo a la par que comprensivo. Siempre dispuesto a echar una mano a quien lo necesitase - se escucha en diferentes grupos.

  - Entusiasta y vital. Aportó alegría a cuantos tuvimos la suerte de conocerle - corrobora Pablo mientras el resto de la cuadrilla asiente.

  - ¡Maldito canalla! Mi desgracia fue cruzarme en tu camino.

 - Hombre de bien. Íntegro y honrado a carta cabal. Buen esposo, padre, hermano e hijo. Muy unido a la familia - solloza mi madre en los brazos de mi hermano Ernesto.

  - Optimista y muy positivo. No podía vernos tristes y no le gustaría vernos llorosos - asegura Chabel, dirigiéndose a nuestras chiguitas.

  - ¡Mujer! Un pelín más tristona, bien podías estar - le recrimino -. Que te ha faltado tiempo para lanzarte en brazos de tu amante.

  - Lo hablaba esta mañana con Pablo. Me aseguraba que él personalmente se encargará de que su memoria nunca se olvide - Chabel susurra a la familia.

 - Precisamente de eso no hablabais esta mañana.

  Repentinamente se me instala un malestar en la boca del estómago. Me siento dolorido y maltrecho. Tengo nauseas y arcadas. Tal vez sea por la despedida. A mi estas cosas siempre me dejan un poso enrarecido de malestar y ya si uno experimenta la suya en propias carnes... A los más sensibles se les caen las lágrimas en cuanto empiezan a hablar del difunto y viendo llorar a otros, los demás caen como moscas. Así que, visto el tema, mi entereza se desploma enseguida. La rabia desaparece súbitamente. El rencor se desvanece. Resurge lo mejor de mi mismo y como aseguraba Pablo minutos antes, "reaparece el buenazo de Fernando". Sin olvidar la jugarreta del curita, sin mostrar compasión por los males que esté obligado a lidiar en el futuro y sin comprender a Chabel, me retiro resignado. ¿Qué más puedo hacer en mi situación? No estoy dispuesto a vagar durante toda la eternidad ejerciendo de fantasma e invadiendo la vida de mi esposa, que a fin de cuentas, es lo que más he amado en este mundo. Me siento cansado, terriblemente cansado. "Cierra de una puta vez este capítulo y comienza a vivir tu nueva etapa", me digo sin ser  capaz de sentirme reconfortado.

  Después del funeral todos se concentran alrededor de la familia. Mi madre y mis hermanos desaparecen con rapidez. No vuelvo a verles. Los comentarios son los habituales en estas ocasiones.

  - Ha sido una terrible pérdida...

 - Debes ser fuerte, Chabel, cariño... Eres muy joven... La vida continua...

 - Ni te puedes hacer idea de como la va a continuar - aseguré con ironía.

 - ¡Quién sabe! La vida da muchas vueltas, querida. Tal vez un día, vuelves a rehacer tu vida...

  - No la animéis, que ella sola se predispone a ello.

 - Acompañad a vuestra madre. Ahora os necesita más que nunca...

  - Debéis permanecer unidos...

  - Estamos en contacto...

  - Te llamo la próxima semana...

  - Lo que necesites Chabel... 

  - No dudes en contar conmigo...

 - Estoy disponible para ti las veinticuatro horas del día, ya lo sabes cielo.

  Los frases convencionales se suceden una y mil veces. Los besos de cumplido en las mejillas, las sonrisas fingidas. Se alargan los minutos en despedidas interminables cargadas de promesas. Me sorprendo que a Irati le desaparezca una pulsera de perlas vivas que le regalamos cuando cumplió quince años. Fue a parar muy discretamente, eso también tengo que decirlo, a las manos de Emilia, la panadera del barrio. Tiene fama de ratera pero siempre la defendí, borrando todo comentario malintencionado que pusiera en entredicho su reputación. Emilia, la misma que me suplicó que le diera una oportunidad en la empresa a Hugo, su hijo cuando terminó la FP. Alguna que otra cartera también cambió de bolsillo aprovechando los achuchones y el roce entre la concurrencia.

  Me detengo un momento junto a mi fiel Alma. La pobre está casi tan pálida como yo. 

  - Se me ha ido, Nagore. Se me ha ido para siempre - solloza sin consuelo.

  - No debería decírtelo y menos en estos momentos pero reina, guardar tan en secreto un amor tan profundo... Imagínate que te hubiera correspondido - le consuela otra secretaría de la empresa.

  - ¿Cómo? - me sobresalto con las pupilas descarnadas.

  - No podía hacerlo - casi grita entre enrabiada y dolida -. ¿Cómo confesarle a Fernando que estaba enamorada de él desde el primer día? No tenía ojos más que para Chabel y por otra parte ella fue muy agradable y generosa conmigo.

  - Pero Fernando, tío. ¡Qué gilipollas has sido! - me recrimino -. Has tenido al alcance de la mano a una preciosidad sin enterarte. ¡Tonto! ¡Bobo! ¡Imbécil! ¡Idiota! Ahora comprendo sus miradas calladas, sus desvelos por la empresa, las horas extras trabajadas voluntariamente, el esfuerzo. Siempre a mi lado. Mi mano derecha. Y la izquierda, también. ¡Qué injusta resulta la vida! Chabel pegándomela con mi mejor amigo, que para más tocapelotas es un hombre consagrado en Cristo, mi secretaria enamorada de mi en secreto y yo como un gili enfrascado en  la gerencia sin que me pesara la cornamenta y más cerca del limbo que lo que estoy ahora mismo. ¡Me cago en la leche! Lástima que para mi no haya una segunda oportunidad.



  Despierto helado de frío. Fuerzas invisibles me obligan a incorporarme. Una sombra me indica que avance por un pasillo oscuro, muy largo y angosto. Mi caminar es lento. Me cuesta levantar los pies, por lo que me arrastro. Delante marchan una hilera de seres semitransparentes. Son una especie de tinieblas que avanzan en remolino. Giro un poco la cabeza para observar a los de atrás. Todos nos hemos convertido en sombras oscuras e idénticas.  Lucimos un aspecto conmovedor. A unos diez metros hacia adelante se escucha clara y nítida la inigualable voz de Elvis Presley. No es extraño. Al fin y al cabo, él también está muerto. Entona una de mis preferidas, "Can´t Hell Falhus in Love".

  - Perdone - poso las falanges flácidas de la mano sobre la zona de la sombra donde calculo que debería estar la clavícula del tipo que me precede -, ¿usted sabe si anda por aquí Elvis?

  - No tengo ni idea - responde con voz hueca -. Acabo de llegar. De todas formas, escucho a Benny Moré. ¿No recuerda que nos hablaron de este fenómeno durante la charla?

  - ¿A qué charla se refiere? - me muestro desconcertado y le observo con recelo. 

  - ¿No se acuerda? Fue hace un rato. Nos aseguraron que escucharíamos a nuestros interpretes preferidos.

  - ¿Está usted seguro? Nadie me ha informado de ello.

  - Pues así ha sido, caballero - una sombra insignificante con voz chillona es la que ha metido baza -. Me fije en usted. Se le veía distraído. No atendió y aquí está el resultado.

  - Es cierto. Descubrí una cosa horrible sobre mi mujer que me ha dañado profundamente. También un amigo está implicado - me disculpo, desahogándome con extraños -. Ahora me doy cuenta de que la amistad está sobrevalorada. ¿No lo creen ustedes?

 - Disfrute de la música y olvídese de los suyos. Está a punto de comenzar su nueva etapa. Lo anterior no cuenta - escucho una voz cercana por detrás.

 La fila marcha despacio. Todos portan enormes petates. Me parece que llevo horas caminando, sin embargo no me siento cansado. Aunque la temperatura es bastante fresca, tampoco noto frío.

 - Es porque estás muerto, Fernando - responde mi voz interior -. No se cuántas veces hay que repetirte lo mismo. ¡Qué eres muy cabezota!

  Tengo sensaciones confusas. Veo siluetas. Oigo pero no escucho. Carezco de pensamientos. Puedo hablar. Mantengo la memoria fresca... Me siento extraño.

  - Perdóneme - es el sujeto de delante el que se dirige a mi -. Le oigo susurrar... También yo hablo conmigo mismo. Esta situación es nueva para nosotros y es normal que nos sintamos extraños.

 - La situación es insólita - respondo con alegría de encontrar a alguien que alberga mis mismas emociones.

  - Hasta ahora jamás estuvimos muertos - tercia otro sujeto de la fila -. No conocemos las nuevas sensaciones, las de los muertos, quiero decir.

 - Tiene usted razón. Nadie regresa para contárnoslo y claro, llegamos aquí sin saber nada de nada.

  - Sería estupendo poder realizar un cursillo en vida - agrega otra voz diferente de la fila.

 - Quite, quite - añado poco convencido de la sugerencia -. ¿Quién es capaz de pensar como un muerto durante la vida? Ya aprenderemos sobre la marcha.

  - Que pase el siguiente - nos sorprende una voz rotunda y enérgica.

 Observo minuciosamente el pasillo solitario. Ni rastro de mis compañeros. Estoy completamente solo y me siento aterrado.

  - ¿Qué hace ahí parado? Siga avanzando. No tenemos todo el día - la voz retumba enfurecida.

  Me pongo en marcha y a los cuatro pasos, literal, me encuentro en una habitación de grandes dimensiones, completamente vacía. Al fondo solo una puerta entornada.

  - A ver, hombre, muévase. ¿A qué está esperando? la voz parece proceder del otro lado de la puerta.

  - Creo que le toca a usted - anuncia alguien a mi espalda -. Es allí, debe pasar por la puerta del fondo.

  - Gra... Gracias - tartamudeo tembloroso -. Parece usted muy seguro, como si ya hubiera pasado por esta experiencia.

  - Lo dijeron en la charla, señor.

  - Para charlas estaba yo...

 - ¿Viene o qué? - la voz se impacienta.

  - ¿Es a mi? - pregunto cohibido.

  - ¡Por supuesto que es a usted! Vamos hombre. No tenga miedo. Parece mentira, un chicarrón del norte como usted.

 - Perdón. Todo esto es nuevo para mi - trato de excusarme.

  - Ya, ya. Todos vienen igual - su sonrisa socarrona me intimida. Se trata de un tipo de nariz aguileña, con ojos saltones que me acobarda -. No se preocupe. Está usted en el túnel.

 - ¿Túnel? ¿De qué túnel me habla?

  - Del de la luz. ¿Cuál cree usted que es? - me observa con extrañeza -. Céntrese, hombre. No me haga perder más tiempo.

  - No sé de que luz me habla.

  - ¿Me está tomando el pelo?

 - No señor, perdóneme. Estoy confundido - agrego produciendo un chasquido con la lengua -. Por un momento me he olvidado que estoy muerto.

  - Estoy perdiendo la paciencia - añade con cara de pocos amigos. 

 Intento concentrarme, tomando conciencia de mi nuevo estado.

 - Nombre completo, fecha de defunción y procedencia - solicita el tipo con voz neutra, mostrándose cansado.

 - Fernando Retana Díaz de Ocio. 6 de mayo de 2025. Recién cumplidos los cincuenta y cinco o a punto de cumplirlos, ya ve usted. Por momentos pierdo la memoria. Vengo de Vitoria-Gasteiz.

  - Última ocupación.

  - No entiendo a qué se refiere...

  - ¿Trabajaba usted? A eso me refiero.

  - Empresario.

  El empleado aburrido repasa un extenso listado de nombres que discurren en la pantalla del ordenador.

  ¡Aquí está! - exclama con poco interés. Masculla algo entre dientes que no logro captar -. Todo correcto. ¿Cielo o infierno?

  - Perdone, no...

 - ¿No entiende? - sin esperar respuesta, añade renegando - Se supone que esto se lo aclararían en la charla. Veo que usted no  lo captó bien. ¿Me equivoco? Necesito saber dónde prefiere usted pasar los siguientes años hasta su próxima reencarnación. ¿En el Cielo o el Infierno? - aclara mostrando impaciencia.

 - ¿Tengo que decidirlo ahora mismo?

  - Así es. ¿No ve la cantidad de personas que hay en la cola esperando destino?

  - Pues así, en frío, no sabría que decirle. Es un decisión importante. No puedo tomármela tan a la ligera - aseguro resuelto.

 El tipo suspira, resopla, tamborilea con los dedos sobre la mesa de madera. Se le ve impaciente.

  - En vida solía bromear con este tema. Siempre quise ir al Infierno pero ahora dudo. En tiempo real es otra cosa... ¿Qué me aconseja usted? 

 - Qué quiere que le diga. Depende de gustos o de lo que haya vivido.

 Me encojo de hombros a la espera de una respuesta más concreta.

 - Me refiero a si el solicitante ha vivido como un desgraciado, por ejemplo. En ese caso el inquilino de turno, se suele decantar por Cielo. Por el contrario, si su vida ha resultado placentera o poco divertida, lineal..., esos tipos suelen buscar nuevas experiencias y para ello no hay mejor lugar que el Infierno.

  - Mi existencia ha sido dichosa y la suerte me ha sonreído pero he de reconocer que fui demasiado ingenuo. ¿No podría hacerme un resumen sobre como se vive en cada lugar? Se lo agradecería enormemente. Me siento un poco perdido, la verdad.

  - El Cielo es refugio de paz, sosiego y tranquilidad - me tiende un panfleto que al desplegarlo se ven fotografías de diferentes estancias -. Vea usted, como bonito es insuperable pero si quiere mi opinión particular, es un lugar soporífero. Es cierto que se mantiene en  magníficas condiciones e incluso hay lugares sin explorar. Algunas zonas todavía no han sido pisadas por ningún mortal. Esto se debe a que no hay mucha afluencia de personal. Sin embargo en el Infierno, se encontrará con muchos conocidos. Podrá hacer nuevas amistades, llevar una existencia similar a la que acaba de dejar, disfrutar de buen tiempo todo el año... Muchos se quejan de excesivo calor, aunque ya sabe usted que es cuestión de gustos. Si tiene suerte y habla con Satanás, podrá hacer lo que le dé la gana, sobre todo en lo referente a todo aquello que haya tenido prohibido en la existencia anterior. También tendrá carta blanca en asuntos que no se haya atrevido a realizar, por reparo o vergüenza, no sé si me entiende - dice en voz baja, sonriendo y cucándome un ojo.

  - No del todo. Perdone mi torpeza pero los últimos acontecimientos de mi vida me superan. Ha sucedido todo tan rápido...

  - Me refiero a mujeres, juegas, juego, fiestas, orgias... Cualquier placer carnal que se le ocurra. Solo hay un inconveniente para este tipo de vida - hace una pausa, indicándome con el índice que me acerque -. Está tan abarrotado de gente, que no existe intimidad.

  Le contemplo perplejo.

  - Si hombre. Allí se vive como sardinas en lata. Le voy a contar un detalle que puede aclararle su decisión. La mayoría de los mortales llegan con una idea claramente preconcebida, que suelen cambiar después de la charla. Si le soy sincero, debo confesarle que Dios y Satanás firman los destinos de cada cual en el momento mismo del fallecimiento. Ellos realizan sus averiguaciones. Así deciden el destino de  cada mortal. Durante la charla se les da la noticia. Normalmente los buenos van al Cielo y los malos al Infierno pero suele haber excepciones, como en su caso.

  - No entiendo...

 - Aquí consta que en la charla se le comunico que debido a su intachable trayectoria en la vida, usted contaría con el beneplácito de elegir destino. 

  - Estas cosas solo me pasan a mi - me auto compadezco -. Mi comportamiento ha sido honesto, honrado, empático, respetuoso, generoso y educado.

  - No nos cabe la menor duda pero, sin ánimo de ofenderle, me veo en la necesidad de anunciarle que ha pecado usted de... digámoslo de manera suave... de ingenuidad - sonríe con malicia.

  - Lleva razón. No se corte, hombre - intento ser más preciso en las explicaciones -. Sin ánimo de pretender pecar de pretencioso, debo puntualizar que mi paso por la vida ha resultado impecable, cosa muy poco habitual en los tiempos que corren.

  - No lo hubiera expresado mejor. Es cierto. Ha sido usted el  prototipo de imbécil integral - me observa con un dejo de misericordia en la mirada. Enseguida añade -: Señor, siento comunicarle que se le agota el tiempo. Tiene que decidirse ya - sentencia categóricamente.

  - Infierno - exclamo con resolución.

  - Todo recto. En la primera bifurcación, tuerza a la derecha y siga por el corredor sinuoso hasta el final. No tiene pérdida - me tiende una cartulina   plastificada con mi nombre.

  - ¿Qué hago con esto?

  - Entréguesela a quien le reciba en la antesala del Infierno. Buena suerte.

  Avanzo con paso vacilante por el corredor que se va estrechando a cada pocos metros. La temperatura asciende. Me estorban los pocos girones de mi indumentaria que se han librado del fuego de la cremación. El humo es más denso a medida que avanzo por el angosto corredor. La garganta me pica y siento escozor en las cuencas de los ojos. Súbitamente me arrepiento de la elección y medito un par de minutos. Sopeso la idea de volver sobre mis pasos. El aire es irrespirable y estoy muy cansado. Me autoconvenzo de que lo mejor es retroceder y volver al mostrador de partida. Al final el tipo ha sentido lastima por mi, estoy convencido y tal vez pueda cambiarme el destino. Al fin y al cabo ha reconocido mi extrema bondad. Eso será un  punto a mi favor. Tiene que serlo. Se dejo decir, que a un tipo como yo se le deberían ofrecer más oportunidades. ¿Dijo exactamente eso o lo estoy inventando? Reculo a tientas. El humo es tan negro que me impide la visión. Me topo con un muro. Palpo la pared, sigo adelante pero tengo que apartar las manos. Todo está ardiendo. Intento dar con alguna oquedad, con la idea de respirar algo de aire fresco para sanar los pulmones, sin embargo el pasillo está totalmente sellado. Mis oídos perciben  una música suave en la dirección marcada. Mis pies se giran y avanzan con celeridad. La espesura del humo y las cenizas me rodean. He perdido el rumbo por completo. Repentinamente el suelo se convierte en brasas. Doy saltitos para impedir que el fuego me abrase las ya requemadas plantas de los pies. Es cuando descubro que el final de las extremidades han desaparecido y en su lugar arrastro muñones sangrantes.  Siento que los huesos se caldean y se deshacen dentro de mi. La piel enrojecida me lacera. Es como pergamino. "¿Me voy a pasar la eternidad oliendo a gitano?", me pregunto desconsolado. A medida que avanzo, la melodía se torna más nítida. Medito haciendo un esfuerzo para recordarla. Tras unos acordes doy con ella. Se trata de "Cerca de ti, señor". "No puede ser", exclamo a viva voz, "Me dirijo al Infierno. Este tipo de mensajes no casan con el lugar al que se supone que me encamino". A unos metros de la humareda diviso a los náufragos del Titanic. Tal como me indicó el tipo de información, al final del pasillo se dibuja una puerta entreabierta. La empujo con cierto reparo. Una escalera empinada y estrecha me da la bienvenida. Comienzo a subir resoplando. Parece que he errado el camino. Ascender será el camino hacia el cielo, por lo que  cambio la dirección y avanzó hacia abajo. No se asemeja a la idea del descanso eterno que imaginé en vida. Necesito realizar varias paradas para evitar caer desfallecido. Cuento los escalones para disimular el pánico que me invade. A cada rellano que dejo atrás elucubro una idea que me parece fantástica. De pronto la escalera asciende un tramo interminable. Cuento ciento seis escalones. Llego a un recodo que continua sin descansillos. Los escalones son muy altos. Tengo que ayudarme con las manos o lo que queda de ellas para ascender cada uno. Mi piel en carne vida, las uñas arrancadas dificultan la marcha. Me aflojo el nudo de la corbata que es lo único que se enrolla a lo que queda de las vertebras cervicales como una serpiente. El silencio  sepulcral y la escasa iluminación dan al angosto camino un aire tétrico de irrealidad. Me maldigo por la penosa idea de elegir destino tan a la ligera. "¿Elegir?" Me he visto forzado a ello. Una decisión de ese calibre necesita ser tomada con lentitud, sopesando los pros y los contras. Desde niño aprendí que el Cielo está arriba y el Infierno abajo, sin embargo me elevo. Después de ciento veintiséis peldaños, me despojo de los últimos harapos que malamente cubren mi macilento cuerpo. A mi izquierda, observo una estrecha oquedad y me lanzó hacia ella. Observo a través de la insignificante ranura. Una escalera de caracol sigue infinitamente ahora en dirección descendente. La oscuridad se hace más latente. El pasillo se estrecha. Comienzo a moverme de lado y a pesar de ello, mis huesos se desgarran con el roce de los salientes de los muros. Es como un gotelé a lo bestia. Cuando llevo más de trescientos peldaños me detengo. Tomo aire. Me palpo las heridas abiertas en lo que queda de los huesos. "¿Dónde cojones tengo el inhalador?",  me pregunto con enfado. Atónito descubro mis metacarpianos partidos y tiznados. "Un esfuerzo más, Fernando. Que puedes con esto. Debe quedar poco trayecto", me aliento convencido. Percibo un pequeño jirón de la camisa de seda pegado al esternón. Tiene pequeños agujeritos producidos por las ascuas que caen a cada poco. Si la viese ahora Chabel, con lo que renegaba para plancharla. La examinaba con lupa por si aparecía un quemado de cigarrillo. "Ten cuidado, Fernando que ha costado un ojo de la cara. No la vayas a quemar con el cigarro", me sermoneaba con frecuencia. Aunque bien mirado, estas pequeñas quemaduras serán de la cremación. Pero, ¿cómo es posible que después de arder haya conservado un pedazo prácticamente intacto? Hace poco tiempo solo llevaba la corbata. Estoy enloqueciendo.

  - ¿Qué hace ahí parado? - una voz suave interrumpe mis pensamientos sobresaltándome -. ¿Se encuentra usted bien?

  Alzo la mirada haciendo visera con las manos. A causa de la humareda no percibo figura alguna.

  - No se acerque - escucho mi voz atemorizada que retumba colérica -. ¿Vive usted aquí?

  - Si señor. Llevo una eternidad. Llegué como usted, resoplando, como pez fuera del agua. Esta escalera es interminable.

  - No entiendo lo que está pasando - susurro sin poder apartar la vista de donde llega el sonido.

  - Estamos muertos - responde con serenidad.

  - Hasta ahí ya llego - contesto alterado. El humo se va despejando y descubro la figura enorme de un ser monstruoso. De la mitad de la espalda le nacen alas -. Le percibo como a un ser... fantástico. No sé si me entiende.

  - ¡Claro, hombre! ¡Cómo no le voy a entender! - sonríe -. Lo que ve es la apariencia que adopté al llegar. Tras la incineración elegí esta imagen. Ya le habrán explicado...

  - Nadie me ha explicado nada.

 - Ya me parecía raro que anduviera por aquí con ese aspecto.

  - Estoy hecho unos zorros - confieso después de observarme detenidamente -. No suelo ser tan zafio. Acostumbro a ir de traje a diario...

  - Me refiero a que no ha cambiado el cuerpo por una forma más infernal, como todo muerto que se precie.

  - Me parece que llevo una eternidad en estos pasillos infernales. Hablé con un tipo que no me dijo nada al respecto y como él tenía apariencia humana, la verdad es que no se me ocurrió preguntar. 

  - Pues sepa que con esa pinta tan... humana no le permitirán el acceso al Infierno - asegura tajante el monstruo. 

  Con el paso de los minutos, distingo por completo a la figura. Se perfila el cuerpo desnudo de un ser fantástico, que cabalga sobre un lobo negro. Porta una guadaña de mango largo. Como leyéndome el pensamiento, añade:

 - Es la razón de que haya venido a buscarle. Arriba me han informado de que vagaba como perdido en dirección contraria. Soy Andras, demonio con el cargo de Gran marqués de los infiernos. Tengo 30 legiones a mi cargo. Suscito discordias y disputas. Enseño a matar y soy protector de asesinos, ladrones y... aficionados, como intuyo que es usted.

  - ¿Cómo que arriba? Elegí Infierno.

  - ¿Dónde estuvo usted durante la charla?

  - No lo sé. Seguí la fila pero pensaba en otras cosas y...

  - Al final de la conferencia se entregan los nuevos cuerpos. No entiendo la razón  por la que no lo trae usted.

  - No me diga que soy el único que ha llegado con el cuerpo anterior.

  - Si le digo. Como comprenderá, aquí también hay normas. Si cada uno llegase como le diera la gana, esto sería un caos. ¡Imagínese! Con la mala fama que tenemos entre los vivos - hace una pausa breve, moviendo lentamente el cráneo. Luego añade -: En el remoto caso de no encontrarse con algún familiar o amigo de confianza, debería haber pasado por la sastrería demonológica. La información se da durante la charla y se repite nuevamente en la recepción del Tunel pero se ve que usted está todavía más en el mundo de los vivos.

  - ¿Sastrería demonológica? No sé de qué me habla usted. Y no, no me he encontrado con nadie conocido ni desconocido.

  - Según el informe que ya está sellado en el Infierno, a usted le enseñaron el catalogo.

  - Se equivoca, nadie me ha enseñado catalogo de ninguna clase.

  - Aquí figura como que ya ha sido informado - se reafirma desoyendo mis quejas -. ¿Tampoco es consciente de ese detalle?

  - No señor. No soy consciente porque no se me ha informado - insisto enfadado.

  - Tiene que hacer memoria. Esfuércese un poco, por favor.

  - Desde recepción hasta que ha aparecido usted, no me he tropezado con nadie. Claro, que con el humo que tienen aquí, es fácil despistarse - súbitamente recuerdo los últimos acontecimientos en mi vida familiar y agrego a  modo de excusa -: He dejado un volcán en erupción en mi familia. El camino se me ha hecho muy largo.

  - Me temo que le ha dado esquinazo a algún pariente cercano - Andras me reprende con los largos y peludos brazos en jarras. El lobo que le acompaña enseña los dientes ensangrentados.

  - Ya le digo que estoy distraído con otra cosa.

  - Tiene que comprender que no hay nada más importante que su vida eterna.

  - Para tonterías de esas estoy yo.

  - Tenemos un problema serio. No sé qué decirle, la verdad - la figura vacila unos instantes y luego saca de las alas un teléfono candelabro, de los usados entre finales del XIX y principios del XX. Marca un número y espera unos minutos hasta ser atendido -. Lo he encontrado pero hay un problema serio.

 Explica el asunto con precipitación. Recibe órdenes apretando los labios. Me observa con desaliento. Presiento que no me va a dar buenas noticias.

  - Lo que me temía - informa en voz baja, rehuyéndome la mirada -. Ha ascendido usted para nada. Debe volver al principio.

  - ¿Al principio de dónde? - indago atemorizado.

  - Debe retroceder hasta el momento en que se cruzó con esa persona amiga.

  - ¡Dios mío! ¡Ayúdame! - imploro desalentado.

  - No pronuncie el nombre de Dios - insta mirando hacia los lados -. Está prohibido.

  - ¿Quién lo prohíbe?

  - Lucifer, por supuesto. Usted eligió Infierno, no lo olvide - amenazador, me señala con la garra -. Se encuentra a las puertas de su próxima morada.

  - Si ya estoy en casa, ¿por qué razón tengo que volver al punto de partida? - pregunto con jubilo renovado.

  - ¿De qué se sorprende? ¿No me acaba de comunicar que lo eligió como destino?

  - Si, si. Así es. Pero me lo podían haber dicho entonces. El tipo que me atendió en recepción no me dijo que debía presentarme de una manera determinada.

  - Esto sucede con frecuencia. En el Limbo no se enteran de nada.

  - ¿Me está diciendo que aquella confortable sala de relax con música agradable era el Limbo? Pero si hace dos minutos se ha referido al túnel y recuerdo que también me lo aseguró el tipo que me atendió, un sujeto mal encarado que...

  - Viene a ser lo mismo. Túnel y Limbo es prácticamente lo mismo - consulta un bloc -. Aquí figura que la información sobre su indumentaria se la dio su padre en la charla.

 - Ya le digo que estaba entretenido en otra cosa - me disculpo con desasosiego -. Hace horas que vago por estos corredores agobiantes. No he comido, tengo sed, estoy terriblemente cansado y me duele todo.

  - No exagere - exclama el demonio, levantando los brazos y dando una sonora palmada. El lobo aúlla -. Todo al mismo tiempo es imposible que le duela.

  - Mire no tengo ganas de discutir. Estoy exhausto y hambriento.

  - ¿De verdad que tampoco ha comido? - Andras agranda los ojos -. ¡Increíble!

  - Me zampé algunas pastas en el tanatorio, esa fue mi última comida. Estoy a punto de que me dé un jamacuco.

  - Mire, le acompaño en el camino de vuelta. Me ha caído usted bien. No se preocupe encontraremos a su padre, comerá algo y le ayudaré a solucionar el embrollo - me alienta tomándome por los hombros como a los amigos de toda la vida -. Le hago un hueco. Súbase a lomos de Razor.

  - Estoy confundido... Tengo una duda que quizá usted me ayude a resolver.

  - Veamos si soy capaz - confiesa con cordial sinceridad.

 - No entiendo porqué es necesario subir para llegar al Infierno. Los vivos creemos que el Cielo está por encima de nosotros y el Infierno en el subsuelo.

 - Todos llegan igual de despistados. No sé quién les ha metido esas tonterías en la cabeza. La Iglesia seguramente. Siempre contando chorradas que se inventan y ¡hala!, los mortales se las creen a pies juntillas. Eso es para que vea que no se puede uno fiar de nadie - sonríe socarronamente mientras habla. Parece divertirse -. Grávese esto a fuego: Al Infierno se sube y al Cielo se baja. ¡De toda la vida!

  - No me hable de la Iglesia y sus secuaces - hago una pausa para coger aire y añado -: ¿Usted no tuvo ese problema?

  - No lo recuerdo. Ya le digo que llevo aquí... - titubea antes de responder -. Alrededor de seiscientos sesenta años.

  - Otra cosa... - me muestro receloso. El lo nota y me alienta con la mirada -. Verá, no sé cómo decirle...

  - No tenga miedo, hombre. Dígame.

  - Lo del encuentro con mi padre... 

  - ¿Qué trata de decirme? ¡Anímese! ¡Por Belcebú! 

  - No me apetece encontrarme con él.

 Alza los rígidos pelos de las cejas, mostrando sorpresa.

  - He tenido algún que otro sinsabor en mi partida - miro a ambos lados, como si alguien acechase cerca -. Mi mujer y mi mejor amigo tenían un lío.

  - Uno no se puede fiar de nadie. Vas de bueno por la vida y sales perdiendo de todas todas. ¿Ve usted? Lo de ser buena persona no sirve para nada. Se las han dado todas en el mismo carrillo - hace una pausa breve, antes de añadir -: Ya verá usted lo que va a disfrutar en el Infierno haciendo maldades. Se puede vengar de quien le dé la gana.

  - No sé si me he explicado bien. Verá, Andras. Lo de no querer reencontrarme con mi padre, no es por maldad. Simplemente no deseo acumular viejos recuerdos, no se si me entiende. Deseo mejorar en mi nueva vida pero vivirla de forma diferente. Con otra familia, otro entorno... Si coincido de nuevo con mis antecesores, no viviré nuevas experiencias. No sé si me explico...

  - A mi no me tiene que aclarar nada. Usted es libre de hacer lo que le plazca - sonríe con benevolencia.

  - Me gustaría vengarme del cafre de mi amigo - añado suponiendo que debo mostrar cierta maldad..

  - Diga usted que si y no se corte, que la zorra de su mujer también tendrá su merecido.

 - Bueno ella es la madre de mis hijos.

  - Y usted su padre. ¡No te jode! Miré, eso lo tiene que hablar con Satanás directamente y ya verá usted como puede resarcirse.

  Retrocedemos en silencio. El descenso es rápido. Con lo de la venganza me he animado y desciendo sin esfuerzo. El cansancio se ha esfumado repentinamente. Al adentrarnos en el vestíbulo donde recabaron información privada sobre mi persona me deslumbra la claridad y me veo en la necesidad de entornar los ojos y hacer visera con la mano requemada. Mi acompañante frena repentinamente en el umbral que da acceso al pasillo intermedio entre una zona y otra. Me ofrece unas gafas de sol. Reparo en un letrero que antes no percibí. "Entre Pinto y Valdemoro", sonrío socarronamente.

  - ¡Qué jodidos! - me dirijo al compañero.

  - Hay mucho gracioso por aquí. Ya irá viendo.

 - ¿No me acompaña? - súbitamente me siento desvalido. Giro la cabeza, rogándole con la mirada que no me abandone.

  - No puedo salir del recinto infernal - su sonrisa forzada me regala algo de aliento -. Ánimo, amigo.

  - Pero yo... - titubeo con palpable inseguridad -. Necesito su ayuda.

 - Acérquese al mostrador, hombre. No sea tan cobarde. Cuente la pena de Murcia, invente algo convincente para que entiendan la razón de que no tenga cuerpo demoniaco en propiedad. No es para tanto. No le van a comer - invita extendiendo la garra.

  - Como si fuera tan fácil - musito acobardado - En realidad desconozco el motivo.

  - ¡Improvise! 

  Le imploro con la mirada. El camarada parece ablandarse.

  - Diga la verdad. Por una vez y sin que sirva de precedente, puede hacerlo. Explique que no se ha encontrado con su padre porque estaba distraído con asuntos terrenales, que ha comprendido tarde que no eran de su incumbencia. ¡Échele imaginación, hombre! ¡Parece usted tonto!

  - ¡Oiga! Se está pasando. Una equivocación la tiene cualquiera.

  - ¡Mi paciencia tiene un límite! ¿Se cree que es usted el único que ha llegado a la casa infernal? Comprenda que las entradas nos dan mucho trabajo. Imagínese que cada cual llega sin la indumentaria correspondiente. Sería un caos. Ha sido un inconsciente y un pánfilo, que no muestra interés más que en lo que ha dejado atrás. Debería preocuparse por su futuro. Así no se puede salir de casa.

  - Se está tomando unas licencias conmigo que no me gustan nada - le recrimino airadamente -. Y otra cosa. A usted le importa un bledo lo que haya dejado en la otra vida y mis desvelos, ¿estamos?

  -Ya me callo - hace el gesto de ponerse cremallera en la boca con una de las garras y levanta las pobladas cejas con aire sorprendido -. Vaya de una vez que ya hemos perdido demasiado tiempo.

  Me adelanto hasta el mostrador. Al otro lado se sitúa el esqueleto de una muchacha muy joven, envuelta en una nube grisácea. No hay nadie más en la fila. Ella se lima las uñas descarnadas con parsimonia. Al mirar atrás, observo aterrado que Andras ha desaparecido.

  - Perdón, señorita. ¿Puede atenderme un momento?

  - ¿No ve que estoy ocupada? - escupe sin siquiera dedicarme una mirada fugaz.

  - Vera, tengo un problema que...

  - ¿Quién no tiene problemas? - interrumpe dirigiéndome un rápido vistazo.

  - No sé cómo llegar a mi destino. Le ruego que me atienda unos minutos, por favor.

  Suspira dedicándome una sonrisa forzada.

  - A ver, ¿dónde está el problema? Sea breve y no me de el coñazo, ya ve que aquí no paramos.

  - Muchas gracias. Intentaré explicarle mi caso de forma concisa, aunque si le digo la verdad, no sé ni por dónde empezar...

  - Vaya al grano, hombre - alza tanto la voz que los pocos esqueletos que trabajan junto a ella, me observan recelosos.

  - Disculpe, estoy muy nervioso - me paso los huesos de la mano por los labios resecos. Siento la lengua gorda, como si tuviera un trozo de esparto en la boca. Me duele la garganta. Carraspeo y lejos de aliviarme, me parece que algo se me clava hiriéndome -. El caso es que he subido todas las escaleras de acceso al Infierno sin la indumentaria correspondiente. Nadie me ha indicado cómo debía presentarme o no he sido consciente de ello y ya ve, estoy hecho unos zorros porque hay que ver la de carbonilla que tienen por ahí arriba...

  - ¿Qué quiere encontrarse en el Infierno? - me interrumpe la muchacha de malos modos.

  - Lo que hay, por supuesto. Era una forma de hablar... Me ha salido a recibir un tal Andras, asegurándome que tengo que pasar por la sastrería demonológica y que me tenía que haber topado con mi padre que es el elegido para otorgarme mi nuevo aspecto pero le aseguro que no me he topado con alma alguna.

  - Correcto - asiente la recepcionista según me explico -. Ese encuentro al que usted se refiere, tuvo que ocurrir aproximadamente dos minutos después de la incineración.

  - Esa información es nueva. Andras asegura que en la charla, mi padre me daría la indumentaria pero por razones que no vienen al caso, no he reparado en esa presencia y aquí me tiene, sin nada digno del Infierno para acceder triunfalmente en él.

  - ¿Y? ¿Qué pretende que haga? - suelta como si fuera imposible solucionar el problema.

  - Pues que me ayude a solucionar el tema.

  - ¡Imposible! Siento comunicarle que se le ha pasado el turno. No se pueden desperdiciar las ocasiones, buen hombre. ¿No le enseñaron la lección en vida?

  - ¡Ya lo creo que sí! Pero, con su permiso, creo que mi caso es un tanto especial...

 - No vaya por ahí, que me conozco el percal - me corta moviendo las falanges huesudas y amarillentas -. No es este lugar de favoritismos. Su asunto será igual que el de los demás. Ni más ni menos importante. ¡Faltaría más! 

  - No me interprete mal. No es mi intención que prioricen mi problema. Únicamente trato de llegar a mi destino lo antes posible. Tengo hambre y estoy sediento. Por favor, señorita. Estoy agotado.
  - Espere un momento. Voy a ver qué puedo hacer por usted - resopla antes de desaparecer. 
  Detrás de mi se escuchan gemidos de dolor. Unos minutos después regresa acompañada por una especie de pájaro enorme, con alas a la espalda que emana un hedor insoportable.
  - Aquí está el bueno de Fernando Retana. Es usted un pardillo - exclama el pajarraco, mientras que del enorme pico le cae pus putrefacto -. Me llamo Malphas. Soy un poderoso Gran Presidente del Infierno - me estrecha la mano, acercando su fetidez a mis huesos. Tiene aspecto de cuervo gigante. Mas que plumas está recubierto de pelos duros. El pico es enorme. Sus brazos son muy largos y las manos peludas y gigantescas, desproporcionadas a su tamaño y muy similares a las de los humanos. De la espalda le salen un par de alas negras, como las que lucen los ángeles en las ilustraciones. En la mano lleva una paleta de albañil. A duras penas controlo una arcada -. Le ayudaré a encontrar a su padre. ¿Sabe que aspecto tiene en la actualidad? - pregunta consultando un listado.
  - No lo sé, lo siento. Cuando falleció yo era muy pequeño... -hago una pausa buscando las palabras adecuadas -. ¿Puedo evitar la presencia de mi padre?
  Malphas me observa con una sonrisa socarrona.
  - ¡Por supuesto, amigo! Va a ser usted un buen elemento infernal, ya lo creo - agita la paleta frente a mí -. Le construiré una buena casa.
  Le observo desconcertado.
  - Construyo casas, torres y fortalezas.
  - Si le digo la verdad, no veo nada positivo en la idea de volver a reencontrarme con los seres queridos del pasado, no sé si me entiende. 
  - Perfectamente. Uno tiene que conocer nueva gente para su nueva vida, también yo opino de ese modo. Si nos volvemos a reunir con personas de nuestro pasado, repetiremos muchas experiencias y se trata de innovar. Usted le va a encantar a Satanás.
  - Aclarado este punto, usted dirá qué hacer ahora. Estoy en sus manos - digo con cierta pesadumbre, incapaz de apartar de mi mente a Chabel en brazos de Pablo.
  - Olvídese del pasado - asegura Malphas leyéndome el pensamiento -. A partir de ahora, borrón y cuenta nueva. La pérdida de seres queridos siempre crea estas congojas. Según cuentan los nuevos inquilinos, es muy penoso ver a los allegados en circunstancias tan desfavorables. De todas formas, si ya tenía la intención de no interactuar con familiares y amigos, bien podía haberlo anunciado en el mostrador de recepción.
  - ¡Qué sabía yo! Nunca hasta ahora he estado muerto.
  - ¡Qué agudo es usted! - responde con ironía -. ¿No podía haber traído una lista con las cosas importantes que deseaba realizar?
  - Para listas estaba yo, con el disgusto que tengo. Y ya le digo, que soy novato en esto de estar muerto.
  - Venga conmigo. Su padre tendrá su cuerpo en el Cielo. Vamos a ver de que talante está hoy Dios, porque es un tipo rarísimo, no se crea usted todas esas patrañas que les sueltan en vida de que es un ser misericordioso, magnánimo,  padre redentor y no sé cuantas tonterías más - Malphas se atropella al hablar -. Esto con lo que nos sale usted, no es tan fácil de resolver.
  - Bueno, en principio dijo que resolvería lo mío sin problemas y en un pispas ha cambiado de opinión.
  - El tema es que todos los pronósticos se inclinaban a que usted permaneciera en el Cielo por los siglos de los siglos, debido a la vida de bondad que ha llevado y claro, su alma y la de su parentela, están en esa ubicación. Una vez aquí, cambia de opinión y  Dios no está siempre de buen humor para perder candidatos que...
  - En recepción ya expuse mi deseo de querer vivir en el Infierno. Creo que fui muy claro... Ha habido un malentendido - trato de defenderme.
  - Si, hombre si. Si los de arriba lo tenemos muy claro pero el rollo es cómo se lo tome el de abajo. Le acompaño hasta la puerta del Cielo y usted se apaña como pueda. Por cierto, Lucifer se siente muy honrado de que nos haya elegido y le otorga carta blanca para que actúe según sus deseos.
  - Pues para tener carta blanca, menudo chorreo me acaba de largar, señor Malphas.
  - Venga, hombre. No me sea respondón.
 Avanzamos aproximadamente veinte metros por el corredor semioscuro. Una iluminada y amplia escalinata espera nuestro descenso. Las paredes decoradas con pinturas alegóricas le confieren un aspecto de alegría a la par que de recogimiento. Una paz persistente me inunda el corazón.
  - No respire - me aconseja mi acompañante -. El poder de Dios no tiene límites a la hora de robar acólitos a sus filas. No olvide que usted ya es de los nuestros.
  Me muerdo la lengua antes de responder que si no respiro me moriré y compruebo que gracias a que estoy muerto, puedo dejar de respirar el tiempo que desee. Vacío la mente dispuesto a  enfrentarme con ese supuesto Dios de malas pulgas.
  - Le recomiendo que no se emocione con la apariencia celestial. No olvide que le leo el pensamiento - anuncia Malphas según hago tintinear la campanilla. El sonido melodioso se extiende cubriendo la voz de mi compañero -. San Pedro saldrá a recibirle. Explíquele lo que desea, sea conciso y breve en el mensaje.
  - Si señor - respondo aturdido.
 Escucho pasos leves acompañados de un ligero tintineo de llaves. Tras descorrer cinco cerrojos y dar siete vueltas de llave en la enorme cerradura, la puerta azul cielo del Cielo se entorna con un suave chirrido de bisagras que necesitan 3-en-uno. Se abre apenas una rendija, se ve que no esperan a nadie.
  - ¿Quién se atreve a romper la paz del Cielo?
  - Tengo que recoger mi nuevo cuerpo. Por favor, si me abre la puerta le explicaré con detalle lo ocurrido...
  El portero abre con esfuerzo. Una basta explanada me envuelve y me atrapa desde el otro lado. Un hombre fornido, con barba poblada y suave sonrisa, se hace a un lado franqueándome la entrada.
  - Bienvenido, hermano - saluda moviendo la mano derecha con un ademán de impaciencia -. Pasa y acomódate.
  - Ni se te ocurra cruzar la línea - grita Malphas -. Habla desde el umbral.
  - No puedo acceder a tu territorio - explico tartamudeando,  retorciéndome lo poco que me queda de las falanges -. Es una situación un poco difícil la que me trae hasta aquí.
  - Como desees - responde San Pedro a regañadientes -. Las puertas del Cielo están siempre abiertas para todos.
  Fijo la vista en la pradera fértil. Las fuentes y cascadas filtran su frescura en mis pupilas. El silencio sobrecogedor otorga al ambiente un clima de calma y sosiego. La aparente calidez resulta enrarecida. Más allá de la pradera se vislumbran bosques singulares con todo tipo de árboles frutales, plantas y animales.
  - Es el paraíso, hermano - me informa San Pedro con vehemencia siguiendo mi mirada.
  - Precioso - me atrevo a confesar, bajando la mirada ruborizado.
  - Adéntrate en él, hijo. No temas - invita.
  - No lo hagas - la voz de Malphas me taladra la espalda.
  - He elegido Infierno. No te emociones.
  - Entonces, hermano... ¿Cuál es el motivo de tu visita? - la pregunta arrastra calma.
  - Ha dejado un serio problema en la vida anterior que le ha inquietado durante todo el viaje y no ha prestado atención a las instrucciones para recoger la indumentaria correspondiente. Ha salido su padre pero no desea reencontrarse con él - explica Malphas a gritos desde el otro lado.
  - Tengo que recuperar mi nuevo aspecto para iniciar la vida en el Infierno. Es lo único que me ha traído hasta aquí - corroboro.
  - Siempre pensando en lo que dejáis atrás - murmura San Pedro -. ¿Quién es tu padre, hermano?
  - Ernesto Retana.
  - ¿Por qué te niegas a saludarle?
 - Murió cuando era muy niño. No quiero más tristezas.
  - Apenas se conocen - añade el diablo a modo de disculpa.
  - Tu falta de sensibilidad me conmueve - dice San Pedro mirándome con fijeza -. Te arrepentirás enseguida, créeme. Es importante pasar la eternidad junto a familiares, esperando la llegada de los que dejaste atrás. Es una gran oportunidad la que te ofrezco. Además sería una ocasión excelente para conocerle. Ya ves, hermano, aquí todo son ventajas.
  - Ha elegido su destino - aclara Malphas lacónico -. Agénciale su cuerpo y nos iremos.
  - ¿Es tu última palabra? - San Pedro rastrea mi corazón con la mirada, incitándome a cambiar de opinión. Sin esperar respuesta, señala con los brazos extendidos la inmensidad de su universo -. Entra un rato y echa un vistazo mientras busco lo tuyo. Tómate tu tiempo, hombre.
  - Si cruzas la línea, jamás te dejarán salir. Es una sucia trampa. Son unos manipuladores - asegura mi protector acompañante sujetándome del brazo con su poderosa mano garra -. Este tipo es un embaucador y tú ya has elegido destino.
  - Es un lugar magnífico - exclamo saboreando un posible cambio de ubicación.
  - Falsa apariencia, amigo. Frío y aburrido. Prácticamente inhóspito y por esa misma razón, imposible de mantener en óptimas condiciones. Si hubieras reparado en tu padre, le hubieras visto pálido y desmejorado. Ni siquiera mantienen una dieta equilibrada. Todas las comidas son a base de bocatas. Sabes de sobra que eso no es sano. El alcohol y el tabaco están prohibidos. ¿Te lo puedes imaginar? - Malphas se regodea en cada frase. Todo son normas. Se pasan la eternidad adorando a un Dios que en realidad es un tipo vulgar. Un auténtico tirano. Un dictador.
  - ¿Lo dices de verdad? - pregunto con la sonrisa en los labios -. Los curas aseguran lo contrario.
  - Los curas, los curas - refunfuña Malphas con desdén -. ¿Qué van a decir ellos? Pobres infelices, pisoteados por el dictador más grande de la historia.
  - No puedo creerlo.
  - ¡Qué inocentes llegáis todos! Que Dios es de derechas es una verdad notoria.
  - ¡Qué no, hombre! ¡Qué no! - aseguro divertido por la ocurrencia de mi compañero -. Si está de parte de los más necesitados.
  Malphas levanta una ceja y resopla antes de responder:
  - Ese supuesto Dios es un farsante. Se pavonea prometiendo una vida eterna plena de bondades, que en realidad jamás llega.
  - ¿Cómo sabes tú eso? - me encolerizo sospechando de su manipulación encubierta.
  - Conozco muy bien a ese sujeto abyecto. No en vano, pertenezco a la corte satánica. Satán es el Dios del Infierno, que también es sabio y conoce todas las respuestas. Es muy fácil deslumbrar con un bello paisaje, pero, ¿qué crees que esconden detrás de este espejismo? - abarca con ambas garras el marco incomparablemente bello que resplandece frente a nosotros
  - Te respondo, hermano - se escucha nítida la voz de San Pedro que avanza presuroso a nuestro encuentro -: La felicidad, la alegría, la dicha eterna... ¡Qué no comemos se atreve a decir este insolente! ¿Quién necesita comer para llenar de dicha el corazón?
  - ¡Te lo dije! ¡No prueban bocado! - exclama el satánico triunfante. Luego dirigiéndose a su enemigo, añade -: Debes saber que este hombre viene de una tierra donde todo lo celebran comiendo y bebiendo pantagruélicamente. Tienen una máxima, que utilizan muy a menudo: "Mañana quedamos por San Queremos".
  - Podemos ofrecerte una contraoferta mucho más ventajosa que la que seguramente te han prometido los satánicos - San Pedro me invita a escucharle, sabedor de que mi curiosidad flota en el ambiente -. Si no deseas volver a ver a tu familia, podemos arreglarlo.
  - No le hagas caso - Malphas me propina un codazo amigablemente -. Son un atajo de engreídos.
  - ¡Hijo mío! - estalla una voz emocionada tras el corpachón de San Pedro -. ¡Qué alegría me da verte!
  - Es tu padre - presenta San Pedro ante mi perplejidad.
  - Hola - susurro molesto, buscando alguna palabra que rompa el malestar del momento.
  - ¿Cómo está mi Teresa?
  - Bien - es mi lacónica respuesta.
  - Eso es. Así se hace - asegura Malphas triunfante -. No dejes que te manipulen.
  - Hijo, este es un lugar maravilloso. Pasa - invita tirándome con fuerza de mi maltrecho cúbito.
 Malphas tira a su vez del extremo  contrario, impidiéndome que dé un paso más. Soy consciente de que me tienta la invitación. Deseo atravesar el umbral.
  - No puedo - comento arrepentido de haber elegido el Infierno como morada para la eternidad.
  - Recuperaríamos el tiempo perdido - en el tono de mi padre se mece la esperanza.
  - Siempre serás bienvenido - invita cordial San Pedro -. Si en algún momento te arrepientes, ya sabes dónde estamos.
  - ¿No puedes subir al Infierno conmigo? - inquiero tímidamente dirigiéndome a mi padre.
  - Hace tiempo que se acabaron los plazos.
  - ¿Qué plazos? - observo directamente a Malphas que aparta su mirada de mi calavera.
  - ¿No te han comunicado que existe un periodo de prueba? Típico y ladino. Propio de Satán y sus secuaces - increpa el portero del Cielo malhumorado -. Te pongo al corriente... Cuentas con trescientos años de prueba, si aun y todo no terminas de estar seguro, puedes pasarte cien años más en el limbo meditando.
  - ¿Tanto tiempo? 
  - La eternidad pasa tan rápida como la vida, hijo - asegura mi padre.
  - No les escuches - ordena mi colega apartándome del portón -. Si hubieras escuchado con atención lo que dijeron en la charla, no estaríamos discutiendo bobadas. ¡Vámonos! Tenemos prisa.
  - Muchas gracias por la información - sonrío a los dos a modo de despedida y clavo la mirada seria en el diabólico -. Lo tendré en cuenta.
  - Venga, venga. Entrégale el petate que se hace tarde - trata de aligerar Malphas dirigiéndose a la figura menuda e irreconocible que asegura ser mi padre.
  La vuelta al Infierno resulta muy pesada. Cada peldaño de ascenso parece que aumenta en centímetros. El calor resulta insoportable. El humo me aguijona la garganta. La escalera se estrecha a cada pocos metros, viéndome en la necesidad de solicitar reiteradas paradas para tomar aire. Durante todo el trayecto nos mantenemos en silencio. Solo se escucha el crepitar de las llamas a medida que ascendemos. Después de una infrahumana caminata, atravesando escarpadas montañas, ríos de lava y elevarnos varios niveles, llegamos al tórrido Infierno.
  Aquí no queda libre ni un mísero metro cuadrado de suelo para estirar las piernas. Reconozco algunas caras, bien ligadas a mi vida, aunque no todas afines.
  - Fernando Retana - escuchó la llamada a duras penas a través de la megafonía. El ruido es ensordecedor. El crepitar del fuego llega de todas partes, aunque no se ven llamas por ningún lado. Las voces se mezclan unas con  otras en varios idiomas. Las risotadas estallan a cada paso. A duras penas consigo atravesar la sala sirviéndome de codazos, empujones y patadas, intentando no perder de vista a Malphas que ha tomado las riendas así como el control de mi nueva existencia.
  - Bienvenido al otro lado del tiempo - anuncia una voz vibrante -. Es nuestro eslogan. Soy Stolas, Príncipe del Infierno. Conozco todo el saber de las hierbas y las plantas tóxicas y comando veintiséis legiones de demonios. Además, actuaré como tu guía hasta que te puedas mover con soltura y confianza por tu nuevo hogar - ante mí se planta un enorme búho con largas patas de cuervo.
  - ¿Qué aspecto adoptarás a partir de ahora? - pregunta el búho con ferviente interés.
  - Lo ignoro - Le muestro el paquete que me han dado al cruzar el umbral de la puerta infernal, esperando que Stolas me aclare algo sobre mi indumentaria.
 El búho me observa detenidamente y después de unos minutos, exclama:
  - ¡Aja! Te llamarás Baalzafón, que en hebreo significa "Señor del Norte". De momento no tendrás el aspecto de un demonio concreto, sino de la mezcla de tres o cuatro de ellos. Irás adquiriendo sus personalidades y moldearás la tuya propia.
  - Creía que esto del Infierno sería más fácil pero sin haber entrado todavía me está resultando demasiado intimidante - señalo entre perplejo y asustado, arrepintiéndome de haber tomado la decisión tan a la ligera.
  - No temas, hombre. Te lo explico al detalle y  cuando necesites alguna aclaración o más detalles, me interrumpes y preguntas lo que desees - hace una pausa, traspasándome con los ojos saltones -. Estás adquiriendo la personalidad de tres demonios importantes, a saber: Vivirás los primeros cien años con la apariencia de Ertrael. No pongas esa cara de acojonado, hombre. No hay nada que temer ya que tendrás apariencia humana. Este, permaneció mucho tiempo en el Cielo participando abiertamente en una rebelión al mando de Satanás. En el Cielo no son de perdonar nada, aunque reiteren lo contrario. Se convirtió en un ángel caído a las órdenes de Lucifer. ¿Necesitas alguna aclaración?
  - ¿Cuál será mi cometido durante ese periodo de tiempo tan extenso?
  - Aprender.
  - ¿Es necesario pasar tantos años aprendiendo?
  - Aquí el tiempo pasa muy muy rápido, ya lo verás. Pasado el primer centenar de años, llegará otro espacio de tiempo que limitará Lucifer en persona. Adoptarás la personalidad y el aspecto de Furfur. Es una especie de ciervo alado con largos brazos de humano. Es Gran Conde del Infierno, muy poderoso. Gobierna veintinueve legiones. Furfur te dará las pautas necesarias para que lo realices en los años sucesivos. Te ayudará a transformarte en ocasiones en un hombre joven de apariencia bondadosa pero en el fondo mantendrás tus férreas ideas malévolas. Serás el demonio encargado de crear tempestades, inundaciones, huracanes y todo tipo de catástrofes. Mentirás compulsivamente, sobre todo cuando realices lazos de amor entre hombres y mujeres. Hablarás con voz áspera. Por último encarnarás el aspecto y la personalidad de Baalberith. Tal como él, serás jefe, secretario y fiel activista en el Infierno. Te convertirás en uno de los príncipes más poderosos de esta casa. Incitarás a los nuevos acólitos a la blasfemia y al asesinato. Aquí tendrás apariencia humana.
  - ¿Apariencia humana? Eso me satisface mucho más.
 - Son personalidades muy diferentes pero lo bueno es que todos se inclinan hacia el mal. A partir de adoptar la personalidad de Furfur, podrás realizar cualquier crueldad y mezquindad en el mundo terrenal, que Lucifer valorará. Parece que Satanás confía plenamente en ti.
  - ¡Pero si no me conoce de nada!
 - Satanás conoce a todos los mortales, al igual que Dios pero el primero es mucho más poderoso.
  Su sonrisa me hiela las entrañas.

  - Adelante, Fernando - me indica Stolas con una sonrisa diabólica -. Lucifer te aguarda tras la puerta.
  - ¿Lucifer en persona?
  - ¡Claro, hombre! No temas. Es un tipo simpático, te gustará - añade con entusiasmo.
  Tras un mostrador de mármol grisáceo, en el Infierno todo tiene color ceniza, unos cortinones solapan una férrea puerta de madera ennegrecida. Me dispongo a llamar con los nudillos pero se abre sin que llegue a rozarla. Se produce un ligero chasquido apenas perceptible, con el ruido circundante. La amplia estancia, decorada al estilo barroco, me ofrece una envolvente bocanada de aire fresco. No hay humo. Carraspeo varias veces y me froto los ojos irritados.
  - Entra, Fernando. No te quedes ahí parado - la voz me insufla una confianza renovada. Me adelanto con decisión.
  Al instante recapacito en que desconozco el momento del día o de la noche en que nos encontramos. He perdido la noción del tiempo. Estoy terriblemente cansado.
  - Perdón por la demora - me excuso.
  Me ofrece una jarra de agua fresca y un pañuelo milagroso que con solo pasármelo una vez por los ojos enrojecidos, me alivia el picor. Observo el aspecto juvenil del sujeto. Alto, de complexión atlética, guapote. La nariz aguileña le otorga cierta templanza. La barba bien cuidada le aporta carisma. Impecablemente vestido. La elegancia en sus movimientos llama mi atención. Un aroma varonil impregna la sala. Sonríe abiertamente, mostrando una dentadura perfecta. Los labios carnosos invitan a la lujuria. En la frente se le marcan arrugas fuertes, quizá debido a la edad. Este tipo tiene que tener miles de tacos. Su cutis es fino, las manos grandes terminan en unas uñas largas lacadas en negro. La indumentaria consta de un traje oscuro con chaleco y corbatín gris perla. La camisa roja. Como si estuviera dispuesto a salir, se cubre con una capa larga color púrpura con bordados en negro y cuello alzado que recuerdan a las representaciones de Drácula. Los zapatos brillantes son de charol.
  -Soy Satán, aunque por aquí todos me llaman Lucifer - se presenta tras recrearse en el estudio detallado de mi persona.
  - Es un placer conocerle - añado por decir algo. No tengo ni idea de cómo tratarle.
  - El gusto es mío, Fernando. No te puedes imaginar lo que me contenta que un tío como tú haya elegido el Infierno para pasar la eternidad - me estrecha la mano cálida -. Me congratula que te hayas decidido por nuestras confortables instalaciones para disfrutar de... - selecciona cada dígito con el sistema del bombo, idéntico al de extraer los números de la Lotería Nacional -. ¡Seiscientos sesenta y seis años! Tras el tiempo citado, volverás de nuevo a renacer con un aspecto totalmente diferente al que has gozado en tu última vida. No llevarás recuerdos de tu estancia aquí pero si bagaje y experiencia acumulada. Tu personalidad también será diferente. Por medio de la numerología te serán otorgados todos estos datos, así como la fecha de nacimiento, los padres, la nacionalidad o el sexo. Pero entenderás que de momento, todo esto es totalmente irrelevante. 
  Asiento boquiabierto, tratando de archivar en la memoria todos los datos que Lucifer me proporciona con su suave verborrea.
  - Lo que si debes escoger ahora es el puesto de trabajo para esta... digamos larga vida con nosotros. Actualmente disponemos de varias plazas de fogoneros, caldereros, encargados de fogones, supervisores, así como jefes de sección y de planta...
  - Jefe de planta me viene fenomenal - me atrevo a sugerir complacido.
  - Como desees. Asignado te queda el cargo - realiza una breve pausa y aprovecha para observarme con detenimiento -. Sé que estás acostumbrado a mandar y aunque no ha sido de mi agrado tu manera de proceder en la vida terrenal, siempre tan benévolo con tus subalternos, mantengo la firme esperanza de que tu estancia entre los demonios te dote de otras aptitudes más acordes con tu vida futura. De momento debes saber que, aunque tu excesiva bondad me ha producido una úlcera sangrante y fuertes migrañas, me caes bien y tengo confianza en que tu comportamiento empeore con el tiempo. No me queda más que desearte buena suerte y regalarte un par de consejos: aprovecha todos los placeres carnales que se pongan a tu alcance. No dejes de realizar maldades, esfuérzate en mantener un comportamiento cruel con quienes trabajen a tu cargo. Sabré recompensarte. Ojala que tu estancia resulte fructífera. Nos veremos con frecuencia - sonriendo me da una palmada en el hombro para diluirse a continuación como una sombra de humo.


  Con el paso de los años me han llegado algunas noticias importantes sobre la familia. Mis padres se reencontraron en el lugar que llaman paraíso. Me permitieron bajar al Limbo para conducir a mi madre al encuentro de mi padre. A pesar de la insistencia de ambos, jamás he tenido deseos de cruzar el umbral hacia ese temido destino de calma y tranquilidad. Mi madre cree que me han lavado el cerebro. No sé si por la influencia de los demonios con los que me he codeado o por propia convicción, el caso es que el Cielo me parece casi siniestro. Apenas deambulan unos centenares de sombras, que caminan sin rumbo fijo, como drogados con una sonrisa forzada y el semblante blanquecino, demacrado y con el aburrimiento fijado en las corneas huecas. He descubierto que Dios es un tipo mordaz, prepotente, con aires de grandeza, que se pasea con la cabeza erguida, escudriñando cada rincón de su impoluto recinto. Resulta suspicaz, estudia a sus inquilinos con ojo raptor de ilusiones. Comparto la opinión de Lucifer cuando asegura que es un manipulador sin  sentimientos. Desde el Infierno se ponen infinidad de peligros en el mundo y se llenan los corazones de odio, mientras ese Dios miserable lo consiente. 
  Los siglos en el Infierno pasan bastante rápidos. Se celebran fiestas durante varios días seguidos, de manera que se pierde con facilidad la noción del tiempo. Se fraguan los designios del mundo a golpe de ira después de jornadas consumiendo ingentes cantidades de alcohol. Las resacas se controlan sin dolor porque se puede permanecer varios días durmiendo. Nadie pide cuentas de nada y no se adquieren responsabilidades. Tras uno de estos periodos de adormecimiento incontrolado, reconozco la llegada de un viejo, exhausto y mortificado. Vaga por los pasillos del Infierno. He comprobado que lleva apenas dos semanas entre nosotros y ya tiene la piel tan quemada y enrojecida, que se manifiesta extremadamente dolorido. Por un segundo me he compadecido del tipo. Lo hallo en primera línea de calderas  y estoy a punto de ofrecerle una crema que le alivie el escozor. Se trata de Pablo, mi infiel amigo o fiel enemigo, según se mire. El gran duque Astaroth merodea por los alrededores y me hace una  señal advirtiéndome que no se me pase por la mente lo del ungüento milagroso, que de inmediato desaparece en mi bolsillo. En lugar de la ayuda, le propino una sonora palmada en la espalda.
  - ¡Qué sorpresa! Si es mi buen amigo, casi hermano, Pablete. Dichosos los ojos - hace un gesto de dolor, a punto de desplomarse en el interior de la caldera. Lo sujeto a tiempo -. No se acabará tu agonía tan rápidamente, muchacho.
  Me observa con la mirada pérdida, cegado por el resplandor del fuego eterno.
  - ¿Nos conocemos? - las palabras le salen entrecortadas. Las llagas de la boca forman costras resecas y sangrantes. Los condenados a calderas carecen de privilegios. Se les prohíbe elegir destino. Son enviados aquí nada más traspasar la fina línea entre la vida y la muerte. Otra característica propia de estos sujetos, es que conservan la apariencia de los últimos días de vida pero con la piel mancillada, el cabello en llamas y los órganos achicharrados. La agonía se prolonga eternamente. No pueden ser salvados porque en el Infierno no habitan almas caritativas.
  - Soy yo, hermano - acaricio la última palabra al tiempo que el desvía los ojos turbios -. Tu fiel amigo Fernando.
  - Nunca imaginé que estuvieras en este lugar infecto.
  - Ya ves. Llegué aquí por decisión propia y estoy encantado.
  - No lo entiendo.
  - Dale a la pala - la voz cortante de Astarot se escucha a nuestra espalda.  El látigo dibuja una pirueta en el aire antes de estrellarse en las costillas sangrantes del condenado.
  - Me cansé de ser bueno, Pablito.
  - Ayúdame, amigo - suplica sin atreverse a mirarme.
  - ¿Por qué debería de hacerlo?
  - Nos unió una gran amistad en vida. Soy de los tuyos.
 - No lo tengo muy claro, muchacho. Más que ser de los míos fuiste de Chabel. No puedes imaginar lo que sufrí por vuestra indecencia.
  - ¿Cómo te enteraste? - pregunta sorprendido.
  - Os vi. Escuché vuestras negras y ofensivas palabras.
  - Y no has parado de enviarnos avisos... Sabrás que no hemos tenido un día feliz desde...
  - Desde mi muerte. Lo sé. Me he encargado personalmente de ello.
  - ¿Te sientes feliz?
  - Inmensamente feliz. He logrado mi propósito.
  - No lo creo. Siempre fuiste un tío estupendo con un gran corazón,
  - ¡Oooooh! ¡Me enterneces, Pablito!
  - Dime, al menos hasta cuando tengo que aguantar este infierno demoledor - suplica.
 - Agonizarás eternamente y cuando creas estar a punto de perder el sentido, el inmenso dolor te obligará a mantenerte despierto.
  - Te lo ruego - suplica -. Haz que este calvario termine.
  - Soy un ser diabólico, tú me has convertido en ello -. Y ahora discúlpame. Tengo una bacanal de lujuria que se alargará unos diez o doce días.
  Satanás me observa desde un rincón. Levanta el pulgar hacia arriba cuando voy a su encuentro.
  - Eres mi gran obra, Baalzafón. Estoy muy orgulloso de ti.
 - Tengo nuevas ideas que exponerte - comienzo a informarle según caminamos tranquilos -. Se me ha ocurrido inocular un potente veneno en...