Llegué a la estación con relativa antelación. Tengo que reconocer que me exaspera caminar acelerada, cargando la maleta, mientras atravieso la amplia sala sorteando a los pasajeros en busca de la dársena de salida. Con el billete ya en la mano, busqué con la mirada un hueco libre en alguno de los bancos de la sala de espera. Nada disponible a simple vista. Fruncí los labios suspirando malhumorada. Entorné los ojos en la segunda ojeada, deteniéndome en cada uno de los asientos ocupados por si pudiera ser que alguno de los viajeros tuviera intención de levantarse. Sonreí. Justo frente a mí había un muchacho muy joven, con esos cascos enormes que parecen haber llegado de otra galaxia, con el móvil en la mano, totalmente entregado a su mundo fantástico, absorto en otros temas. Vestía enteramente de negro raído. Tatuados los brazos casi por completo. El pelo teñido en verde y rojo un poco enmarañado. Me pareció la compañía ideal durante la espera. A esa edad y con semejante pinta, ni siquiera repararía en mí. Incluso cabía la posibilidad de que huyera. A los chavales no les gustan las señoras de cierta edad por temor a que se inmiscuyan en sus vidas.
Musité un buenos días al aposentarme en el otro extremo del banco. Tal como pensaba no reparó en mi presencia. Dos o tres minutos después apareció otro desgreñado pero que ya no cumpliría los treinta, con la cabeza rapada y tatuada casi en su totalidad. Se dejó caer en el suelo brillante frente a nosotros, después de soltar la bolsa que portaba, la cual cayó a plomo a los pies del primer mozalbete.
- ¡Holi, Bego! ¿Qué hay?
"¿Bego?", pensé desconcertada, "¿Cómo que Bego? Madre mía, con la forma de vestirse y las greñas que llevan, una ya no puede saber a qué genero pertenece cada elemento que se cruza en el camino".
- ¡Holi, bro! - exclamó Bego emocionada, mientras chocaban los puños cerrados y se besaban en los labios.
Mi instinto me obligó a abrazar con más ahínco el bolso contra mi pecho.
- Me putoflipa este viaje. Lo vamos a pasar guapi - el supuesto bro parecía rebosar felicidad.
- Estoy putoeufórica. Tienes cantidad de rizz.
- Es que tú eres NPC, literal - rió excitado.
Continuaron hablando en su lenguaje extraño. No comprendía nada. Pensé si lo harían en clave para evitar que me enterase de sus asuntos. Me dediqué a observar a los demás viajeros, sin dejar de poner atención a la absurda conversación, por si pescaba algo.
Repetían en cada frase "bet", "bro" y "literal", casi continuamente, como si fuera un mantra. Me llamó la atención que a cualquier vocablo le anteponían la palabra "puto" De pronto se hizo el silencio. Dirigí la vista hacia su lado con un movimiento ingenuo de cabeza, pensando que se hubiesen marchado. Sin embargo, me encontré a ambos mirándome fijamente, como esperando respuesta.
- Digo que si sabes a que puta hora sale el putobus para Madrid - preguntó Bego con una sonrisa casi sincera.
- A Madrid - repetí con calma, intuyendo que ese era también su destino. Hice un mohín de desagrado, pues no me complacía mantenerme cerca de los sujetos por tanto tiempo.
- Soy Bego - se presentó deslizándose en el asiento hasta acercarse a mí. Me tendió la mano -. Mi bro es Monroe.
- Carmen - susurré con desgana. Mi intención no era parecer maleducada, así que acepté saludarles formalmente. Ante mi sorpresa, Bego me apretó la mano con confianza. Fue un apretón sincero, envolvente. Los tatuajes se mimetizaron entre las arrugas de mi mano.
- Un putoplacer - agregó Monroe, propinándome una suave palmada en el hombro -. Si vamos a viajar juntos está bien que sepamos quién nos acompaña, ¿no te parece? - ante mi cara de sorpresa, señaló el billete que llevaba en la mano, indicándome que conocía mi destino.
Sonreí apenas, examinando a conciencia sus rostros. Me costaba asumir la condición de feminidad o de masculinidad de ambos. La forma de vestir tan irregular, les otorgaba un aspecto similar. Los pelos largos y la ropa tan holgada... En fin, una nunca sabe a qué atenerse.
- La salida está prevista para dentro de ocho minutos - respondí con cierta reserva.
- Putoflipe, abueli. Ven con nosotros - invitó Bego.
"¿Abueli?", estuve a punto de preguntar pero Bego insistió para que les secundara.
- Deja, que te lleve la maleta - terció Monroe.
- Muchas gracias, majo pero me apaño muy bien sola.
- ¡No jodas, abueli! - poniéndose repentinamente serio agregó -: Somos panas de ley. ¡Literal!
Apreté la bandolera del bolso entre el brazo inclinado y anduve con paso firme hacia la dársena.
- Trae p´aca, abueli. No seas tonti, que no somos craks.
- Monroe tiene razón. Vamos de buenro, literal.
- La verdad es que no entiendo muy bien vuestra manera de hablar y... - las palabras me salieron apelmazadas.
Monroe sin añadir nada más, agarró con fuerza mi maleta, se cargó su macuto a la espalda y comenzó a andar a grandes zancadas. Bego me tomó del brazo y me obligó a caminar junto a ella. Me latía el corazón.
- ¡Corre! Luegui te sentirás tan a gusto que desearás meterte a Monroe PEC.
- No entiendo, maja. ¿No puedes hablar claro?
- Es la forma de expresar lo bien que te sentirás cuando poses tu puto culo en el puto asiento del puto bus. Estarás tan putoatope que querrás meterte a Monroe por el culo (PEC). ¡Literal! - aclaró.
Para entonces, Monroe ya había hecho desaparecer nuestros bultos en el compartimento del autocar.
- No te preocupes, Car... A tu edad no te renta andar cargando ese maletón. Nos ocupamos de ti six-seven si es putonecesario, literal. Tenemos calle y vamos de buenro.
Bego subió la primera al bus. Me tendió la mano y al verme flaquear ante su intento, estiró de mi brazo con demasiada fuerza para ser una chica tan delgada. A su vez, Monroe me impulsó, empujándome del trasero con sus manos, sin pudor.
- Holi - Bego saludaba con la mano ya instalada en el bus.
- Voy al putofinal, atrás del todo - informó Monroe con aplomo - pero si me necesitáis, pegad una voz, ¿bet?
Sonreí segura de no requerir su presencia bajo ningún concepto pero manifestándome de acuerdo a sus insinuaciones.
Una vez en el pasillo y con el bolso apretándolo con fuerza hasta sentir un dolor agudo en el brazo, me dispuse a buscar mi asiento. La desagradable corazonada me latió con fuerza según avanzaba por el autocar. Hacia la mitad del bus se hizo realidad: Bego se repantingaba en mi asiento, junto a la ventanilla.
- Perdona, cielo - increpé con el mejor tono que pude ensayar -. Has ocupado mi sitio.
- Ya lo sé, abueli - contestó la niñata sin mirarme -. No puedo hacer un putoviaje tan largo en el asiento junto al putopasillo.
Levanté las cejas en señal de sorpresa. Me observó con desdén. Llevaba los ojos maquillados en negro y los labios de rojo intenso. Su mirada se definía dura y penetrante, resuelta a mantenerse acomodada en el asiento que no le correspondía.
- Mueve el puto culo, vieja o piensas seguir de pie todo el putorato - gritó alguien a mi espalda. Al volverme descubrí a un tipo con rastas verdes y una camiseta rota, cedida y sucia. Sus botas ocupaban parte del pasillo y me daba continuos golpecitos con la guitarra que portaba al hombro. De reojo vi que Bego sonreía al mugroso.
- ¡Cringe! - exclamó moviendo la cabeza dando por hecho que el tipo tenía razón.
Dirigí una mirada rápida al fondo del autobús, buscando a Monroe pero al momento cambié de opinión, me hice a un lado para que pasara el de la guitarra y otros dos secuaces que le seguían. Dejaron una estela pestilente difícil de disipar.
- A ver, Bego, guapa - indiqué perdiendo la paciencia -. ¿Por qué razón no puedes viajar junto al pasillo?
- Por el tatuaje - respondió con sequedad -. ¿No lo ves? Si alguien me pega un golpe me puteará infinito.
"Eso tiene fácil solución, rica. Con no hacértelo, era más que suficiente", estuve a punto de explotar pero me contuve a tiempo.
Sostuvo mi mirada a la espera de mi respuesta.
- ¿Este es tu asiento? - señalé el de al lado.
- Claro, ¿cuál iba a ser? - tronó como si la pregunta fuera innecesaria.
Ocupé el sitio, manteniendo el brazo pegado al cuerpo, temiendo rozar el dichoso tatuaje cubierto con un parche.
Sus brazos y escote estaban tatuados casi en su totalidad.
El viaje prometía ser desagradable. Me dispuse a no meterme donde no me llamaban y cerré los ojos, recostándome en el asiento, obligándome a abstraerme por completo. Bego se había transformado en un ser asocial, tal vez por no viajar junto a Monroe. El autocar se puso en marcha al poco rato y me santigüe.
- Esa misma putochorrada hace mi abueli - terció la criatura del tatuaje.
"¡Vaya! Parece que la vieja Bego vuelve", pensé abriendo los ojos y ladeando la cabeza hacia ella.
- ¿Me decías algo?
- Que mi abueli hace lo mismo que tú. Se santigua para tener buen viaje. ¡Vaya putochorrada!
- ¿Me meto yo contigo?
- No tienes putohype.
- ¿Puto qué?
- Putohype, abueli...
- Y eso en castellano de toda la vida ¿qué coño es?
- Entusiasmo. ¿No tienes nietos?
- ¿Nietos? Oye, rica, que no soy tan vieja...
- Mi abueli tiene setenta tacos y creo que tú no serás mucho más joven.
- ¡Madre mía! Qué poca educación tenéis ahora los jóvenes.
- Somos sinceros.
- Ya verás que esa sinceridad tuya, de aquí a pocos años, estará sobrevalorada, Bego.
- Todas las putoviejas sois iguales. Mi abueli dice lo mismo.
- Pues razón no le falta.
Guardamos silencio durante largo rato. La muchacha se concentró en enviar algunos guasap. Escribía con abreviaturas y con el vocabulario que era desconocido para mi pero que ya se me hacía familiar.
- Ingrésame los 300 euros en la cuenta. Es la tercera vez que te lo digo - escribió con claridad esmerada.
- ¿Te crees que soy el banco de España? El dinero no llueve del cielo y no me paso las noches haciéndolo - la respuesta llegó de inmediato.
Un sonido de aprobación salió involuntariamente de mi garganta.
- Abueli no seas chismosa. ¿Te interesa algo?
- No, rica. Os creéis que el dinero se consigue fácilmente.
- Y no es así, ¿verdad? - dijo con ironía.
- Verás cuando tú trabajes y tengas que mantener una casa, un marido y unos hijos. Si quieres quedamos un día y me lo cuentas.
- Todas decís lo mismo.
- La experiencia es un grado, chata.
- Anda, abueli. No te hagas de rogar - insistió volviendo al guasap.
- Que no estoy a tu servicio, cariño. Tengo que hacer muchos números para llegar a fin de mes, que os creéis que todo es fácil en la vida...
- Corta el ro, que me lo sé de memoria...
- Pregúntale a tu padre, cariño. A ver que te dice.
- No me hagas esto, abueli.
- ¿Qué no te haga qué? Te dije que no más tatuajes pero tú a lo tuyo. Te he dicho mil veces que eso no es bueno para la salud, que no es bueno...
- ¡Qué sabrás tú!
- ¿Te crees que me he caído de un guindo? Cómo no voy a saber lo que es bueno o no para ti. Los jóvenes os creéis muy listos, cariño. Qué también he sido joven.
- Pues por eso mismo tenías que ser más comprensiva, porque pasaste por lo mismo.
- Que pase por lo mismo, dice. No tienes mas que vicio pero la culpa la tenemos tu abuelo y yo, que te lo hemos puesto todo en el morro y ahora pasa lo que pasa. Cuando tenía tu edad bastaba una mirada de mi padre para hacer su santa voluntad y si no hacía caso a la primera, ahí estaba la zapatilla de mi madre dispuesta para sentar catedra.
- Abueli, deja ese ro para otro momento, no me hagas un seis-siete...
- Y habla claro, a mí no me vengas con esa jerga. En clave les hablas a tus amigos...
- Qué pesada eres. Contigo no se puede hablar en ningún idioma. No me escuchas. No me entiendes, no estás en mi mundo...
- Pero te voy a traer al mío de un guantazo.
- Tengo que pagar el tatuaje. Lo hecho, hecho está.
Entonces llegó la frase clave. La que latía en el interior de aquella pobre mujer. La que yo esperaba que pronunciase más pronto que tarde. La que le sacaría de las casillas a la niñata, La misma que me había sacado a mi cuando la pronunció el tatuador.
- Mira, Bego a tu edad yo estudiaba y trabajaba. Entregaba el sueldo a mi madre y ella me daba una paga a la semana. Y, ¿qué haces tú?
- Los tiempos han cambiado. Hemos evolucionado...
- Pues para haber evolucionado hay cada día más borregos. Y espera que no he terminado. A tu edad ya me planteaba comprar un piso junto con tu abuelo, habíamos pensado en casarnos y en formar una familia. Dime, ¿qué has pensado hacer tú con tu vida?
- Soy joven para pensar en casarme.
- Cómo vas a pensar en casarte si no sabes freír un huevo. Tienes todo tirado, no das ni golpe. No estudias porque no te da la gana. No haces nada de provecho. Solo piensas en meterte veneno al cuerpo. ¿Te lo tengo que decir en chino? Que esa mierda que te metes, ahí se queda. Que es tinta, niña. ¡TINTA!
- Ingrésame los trescientos de una vez. Abueli, de verdad, estoy cansada.
- Para salir de fiesta nunca estás cansada.
- Mi abueli no me da tregua - confesó Bego un poco azorada, buscando en mis ojos el respaldo.
- Se lo pides a tu abuela que supongo te consentirá mas que tu madre, ¿verdad?
- Vivo con mis abuelos. Mi madre murió al nacer yo y mi padre se casó con otra pero no se acuerda mucho de mi. Tiene otros dos hijos.
- Lo siento, Bego - imploré su perdón con la mirada -. He sido una bocazas. No quería...
- No pasa nada - musitó lacónica -. La vieji no me entiende. Siempre está con que estudie, con que me tengo que labrar un porvenir... Ya sabes, la misma putomurga que todas decís.
- Ella solo desea lo mejor para ti. Busca tu bienestar - no podía decirle a la niña que su abuela tenía toda la razón.
- ¿De verdad que no tienes nietos?
- No pero tengo muchos sobrinos y...
- Mis abuelos dicen que no es lo mismo. Que cuando unos tíos o abuelos tienen que suplir a los padres, deben actuar como estos lo harían - sonrió como queriendo dar a entender que en el fondo estaba de acuerdo con el pensamiento. Suspirando, añadió -: Tus hijos se lo han pensado bien y no han tenido familia para poder disfrutar de la vida.
- La que me lo pensé bien fui yo - estallé harta de que la niñata daría todo por sentado -. No tengo hijos. Y tus abuelos están en lo cierto. Unos están para consentir y malcriar y los padres o los que ejercen de ello, tienen la obligación de educar, tarea mucho más ingrata y difícil.
- Cuando yo tenga hijos, los educaré como si fuera tía. Seré mucho más permisiva.
Sonreí, sabedora de que Bego, en caso de tener descendencia, se comportaría igual que su abuela.
- Harás lo mismo que tu abuela. La historia tiende a repetirse - aseguré.
- No lo haré - insistió tozuda.
- Salvando la distancia generacional, repetirás los mismos patrones..
- No, no. ¡Ni hablar! Nunca Seré como ella. Es una dictadora nata.
- ¡Qué sabrás tú de dictadores!
- ¿Sabes como terminan todas sus discusiones? - sin darme tiempo a responder, añadió imitando la voz de la abuela -: "Lo digo yo y punto que para eso soy tu abuela". Eso es tiranía, una puta tiranía.
- Vuelve a casa cariño y esta noche llamamos a tu padre. Con tranquilidad ya verás como llegamos a un acuerdo.
- No puedo volver, me voy a Madrid. Hay un festival estupendo de electrónica y rock y me voy con Monroe. El acaba de hacer un par de trabajos y me invita...
- ¿Cómo que te vas a Madrid? Cariño, me vas a matar a disgustos.
- No me amargues la vida. Este chico me crush muchísimo... ¿No puedes entenderlo? Podrías tener un poco de mood conmigo, pero claro no te da la puta gana - comenzó a llorar con sentimiento.
- Bego, ni se te ocurra llorar. Cuando te coja te voy a dar más de un motivo para que llores con razón. Primero, háblame en cristiano y segundo, con respeto. No te tolero ese vocabulario de barriobajera.
- Abueli, me he enamorado. No hay nada de malo en ello.
- Pero, ¿tú eres tonta o que te pasa? Haz el favor de dejar a ese pavo y volver a casa de inmediato.
- Abueli, porfa. No seas antigua.
- Tú te has propuesto quedarte sin abuela en dos días. Cariño, no hagas otra locura. ¿De qué conoces a ese chico?
- Te lo estoy diciendo. Es el mejor tatuador que hay en todo el País Vasco. Además todos mis colis se han tatuado con él. ¿Qué crees que pensarían si yo no lo hago?
- A mi me va a dar algo. Y si tus colegas se tiran de un décimo piso, ¿tú también te tiras? Lo que hacen y dicen los descerebrados con los que andas, va a misa, sin embargo lo que te decimos en casa te importa un bledo. Mira niña, como no vengas a casa en una hora, voy a denunciar a ese tipo.
- ¿A ti te hace feliz joderme la vida? Puedo hacer lo que me da la gana, casi soy mayor de edad. ¿Se te ha olvidado?
- ¡Mira que sorpresa! Ahora resulta que casi eres mayor de edad pero te sigues comportando como una chiquilla. ¿Cuándo ha surgido ese espontaneo cambio? Pues ya lo sabes, si casi - recalcó el término -, eres mayor de edad y puedes hacer lo que quieras, búscate un trabajo y con lo que ganes te haces los tatuajes que te dé la gana.
- A ver aclárate, abueli porque tan pronto dices una cosa como la contraria. Si los tatuajes son tan malos, lo mismo serán con tu dinero que con el mío. El tatuaje es un arte muy creativo, a ver si te enteras.
- ¿Un arte? Pues como si es un arto. Me vas a quitar la vida, Bego. Vergüenza me daría a mi... A tu edad y sin vender una escoba.
- No cambies de tema, abueli. Para tu conocimiento, Monroe es creador de contenidos en YouTube y es cool.
- Y a mi qué me importa lo que sea ese sinvergüenza. ¿Eso le hace buena persona? Te voy a decir lo que es: un jeta qué vete a saber lo que espera que le hagas. Lo mismo te vende a una red de trata de blancas o...
- Qué dramática eres. Monroe es muy buena persona. Fíjate, me ha hecho el tatuaje solo dándole mi palabra de que se lo iba a pagar después.
- Ya, claro. Por esa misma razón te invita al festival ese, ¿verdad, hija? Si no le pagas igual te abre en canal.
- ¡Qué exagerada! ¿Por qué siempre te pones en lo peor? Por una vez podrías confiar en mi.
- Como si me hubieras dado muchos motivos para confiar en ti. Cariño, primero tienes que demostrarme que actúas con responsabilidad. La confianza hay que ganársela, Bego.
- Blablablá, blablablá...
- Mira Bego, un buen día me voy a cansar, voy a coger la puerta y no me vas a ver más el pelo. Ahí te las apañes con el abuelo y sus rarezas.
- ¡Abueli!
- Abueli, abueli, abueli... Solo me llamas cuando necesitas algo. En todo el día no me he sentado pero claro eso a ti no te importa. Tú vas de marquesa. Solo me hablas cuando necesitas dinero, los trescientos para el Manray ese. No se te ocurre pensar que igual tu abuela necesitaba un descanso, ¿verdad? ¡No! Eso no se te pasa por la imaginación y en lugar de venir a casa, no tienes mejor idea que irte a Madrid con el primer payaso que se cruza en tu camino. Pues ya lo sabes: Dije que no y es que no.
- Abueli, por favor. Si te quiero más que a nadie, ya lo sabes. Pero tienes que entender que soy joven y tengo que vivir la vida. Por cierto, se llama Monroe.
- ¡Mírala ella! ¿Te crees que no he sido joven nunca? ¿Qué no he tenido vida por vivir?
- Mi abuelita querida...
- No me hagas la pelota, que no cuela.
Hubo otro silencio incómodo. Faltaba poco para llegar a Burgos. Maquiné la manera de hacer bajar a la chica en la estación y devolvérsela a su desesperada abuela pero no se me ocurría ningún plan que convenciese a Bego de su error.
- Te prestaré los trescientos euros - dije de pronto -. Honestamente, creo que Monroe no es mala persona. Dile a tu abuela que deje de preocuparse. Que cuentas con quién te los puede prestar y que te vas con el chaval. Así podrás demostrarle que está equivocada y confiará en ti plenamente, te lo aseguro.
- ¿Lo dices en serio? - interrogó con seriedad -. ¿Por qué vas a hacer eso? Eres igual que mi abuela.
- También fui joven una vez e hice mis locuras, no te creas. Anda dame tu número de cuenta y te hago un bizum. Luego se lo haces tú a Monroe y le llamo a tu abuela para explicárselo.
- ¿Por qué voy a confiar en ti? - sin esperar respuesta, aclaró -. Monroe quiere el dinero en mano. En Kutxa Bank le quitan la mayor parte de sus ingresos por una tontería que tuvo hace tiempo. Bueno, tiene un hijo y una orden de alejamiento de su anterior pareja.
Sentí un escalofrío interno cuando Bego confesó los antecedentes de su supuesto novio pero se me presentó la mejor oportunidad para obligar a la chica a bajar del bus.
- Bueno pues bajamos en Burgos, sacas el dinero de tu cuenta y se lo das ahora mismo.
- No hay necesidad de tanta prisa, le digo que ya lo tengo y al llegar a Madrid lo sacó y se lo doy.
- ¿Cuánto hace que conoces a ese chico? - mi pregunta la desarmó un poco.
- ¿Te importa? - en su mirada se dibujó el desafío.
- ¿Estás segura de que Monroe también te quiere? - pensé que podía convencerla de otra manera -. Piénsalo detenidamente, Bego. ¿Crees que si estuviera realmente enamorado de ti, te hubiera dejado sola en el autobús? ¿No te gustaría viajar junto a él?
- Tenemos una relación abierta - contestó resuelta.
- Eres muy moderna pero estoy convencida de que la mala leche que tenías al subir al bus se debía a qué ha preferido ir solo al final. Si estuviera tan enamorado como tú lo estás, ¿no crees que hubiera intentado cambiarme el asiento?
- Eres muy lista porque eres vieja - me atacó rabiosa, creyendo que me ofendería.
- Tienes razón, Bego. Los años te enseñan a caminar con paso firme por la vida. Tú eres muy joven y tienes una idea un poco equivocada del amor.
- No estamos en tus tiempos. Las formas de amor han cambiado. No es necesario estar todo el rato con una persona.
- No te falta razón. No vivirás el amor como lo vivieron tus abuelos pero te voy a decir una cosa importante, cielo. Los sentimientos son los mismos y si tu abuelo hubiera dejado a tu abuela sola, como a ti te ha dejado Monroe, tal vez ahora no estaríamos aquí.
- Te crees que puedes darme lecciones pero no eres más que una putoamargada de mierda.
- No trates de ofenderme con tu vocabulario soez porque no lo vas a conseguir - le respondí sin dejar de sonreír -. Además Monroe es bastante mayor para ti. Una chica tan lista como tú debería haber pensado fríamente en dos cosas importantes. Primero, tu novio tiene un hijo y segundo y mucho más inquietante, que cuenta con una orden de alejamiento de su anterior pareja.
- Pero mujer, ¿qué tiene eso de inquietante?
Me sorprendió su tranquilidad e hice un gesto buscando una explicación.
- La madre de su hijo era una zorra que le engañó quedándose preñada a los dos meses de empezar a salir.
- Esa ha sido la explicación de Monroe y tu le has creído a pies juntillas y por la cara que pones veo que no me equivoco.
- Monroe me quiere, me lo ha dicho y yo siento que es cierto - perseveró desviando la mirada, incorporándose en el asiento y observando con atención el final del autobús.
- Llevas todo el viaje mirando hacia atrás, buscando su ausente complicidad - sonreí con amargura -. Las chicas solemos pecar de tontas. Pasa en todas las épocas. Volviendo a Monroe, he de añadir que desconoces algo importante: la otra versión - hice una pausa breve y cambié de postura -. No tenemos mucho tiempo, Bego. ¿Cuánto llevas con él?
- ¿Qué más da? ¡Nos queremos! - insistió a punto de llorar. Se hacía la fuerte pero la dureza de sus ojos se desvanecía por momentos -. Suele andar por los mismos bares que yo. Les ha hecho tattoos a todos mis colis pero...
- ¿Pero? - insistí obligándole a que me mirase de frente.
- Hoy... Ha sido tan romántico después de tatuarme... - sonrió complacida al evocar el momento -. Me ha dicho que le crush, que le gusto mucho - aclaró sabedora que no entendía su jerga -, que me invitaba a Madrid al concierto y que podíamos salir - susurró las últimas palabras hundiéndose en el asiento.
- En realidad el cuenta con tu dinero para este viaje. Tú le invitas a él y te pagas tu viaje, la estancia de los dos y las entradas al concierto. O sea, Monroe tenía lo justo para pagarse el billete, lo demás corre de tu cuenta.
Negó con la cabeza, escondiendo el rostro casi infantil entre las manos tatuadas. Pronunció las palabras desgarradas y tan despacio, que pese a la llantina, traslució su irá y su enfado.
- El dinero del billete se lo he dado yo pero dijo que me lo devolvería en cuanto pudiese...
- ¡Madre mía, Bego! Eres una chica muy lista y muy guapa pese a esas greñas y a la negrura que llevas encima. Cariño, valórate un poco más y manda a paseo a este tipo, que te va a dejar de querer en cuanto le pagues.
- Te equivocas. Si Monroe dice que me quiere, yo le creo. Tú no sabes nada del amor de ahora. No es como en tus putos tiempos.
- No lo será pero lo que no tengo duda es que tus emociones son muy parecidas a las que tuvo tu abuela en su día y a las que todas las mujeres de este autobús sentimos la primera vez que nos enamoramos. Para tu conocimiento, te diré que los sinvergüenzas tampoco han cambiado mucho y se les ve venir - observé a lo lejos la estación de Burgos -. No hay tiempo que perder. ¡Vamos! Llama a tu abuela y dile que te voy a prestar el dinero.
- Abueli, no me hace falta tu dinero. Me lo va a prestar una amiga que he conocido en la estación - esta vez se decidió por grabar un audio.
- ¿Qué amiga?
- Pues una, abueli. Viaja a mi lado y es algo mayor que tú.
Pensé que Bego tenía una predisposición especial para enredar las situaciones.
- Ponme con tu abuela, mientras vas a darle a Monroe la buena noticia.
- ¿Para qué quieres hablar con mi abuela? - creo que intentas convencerme de algo que no tengo ninguna intención de hacer.
- Tu abuela debe saber quién soy.
- No le importa.
- Pero Bego, no seas terca. Por supuesto que le importa. Está muy preocupada por ti.
- Que se joda.
- Bego... Por favor.
Obedeció a regañadientes. Acto seguido voló al final del autobús.
- Bego, cariño - escuché la voz cansada de la desconsolada abuela al otro lado.
- No tenemos mucho tiempo - solté a bocajarro interrumpiendo sus lamentos, mostrándome impaciente -. Viajo junto a su nieta. He seguido la conversación que han mantenido. No se asuste. Escúcheme con atención. El tal Monroe es un tipo mayor, alrededor de treinta le calculo. Bego me ha desvelado un secreto sobre el pasado del tatuador que no dice nada a favor de ese hombre... Pretendo devolverle a su nieta sana y salva. Se lo prometo.
Siguió un silencio antes de que la abuela volviera a hablar.
- ¿Quién es usted? Mi marido ha llamado a la ertzaina...
- Es una buena idea pero le aseguro que mi intención es que la chica no sufra y no corra peligro - la respiración de la abuela se calmó lentamente -. Bego está muy emocionada con este chico. Ya sabe cómo son las chicas a esa edad, no muy diferentes a como nos comportábamos nosotras. Recuerdo que me enamoraba con demasiada facilidad del primero que me hiciera ojitos.
Al otro lado del teléfono, la respiración se agitó pero no añadió palabra alguna. Proseguí:
- En escasos minutos entraremos en Burgos. Bego y yo bajaremos del autobús y no volveremos a subir. Le devolveré a su nieta esta misma noche, no se preocupe.
- ¿Por qué debería creer en usted? Sepa que mi marido ha llamado a la ertzaina - insistió la mujer con voz trémula -. Creo que usted está compinchada con el fulano ese, el tatuador - sollozó impotente tras una pausa breve -. Esta niña va a dar conmigo.
- Haga usted lo que crea conveniente pero le prometo que tengo una reputación intachable. Solo pretendo evitar que Bego cometa una estupidez de la que se arrepentiría más pronto que tarde.
- ¿Es cierto que Bego va con lo puesto? - indagó tras un silencio, en el que supuse mediaba las posibilidades de que mis palabras fuesen verdaderas -. Cómo si fuera una pordiosera. Ni siquiera ha sido capaz de llevarse una muda limpia. ¿Qué hemos hecho mal? Con frecuencia le digo que un día le va a comer la mierda...
- Pero usted y yo sabemos que la mierda no come nunca. De momento Bego va con lo puesto. Voy a darle mi nombre, anótelo. Soy Carmen Larrinoa Pérez de Arrilucea, enfermera jubilada. Si lo cree conveniente, puede informar a la ertzaina - le proporcioné algunos datos más, como mi número de teléfono, la dirección de mi casa y el nombre de mi hermana, además de su teléfono y dirección. La abuela musitó un "gracias" y cortó la comunicación.
Bego regresó al asiento pletórica, aunque el tatuador había variado sustancialmente el plan. Sería él quien bajaría conmigo del bus, mientras Bego se quedaría arriba. El tatuador pretendía cobrar directamente y desarmar mi plan.
- Abueli, Monroe cree que no te hago falta para nada - aseguró nuevamente convencida por su chico.
- No, Bego. No te queda más opción que bajar conmigo. No es eso lo que habíamos hablado. Le he prometido a tu abuela dejarte en casa y así se hará.
- Quiero irme con Monroe. Estamos enamorados - dijo con firmeza, aunque en su semblante se dibujaba la duda.
- Entonces no hay dinero.
- Pero vieji, ¿a ti que más te da?
Ante mi silencio, decidió volver junto al tatuador. Al poco regresó para aclarar que lo haríamos a mi modo. El autobús frenó. Habíamos llegado a la estación de Burgos.
- ¡Vamos, Bego! - ordené con contundencia. Bego me siguió como una autómata -. No podemos perder un minuto.
- Ya me parecía a mi que tu putogenerosidad no podía ser real - despertó de pronto y en tono amenazador, agrego -: Saca tu putodinero y volvamos al coche.
- Solo te lo daré si decides volver conmigo. Tu abuela no merece lo que le estás haciendo.
- ¿Por qué haces esto?
- Me recuerdas mucho a la joven que fui y a mi también me ayudaron.
´¿Por qué todos os empeñáis en dirigirnos la vida? Luego os quejáis de que no sabemos hacer nada pero ni siquiera nos dejáis cometer errores, aunque no os cansáis de decirnos todo lo que se aprende de ellos.
- No te falta razón pero algunos errores tienen consecuencias muy negativas.
- ¿Crees que Monroe es un error en mi vida?
- Posiblemente el más grave que estás a punto de cometer.
- Me quiere - insistió Bego tozuda.
- Cualquier tío que demuestra su superioridad con la mujer es un maltratador en potencia y te aseguro que es incapaz de amar a nadie.
- ¿Me va a enseñar una putovieja de mierda a años luz de mi generación lo que me ama Monroe?
- Tú vocabulario grosero no me molesta lo más mínimo - le miré alentadora -. Estamos perdiendo un tiempo precioso.
-Vamos al putocajero - apremió empujándome.
En silencio recorrimos la distancia que nos separaba. Dos personas esperaban delante de nosotras. Bego se impacientaba por momentos.
- ¿No puede darse más prisa? Se nos escapará el bus - instó como si la vida se le fuera en ese pequeño instante de tensión.
Nos tocó el turno. Ella me arrancó el dinero de la mano y salió corriendo hacia el autobús, que estaba a punto de retomar la marcha. Monroe esperaba en las escaleras de acceso al autocar. Sonrió al ver a Bego agitar el dinero con la mano en alto. Yo trataba de correr sin lograr alcanzar a la chiquilla. Monroe pescó el dinero al vuelo y empujó a Bego, que quedó suspendida en el aire, con una pierna en el primer peldaño del bus. Escuché la voz potente del tatuador que resonó de forma maldita. Algo parecido a la hiel se removió en mi interior y el recuerdo oscuro de mi juventud me laceró por dentro cuando Monroe pronunció la frase más hiriente para Bego.
- De puta madre, mocosa. Hasta aquí ha llegado tu putoviaje de placer. Vuelve a tu puta casa con tus putos abuelos y olvídate de mí - se apartó, enfilando el pasillo que le devolvería a su asiento -. Puede arrancar. Gracias por la espera - se dirigió al conductor sin siquiera dirigirle la mirada.
- Monroe - musitó Bego dolorida.
- Por favor, apártese de la puerta - dijo el conductor dirigiéndose a ella cuando por fin conseguí alcanzar a la temblorosa Bego -. El viaje debe continuar.
- Espere un minuto, por favor - con lágrimas en los ojos, habló como para sí -: No sé qué le ha pasado a mi...
El conductor apretó los labios y me dirigió una mirada de padre de adolescentes.
- La señora también tiene que seguir viaje - añadió sobreponiéndose.
- Me quedo contigo, cielo - respondí.
- Debes seguir. Hazme el favor de decirle que le quiero mucho. Tienes que convencerle de que es el hombre de mi vida.
El conductor meneó la cabeza. Algo de lo que había dicho Bego intuí que le sonaba familiar.
- ¿Puedo recuperar mi maleta? Siento el retraso por nuestra culpa. Los pasajeros nos observaban condescendientes, callados, algunos empáticos con la situación, otros desorientados. La mayoría ajenos. Todos expectantes.
El chofer abrió el compartimento. Bego rebuscó mi valija y me la tendió.
- Tenías razón - musitó al bajar. Aprecié un odio profundo en su mirada.
- Anda cielo, vamos a comer algo a la cafetería. llamamos a tus abuelos y ya veremos cómo volvemos a casa...
- Te devolveré el dinero. Tienes mi palabra - aseguró con seriedad -. Voy de buenro.
- Con los años te darás cuenta que la palabra de un desconocido no vale nada.
Suspiró mostrando un cansancio infinito.
A aquella hora, la estación no estaba concurrida y los pocos viajeros que esperaban pacientemente la llegada de sus autobuses correspondientes, no nos dedicaron más que algunas miradas por encima. Nadie reparó en nuestra presencia. Accedimos a la cafetería en silencio. Solicité dos desayunos completos y los pagué. Bego hizo ademán de sacar la cartera pero la tapé con la mano, indicándole que corría de mi cuenta.
- Me sentiría mejor pagando - dijo a media voz -. Es lo menos que puedo hacer por ti.
-Descuida. Pero si te voy a pedir un gran favor.
- Lo que quieras - dijo solicita y sonriente.
- Que abraces a tus abuelos y les pidas perdón.
- ¿Qué más te da? - resopló como si mi solicitud fuera una ardua tarea.
- Me solidarizo con ella. Tú no llegas a comprenderlo porque estás en edad de otras cosas pero ellos han sufrido mucho contigo.
Bego bajó la mirada, frunció los labios rojos pero no dijo nada.
- Seguro que me da un bofetón en cuando me acerque a ellos - aseguró después de beberse el zumo.
- Ganas no le faltarán pero te corresponderán al abrazo.
Unos policías de paisano entraron en la cafetería deteniendo la mirada en las escasas mesas ocupadas. Pronto dieron con nosotras.
- ¿Carmen Larrinoa y Begoña García?
Asentí, Bego se ruborizó y se mantuvo callada.
- Tus abuelos te esperan en casa. Nosotros te llevaremos junto a ellos. A usted también, señora.
Bego sorbió el cola-Cao en dos tragos y tomó ambas tortadas para el camino. Nerviosa y callada hizo todo el recorrido de vuelta a casa. A la entrada de Vitoria, por el portal de Castilla, Bego carraspeó y tomándome la mano, comenzó a hablar pausadamente.
- Carmen, tengo que pedirte un último favor...
- Tú dirás - ofrecí de buena gana.
- Me gustaría que presenciaras el encuentro con mis abuelos, les gustará mucho conocerte.
Sonreí y abracé a Bego con ternura.
Los abuelos esperaban en el portal de la casa. Ambos se abalanzaron y abrazaron a la nieta.
- Gracias - susurró la abuela, añadiendo el gesto de que contactaría conmigo en breve.
Caminé distraída, intentando reflexionar qué hubiera sido de mi vida aquel lejano día si no me hubiera topado con Sole... Habían pasado casi cuarenta años. Mitigué la irá que pese al paso del tiempo, continuaba martilleando inexorablemente mis pensamientos...
COMO TE COJA VAS A LLORAR CON MOTIVO. YAVERAS UCUANDO SE EN TERE TU PADRE. nO ME, NO ME.... NO TE, NO TE,,, PARA IRTE DE FIESTA NUNCA ESTAS CANSADA. POR4QUE LO DIGO YO Y PUNTO, QUE POR ALGO SOY TU M ADRE. Ven NO TER LO VOY A DECIR DOS VE CES.,
cho mil veces, Todos mis amigos son clientes suyos. Todos se hacen tatuajes. ¿Qué dirían mis amigos si yo no me hiciera ninguno?
- Me importa un bledo lo que piensen tus amigos. Me importas tú que eres mi hija. También te digo que eso es veneno y no me haces ni caso. Sin embargo lo que dicen y hacen ,olos descerebrados de tus amigos, eso va a misa. Si los demás se tiran desde un décimo piso, ¿tú también te tiras?
- Mamá! Qué es moda.
- Como si es modo. No te pago otro tatuaje. ¿Te lo dije o no te lo dije?
Pero un día me voy a cansar de todos vosotros, voy a coger la puerta, me iré y a ver cómo os apañais vosotros.
- Mamá!
- Mamá, mamá, mamá... Solo me llamáis cuando necesitais algo. En todo el día no me he sentado pero claro, eso a la señorita Maitqne no le interesa. Solo el me hablas para decirme que necesita doscientos euros para el Manray ese del tatuaje. No se te ha ocurrido que igual tu madre necesita un descanso, ¿verdad? Eso ni se te pasa por la imaginación. Pues ya lo sabes: He dicho que no y es que no.
- Mamí, por favor. Si te quiero mas que a nadie, ya lo sabes. Te prometo que en cuanto le pague a Monroe, ese es su nombre, no Manray, te voy a ayudar en casa y voy a hacer todo lo que me digas...
- Deja de hacerme la pelota que no cuela. Es tu deber, no harías nada de más. Ya está bien de comer la sopa boba.
Se escuchó la llegada de otro guasap. La madre volvía a la carga.