Le desagradaba todo lo referente a los niños. Su vida fue complicada, su niñez un infierno. Su madre, una mujer callada, anodina, llena de desesperanzas y de suspiros lacrados al alma. Vieja prematura e infeliz, los abandonó pronto. Resentida, se enfadó con la vida sin vivirla y se hizo amante de la muerte. Le dejó al cuidado de un padre insatisfecho, más amigo del juego y del vino que de críos. No le regaló jamás un mimo, ni siquiera una leve sonrisa o una temprana caricia pero sintió querencia por demostrarle a golpe de cinturón, quién mandaba en casa.
Se lamentaba de su mala estrella, de no gozar de los padres adecuados, de no experimentar otras suertes, ésas, que con envidia y desprecio, adivinaba en las vidas de otros niños alejados de su barrio. Todo ello le apresuró al mal carácter, a ser hombre huraño y a maltratar a otros críos cuando la oportunidad se presentaba. Callaba argumentos y hablaba a tortas y patadas porque de algún modo tenía que desnudarse de la rabia y el desconsuelo.
Cada vez que su padre le marcaba la espalda se juraba que no traería desgraciados al mundo, a ese mundo decapitado de alegrías como el suyo. Ahora repetía patrones, era lo único que le enseñaron, lo único que aprendió: atizar mamporros a los más débiles.
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Le acechaba desde que accedió a la trastienda por el patio trasero, aunque enseguida se distrajo con los resultados de fútbol que se escuchaban lejanos en la radio de la tienda. Se acercó al aparato para subir el volumen y cuando volvió a su posición primitiva, Mairu abandonaba el recinto.
"Maldito chiquillo", se dijo. Era absurdo intentar alcanzarle. A sus cincuenta y cinco años y sus muchos kilos de más, las piernas no le daban para muchas carreras. Ya se presentaría la oportunidad de pillarle. El regocijo sería mayor. Arrear un tortazo cuando no se espera ni se conoce la razón, le resultaba muy placentero.
No habían transcurrido ni cinco minutos, cuando le llegó nítida y enfadada la voz chillona de la loca Juana. Se asomó al patio. La vieja había cazado al mozalbete. El deleite estaba a punto de cumplirse. Alborozado, encendió un cigarrillo, mascando la satisfacción que pronto experimentaría. Mientras caminaba, bordeando el cuidado parterre, escudriñando tras el seto, meditaba sobre la razón que le movía a maltratar a Mairu. En contra de lo que pensaba la vieja, estaba absolutamente convencido de que los malandrines llegarían lejos y especialmente aquel crío, pues era el más espabilado. Por esa tonta razón se la tenía jurada, porque era el más valiente, el más contestón, el que plantaba cara y el más orgulloso. Cualidades que el tendero no poseía. Para su desesperación, la madre le defendía. En cierta ocasión, le amenazó con denunciarle si volvía a ponerle la mano encima a su retoño, que era maltrato infantil, le dijo. ¡Si él hubiera tenido unos padres dispuestos a defenderle! No había ni color. El barrio de su niñez era un pobre agrupamiento de casuchas amontonadas en callejas embarradas y llenas de basura. El barrio donde crecían los aprendices de Lucifer era residencial. Era otra de las razones que obligaba a los críos a llegar lejos en la vida.
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La vieja estaba totalmente chiflada ¡Si ella supiera cómo fue su infancia, lo de los aprendices de Lucifer, se hubiera quedado en un parvulario de Ursulinas! Le caía fatal, como los demás residentes del barrio pero no le quedaba más remedio que hacer de tripas corazón. Todo por mantener abierto el negocio.
La gamberrada de los chiquillos había enervado a la vieja. El chalandrín se defendía con los ojos arrasados, algunas lágrimas descendían lentamente por su carita redonda. Se sentía avergonzado, igual que el niño Semprón, cuando tras la paliza, su padre le ofendía llamándole cobarde y nenaza.
En cuando llegó al punto del conflicto, le arreó un sopapo y pasados unos minutos, otro más. Se sintió fuerte. El mocoso le devolvió una mirada valiente.
¡Pobre Don Semprón! Pocas cosas le regaló la vida, salvo una existencia miserable y mucha cobardía. Aprendió a soportar y a callarse, a guardarse la rabia y las respuestas, a disimular la irritación, a esconder la inquina malsana que sentía, a robar y a matar... la vida también le enseñó a matar.
En marzo cumpliría treinta y tres años enmascarando su verdadera identidad y arrastrando la vida de otro. El paso del tiempo había velado los recuerdos. Supervivencia era la palabra más hermosa. Se disculpaba pensando que los daños colaterales, a veces son necesarios. Por una vez, fue inteligente. Mató a un hombre sin sentir remordimientos. Fue una necesidad. Algunas oportunidades llaman a tu puerta solo una vez y él supo aprovecharla. Esa persona le resolvería el futuro. La miseria es mala compañera de camino, nadie que no la haya experimentado, tenía derecho a juzgarle. En caso de ser descubierto, ése sería el argumento: Fue una simple cuestión de supervivencia. Semprón se llamaba el hombre. Lo conoció por casualidad. Contaba unos años más que él y portaba la titularidad de un pequeño comercio y la licencia para la apertura. Nadie le conocía en el lugar, no tenía familia. Era un trotamundos, como él. Se convirtió en su salvoconducto.
Lo apuñaló por la espalda sin pesadumbre. Como un eco le llegó la voz nítida del padre. "¡Cobarde!"
Le arrebató el dinero, la documentación y hasta el nombre. Los documentos del auténtico Semprón le otorgaron una nueva existencia, la misma con la que soñaba desde que pudo albergar recuerdos. Se olvidó de su nombre, del barrio chabolero, del padre egoísta y sobre todo de la miseria.
Aquella mañana fresca solo el rocío le acompañó en la nueva travesía.
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Cuarto día de secuestro del maldito bicharraco de la vieja. Sonrió divertido, aunque le empezaba a cansar la travesura infantil. Se maldijo una vez más por no contar con la iniciativa de los muchachos. Para él resultó bien difícil mostrar una pizca de imaginación. A cambió contó con la hebilla del cinturón, amenazante y cercana. Detalle suficiente para cortar cualquier tipo de creatividad. Quien quiera que fuese el que realizó la llamada telefónica evidenciaba mucho ingenio.
"Pedir rescate por el secuestro de un gato ¡Un gato! ¡Manda cojones!", se dijo entre divertido y colérico.
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Atisbó por el ventanuco del pasillo que daba al patio trasero. La mañana estaba fría. Un silencio vago y desvaído envolvía a la soñolienta urbanización. Le extrañó que el aprendiz de Lucifer anduviese tan madrugador en vacaciones. Marchaba decidido con el sobresalto pintado en el semblante. Circundó el patio. Don Semprón cruzó la casa con rapidez. Con cautela pretendió elevar la persiana del balcón de la fachada principal. Escudriñó la avenida desolada y sigilosa. El criajo avanzaba a paso ligero con un saco de los que regaló las navidades pasadas en la mano. Dirigió la mirada hacía las ventanas y le pareció que sonreía con malicia. "¿Qué tramará el granuja?", se preguntó el tendero. Descendió apresurado, procurando que no crujiesen los peldaños de madera. Descorrió los postigos. Se mantuvo alerta unos segundos. Fuera no se escuchaba ningún sonido. Dio dos vueltas al llavín, con la vaga esperanza de atrapar a Mairu. Abrió después de desconectar la alarma. El saco descansaba a un lado de la puerta. El mozalbete trotaba silbando, despreocupado, embutido en la chamarra. Agarró la bolsa y volvió a encerrarse en el interior de la tienda oscura. Revisó el contenido.
- ¡Me cago en la leche! - exclamó al descubrir el gato muerto -. ¡Es verdad que esos malandrines te secuestraron!
- ¡Mire, Don Semprón! ¡Blas ha vuelto a casa! - todavía tenía el saco en la mano, cuando escuchó alegre a la vieja, que abrió la puerta sin ser oída.
- Me alegro mucho, Doña - respondió desconcertado y sin poder disimular el asombro.
- Ha sido como un milagro - argumentó la vieja.
- Perdóneme, pero tengo algo importante que hacer - casi empujó a la vieja, cerró la puerta y bajó de un golpe seco la persiana veneciana.
"¿Qué hacía el crío con un gato muerto?, reflexionó sobre el asunto. Revisó de nuevo el contenido del saco, como para cerciorarse de que no se trataba de una alucinación. ¡Parecían gemelos!
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viernes, 15 de febrero de 2019
miércoles, 23 de enero de 2019
EL APRENDIZ DE LUCIFER
A Mairu se le ocurrió la idea de secuestrar a Blas a la mañana siguiente tras la bronca mantenida con Doña Juana en el patio trasero común a las casas colindantes.
No comprendía porqué lógica todos los vecinos se ponían de parte de la vieja, aunque tal vez esa fuera la razón principal: que era demasiado vieja para llevarle la contraria. No le parecía justo que él siempre saliera escaldado.
El caso había sido que aquella maldita tarde de finales de año a los pillastres del barrio se les ocurrió "podar" el árbol de Navidad de Doña Juana y cuando ésta se percató de la gamberrada, clamó airada de tal manera, que el mismo Satanás abandonó el infierno.
Mairu tuvo la mala suerte de atravesar el estrecho y solitario sendero. Pretendía pasar desapercibido, pues volvía de robar algunas bolsitas de frutos secos en la trastienda de don Semprón.
- ¡Ven aquí! ¡Mozalbete! ¡Te pesqué! - exclamó orgullosa, mientras le retorcía el lóbulo de la oreja sin piedad -. Te mereces una buena paliza.
Mairu observó boquiabierto la hazaña de los muchachos. En otras circunstancias se hubiera reído pero la oreja le ardía. La vieja, además, le zarandeaba con fuerza.
- Yo no he hecho nada - se atrevió a declarar, mientras saltaban las primeras lágrimas.
- ¿Cómo que no? Me han despertado vuestras risotadas endiabladas.
- Yo no estaba con ellos. Vengo de casa de Don Semprón - a riesgo de ser descubierto en su fechoría, mostró su pequeño botín.
- Sois una panda de delincuentes que no conseguiréis nada en la vida.
El muchacho le observó iracundo pero se mantuvo callado.
- Pero, ¿sabes quiénes fueron verdad? - preguntó la vieja soltándole la oreja y bajando la voz.
- ¿Qué ha pasado? - tras ellos se escuchó la cascada voz de Don Semprón, al otro lado del seto.
La vieja hizo alarde de unos buenos reflejos, según la voz se les acercaba, arrancando de las manos de Mairu las bolsitas de frutos secos, que desaparecieron de inmediato entre los pliegues de sus largos faldamentos.
- ¡Dios bendito! - exclamó el tendero al acercarse y ver el destrozado abeto -. ¿Ha sido este delincuente?
- No soy un delincuente - protestó atemorizado.
- ¡Cállate! - ordenaron al unísono, al tiempo que le propinaron una bofetada cada uno.
En completo silencio, los tres observaron el desaguisado: las ramas esparcidas por el césped, algunos adornos hechos añicos. Solo las luces continuaban su intermitente parpadeo a sus pies.
- ¡Qué poca vergüenza! - bramó Don Semprón y le arreó otro sopapo al lastimado Mairu.
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Se le había ido de las manos. En realidad no calibró ninguno de los problemas que acarreaba con el secuestro. Se lamentaba de ser tan impulsivo. Simplemente pensó en hacer algo que le doliera a la vieja y en ese momento vio a Blas atravesar el cercado. Lo más inteligente hubiera sido meditar cada paso, sopesar los peligros, qué hacer con él, dónde esconderlo, qué le daría de comer y sobre todo cómo pedir el rescate. Al fin y al cabo, Blas vivía con la vieja. Si lo hubiera meditado bien, hubiera llegado a la conclusión de que cualquier día hubiera sido mejor para llevar a cabo su propósito.
Se proponía llegarse hasta la trastienda de Don Semprón, ya que la tarde anterior la vieja le arrebató los frutos secos. Esta vez llevaba un saco, necesitaba vengarse de las cachetadas del viejo. A medio camino, apareció Blas y fue visto y no visto. En pocos segundos fue a parar al saco y Mairu deshizo el camino. Blas pataleó e intentó luchar. De poco le sirvió. Volvió a entrar en la casa por la misma ventana por la que salió. Avanzó de puntillas por el pasillo. Su madre dormitaba con su serie favorita de la televisión. Subió al trastero y abandonó en un rincón el fardo. Pasados unos minutos, aflojó el nudo, que mientras corría había atado. A continuación la cabeza de Blas asomó y sus ojos verdes, fríos y hechizantes se clavaron en Mairu.
Enseguida se presentó el primer problema: mantenerlo en silencio. No paraba de llorar y no se atrevía a amordazarlo.
Inmediatamente surgió el segundo problema: la comida.
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Esa misma noche su madre puso el grito en el cielo. Las tres botellas de leche de la despensa habían desaparecido.
Una vez acostado, le asaltó el tercer problema: cómo pedir el rescate. Podía enviar un anónimo, pero no sabía como escribirlo. No tenía práctica en pedir rescates.
Para entonces, la vieja estaba desesperada. Lloraba e iba de casa en casa contando su tragedia. Algunos vecinos, le ayudaron a colocar fotografías de Blas por las farolas y árboles del barrio.
- Es tan pequeño e inocente. Me hace tanta compañía.
En una caja del trastero encontró un simulador de voz en buen estado e hizo la llamada correspondiente desde el teléfono fijo de casa.
- Señora Juana, escúcheme con atención. Si quiere volver a ver a su gato Blas con vida tiene que depositar quinientos euros en billetes de veinte en la bifurcación de la carretera, junto al mojón. Lo hará este jueves a las doce de la noche. No haga tonterías o Blas morirá. No avise a la policía. Le estaremos vigilando - colgó asustado y sudoroso. Temblaba y sintió un ligero escalofrío. Presintió que no fue muy convincente.
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- Sé que se trata de algún malandrín del barrio - les decía la vieja a las vecinas.
- Estos chicos son unos diablillos.
- ¿Diablillos dice usted? ¡Son aprendices de Lucifer! ¡Dios mio! Mi pobre Blas es alérgico al jamón de York y tiene que tomar unas gotas para el corazón.
Mairu se sobresaltó al escuchar la conversación. Lo de las gotas podía darle problemas, aunque tuvo la certeza de que la vieja pagaría. En cuanto a lo del jamón de York, creía que era exagerado, Blas estaba sano como un roble. No había más que verlo.
- Llame a la policía - le animaba Don Semprón que se había unido a la charla.
- Ya lo he hecho y ¿sabe qué me han contestado? - no espero respuesta -. Que no están para atender tonterías, que intenté arreglarlo con los secuestradores, qué quién va a secuestrar a un gato, que habrán sido los chavales del barrio. Casi se han reído en mis narices. ¿Se dan ustedes cuenta? ¿Para que queremos policía si cuando los necesitamos se hacen los suecos?
- En parte tienen razón doña - era la madre de Mairu quien hablaba -. Nadie pone en duda que para usted Blas es parte de la familia, pero no deja de ser un gato.
- ¿Parte de mi familia? ¡Es mi familia! ¡Nadie me comprende! ¡Solo le tengo a él! - sollozaba Doña Juana con angustia.
Mairu pensó pedir ayuda a alguno de sus amigos, aunque se vería obligado a compartir el dinero del rescate. De esta manera no podría comprar todas las chuches que pensaba. A sus once años se planteó el secuestro, además de como escarmiento para la vieja, como una hazaña que marcaría su vida. Sería considerado como el jefe entre los muchachos y todos le admirarían. Eso también acarrearía problemas. Sus padres no lo aprobarían y además de un severo castigo, tal vez también le propinarían una buena paliza. ¿Merecería la pena darse a conocer como el secuestrador de Blas? A pocos días de Reyes, si el asunto no salía bien, se podía despedir de los regalos.
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El tercer día de secuestro estaba desesperado. Blas se atiborraba de leche pero no parecía ser suficiente. Decidió hacer una visita furtiva al frigorífico. No había nada que pudiera servir. En la despensa encontró una lata de bonito en aceite y de la basura recuperó un paquete con unas lonchas de chorizo con moho. Si de verdad Blas tenía tanta hambre como parecía, no debería hacerle ascos a la comida aunque no estuviera en buenas condiciones.
Hasta ese momento todos los vecinos creían que Blas se había perdido y que los muchachos del barrio le telefonearon a la vieja para gastarle una broma. Nadie pensaba que a Blas le hubieran secuestrado.
El minino cenó como un señor. Se relamió con la lata de atún, engulló el chorizo y se bebió la poca leche que quedaba y que tenía un fuerte olor a podrido. Enseguida se durmió.
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La mayor sorpresa llegó a la mañana siguiente, el cuarto día del secuestro y el día que debía hacerse el pago del rescate. Desde que Blas estaba en el trastero, Mairu se levantaba antes de amanecer. Lo hacía para darle algo de alimento, obligarle a caminar un poco por el húmedo y frío lugar y volverlo a encerrar en la caja donde el pobre pasaba las horas.
Le extrañó no escuchar el tenue maullido. Tal vez ya no estuviera asustado. Al fin y al cabo, Blas le conocía de toda la vida, es decir desde que la vieja lo encontró en la calle, recién nacido, hacia ya cuatro o cinco años.
Abrió la caja despacio. Estaba quieto, tieso, más gris que nunca. Mantenía una babilla espesa alrededor de la boca. Lo rozó ligeramente con un dedo. Estaba frío. Muerto.
Tal vez también era alérgico al chorizo o pudiera ser que tanto la leche como el embutido no estaba en buenas condiciones. Y ¡encima sin haber cobrado el rescate! ¡Cómo podía tener tan mala suerte!
Sin pensarlo dos veces, introdujo el saco en la caja y sin tocar a Blas, lo pasó de un sitio a otro. Le daba asco tocarlo. En alguna ocasión escuchó que los animales muertos eran portadores de enfermedades. No estaba muy seguro, pero tal vez la muerte fuera contagiosa. Anudó el saco todo lo fuerte que pudo. El bulto parecía más pequeño que cuando lo trajo. Entonces una sonrisa se le dibujó en el rostro.
- ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! - exclamó en voz alta sin poderse contener -. Tal vez esto me solucione la papeleta.
No se fijó hasta ese momento. El saco era de la tienda de Don Semprón. "FRUTOS SECOS DE PRIMERA. CASA SEMPRÓN", se leía en letras rojas.
"Si lo abandonó cerca de la tienda, tal vez la culpa recaiga sobre él", se dijo. Se sonrió. Era muy buena idea y además en principio también quería vengarse de él. Merecía un escarmiento por tener la mano demasiado larga. Destrozó la caja. Era grande y estaba en buen estado pero había servido de ataúd y no le pareció buena idea dejarla para guardar cualquier cosa. Lo metió todo en una bolsa enorme del Corte Inglés. Todavía en pijama, salió al exterior por la ventana que daba a la parte trasera del patio. Tiritó, no supo si de frío o de miedo. Escondió la bolsa entre los arbustos y volvió a entrar en la casa por la misma ventana.
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Cuatro horas después, bien abrigado, salió al patio. Con rapidez sacó la caja y la bolsa con el cadáver de Blas. Dejó los cartones en el contenedor y corrió por el camino que le llevaría a la tranquilidad. Ya no pensaba en el rescate. Ni siquiera le importaba el dinero.
Al pasar por la casa de la vieja vio que ésta le saludaba con la mano. Sonreía, sostenía algo entre los brazos. La vieja se acercó con resolución hacia él. Mairu se quedó petrificado. Un gato idéntico a Blas lamía con fervor la arrugada mano de la vieja.
- Mira, chaval, mi chiquitín ha vuelto a casa.
- Me me me ale alegro mucho, Doña Juana - tartamudeó, parándose en seco y preguntándose a quién demonios llevaba en el saco.
- Siento haberos acusado injustamente - terció acariciando la mejilla sonrosada del crío.
Había olvidado por completo la llamada del secuestrador y él no estaba dispuesto a recordárselo.
- Tengo prisa. Me alegro mucho de que Blas haya vuelto a casa - gritó mientras corría, asiendo con fuerza el ligero saco.
Bordeó la trastienda de Don Semprón y se llegó hasta la puerta principal. En el piso superior vivía el viejo. Todavía no había levantado las persianas. Faltaba casi una hora para las once, en vacaciones nadie madrugaba y la tienda se abría muy tarde. Con delicadeza dejó el saco con el bicho muerto junto a la entrada y enfiló silbando la calle principal con dirección al parque. Allí estaban siempre sus amigos, los del barrio. Les echaba de menos, hacia días que no aparecía por allí...
No comprendía porqué lógica todos los vecinos se ponían de parte de la vieja, aunque tal vez esa fuera la razón principal: que era demasiado vieja para llevarle la contraria. No le parecía justo que él siempre saliera escaldado.
El caso había sido que aquella maldita tarde de finales de año a los pillastres del barrio se les ocurrió "podar" el árbol de Navidad de Doña Juana y cuando ésta se percató de la gamberrada, clamó airada de tal manera, que el mismo Satanás abandonó el infierno.
Mairu tuvo la mala suerte de atravesar el estrecho y solitario sendero. Pretendía pasar desapercibido, pues volvía de robar algunas bolsitas de frutos secos en la trastienda de don Semprón.
- ¡Ven aquí! ¡Mozalbete! ¡Te pesqué! - exclamó orgullosa, mientras le retorcía el lóbulo de la oreja sin piedad -. Te mereces una buena paliza.
Mairu observó boquiabierto la hazaña de los muchachos. En otras circunstancias se hubiera reído pero la oreja le ardía. La vieja, además, le zarandeaba con fuerza.
- Yo no he hecho nada - se atrevió a declarar, mientras saltaban las primeras lágrimas.
- ¿Cómo que no? Me han despertado vuestras risotadas endiabladas.
- Yo no estaba con ellos. Vengo de casa de Don Semprón - a riesgo de ser descubierto en su fechoría, mostró su pequeño botín.
- Sois una panda de delincuentes que no conseguiréis nada en la vida.
El muchacho le observó iracundo pero se mantuvo callado.
- Pero, ¿sabes quiénes fueron verdad? - preguntó la vieja soltándole la oreja y bajando la voz.
- ¿Qué ha pasado? - tras ellos se escuchó la cascada voz de Don Semprón, al otro lado del seto.
La vieja hizo alarde de unos buenos reflejos, según la voz se les acercaba, arrancando de las manos de Mairu las bolsitas de frutos secos, que desaparecieron de inmediato entre los pliegues de sus largos faldamentos.
- ¡Dios bendito! - exclamó el tendero al acercarse y ver el destrozado abeto -. ¿Ha sido este delincuente?
- No soy un delincuente - protestó atemorizado.
- ¡Cállate! - ordenaron al unísono, al tiempo que le propinaron una bofetada cada uno.
En completo silencio, los tres observaron el desaguisado: las ramas esparcidas por el césped, algunos adornos hechos añicos. Solo las luces continuaban su intermitente parpadeo a sus pies.
- ¡Qué poca vergüenza! - bramó Don Semprón y le arreó otro sopapo al lastimado Mairu.
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Se le había ido de las manos. En realidad no calibró ninguno de los problemas que acarreaba con el secuestro. Se lamentaba de ser tan impulsivo. Simplemente pensó en hacer algo que le doliera a la vieja y en ese momento vio a Blas atravesar el cercado. Lo más inteligente hubiera sido meditar cada paso, sopesar los peligros, qué hacer con él, dónde esconderlo, qué le daría de comer y sobre todo cómo pedir el rescate. Al fin y al cabo, Blas vivía con la vieja. Si lo hubiera meditado bien, hubiera llegado a la conclusión de que cualquier día hubiera sido mejor para llevar a cabo su propósito.
Se proponía llegarse hasta la trastienda de Don Semprón, ya que la tarde anterior la vieja le arrebató los frutos secos. Esta vez llevaba un saco, necesitaba vengarse de las cachetadas del viejo. A medio camino, apareció Blas y fue visto y no visto. En pocos segundos fue a parar al saco y Mairu deshizo el camino. Blas pataleó e intentó luchar. De poco le sirvió. Volvió a entrar en la casa por la misma ventana por la que salió. Avanzó de puntillas por el pasillo. Su madre dormitaba con su serie favorita de la televisión. Subió al trastero y abandonó en un rincón el fardo. Pasados unos minutos, aflojó el nudo, que mientras corría había atado. A continuación la cabeza de Blas asomó y sus ojos verdes, fríos y hechizantes se clavaron en Mairu.
Enseguida se presentó el primer problema: mantenerlo en silencio. No paraba de llorar y no se atrevía a amordazarlo.
Inmediatamente surgió el segundo problema: la comida.
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Esa misma noche su madre puso el grito en el cielo. Las tres botellas de leche de la despensa habían desaparecido.
Una vez acostado, le asaltó el tercer problema: cómo pedir el rescate. Podía enviar un anónimo, pero no sabía como escribirlo. No tenía práctica en pedir rescates.
Para entonces, la vieja estaba desesperada. Lloraba e iba de casa en casa contando su tragedia. Algunos vecinos, le ayudaron a colocar fotografías de Blas por las farolas y árboles del barrio.
- Es tan pequeño e inocente. Me hace tanta compañía.
En una caja del trastero encontró un simulador de voz en buen estado e hizo la llamada correspondiente desde el teléfono fijo de casa.
- Señora Juana, escúcheme con atención. Si quiere volver a ver a su gato Blas con vida tiene que depositar quinientos euros en billetes de veinte en la bifurcación de la carretera, junto al mojón. Lo hará este jueves a las doce de la noche. No haga tonterías o Blas morirá. No avise a la policía. Le estaremos vigilando - colgó asustado y sudoroso. Temblaba y sintió un ligero escalofrío. Presintió que no fue muy convincente.
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- Sé que se trata de algún malandrín del barrio - les decía la vieja a las vecinas.
- Estos chicos son unos diablillos.
- ¿Diablillos dice usted? ¡Son aprendices de Lucifer! ¡Dios mio! Mi pobre Blas es alérgico al jamón de York y tiene que tomar unas gotas para el corazón.
Mairu se sobresaltó al escuchar la conversación. Lo de las gotas podía darle problemas, aunque tuvo la certeza de que la vieja pagaría. En cuanto a lo del jamón de York, creía que era exagerado, Blas estaba sano como un roble. No había más que verlo.
- Llame a la policía - le animaba Don Semprón que se había unido a la charla.
- Ya lo he hecho y ¿sabe qué me han contestado? - no espero respuesta -. Que no están para atender tonterías, que intenté arreglarlo con los secuestradores, qué quién va a secuestrar a un gato, que habrán sido los chavales del barrio. Casi se han reído en mis narices. ¿Se dan ustedes cuenta? ¿Para que queremos policía si cuando los necesitamos se hacen los suecos?
- En parte tienen razón doña - era la madre de Mairu quien hablaba -. Nadie pone en duda que para usted Blas es parte de la familia, pero no deja de ser un gato.
- ¿Parte de mi familia? ¡Es mi familia! ¡Nadie me comprende! ¡Solo le tengo a él! - sollozaba Doña Juana con angustia.
Mairu pensó pedir ayuda a alguno de sus amigos, aunque se vería obligado a compartir el dinero del rescate. De esta manera no podría comprar todas las chuches que pensaba. A sus once años se planteó el secuestro, además de como escarmiento para la vieja, como una hazaña que marcaría su vida. Sería considerado como el jefe entre los muchachos y todos le admirarían. Eso también acarrearía problemas. Sus padres no lo aprobarían y además de un severo castigo, tal vez también le propinarían una buena paliza. ¿Merecería la pena darse a conocer como el secuestrador de Blas? A pocos días de Reyes, si el asunto no salía bien, se podía despedir de los regalos.
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El tercer día de secuestro estaba desesperado. Blas se atiborraba de leche pero no parecía ser suficiente. Decidió hacer una visita furtiva al frigorífico. No había nada que pudiera servir. En la despensa encontró una lata de bonito en aceite y de la basura recuperó un paquete con unas lonchas de chorizo con moho. Si de verdad Blas tenía tanta hambre como parecía, no debería hacerle ascos a la comida aunque no estuviera en buenas condiciones.
Hasta ese momento todos los vecinos creían que Blas se había perdido y que los muchachos del barrio le telefonearon a la vieja para gastarle una broma. Nadie pensaba que a Blas le hubieran secuestrado.
El minino cenó como un señor. Se relamió con la lata de atún, engulló el chorizo y se bebió la poca leche que quedaba y que tenía un fuerte olor a podrido. Enseguida se durmió.
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La mayor sorpresa llegó a la mañana siguiente, el cuarto día del secuestro y el día que debía hacerse el pago del rescate. Desde que Blas estaba en el trastero, Mairu se levantaba antes de amanecer. Lo hacía para darle algo de alimento, obligarle a caminar un poco por el húmedo y frío lugar y volverlo a encerrar en la caja donde el pobre pasaba las horas.
Le extrañó no escuchar el tenue maullido. Tal vez ya no estuviera asustado. Al fin y al cabo, Blas le conocía de toda la vida, es decir desde que la vieja lo encontró en la calle, recién nacido, hacia ya cuatro o cinco años.
Abrió la caja despacio. Estaba quieto, tieso, más gris que nunca. Mantenía una babilla espesa alrededor de la boca. Lo rozó ligeramente con un dedo. Estaba frío. Muerto.
Tal vez también era alérgico al chorizo o pudiera ser que tanto la leche como el embutido no estaba en buenas condiciones. Y ¡encima sin haber cobrado el rescate! ¡Cómo podía tener tan mala suerte!
Sin pensarlo dos veces, introdujo el saco en la caja y sin tocar a Blas, lo pasó de un sitio a otro. Le daba asco tocarlo. En alguna ocasión escuchó que los animales muertos eran portadores de enfermedades. No estaba muy seguro, pero tal vez la muerte fuera contagiosa. Anudó el saco todo lo fuerte que pudo. El bulto parecía más pequeño que cuando lo trajo. Entonces una sonrisa se le dibujó en el rostro.
- ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! - exclamó en voz alta sin poderse contener -. Tal vez esto me solucione la papeleta.
No se fijó hasta ese momento. El saco era de la tienda de Don Semprón. "FRUTOS SECOS DE PRIMERA. CASA SEMPRÓN", se leía en letras rojas.
"Si lo abandonó cerca de la tienda, tal vez la culpa recaiga sobre él", se dijo. Se sonrió. Era muy buena idea y además en principio también quería vengarse de él. Merecía un escarmiento por tener la mano demasiado larga. Destrozó la caja. Era grande y estaba en buen estado pero había servido de ataúd y no le pareció buena idea dejarla para guardar cualquier cosa. Lo metió todo en una bolsa enorme del Corte Inglés. Todavía en pijama, salió al exterior por la ventana que daba a la parte trasera del patio. Tiritó, no supo si de frío o de miedo. Escondió la bolsa entre los arbustos y volvió a entrar en la casa por la misma ventana.
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Cuatro horas después, bien abrigado, salió al patio. Con rapidez sacó la caja y la bolsa con el cadáver de Blas. Dejó los cartones en el contenedor y corrió por el camino que le llevaría a la tranquilidad. Ya no pensaba en el rescate. Ni siquiera le importaba el dinero.
Al pasar por la casa de la vieja vio que ésta le saludaba con la mano. Sonreía, sostenía algo entre los brazos. La vieja se acercó con resolución hacia él. Mairu se quedó petrificado. Un gato idéntico a Blas lamía con fervor la arrugada mano de la vieja.
- Mira, chaval, mi chiquitín ha vuelto a casa.
- Me me me ale alegro mucho, Doña Juana - tartamudeó, parándose en seco y preguntándose a quién demonios llevaba en el saco.
- Siento haberos acusado injustamente - terció acariciando la mejilla sonrosada del crío.
Había olvidado por completo la llamada del secuestrador y él no estaba dispuesto a recordárselo.
- Tengo prisa. Me alegro mucho de que Blas haya vuelto a casa - gritó mientras corría, asiendo con fuerza el ligero saco.
Bordeó la trastienda de Don Semprón y se llegó hasta la puerta principal. En el piso superior vivía el viejo. Todavía no había levantado las persianas. Faltaba casi una hora para las once, en vacaciones nadie madrugaba y la tienda se abría muy tarde. Con delicadeza dejó el saco con el bicho muerto junto a la entrada y enfiló silbando la calle principal con dirección al parque. Allí estaban siempre sus amigos, los del barrio. Les echaba de menos, hacia días que no aparecía por allí...
lunes, 17 de diciembre de 2018
VUELVE...
Vuelve...
cada año un poco más pronto... Primero entra la lotería, que se puede acceder a la suerte desde agosto para el mismísimo 22 de diciembre, con el pensamiento asentado, murmurándonos en el oído "¡y si toca aquí!"
También vuelve El Almendro, que no quebrará jamás gracias a aquel publicista que puede estar a estas alturas jubilado.
Regresa...
la iluminación callejera, en Vitoria, un año más con remarcada austeridad y con un ligero tufillo a racanería; se engalanan los escaparates, aldabeando sus exquisiteces; los descuentos y las rebajas, los lazos rojos, los Olentzeros y los Reyes Magos, que algunos los enjuician poco magos y nada majos y se hace hueco al barrigón de Papa Noel, sus renos y su orondo saco repleto de regalos. Y ya nos hemos fundido la paga extra, que también vuelve pero que poco dura.
Reaparece...
la publicidad trasnochada y la original en televisión, del cava, los mazapanes, la sidra y los polvorones (como los Felipe II no hay otros); las comidas pantagruélicas y las reuniones familiares, las discusiones con los cuñados y las fingidas sonrisas a los repelentes sobrinos.
Retorna...
el aguacero de whatsApp ñoños, los reenvíos a todo bicho viviente en todas las redes sociales, deseando pasiones inolvidables, amores certeros, venturas mil y lozanía y robustez a los tropecientos mil contactos de "amigos", de los que en realidad solo ponemos cara a unos veinte y con los que únicamente nos sentimos bien con un grupo reducido.
Se muda...
la fiebre agónica y el compromiso de quedar con gente que no vemos en el resto del año, que durante 355 días nos importa un bledo si se rompe una pierna o emigran a las Chimbambas, pero que los últimos quince días del año recordamos y el corazón se nos torna mantequilla de Soria (excelente, dicho sea de paso) y el corazón nos repica sensiblería como si llamasen a maitines.
Se acerca el día de la salud...
como presagio resignado de que es lo único verdaderamente importante, pero algo acecha, impulsándonos a invertir los euracos en algún décimo que otro, con la esperanza de brindar con los amigos de toda la vida, con la ilusión de juntarnos con los entrañables del barrio en el bar de siempre, ése que es como nuestra segunda casa, por si suena la flauta y además de buena salud, engordamos la cartilla de ahorros.
Retornan... los que están lejos, el calor familiar al amparo de una buena gestión personal, las sonrisas honestas, los abrazos cálidos, la felicidad efímera, el balance personal del año, los nuevos propósitos que se empolvarán y se harán viejos, allá por mediados de enero, para volver a reaparecer el siguiente diciembre nuevamente vigorosos.
Renace...
la infancia infatigable, que en algunos se esconde profunda y otros llevamos estampada sobre la piel...
Resuena...
el Noche de Paz y el Tamborilero, mientras el corazón se nos encoge recordando años pasados y se nos nublan los ojos.
Torna...
el Belén monumental de la Florida, inmenso y elegante y los mercadillos artesanales y los abetos naturales.
Se arriman...
los que se fueron de nuestro lado para estar más presentes que cuando los disfrutábamos al alcance del abrazo.
Se allega...
la nostalgia y los empolvados recuerdos de otras navidades añejas.
Y vuelve la Rata del Asfalto...
no para desearte felicidad inmensa para todo el año, porque no existe, pero si tranquilidad y sosiego, que disfrutes con los tuyos, que pongas en marcha algunos objetivos, que tengas planes estupendos, que pases horas interminables con quien te haga sentir bien y que 2019 te sientas satisfecho de ti mismo.
cada año un poco más pronto... Primero entra la lotería, que se puede acceder a la suerte desde agosto para el mismísimo 22 de diciembre, con el pensamiento asentado, murmurándonos en el oído "¡y si toca aquí!"
También vuelve El Almendro, que no quebrará jamás gracias a aquel publicista que puede estar a estas alturas jubilado.
Regresa...
la iluminación callejera, en Vitoria, un año más con remarcada austeridad y con un ligero tufillo a racanería; se engalanan los escaparates, aldabeando sus exquisiteces; los descuentos y las rebajas, los lazos rojos, los Olentzeros y los Reyes Magos, que algunos los enjuician poco magos y nada majos y se hace hueco al barrigón de Papa Noel, sus renos y su orondo saco repleto de regalos. Y ya nos hemos fundido la paga extra, que también vuelve pero que poco dura.
Reaparece...
la publicidad trasnochada y la original en televisión, del cava, los mazapanes, la sidra y los polvorones (como los Felipe II no hay otros); las comidas pantagruélicas y las reuniones familiares, las discusiones con los cuñados y las fingidas sonrisas a los repelentes sobrinos.
Retorna...
el aguacero de whatsApp ñoños, los reenvíos a todo bicho viviente en todas las redes sociales, deseando pasiones inolvidables, amores certeros, venturas mil y lozanía y robustez a los tropecientos mil contactos de "amigos", de los que en realidad solo ponemos cara a unos veinte y con los que únicamente nos sentimos bien con un grupo reducido.
Se muda...
la fiebre agónica y el compromiso de quedar con gente que no vemos en el resto del año, que durante 355 días nos importa un bledo si se rompe una pierna o emigran a las Chimbambas, pero que los últimos quince días del año recordamos y el corazón se nos torna mantequilla de Soria (excelente, dicho sea de paso) y el corazón nos repica sensiblería como si llamasen a maitines.
Se acerca el día de la salud...
como presagio resignado de que es lo único verdaderamente importante, pero algo acecha, impulsándonos a invertir los euracos en algún décimo que otro, con la esperanza de brindar con los amigos de toda la vida, con la ilusión de juntarnos con los entrañables del barrio en el bar de siempre, ése que es como nuestra segunda casa, por si suena la flauta y además de buena salud, engordamos la cartilla de ahorros.
Retornan... los que están lejos, el calor familiar al amparo de una buena gestión personal, las sonrisas honestas, los abrazos cálidos, la felicidad efímera, el balance personal del año, los nuevos propósitos que se empolvarán y se harán viejos, allá por mediados de enero, para volver a reaparecer el siguiente diciembre nuevamente vigorosos.
Renace...
la infancia infatigable, que en algunos se esconde profunda y otros llevamos estampada sobre la piel...
Resuena...
el Noche de Paz y el Tamborilero, mientras el corazón se nos encoge recordando años pasados y se nos nublan los ojos.
Torna...
el Belén monumental de la Florida, inmenso y elegante y los mercadillos artesanales y los abetos naturales.
Se arriman...
los que se fueron de nuestro lado para estar más presentes que cuando los disfrutábamos al alcance del abrazo.
Se allega...
la nostalgia y los empolvados recuerdos de otras navidades añejas.
Y vuelve la Rata del Asfalto...
no para desearte felicidad inmensa para todo el año, porque no existe, pero si tranquilidad y sosiego, que disfrutes con los tuyos, que pongas en marcha algunos objetivos, que tengas planes estupendos, que pases horas interminables con quien te haga sentir bien y que 2019 te sientas satisfecho de ti mismo.
jueves, 22 de noviembre de 2018
A golpe de manecillas trota el tiempo como mandan los cánones del mes, emprendiendo la caminata mientras se mece en alfombra de crisantemos, amparando la paz de santos y difuntos...
El alba, casi a diario amodorrado, se despereza bostezando y a regañadientes, cansino y tardío...
El sol tristón se oculta avergonzado de ver a las nubes besarse, entre la niebla y el relente...
Se suceden las horas taciturnas, frías, perezosas, macilentas, sumisas, tediosas y colmadas de superchería...
Mansamente cae el atardecer, suspirando recuerdos de un verano que supo a poco, añorando el renacer primaveral y algunos agasajos plácidos...
Las mañanas se tornan tardes madrugadoras, en las horas que quedan libres los pucheros, los crepúsculos se atropellan con casto aburrimiento, adoleciéndose de una temprana y recia negrura, paladeando aromas de castañas asadas...
La lluvia se esparce perforando el calendario, retrasando los amaneceres desconsolados...
Silencio, puro enjambre de mortecinos corazones...
Van pasando las horas en susurros de melancolía...
Noviembre acecha ensombrecido, gris, antipático, cabizbajo, mientras callejea por veredas aquietadas entre los arrullos del viento.
El alba, casi a diario amodorrado, se despereza bostezando y a regañadientes, cansino y tardío...
El sol tristón se oculta avergonzado de ver a las nubes besarse, entre la niebla y el relente...
Se suceden las horas taciturnas, frías, perezosas, macilentas, sumisas, tediosas y colmadas de superchería...
Mansamente cae el atardecer, suspirando recuerdos de un verano que supo a poco, añorando el renacer primaveral y algunos agasajos plácidos...
Las mañanas se tornan tardes madrugadoras, en las horas que quedan libres los pucheros, los crepúsculos se atropellan con casto aburrimiento, adoleciéndose de una temprana y recia negrura, paladeando aromas de castañas asadas...
La lluvia se esparce perforando el calendario, retrasando los amaneceres desconsolados...
Silencio, puro enjambre de mortecinos corazones...
Van pasando las horas en susurros de melancolía...
Noviembre acecha ensombrecido, gris, antipático, cabizbajo, mientras callejea por veredas aquietadas entre los arrullos del viento.
martes, 16 de octubre de 2018
ESCRIBIR...
Escribir para transformar la realidad, integrando sensaciones, embelesando los sentidos siendo fiel al lenguaje.
Escribir emocionando a los lectores, moldeando sentimientos, ligando palabras en un batiburrillo de ideas...
Escribir hasta parir una historieta, mudando ingenios en ilusiones, embriagándome de emociones, creyéndome una diosa ladina.
Si me place corrompo la objetividad, trampeo a mi antojo mis creaciones, origino demonios bondadosos o ángeles endemoniados.
Descubro nuevos mundos, gesto asesinos despiadados o altruistas. Ladrones de guante blanco, generosos o ávidos de riquezas. Mujeres ejemplares, monjas depravadas o tiernas prostitutas. Niños vandálicos o irracionales ancianos.
Engendro, construyó o aniquilo a mi deleite y bajo mi tirano mandato, ordeno quien vive y quien muere.
Escribir imaginando, mintiendo, socavando, danzando con los esbozos cuando me visitan las Musas o minándome la sesera, cuando se me declaran en huelga.
Escribir para proclamarme progenitora abnegada de todos mis personajes, hijos ejemplares algunos, perversos otros, todos igualmente amados.
Escribir para reírme de tus miedos, para jugar con el misterio, para obligarte a reír, sonreír o llorar.
Escribir... para sentirme bien.
Escribir emocionando a los lectores, moldeando sentimientos, ligando palabras en un batiburrillo de ideas...
Escribir hasta parir una historieta, mudando ingenios en ilusiones, embriagándome de emociones, creyéndome una diosa ladina.
Si me place corrompo la objetividad, trampeo a mi antojo mis creaciones, origino demonios bondadosos o ángeles endemoniados.
Descubro nuevos mundos, gesto asesinos despiadados o altruistas. Ladrones de guante blanco, generosos o ávidos de riquezas. Mujeres ejemplares, monjas depravadas o tiernas prostitutas. Niños vandálicos o irracionales ancianos.
Engendro, construyó o aniquilo a mi deleite y bajo mi tirano mandato, ordeno quien vive y quien muere.
Escribir imaginando, mintiendo, socavando, danzando con los esbozos cuando me visitan las Musas o minándome la sesera, cuando se me declaran en huelga.
Escribir para proclamarme progenitora abnegada de todos mis personajes, hijos ejemplares algunos, perversos otros, todos igualmente amados.
Escribir para reírme de tus miedos, para jugar con el misterio, para obligarte a reír, sonreír o llorar.
Escribir... para sentirme bien.
martes, 18 de septiembre de 2018
,
Posee la belleza serena y transparente de lo eterno; el orgullo de poder presumir de un encanto particular; la vanidad de unos méritos ganados a pulso; la bizarría y el caché de la elegancia discreta; el empaque y el aplomo de saberse enigmáticamente hermosa y el glamour y la mesura de la tranquilidad hecha silencio... Son las calles de la almendra medieval con toda su grandeza.
Vías acogedoras, prolongadas, angostas, sombrías, a veces un tanto tenebrosas. Casi taciturnas, meditando sobre el discurrir de las horas; vetustas, envolviendo en suave melancolía el paso del tiempo; siglos secretos, encubriendo anónimos vestigios y escondiendo íntimos placeres de lugareños ancestrales y también de los presentes... ¡Lo qué podrían contarnos las calles!
Son las calles de todos y para todos, las turísticas, las que guardan rincones con historia, las carcomidas por recuerdos, las húmedas y fieles... ¡las callejas de Vitoria!
La principal, la que está en boca de todos: La CUCHILLERÍA, la Cuchi, con su enjambre de bares y tradición tarbernil, su alegría bullanguera, su cultura del poteo y sus preciados pinchos, acordonada por el Cordón de una casa con abolengo. En tiempos remotos fue conocida como Barrio Cuchillería y Portal de la Cuchillería.
TXIKITA, corta como su nombre indica, con unas vistas espectaculares al Portalón del final de la Correría, gracias al enclave ofrecido por la Plaza de la Burulleria, con el imponente mural de telares. En el número 14 nació en 1845 Ricardo Becerro de Bengoa. En la actualidad comercios artesanales de cerámica y los vitrales de Mikel Delika. También cuenta con una Etxe Zaharra, rústica, reconocida por el cochinillo y cordero asados en horno de leña. No está mal para ser calleja tan pequeña, ¿eh?
La ZAPATERÍA, la Zapa para los vitorianos. Para no ser menos, también fue nombrada Barrio Zapatería y Portal de la Zapatería. Maltratada en los 80 y cargando a las espaldas una mala fama inmerecida. Cultural y bohemía, guardiana de los faroles más queridos de Vitoria. Todavía se conserva el local cerrado de la intelectualidad de otras épocas, el "Sagu Alai" y abierto el entrañable "El Abuelo", donde tantas horas eché en mi adolescencia.
La Pinto, PINTORERÍA, no más querida que las anteriores, a pesar de ser familiar y más mía que ninguna. Con siglos de historia recogidos en el Museo de Arqueología, Bibat. Religiosa, con iglesia y convento desde 1530 y con los amaneceres inundados por los cánticos angelicales de las cinco Dominicas que actualmente lo habitan. Calle señorial donde las haya, con teatro incluido, Ortzai y con una simpática gorda, llamada María, en la primera y última vecindad.
La Corre, CORRERÍA, antaño también Pellejería, Correjelería, Boterías y Correería, custodiada hasta hace unas décadas por la Policía Nacional, hoy, el edificio alberga el ambulatorio y la Escuela de Música Luis Aramburu, en lo que fue el antiguo Seminario.
La tranquilidad de LA HERRERÍA, la Herre, calle muermo y silenciosa, con muros góticos del siglo XIV de la iglesia de San Pedro y la antigua entrada a la vivienda de la torre de Doña Otxanda. ¿Cuántos secretos se esconden en el Palacio de los Álava-Esquivel? Por cuestiones inexplicables de herencia y rarezas de sus dueños este achacoso casón pertenece en la actualidad al Ayuntamiento de Tánger, ¡tócate los cataplines!
FRAY ZACARÍAS MARTÍNEZ, tan largo el nombre, como solitaria y triste, antes calle del Seminario, discreta y reticente incluso al escándalo y griterío de los chiquillos del colegio del mismo nombre, donde antiguamente estuvo la Escuela de Magisterio.
Apocada y con dulce templanza, LAS ESCUELAS, con la actual ikastetxea de Ramón Bajo; los escolares son incapaces de alejarla de su persistente letargo.
SANTA MARÍA, paciente, recia, seria y recogida, sorprendiéndose del "abierto por obras" de su imponente Catedral de Santa María.
He dejado para el final la NUEVA DENTRO, llamada así por encontrarse en el interior de las murallas, también reconocida por Judería. No muchos años atrás calle pecaminosa y del desenfreno. Pendenciera, revoltosa, juerguista y parrandera. Antaño con sus mujeres de mal vivir y algunos bares de mala muerte, recogiendo actualmente, sosiego y tranquilidad en locales de poteo juvenil. Mi segunda universidad, la que nunca olvidaré, la que llevo tatuada al corazón, la más arraigada y de la que presumo con total orgullo.
miércoles, 1 de agosto de 2018
¡QUIERO VERTE... MUERTO! (2ª PARTE)
- Se desnucó - interrumpió el inspector consultando sus notas -. ¿Con qué cree que se golpeó al caer?
En este punto de la declaración a Laura le sobrevino un llanto imposible de controlar.
- Perdón - tartamudeó la joven.
- ¿Quiere un vaso de agua? - ofreció Alvárez, haciendo intención de estirar las piernas.
- ¡No! ¡Déjel! Puedo continuar -. "¡Un vaso de agua!, pensó: "¿No tendrán nada mejor que ofrecer en estos casos? ¿Por qué no un güisqui?"-. Todo sucedió muy deprisa. Algo debió de asustarle. Resbaló y seguidamente cayó. Me incorporé de inmediato - Laura se atropellaba al hablar, como queriendo evitar las palabras -. Hay cosas que... Perdóneme, no tengo las ideas claras.
- Intente ser más precisa, por favor...
A Laura le pareció que el inspector dejó la frase sin acabar. Tal vez quiso añadir "señora", pero claro, a él como al resto, le costaba tratar de señora a una muchacha tan joven como ella.
- Paulino se mostró romántico y encantador durante algunos meses, pero está claro, a la vista de los hechos, que mi juventud le producía apatía. Sé que no estaba enamorado de mi, no sé cómo explicárselo... Esas cosas las mujeres las entendemos, por muy jóvenes que seamos.
Alvárez cambió de postura. Se le veía impaciente.
.....................................................................................................................................
- No es que me cansase de ella - manifestó Paulino -. Comprendí tarde que la edad nos separaba. Yo prefería las tardes de cine, Laura las noches de fiesta. A mi me agradaba pasear los domingos por el monte, a ella le encantaba dormir hasta el mediodía. No fue fácil para ella - añadió tras una pequeña pausa -. Mis amigos supusieron que se casaba por dinero. Poseo muchas propiedades. Laura me ofreció su belleza y juventud, yo la elevé a un pedestal y le ofrecí mi fortuna.
...........................................................................................................
- Me engañó, créame lo que le digo, aunque no en el sentido que usted pueda pensar. Paulino me prometió amor eterno y yo, como joven impulsiva e inexperta, me lo creí porque soñaba con ser amada - al inspector le pareció que la joven se entusiasmaba de nuevo -. Pronto comprendí que un mundo nos separaba. Bueno, un mundo no es el vocablo exacto. En realidad lo que nos separaba, era Mariana, una cincuentona morenaza, más acorde a sus expectativas y personalidad.
- ¿Reconoce entonces que fue un crimen pasional? - se entusiasmó Alvárez, creyendo llegar al final.
- Aunque no lo crea, sigo muy enamorada de mi marido - fue la respuesta de la joven -. Reconozco que cuando conocí, accidentalmente, su apasionado romance, empecé a urdir el plan.
- ¿Cómo lo hizo?
- Camuflé una barra de hierro entre los pétalos. Era fácil que tropezase con ella. Caería hacia adelante y se daría el golpe de gracia contra la mesilla.
- Pero algo falló - ayudó el inspector.
- Algunas personas nacen con estrella y Paulino es una de ellas - Laura suspiró cansada.
- Pero al final usted se salió con la suya.
- Esquivó la barra, pero unos pasos después resbalo. Fue totalmente fortuito. Me friccioné el cuerpo con aceite de lilas, algunas gotas cayeron al suelo... Sentí la llave en la cerradura. Con la excitación, me olvidé completamente de ello.
..........................................................................................
- Me gustaría acabar cuanto antes con esto, inspector. Estoy cansado - Paulino hablaba desilusionado.
- Está en su mano. En cuanto me diga la verdad, todo habrá terminado - le animó Alvárez, que también estaba derrotado -. Sólo quiero que confiese como maquinó la caída del armazón del dosel que adornaba la cama matrimonial.
- ¡No se lo va a creer! Fue totalmente fortuito. Cuando resbalé y caí hacia atrás, vi que mi Laura trataba de incorporarse. Me pareció que pretendía auxiliarme... También yo traté de sujetarme a algún sitio. Agarré con todas mis fuerzas el armazón del dosel. Éste cayó por completo sobre el frágil cuerpo de mi esposa. Pero, dígame, inspector, mi Laura ¿se encuentra bien?
.................................................................................................
- ¡Ya ve, inspector! ¡Las cosas del amor! - Laura volvió a sonreír alegre -. Tras el golpe, sentí un dolor espantoso. Todo se tornó gris, en varios matices. Enseguida fue todo negro. Tengo frío, mucho frío pero sigo enamorada. ¿Sabe usted lo que me pasa?
................................................................................
Alvárez echó una última ojeada a los cuerpos inertes de Laura y Paulino, que descansaban sobre mesas contiguas en el depósito de cadáveres... El forense comenzó a detallarle los resultados de la autopsia de la pareja.
En este punto de la declaración a Laura le sobrevino un llanto imposible de controlar.
- Perdón - tartamudeó la joven.
- ¿Quiere un vaso de agua? - ofreció Alvárez, haciendo intención de estirar las piernas.
- ¡No! ¡Déjel! Puedo continuar -. "¡Un vaso de agua!, pensó: "¿No tendrán nada mejor que ofrecer en estos casos? ¿Por qué no un güisqui?"-. Todo sucedió muy deprisa. Algo debió de asustarle. Resbaló y seguidamente cayó. Me incorporé de inmediato - Laura se atropellaba al hablar, como queriendo evitar las palabras -. Hay cosas que... Perdóneme, no tengo las ideas claras.
- Intente ser más precisa, por favor...
A Laura le pareció que el inspector dejó la frase sin acabar. Tal vez quiso añadir "señora", pero claro, a él como al resto, le costaba tratar de señora a una muchacha tan joven como ella.
- Paulino se mostró romántico y encantador durante algunos meses, pero está claro, a la vista de los hechos, que mi juventud le producía apatía. Sé que no estaba enamorado de mi, no sé cómo explicárselo... Esas cosas las mujeres las entendemos, por muy jóvenes que seamos.
Alvárez cambió de postura. Se le veía impaciente.
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- No es que me cansase de ella - manifestó Paulino -. Comprendí tarde que la edad nos separaba. Yo prefería las tardes de cine, Laura las noches de fiesta. A mi me agradaba pasear los domingos por el monte, a ella le encantaba dormir hasta el mediodía. No fue fácil para ella - añadió tras una pequeña pausa -. Mis amigos supusieron que se casaba por dinero. Poseo muchas propiedades. Laura me ofreció su belleza y juventud, yo la elevé a un pedestal y le ofrecí mi fortuna.
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- Me engañó, créame lo que le digo, aunque no en el sentido que usted pueda pensar. Paulino me prometió amor eterno y yo, como joven impulsiva e inexperta, me lo creí porque soñaba con ser amada - al inspector le pareció que la joven se entusiasmaba de nuevo -. Pronto comprendí que un mundo nos separaba. Bueno, un mundo no es el vocablo exacto. En realidad lo que nos separaba, era Mariana, una cincuentona morenaza, más acorde a sus expectativas y personalidad.
- ¿Reconoce entonces que fue un crimen pasional? - se entusiasmó Alvárez, creyendo llegar al final.
- Aunque no lo crea, sigo muy enamorada de mi marido - fue la respuesta de la joven -. Reconozco que cuando conocí, accidentalmente, su apasionado romance, empecé a urdir el plan.
- ¿Cómo lo hizo?
- Camuflé una barra de hierro entre los pétalos. Era fácil que tropezase con ella. Caería hacia adelante y se daría el golpe de gracia contra la mesilla.
- Pero algo falló - ayudó el inspector.
- Algunas personas nacen con estrella y Paulino es una de ellas - Laura suspiró cansada.
- Pero al final usted se salió con la suya.
- Esquivó la barra, pero unos pasos después resbalo. Fue totalmente fortuito. Me friccioné el cuerpo con aceite de lilas, algunas gotas cayeron al suelo... Sentí la llave en la cerradura. Con la excitación, me olvidé completamente de ello.
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- Me gustaría acabar cuanto antes con esto, inspector. Estoy cansado - Paulino hablaba desilusionado.
- Está en su mano. En cuanto me diga la verdad, todo habrá terminado - le animó Alvárez, que también estaba derrotado -. Sólo quiero que confiese como maquinó la caída del armazón del dosel que adornaba la cama matrimonial.
- ¡No se lo va a creer! Fue totalmente fortuito. Cuando resbalé y caí hacia atrás, vi que mi Laura trataba de incorporarse. Me pareció que pretendía auxiliarme... También yo traté de sujetarme a algún sitio. Agarré con todas mis fuerzas el armazón del dosel. Éste cayó por completo sobre el frágil cuerpo de mi esposa. Pero, dígame, inspector, mi Laura ¿se encuentra bien?
.................................................................................................
- ¡Ya ve, inspector! ¡Las cosas del amor! - Laura volvió a sonreír alegre -. Tras el golpe, sentí un dolor espantoso. Todo se tornó gris, en varios matices. Enseguida fue todo negro. Tengo frío, mucho frío pero sigo enamorada. ¿Sabe usted lo que me pasa?
................................................................................
Alvárez echó una última ojeada a los cuerpos inertes de Laura y Paulino, que descansaban sobre mesas contiguas en el depósito de cadáveres... El forense comenzó a detallarle los resultados de la autopsia de la pareja.
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