Estamos frente a frente, observándonos con calma. Tú con la sonrisa puesta, con la tranquilidad y el ánimo que regala una mañana de domingo. Yo con la serenidad que da el tiempo, con los recuerdos grabados en la piel y la ingravidez ligera.
Tú, con la mansedumbre queda, entre los carámbanos gélidos de una mañana de enero en Okina, entre el verdor de las hojas escarchadas, con las manos calientes y el corazón templado.
Yo, del otro lado, al amparo de otro calor más envolvente, más casero y artificial, cediendo una tregua al silencio y esforzándome por perseguir tu energía vital y caprichosa, imitando tu viveza ingeniosa, proyectando intensificar tu brillo, persistiendo en tu memoria...
Tú, con el pensamiento en equilibrio, con el oído relajado en el susurro de la hierba helada y una mezcla de eterna gratitud y sabiduría con la naturaleza...
Yo, sosteniendo tu mirada inquieta, apartando las interferencias del olvido...
Tú, legándome tu clarividencia mental desde la repisa de la consciencia, al amparo del metacrilato, envolviéndote en el tiempo detenido de una fotografía que parece respirar sin demora entre los pliegues de la remembranza...
Yo, aturdida en el silencio mientras desde lejos, te percibo tan cercano como ausente.