Sestea el tiempo
en jergones delirantes,
amodorrado en tu sueño perfecto,
anhelando recuerdos, arrullando sonrisas,
respirando tus gestos.
Se acurrucan las horas tardías
entre las sombras del destino,
relegando la levedad
del calor frío de la primavera incipiente.
Se adormece el crepúsculo
ajusticiando el abatimiento,
se regocija la maltrecha ventura,
se aniquila la alborada,
se tuerce la vida,
reverdece la memoria...
Peregrinas, regresan las lágrimas...
Ese tiempo aletargado
de mediados de aquel abril quejumbroso,
que me confiscó tu presencia.
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martes, 7 de mayo de 2019
lunes, 15 de abril de 2019
EL APRENDIZ DE LUCIFER. ULTIMA PARTE. EL SEÑOR RUIZ
Huir de una casa por sufrir maltrato es muy duro. Lo digo con conocimiento de causa. El pobre Blas lo llevaba fatal, mucho peor que yo, que soy más duro y terco. El bueno de Blasillo parecía más escuchimizado de día en día. Tristón, cabizbajo y enclenque, se esforzaba por agarrarse a alguna de sus siete vidas, conservando una ilusión que menguaba a pesar del empeño. Como un par de desgraciados fuimos a dar con nuestros huesos a una casucha de mala muerte. Al dueño todos le llamaban señor Ruiz, pero entre nosotros le apodabamos Tontobobo. ¿Con qué propósito inhumano un animal lleno de maldad, disfrazado de persona, se lleva a un par de mascotas a casa? El tipejo disfrutaba humillándonos y
golpeándonos, sobre todo a Blas, que ya digo, era el más débil.
- ¡Qué todavía no me he presentado! Me apropié del nombre de mi amo y durante un tiempo me bauticé como Señor Ruiz, que me parece sonoro y casi elegante. Soy un gato, ¡cómo lo leen! De la misma camada que Blas. Ambos comunes y corrientes, marrones, con ojos verdes y bonitos, aunque sin pedigrí. Yo mucho más espabilado que Blasillo, que al igual que algunos humanos, era bastante pánfilo.
Tontobobo nos mantenía vivos a base de porquerías y alimentos en malas condiciones. En una ocasión Blas vomitó y el maltratador intentó estrangularlo. Si no llega a ser porque me lancé a defenderle, arañándole la cara, lo hubiera conseguido. Ese era el motivo por el cual solo podía tragar trocitos muy pequeños de comida. ¿Se puede ser más bestia que Tontobobo habiendo nacido con cuerpo de hombre y cerebro de diablo?
- ¡A ver si te mueres de una vez! - le aullaba, tirándole trozos grandes de maloliente pescado.
Blasillo, le observaba con sus ojazos verdes brillantes y carita de bueno, implorando algo de bondad.
- No me mires así, que no me vas a enternecer. ¡Malditos gatos del demonio! - de reojo le contemplaba. El animalillo desmenuzaba los alimentos, con paciencia. Ese tesón por la supervivencia, le sacaba de quicio. Entonces aumentaban los golpes.
La miseria duró dos interminables meses. Una noche, decidimos escapar. Malvivimos durante una semana, hasta que la vieja Juana encontró a Blas, que hasta entonces no tenía ni siquiera nombre. Me alegré por él.
...................................................................................................
Ambos somos callejeros, pero Blas es sensible, muy mimoso y hogareño. Me entusiasmó que la vieja no reparará en mi y lo acogiera en su hogar. Pronto se le vieron los beneficios: el pelaje brillante, la viveza en la mirada, los andares altaneros, el lomo recio. La buena alimentación y el amor obran milagros.
En cuanto a mi, subsistía al amparo de los mal llamados aprendices de Lucifer, no me faltaba manduca de la buena ni tampoco estaba falto de carantoñas. Me gusta la bohemía, soy vagabundo, perezoso y un tanto golferas. Voy a mi aire, no tengo horarios, como y duermo donde quiero y cuando me apetece. No estoy obligado a nada. Nos seguiamos viendo a diario, Blas paseaba por la urbanización a sus anchas y conocía mi ruta. Como éramos casi idénticos -mi aspecto también mejoró mucho-, en ocasiones se la jugabamos a la vieja y yo me relajaba al abrigo del cálido hogar, mientras que Blas pernoctaba bajo las estrellas.
Así transcurría nuestra vida regalada.
................................................
No daba crédito. Lo estaba viendo y no podía creerlo. Bloqueado, trataba de pensar algo con rapidez. ¿Qué podía hacer en semejante situación? ¡Nada! Y nada hice. Ni siquiera se me ocurrió una explicación coherente. ¡Mairu Marzarén metía a Blas en un saco negro de la tienda del cascarrabias de Semprón y entraba a su casa por el ventano trasero del sotano-trastero!
No me quedó más remedio que hacerme invisible a los ojos de los vecinos y sobre todo de la vieja.
No puede negar que al principio me agrado. Para mi parecer, Blas estaba demasiado mimado por la vieja e incauto de mi, pensé que el crío pretendía quedarse con el gato. Creí que con Mairu aprendería un poco más de la vida. En ese momento no caí en la cuenta de que el chaval ignoraba las dificultades para tragar del pequeñín. Alérgico, no sé si era, la verdad. En eso estoy con el tendero. Igual era una patraña del veterinario.
La noticia corrió como la pólvora y enseguida se empezó a hablar de secuestro y del rescate. Todos los vecinos, incluido Mairu, participaron en su búsqueda, pensar que un simple gato hubiera sido raptado no cabía en la sesera de nadie. Casi todos aseguraban que lo de los quinientos euros era una trastada de los críos. Únicamente yo conocía la verdad, pero ¿cómo explicarselo a la vieja?
Escudriñaba por el ventanuco del sotano de los Marzarén, sin lograr ver a Blasillo. Tal vez el crío lo escondía en otra parte y cabía la posibilidad que los padres le apoyasen.
......................................................
La madrugada del 31 de diciembre fue espantosamente gélida. Me cobijé al resguardo. Al amanecer sentí unas pisadas cercanas, me desperecé intranquilo. Algo intuía mi ánimo. Mairu salió sigiloso del trastero, con una caja de cartón, una bolsa del Corte Inglés en la mano y expresión asustada. Lo escondió entre los árboles junto a su fachada y presuroso volvió al refugio.
Me acerqué y descubrí el cadáver de Blasillo. Ahogué un maullido lastimero de dolor, rabia e irritación.
- ¡Maldito Mauri! - exclamé.
...............................................
"Razónalo, se inteligente", me dije. "No puedes hacer nada por el chiquitín, pero estás en tu derecho de darle un escarmiento al malandrín". Así que dicho y hecho. Me acerqué tranquilamente hasta la morada de la vieja. Maullé con fuerza. Arañé con insistencia la puerta sin obtener respuesta.
"Estaría bueno, que la loca ésta se hubiera muerto de pena, ahora que me he decidido a cambiar de vida, dejar atrás la libertad errante, aburguesarme y guarecerme en la comodidad de una casa en condiciones. Aunque Juana me daba un poco lástima, sobre todo pensé en mi. A pesar de tener siete vidas, uno se va haciendo mayor y como el calor y los cuidados de un hogar no hay. El veterinario y las vacunas, me harían falta más pronto que tarde y, ¡qué narices!, una oportunidad como esta no se presenta más que una vez en la vida, tal vez una vez en todas mis vidas. De algo me tenía que servir ser el calco de Blas. Pronto olvidaría ser el Señor Ruiz, ¡para lo que me había servido!, nadie conocía mi nombre..."
Me agazapé al abrigo de las macetas y me mantuve quieto y amodorrado. A mi sutil oído llegó el sonido de unos pasos inciertos. A regañadientes, renuncié al cobijo y me pegué a la puerta, maullando. La vieja regresaba del paseo mañanero. ¡Hay que estar rematadamente loca para salir de casa tan de mañana! Todavía estaba a tiempo de rectificar mi postura, la vida de trotamundos no resultaba tan mala, después de todo. Despistado meditaba, cuando escuché con algarabia:
- ¡Blas! ¡Has vuelto a casa! - al siguiente instante sentí su calor y cariño.
- Soy el Señor Ruiz - respondí casi ofendido, pero al momento comprendí que los humanos no entienden nuestra jerga.
Después de un rato, al calor del hogar, circundamos la casa para llegar al patio. Por allí andaba Mauri con el saco negro e imaginé que con el cadáver del verdadero Blas.
Cada vez que recuerdo cómo me miró, me partó de risa. Mucho peor resultó la visita a la tienda del viejo gruñón, que se mostró tan borde como lo era siempre con los críos. Estiré el cuello y vi que manipulaba el famoso saco y en su interior yacía Blasillo.
- ¡Mira el chalandrín! ¡Qué vivales! - me dije - ¡Dónde las dan, las toman, viejo cascarrabias!
................................................
- ¿Dónde vas, chaval? - Semprón cortó el pasó de Mairu que se quedó petrificado junto a la puerta del comercio.
- Tengo prisa - respondió, iniciando de nuevo el camino.
- El lunes, ya al cole, ¿no? - insistió el viejo con sonrisa sibilina.
- Si, el lunes - lo dijo manifestando pereza.
- Muy bien. Pero estoy convencido de que han sido unas vacaciones distintas a las demás.
- ¡Claro! Muy distintas a las del verano, que son largas y hace calor.
"¡Este crío es la leche!", pensé estirado en la acera, lamiendome las patitas.
- ¡Claro! Las del verano son mucho más largas, pero en éstas han pasado cosas increíbles, ¿no es cierto? - el viejo parecía un juez implacable.
- Tengo prisa - repitió el chiquillo, iniciando la marcha.
- Seguro que alguna aventura para recordar habrás vivido - el viejo le sujetó con fuerza del brazo. Maullé un par de veces - solo estamos hablando un poco - dijo mirándome fijamente y luego dirigiendose a Mairu -: Parece que me tienes miedo.
- No tengo miedo - se envalentonó Mairu.
- Pero estás asustado - sentenció Semprón, apoyando una mano grande en el hombro del chiquillo. Éste dio un respingo.
- Tengo que irme - susurró rehuyendo al viejo.
- Después del incidente de Blas, estás muy comedido - le propinó unas tortitas en el carrillo sonrosado, no para hacerle daño pero si con rabia.
- Que tenga buen día - Mairu se dió la vuelta pero el viejo le detuvo.
- Toma, chaval, sólo es un pequeño obsequio - se sacó del bolsillo de la bata gris dos bolsas, una de nueces de macadamia y otra de almendras garrapiñadas. Buscó las manos enguantadas del crío.
- No entiendo, usted nunca me ha dado nada - Mairu parecía sorprendido. Buscaba una razón medianamente coherente para que Semprón tuviera un detalle con él.
- Es el Espíritu de la Navidad que se me despierta de vez en cuando. ¡Este año se ha manifestado! - aseguró con alegría fingida.
- ¡Gracias! - exclamó echando a correr temeroso de que Semprón se arrepintiese.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Todo transcurría como una pesadilla. Blas había vuelto a casa y no tenía ni idea de quien era el gato muerto. Además, a veces, parecía observarle, como si supiera su secreto. Cuando no hacía nada malo, Don Semprón le propinaba mamporros y cuando secuestraba a un gato y se lo dejaba morir, le premiaba, asegurando que el Espíritu de la Navidad se le aparecía. La vieja estaba muy amable con él.
- Moraleja - musitó sentándose junto a Blas -: Es más productivo hacer barrabasadas de vez en cuando. Tenlo en cuenta, Blas.
Abrió la bolsa de garrapiñadas y se puso unas pocas en la palma. Alargó la mano hacia el hocico de Blas y éste, zalamero y rezongón, comenzó a comer.
golpeándonos, sobre todo a Blas, que ya digo, era el más débil.
- ¡Qué todavía no me he presentado! Me apropié del nombre de mi amo y durante un tiempo me bauticé como Señor Ruiz, que me parece sonoro y casi elegante. Soy un gato, ¡cómo lo leen! De la misma camada que Blas. Ambos comunes y corrientes, marrones, con ojos verdes y bonitos, aunque sin pedigrí. Yo mucho más espabilado que Blasillo, que al igual que algunos humanos, era bastante pánfilo.
Tontobobo nos mantenía vivos a base de porquerías y alimentos en malas condiciones. En una ocasión Blas vomitó y el maltratador intentó estrangularlo. Si no llega a ser porque me lancé a defenderle, arañándole la cara, lo hubiera conseguido. Ese era el motivo por el cual solo podía tragar trocitos muy pequeños de comida. ¿Se puede ser más bestia que Tontobobo habiendo nacido con cuerpo de hombre y cerebro de diablo?
- ¡A ver si te mueres de una vez! - le aullaba, tirándole trozos grandes de maloliente pescado.
Blasillo, le observaba con sus ojazos verdes brillantes y carita de bueno, implorando algo de bondad.
- No me mires así, que no me vas a enternecer. ¡Malditos gatos del demonio! - de reojo le contemplaba. El animalillo desmenuzaba los alimentos, con paciencia. Ese tesón por la supervivencia, le sacaba de quicio. Entonces aumentaban los golpes.
La miseria duró dos interminables meses. Una noche, decidimos escapar. Malvivimos durante una semana, hasta que la vieja Juana encontró a Blas, que hasta entonces no tenía ni siquiera nombre. Me alegré por él.
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Ambos somos callejeros, pero Blas es sensible, muy mimoso y hogareño. Me entusiasmó que la vieja no reparará en mi y lo acogiera en su hogar. Pronto se le vieron los beneficios: el pelaje brillante, la viveza en la mirada, los andares altaneros, el lomo recio. La buena alimentación y el amor obran milagros.
En cuanto a mi, subsistía al amparo de los mal llamados aprendices de Lucifer, no me faltaba manduca de la buena ni tampoco estaba falto de carantoñas. Me gusta la bohemía, soy vagabundo, perezoso y un tanto golferas. Voy a mi aire, no tengo horarios, como y duermo donde quiero y cuando me apetece. No estoy obligado a nada. Nos seguiamos viendo a diario, Blas paseaba por la urbanización a sus anchas y conocía mi ruta. Como éramos casi idénticos -mi aspecto también mejoró mucho-, en ocasiones se la jugabamos a la vieja y yo me relajaba al abrigo del cálido hogar, mientras que Blas pernoctaba bajo las estrellas.
Así transcurría nuestra vida regalada.
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No daba crédito. Lo estaba viendo y no podía creerlo. Bloqueado, trataba de pensar algo con rapidez. ¿Qué podía hacer en semejante situación? ¡Nada! Y nada hice. Ni siquiera se me ocurrió una explicación coherente. ¡Mairu Marzarén metía a Blas en un saco negro de la tienda del cascarrabias de Semprón y entraba a su casa por el ventano trasero del sotano-trastero!
No me quedó más remedio que hacerme invisible a los ojos de los vecinos y sobre todo de la vieja.
No puede negar que al principio me agrado. Para mi parecer, Blas estaba demasiado mimado por la vieja e incauto de mi, pensé que el crío pretendía quedarse con el gato. Creí que con Mairu aprendería un poco más de la vida. En ese momento no caí en la cuenta de que el chaval ignoraba las dificultades para tragar del pequeñín. Alérgico, no sé si era, la verdad. En eso estoy con el tendero. Igual era una patraña del veterinario.
La noticia corrió como la pólvora y enseguida se empezó a hablar de secuestro y del rescate. Todos los vecinos, incluido Mairu, participaron en su búsqueda, pensar que un simple gato hubiera sido raptado no cabía en la sesera de nadie. Casi todos aseguraban que lo de los quinientos euros era una trastada de los críos. Únicamente yo conocía la verdad, pero ¿cómo explicarselo a la vieja?
Escudriñaba por el ventanuco del sotano de los Marzarén, sin lograr ver a Blasillo. Tal vez el crío lo escondía en otra parte y cabía la posibilidad que los padres le apoyasen.
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La madrugada del 31 de diciembre fue espantosamente gélida. Me cobijé al resguardo. Al amanecer sentí unas pisadas cercanas, me desperecé intranquilo. Algo intuía mi ánimo. Mairu salió sigiloso del trastero, con una caja de cartón, una bolsa del Corte Inglés en la mano y expresión asustada. Lo escondió entre los árboles junto a su fachada y presuroso volvió al refugio.
Me acerqué y descubrí el cadáver de Blasillo. Ahogué un maullido lastimero de dolor, rabia e irritación.
- ¡Maldito Mauri! - exclamé.
...............................................
"Razónalo, se inteligente", me dije. "No puedes hacer nada por el chiquitín, pero estás en tu derecho de darle un escarmiento al malandrín". Así que dicho y hecho. Me acerqué tranquilamente hasta la morada de la vieja. Maullé con fuerza. Arañé con insistencia la puerta sin obtener respuesta.
"Estaría bueno, que la loca ésta se hubiera muerto de pena, ahora que me he decidido a cambiar de vida, dejar atrás la libertad errante, aburguesarme y guarecerme en la comodidad de una casa en condiciones. Aunque Juana me daba un poco lástima, sobre todo pensé en mi. A pesar de tener siete vidas, uno se va haciendo mayor y como el calor y los cuidados de un hogar no hay. El veterinario y las vacunas, me harían falta más pronto que tarde y, ¡qué narices!, una oportunidad como esta no se presenta más que una vez en la vida, tal vez una vez en todas mis vidas. De algo me tenía que servir ser el calco de Blas. Pronto olvidaría ser el Señor Ruiz, ¡para lo que me había servido!, nadie conocía mi nombre..."
Me agazapé al abrigo de las macetas y me mantuve quieto y amodorrado. A mi sutil oído llegó el sonido de unos pasos inciertos. A regañadientes, renuncié al cobijo y me pegué a la puerta, maullando. La vieja regresaba del paseo mañanero. ¡Hay que estar rematadamente loca para salir de casa tan de mañana! Todavía estaba a tiempo de rectificar mi postura, la vida de trotamundos no resultaba tan mala, después de todo. Despistado meditaba, cuando escuché con algarabia:
- ¡Blas! ¡Has vuelto a casa! - al siguiente instante sentí su calor y cariño.
- Soy el Señor Ruiz - respondí casi ofendido, pero al momento comprendí que los humanos no entienden nuestra jerga.
Después de un rato, al calor del hogar, circundamos la casa para llegar al patio. Por allí andaba Mauri con el saco negro e imaginé que con el cadáver del verdadero Blas.
Cada vez que recuerdo cómo me miró, me partó de risa. Mucho peor resultó la visita a la tienda del viejo gruñón, que se mostró tan borde como lo era siempre con los críos. Estiré el cuello y vi que manipulaba el famoso saco y en su interior yacía Blasillo.
- ¡Mira el chalandrín! ¡Qué vivales! - me dije - ¡Dónde las dan, las toman, viejo cascarrabias!
................................................
- ¿Dónde vas, chaval? - Semprón cortó el pasó de Mairu que se quedó petrificado junto a la puerta del comercio.
- Tengo prisa - respondió, iniciando de nuevo el camino.
- El lunes, ya al cole, ¿no? - insistió el viejo con sonrisa sibilina.
- Si, el lunes - lo dijo manifestando pereza.
- Muy bien. Pero estoy convencido de que han sido unas vacaciones distintas a las demás.
- ¡Claro! Muy distintas a las del verano, que son largas y hace calor.
"¡Este crío es la leche!", pensé estirado en la acera, lamiendome las patitas.
- ¡Claro! Las del verano son mucho más largas, pero en éstas han pasado cosas increíbles, ¿no es cierto? - el viejo parecía un juez implacable.
- Tengo prisa - repitió el chiquillo, iniciando la marcha.
- Seguro que alguna aventura para recordar habrás vivido - el viejo le sujetó con fuerza del brazo. Maullé un par de veces - solo estamos hablando un poco - dijo mirándome fijamente y luego dirigiendose a Mairu -: Parece que me tienes miedo.
- No tengo miedo - se envalentonó Mairu.
- Pero estás asustado - sentenció Semprón, apoyando una mano grande en el hombro del chiquillo. Éste dio un respingo.
- Tengo que irme - susurró rehuyendo al viejo.
- Después del incidente de Blas, estás muy comedido - le propinó unas tortitas en el carrillo sonrosado, no para hacerle daño pero si con rabia.
- Que tenga buen día - Mairu se dió la vuelta pero el viejo le detuvo.
- Toma, chaval, sólo es un pequeño obsequio - se sacó del bolsillo de la bata gris dos bolsas, una de nueces de macadamia y otra de almendras garrapiñadas. Buscó las manos enguantadas del crío.
- No entiendo, usted nunca me ha dado nada - Mairu parecía sorprendido. Buscaba una razón medianamente coherente para que Semprón tuviera un detalle con él.
- Es el Espíritu de la Navidad que se me despierta de vez en cuando. ¡Este año se ha manifestado! - aseguró con alegría fingida.
- ¡Gracias! - exclamó echando a correr temeroso de que Semprón se arrepintiese.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Todo transcurría como una pesadilla. Blas había vuelto a casa y no tenía ni idea de quien era el gato muerto. Además, a veces, parecía observarle, como si supiera su secreto. Cuando no hacía nada malo, Don Semprón le propinaba mamporros y cuando secuestraba a un gato y se lo dejaba morir, le premiaba, asegurando que el Espíritu de la Navidad se le aparecía. La vieja estaba muy amable con él.
- Moraleja - musitó sentándose junto a Blas -: Es más productivo hacer barrabasadas de vez en cuando. Tenlo en cuenta, Blas.
Abrió la bolsa de garrapiñadas y se puso unas pocas en la palma. Alargó la mano hacia el hocico de Blas y éste, zalamero y rezongón, comenzó a comer.
viernes, 22 de marzo de 2019
EL APRENDIZ DE LUCIFER III PARTE. BUEN COMIENZO DE AÑO
Dormitaba en el sofá arrebujada bajo dos mantas. Le gustaba amodorrarse tras la comida, aunque desde que Blas no estaba en casa, no lograba reposar más de quince minutos. Normalmente, a esas horas, la calle estaba relajada y no se escuchaba más que el susurro leve del silencio. De pronto se sobresaltó y con esfuerzo, logró incorporarse. Miró el reloj de pared, todavía eran las cuatro. Los chiquillos jugaban en la calle, disfrutando de las vacaciones navideñas. Pensó que aunque revoltosos, sus voces tiernas alegraban la vida de los vecinos. Lo comprendió todo al instante. ¿Cómo había podido ser tan tonta? La memoria le había pasado una mala jugada o tal vez fuera por la edad. Se sintió vieja. ¿Por qué pensó que Mairu, el chiquillo de los Marzaren estaba tras la diablura? Tal vez porque era el más altanero, el que plantaba cara y el más odiado por Don Semprón. Sintió un estremecimiento. Sentada en el sofá se arropó de nuevo con las mantas. Los críos canturreaban la misma canción que el día que le destrozaron el abeto. Esa tarde también vociferaban la tonadilla de "la chata Berenguela". Si los chalandrines jugaban en la calle, no podía destrozar el árbol en el patio. Se despertó de pronto con el ruido de la caída del abeto y el estallido de los adornos. Se dirigió todo lo rápido que sus piernas se lo permitieron a la puerta trasera. La oscuridad le permitió divisar una sombra grande que se alejaba en dirección al almacén de Don Semprón. Al salir hecha una furia tropezó con Mairu. ¡Pobre chiquillo! Pago su ira mientras el verdadero culpable se regocijaba a pocos metros. La sombra era de Semprón, no de Mairu. El tendero se empeñó en demostrarle que los críos tuvieron algo qué ver en la desaparición del felino. Ahora comprendía que los niños no hacían daño a los animales. Todavía sentaba, escuchó con claridad las voces infantiles: "La chata Berenguela güi, güi, güi/como es tan fina trico, trico, tri/como es tan fina lairó, lairó, lairó, ¡lairó!/Se pinta los colores güi, güi, güi/con gasolina trico, trico, tri/con gasolina lairó, lairó, lairó, ¡lairó!..."
..............................................
A medianoche se sentó frente al Tarot. Enseguida apareció el Sumo Sacerdote invertido, indicando a una persona adulta con fines perversos. Acto seguido salieron la Torre y el Colgado, clara indicación de un ser maligno lleno de odio que lucubraba en torno a ella y sus seres queridos. Se le escapó un grito. No cabía duda: Semprón era el verdadero culpable del estropicio y del secuestro de Blas. "¿Con qué fin?", se preguntó.
.......................................................
Al día siguiente de la desaparición de Blas, Semprón le dio la idea de sembrar la urbanización y los alrededores con su fotografía y las características del minino. También puso especial empeño en que denunciase su desaparición. Únicamente pretendía mofarse de ella. En ese momento le pareció una idea genial, pero ahora, una vez descubierta la fechoría, le parecía mezquino.
- No siento empatía por nadie del barrio - le confesó en una ocasión -, pero con usted es diferente, doña.
- ¡Cretino! ¡Hipócrita! - gritó malhumorada, sintiéndose engañada -. Pensar que a mis ochenta y nueve tacos, este imbécil me la ha metido doblada, tiene narices.
Lo bueno era que Semprón desconocía lo que Doña Juana había descubierto y podía ser observado con suma atención. Sus miradas furtivas, resultaban engañosas; sus andares torpes, le parecían a la vieja mal intencionados; sus palabras de consuelo, mentiras arrogantes; sus escasas sonrisas, despiadados rictus... Todo en Semprón era una farsa y ella había confiado en él como en ningún otro vecino.
Con la idea de sacar más información sobre el canalla, hizo una tirada a los caracoles. Trataba de indagar en la verdadera personalidad del comerciante. Las brillantes figuras le desvelaron que la muerte, el fraude y la mentira bailaban alrededor del siniestro vecino. ¿Qué maléfico secreto escondería?
...................................................
No había una sola persona en la urbanización que no pensara que los autores de la llamada exigiendo los 500 euros de rescate del prisionero, no fueran los chiquillos. Antes de desenmascarar al tendero, la vieja también estaba segura de ello. Ahora no lo veía tan claro. Quinientos euros era una cantidad medianamente importante pero no estimaba a los muchachos capaces de semejante barrabasada. Le asaltó una nueva idea: Semprón resultaba un maltratador potencial, sobre todo con Mairu. No se trataba de que el chaval se hubiera transformado a sus ojos en un angelote, pero a cada minuto que pasaba, se convencía de que no era tan malo como aseguraba el tendero.
- Me roba, doña Juana. Muchas veces le he visto colarse por el almacén - le repetía una y otra vez.
- ¡Desgraciado! - explotó la vieja en la soledad de su jardín -. Me alegro por ello, por la de cachetes que le propinaba sin venir a cuento.
Se prometió a si misma enmendar su agrio carácter con los mocetes, especialmente con Mairu. Los niños eran revoltosos pero carecían de maldad.
......................................................
- Seguro que Blas aparece cualquier día sano y salvo - argumentaba Ana, la carnicero en el puesto del centro comercial -. ¿Quién va a secuestrar a un gato? ¡Es absurdo!
- La llamada no ha sido más que una broma de los niños - aseguraba la madre de Mairu -, de muy mal gusto, eso también hay que reconocerlo. Pero estoy de acuerdo con Ana, andará por ahí.
- ¡Pobrecito mio! Es alérgico al jamón de York.
- ¿Alérgico Blas? - había preguntado Semprón, que también se encontraba en el puesto -. ¡Ésta si qué es buena!
Ahora recordaba con nitidez todos los detalles y comprendía la maldad del hombre.
Algunas de las presentes en el puesto disimularon la risa, estaba más que acostumbrada a ello. A casi todos los vecinos les parecía una vieja chiflada, era consciente de ello. Todavía entonces hubiera puesto la mano en el fuego por creer que Semprón era el único que no lo la juzgaba como tal.
- El veterinario le recetó unas gotas que tiene que tomar una vez al día. No se puede interrumpir el tratamiento, pues puede morir.
Mairu se acercó a la carnicería buscando a su madre y la vieja rememoraba ahora el interés del crío, que se quedó blanco al escuchar la historia.
- El sacacuartos ése, se cree que por tener un título universitario, puede decir cualquier cosa. Honestamente, creo que le está tomando el pelo. ¡Con el hambre que hay en el mundo, doña! Usted dándole gotas al bicho, ¡hay qué joderse! - ahora comprendía que a Semprón le dominaba la rabia.
- Blas no es un bicho - respondió la vieja con los ojos arrasados.
- Si se tiene una mascota hay que cuidarla y mimarla, hombre - Ana se puso a favor de la vieja.
- Cuando me lo encontré en la calle estaba medio muerto. Le di algo de comer. Al pobre se le veía sufrir mucho, le costaba tragar. El veterinario me dijo que habían intentando estrangularlo, así que me ocupé en partirle la comida en pequeños trocitos, hasta que se curó.
- Pero le sacaron un pastón y a cuenta de unas pocas como usted, el matasanos de bichos, se está forrando - el canalla del tendero reía a carcajadas -. Le voy a decir la razón por la que se recuperó Blasito: porque los gatos tienen siete vidas.
Los nervios del momento y la pesadumbre que sentía por la ausencia del amigo leal, no le dejaron ver la crueldad extrema que exhibía el que hasta entonces creía el mejor vecino.
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Se mantuvo en un duermevela agitado durante horas. Tomó la determinación de levantarse. Se vistió y se abrigó con el bufandón de lana. Con el bastón salió a la noche oscura y muda. Era el último día del año. Arreciaba la helada y sintió su gélido abrazo. Todavía no eran las seis de la mañana. Caminó sin rumbo, escudriñando entre los restos de desperdicios. A cada poco, iluminaba con la linterna cualquier rincón oscuro, con la esperanza mortecina de encontrar la carita redonda del gatito. Desconsolada y agotada retornó a la casa vacía. Escuchó un tenue maullido, ¿la imaginación le jugaba una mala pasada? Se frotó los ojos.
-¡Blas! - voceó, cogiendo y arropando al tembloroso animalito entre sus ropajes -. ¡Has vuelto! ¡Tesoro!
La mascota correspondió con lametones de agradecimiento a los besos de su ama. Una vez dentro le ofreció comida, agua y mimos y cuando Blas pareció mínimamente recuperado de su aventura, lo cogió en brazos y salió al patio trasero entusiasmada para dar la noticia a los vecinos. Únicamente se topó con Mairu. Portaba un pequeño bulto en un saco de tela de la tienda del desalmado Semprón. El crío se detuvo tan solo unos instantes. Parecía sorprendido y en el desconcierto, tartamudeó. Aunque diría que se alegró de ver a Blas de vuelta, tampoco era capaz de asegurarlo al cien por cien. Sin embargo, veinte minutos después tuvo la certeza de que al tendero no le hizo gracia. Se mostró huraño y maleducado. Literalmente, la rechazó.
- No nos importa, ¿verdad Blas? Nos da igual cómo reaccionen los vecinos. Lo importante es que has vuelto con mamá. Eres el mejor regalo de Navidad - setenció Doña Juana entrando en casa y prendiendo la calefacción para que Blas se recuperase de sus correrías.
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A medianoche se sentó frente al Tarot. Enseguida apareció el Sumo Sacerdote invertido, indicando a una persona adulta con fines perversos. Acto seguido salieron la Torre y el Colgado, clara indicación de un ser maligno lleno de odio que lucubraba en torno a ella y sus seres queridos. Se le escapó un grito. No cabía duda: Semprón era el verdadero culpable del estropicio y del secuestro de Blas. "¿Con qué fin?", se preguntó.
.......................................................
Al día siguiente de la desaparición de Blas, Semprón le dio la idea de sembrar la urbanización y los alrededores con su fotografía y las características del minino. También puso especial empeño en que denunciase su desaparición. Únicamente pretendía mofarse de ella. En ese momento le pareció una idea genial, pero ahora, una vez descubierta la fechoría, le parecía mezquino.
- No siento empatía por nadie del barrio - le confesó en una ocasión -, pero con usted es diferente, doña.
- ¡Cretino! ¡Hipócrita! - gritó malhumorada, sintiéndose engañada -. Pensar que a mis ochenta y nueve tacos, este imbécil me la ha metido doblada, tiene narices.
Lo bueno era que Semprón desconocía lo que Doña Juana había descubierto y podía ser observado con suma atención. Sus miradas furtivas, resultaban engañosas; sus andares torpes, le parecían a la vieja mal intencionados; sus palabras de consuelo, mentiras arrogantes; sus escasas sonrisas, despiadados rictus... Todo en Semprón era una farsa y ella había confiado en él como en ningún otro vecino.
Con la idea de sacar más información sobre el canalla, hizo una tirada a los caracoles. Trataba de indagar en la verdadera personalidad del comerciante. Las brillantes figuras le desvelaron que la muerte, el fraude y la mentira bailaban alrededor del siniestro vecino. ¿Qué maléfico secreto escondería?
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No había una sola persona en la urbanización que no pensara que los autores de la llamada exigiendo los 500 euros de rescate del prisionero, no fueran los chiquillos. Antes de desenmascarar al tendero, la vieja también estaba segura de ello. Ahora no lo veía tan claro. Quinientos euros era una cantidad medianamente importante pero no estimaba a los muchachos capaces de semejante barrabasada. Le asaltó una nueva idea: Semprón resultaba un maltratador potencial, sobre todo con Mairu. No se trataba de que el chaval se hubiera transformado a sus ojos en un angelote, pero a cada minuto que pasaba, se convencía de que no era tan malo como aseguraba el tendero.
- Me roba, doña Juana. Muchas veces le he visto colarse por el almacén - le repetía una y otra vez.
- ¡Desgraciado! - explotó la vieja en la soledad de su jardín -. Me alegro por ello, por la de cachetes que le propinaba sin venir a cuento.
Se prometió a si misma enmendar su agrio carácter con los mocetes, especialmente con Mairu. Los niños eran revoltosos pero carecían de maldad.
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- Seguro que Blas aparece cualquier día sano y salvo - argumentaba Ana, la carnicero en el puesto del centro comercial -. ¿Quién va a secuestrar a un gato? ¡Es absurdo!
- La llamada no ha sido más que una broma de los niños - aseguraba la madre de Mairu -, de muy mal gusto, eso también hay que reconocerlo. Pero estoy de acuerdo con Ana, andará por ahí.
- ¡Pobrecito mio! Es alérgico al jamón de York.
- ¿Alérgico Blas? - había preguntado Semprón, que también se encontraba en el puesto -. ¡Ésta si qué es buena!
Ahora recordaba con nitidez todos los detalles y comprendía la maldad del hombre.
Algunas de las presentes en el puesto disimularon la risa, estaba más que acostumbrada a ello. A casi todos los vecinos les parecía una vieja chiflada, era consciente de ello. Todavía entonces hubiera puesto la mano en el fuego por creer que Semprón era el único que no lo la juzgaba como tal.
- El veterinario le recetó unas gotas que tiene que tomar una vez al día. No se puede interrumpir el tratamiento, pues puede morir.
Mairu se acercó a la carnicería buscando a su madre y la vieja rememoraba ahora el interés del crío, que se quedó blanco al escuchar la historia.
- El sacacuartos ése, se cree que por tener un título universitario, puede decir cualquier cosa. Honestamente, creo que le está tomando el pelo. ¡Con el hambre que hay en el mundo, doña! Usted dándole gotas al bicho, ¡hay qué joderse! - ahora comprendía que a Semprón le dominaba la rabia.
- Blas no es un bicho - respondió la vieja con los ojos arrasados.
- Si se tiene una mascota hay que cuidarla y mimarla, hombre - Ana se puso a favor de la vieja.
- Cuando me lo encontré en la calle estaba medio muerto. Le di algo de comer. Al pobre se le veía sufrir mucho, le costaba tragar. El veterinario me dijo que habían intentando estrangularlo, así que me ocupé en partirle la comida en pequeños trocitos, hasta que se curó.
- Pero le sacaron un pastón y a cuenta de unas pocas como usted, el matasanos de bichos, se está forrando - el canalla del tendero reía a carcajadas -. Le voy a decir la razón por la que se recuperó Blasito: porque los gatos tienen siete vidas.
Los nervios del momento y la pesadumbre que sentía por la ausencia del amigo leal, no le dejaron ver la crueldad extrema que exhibía el que hasta entonces creía el mejor vecino.
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Se mantuvo en un duermevela agitado durante horas. Tomó la determinación de levantarse. Se vistió y se abrigó con el bufandón de lana. Con el bastón salió a la noche oscura y muda. Era el último día del año. Arreciaba la helada y sintió su gélido abrazo. Todavía no eran las seis de la mañana. Caminó sin rumbo, escudriñando entre los restos de desperdicios. A cada poco, iluminaba con la linterna cualquier rincón oscuro, con la esperanza mortecina de encontrar la carita redonda del gatito. Desconsolada y agotada retornó a la casa vacía. Escuchó un tenue maullido, ¿la imaginación le jugaba una mala pasada? Se frotó los ojos.
-¡Blas! - voceó, cogiendo y arropando al tembloroso animalito entre sus ropajes -. ¡Has vuelto! ¡Tesoro!
La mascota correspondió con lametones de agradecimiento a los besos de su ama. Una vez dentro le ofreció comida, agua y mimos y cuando Blas pareció mínimamente recuperado de su aventura, lo cogió en brazos y salió al patio trasero entusiasmada para dar la noticia a los vecinos. Únicamente se topó con Mairu. Portaba un pequeño bulto en un saco de tela de la tienda del desalmado Semprón. El crío se detuvo tan solo unos instantes. Parecía sorprendido y en el desconcierto, tartamudeó. Aunque diría que se alegró de ver a Blas de vuelta, tampoco era capaz de asegurarlo al cien por cien. Sin embargo, veinte minutos después tuvo la certeza de que al tendero no le hizo gracia. Se mostró huraño y maleducado. Literalmente, la rechazó.
- No nos importa, ¿verdad Blas? Nos da igual cómo reaccionen los vecinos. Lo importante es que has vuelto con mamá. Eres el mejor regalo de Navidad - setenció Doña Juana entrando en casa y prendiendo la calefacción para que Blas se recuperase de sus correrías.
viernes, 15 de febrero de 2019
EL APRENDIZ DE LUCIFER II PARTE (UNA HISTORIA TRISTE)
Le desagradaba todo lo referente a los niños. Su vida fue complicada, su niñez un infierno. Su madre, una mujer callada, anodina, llena de desesperanzas y de suspiros lacrados al alma. Vieja prematura e infeliz, los abandonó pronto. Resentida, se enfadó con la vida sin vivirla y se hizo amante de la muerte. Le dejó al cuidado de un padre insatisfecho, más amigo del juego y del vino que de críos. No le regaló jamás un mimo, ni siquiera una leve sonrisa o una temprana caricia pero sintió querencia por demostrarle a golpe de cinturón, quién mandaba en casa.
Se lamentaba de su mala estrella, de no gozar de los padres adecuados, de no experimentar otras suertes, ésas, que con envidia y desprecio, adivinaba en las vidas de otros niños alejados de su barrio. Todo ello le apresuró al mal carácter, a ser hombre huraño y a maltratar a otros críos cuando la oportunidad se presentaba. Callaba argumentos y hablaba a tortas y patadas porque de algún modo tenía que desnudarse de la rabia y el desconsuelo.
Cada vez que su padre le marcaba la espalda se juraba que no traería desgraciados al mundo, a ese mundo decapitado de alegrías como el suyo. Ahora repetía patrones, era lo único que le enseñaron, lo único que aprendió: atizar mamporros a los más débiles.
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Le acechaba desde que accedió a la trastienda por el patio trasero, aunque enseguida se distrajo con los resultados de fútbol que se escuchaban lejanos en la radio de la tienda. Se acercó al aparato para subir el volumen y cuando volvió a su posición primitiva, Mairu abandonaba el recinto.
"Maldito chiquillo", se dijo. Era absurdo intentar alcanzarle. A sus cincuenta y cinco años y sus muchos kilos de más, las piernas no le daban para muchas carreras. Ya se presentaría la oportunidad de pillarle. El regocijo sería mayor. Arrear un tortazo cuando no se espera ni se conoce la razón, le resultaba muy placentero.
No habían transcurrido ni cinco minutos, cuando le llegó nítida y enfadada la voz chillona de la loca Juana. Se asomó al patio. La vieja había cazado al mozalbete. El deleite estaba a punto de cumplirse. Alborozado, encendió un cigarrillo, mascando la satisfacción que pronto experimentaría. Mientras caminaba, bordeando el cuidado parterre, escudriñando tras el seto, meditaba sobre la razón que le movía a maltratar a Mairu. En contra de lo que pensaba la vieja, estaba absolutamente convencido de que los malandrines llegarían lejos y especialmente aquel crío, pues era el más espabilado. Por esa tonta razón se la tenía jurada, porque era el más valiente, el más contestón, el que plantaba cara y el más orgulloso. Cualidades que el tendero no poseía. Para su desesperación, la madre le defendía. En cierta ocasión, le amenazó con denunciarle si volvía a ponerle la mano encima a su retoño, que era maltrato infantil, le dijo. ¡Si él hubiera tenido unos padres dispuestos a defenderle! No había ni color. El barrio de su niñez era un pobre agrupamiento de casuchas amontonadas en callejas embarradas y llenas de basura. El barrio donde crecían los aprendices de Lucifer era residencial. Era otra de las razones que obligaba a los críos a llegar lejos en la vida.
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La vieja estaba totalmente chiflada ¡Si ella supiera cómo fue su infancia, lo de los aprendices de Lucifer, se hubiera quedado en un parvulario de Ursulinas! Le caía fatal, como los demás residentes del barrio pero no le quedaba más remedio que hacer de tripas corazón. Todo por mantener abierto el negocio.
La gamberrada de los chiquillos había enervado a la vieja. El chalandrín se defendía con los ojos arrasados, algunas lágrimas descendían lentamente por su carita redonda. Se sentía avergonzado, igual que el niño Semprón, cuando tras la paliza, su padre le ofendía llamándole cobarde y nenaza.
En cuando llegó al punto del conflicto, le arreó un sopapo y pasados unos minutos, otro más. Se sintió fuerte. El mocoso le devolvió una mirada valiente.
¡Pobre Don Semprón! Pocas cosas le regaló la vida, salvo una existencia miserable y mucha cobardía. Aprendió a soportar y a callarse, a guardarse la rabia y las respuestas, a disimular la irritación, a esconder la inquina malsana que sentía, a robar y a matar... la vida también le enseñó a matar.
En marzo cumpliría treinta y tres años enmascarando su verdadera identidad y arrastrando la vida de otro. El paso del tiempo había velado los recuerdos. Supervivencia era la palabra más hermosa. Se disculpaba pensando que los daños colaterales, a veces son necesarios. Por una vez, fue inteligente. Mató a un hombre sin sentir remordimientos. Fue una necesidad. Algunas oportunidades llaman a tu puerta solo una vez y él supo aprovecharla. Esa persona le resolvería el futuro. La miseria es mala compañera de camino, nadie que no la haya experimentado, tenía derecho a juzgarle. En caso de ser descubierto, ése sería el argumento: Fue una simple cuestión de supervivencia. Semprón se llamaba el hombre. Lo conoció por casualidad. Contaba unos años más que él y portaba la titularidad de un pequeño comercio y la licencia para la apertura. Nadie le conocía en el lugar, no tenía familia. Era un trotamundos, como él. Se convirtió en su salvoconducto.
Lo apuñaló por la espalda sin pesadumbre. Como un eco le llegó la voz nítida del padre. "¡Cobarde!"
Le arrebató el dinero, la documentación y hasta el nombre. Los documentos del auténtico Semprón le otorgaron una nueva existencia, la misma con la que soñaba desde que pudo albergar recuerdos. Se olvidó de su nombre, del barrio chabolero, del padre egoísta y sobre todo de la miseria.
Aquella mañana fresca solo el rocío le acompañó en la nueva travesía.
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Cuarto día de secuestro del maldito bicharraco de la vieja. Sonrió divertido, aunque le empezaba a cansar la travesura infantil. Se maldijo una vez más por no contar con la iniciativa de los muchachos. Para él resultó bien difícil mostrar una pizca de imaginación. A cambió contó con la hebilla del cinturón, amenazante y cercana. Detalle suficiente para cortar cualquier tipo de creatividad. Quien quiera que fuese el que realizó la llamada telefónica evidenciaba mucho ingenio.
"Pedir rescate por el secuestro de un gato ¡Un gato! ¡Manda cojones!", se dijo entre divertido y colérico.
..............................................................
Atisbó por el ventanuco del pasillo que daba al patio trasero. La mañana estaba fría. Un silencio vago y desvaído envolvía a la soñolienta urbanización. Le extrañó que el aprendiz de Lucifer anduviese tan madrugador en vacaciones. Marchaba decidido con el sobresalto pintado en el semblante. Circundó el patio. Don Semprón cruzó la casa con rapidez. Con cautela pretendió elevar la persiana del balcón de la fachada principal. Escudriñó la avenida desolada y sigilosa. El criajo avanzaba a paso ligero con un saco de los que regaló las navidades pasadas en la mano. Dirigió la mirada hacía las ventanas y le pareció que sonreía con malicia. "¿Qué tramará el granuja?", se preguntó el tendero. Descendió apresurado, procurando que no crujiesen los peldaños de madera. Descorrió los postigos. Se mantuvo alerta unos segundos. Fuera no se escuchaba ningún sonido. Dio dos vueltas al llavín, con la vaga esperanza de atrapar a Mairu. Abrió después de desconectar la alarma. El saco descansaba a un lado de la puerta. El mozalbete trotaba silbando, despreocupado, embutido en la chamarra. Agarró la bolsa y volvió a encerrarse en el interior de la tienda oscura. Revisó el contenido.
- ¡Me cago en la leche! - exclamó al descubrir el gato muerto -. ¡Es verdad que esos malandrines te secuestraron!
- ¡Mire, Don Semprón! ¡Blas ha vuelto a casa! - todavía tenía el saco en la mano, cuando escuchó alegre a la vieja, que abrió la puerta sin ser oída.
- Me alegro mucho, Doña - respondió desconcertado y sin poder disimular el asombro.
- Ha sido como un milagro - argumentó la vieja.
- Perdóneme, pero tengo algo importante que hacer - casi empujó a la vieja, cerró la puerta y bajó de un golpe seco la persiana veneciana.
"¿Qué hacía el crío con un gato muerto?, reflexionó sobre el asunto. Revisó de nuevo el contenido del saco, como para cerciorarse de que no se trataba de una alucinación. ¡Parecían gemelos!
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Se lamentaba de su mala estrella, de no gozar de los padres adecuados, de no experimentar otras suertes, ésas, que con envidia y desprecio, adivinaba en las vidas de otros niños alejados de su barrio. Todo ello le apresuró al mal carácter, a ser hombre huraño y a maltratar a otros críos cuando la oportunidad se presentaba. Callaba argumentos y hablaba a tortas y patadas porque de algún modo tenía que desnudarse de la rabia y el desconsuelo.
Cada vez que su padre le marcaba la espalda se juraba que no traería desgraciados al mundo, a ese mundo decapitado de alegrías como el suyo. Ahora repetía patrones, era lo único que le enseñaron, lo único que aprendió: atizar mamporros a los más débiles.
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Le acechaba desde que accedió a la trastienda por el patio trasero, aunque enseguida se distrajo con los resultados de fútbol que se escuchaban lejanos en la radio de la tienda. Se acercó al aparato para subir el volumen y cuando volvió a su posición primitiva, Mairu abandonaba el recinto.
"Maldito chiquillo", se dijo. Era absurdo intentar alcanzarle. A sus cincuenta y cinco años y sus muchos kilos de más, las piernas no le daban para muchas carreras. Ya se presentaría la oportunidad de pillarle. El regocijo sería mayor. Arrear un tortazo cuando no se espera ni se conoce la razón, le resultaba muy placentero.
No habían transcurrido ni cinco minutos, cuando le llegó nítida y enfadada la voz chillona de la loca Juana. Se asomó al patio. La vieja había cazado al mozalbete. El deleite estaba a punto de cumplirse. Alborozado, encendió un cigarrillo, mascando la satisfacción que pronto experimentaría. Mientras caminaba, bordeando el cuidado parterre, escudriñando tras el seto, meditaba sobre la razón que le movía a maltratar a Mairu. En contra de lo que pensaba la vieja, estaba absolutamente convencido de que los malandrines llegarían lejos y especialmente aquel crío, pues era el más espabilado. Por esa tonta razón se la tenía jurada, porque era el más valiente, el más contestón, el que plantaba cara y el más orgulloso. Cualidades que el tendero no poseía. Para su desesperación, la madre le defendía. En cierta ocasión, le amenazó con denunciarle si volvía a ponerle la mano encima a su retoño, que era maltrato infantil, le dijo. ¡Si él hubiera tenido unos padres dispuestos a defenderle! No había ni color. El barrio de su niñez era un pobre agrupamiento de casuchas amontonadas en callejas embarradas y llenas de basura. El barrio donde crecían los aprendices de Lucifer era residencial. Era otra de las razones que obligaba a los críos a llegar lejos en la vida.
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La vieja estaba totalmente chiflada ¡Si ella supiera cómo fue su infancia, lo de los aprendices de Lucifer, se hubiera quedado en un parvulario de Ursulinas! Le caía fatal, como los demás residentes del barrio pero no le quedaba más remedio que hacer de tripas corazón. Todo por mantener abierto el negocio.
La gamberrada de los chiquillos había enervado a la vieja. El chalandrín se defendía con los ojos arrasados, algunas lágrimas descendían lentamente por su carita redonda. Se sentía avergonzado, igual que el niño Semprón, cuando tras la paliza, su padre le ofendía llamándole cobarde y nenaza.
En cuando llegó al punto del conflicto, le arreó un sopapo y pasados unos minutos, otro más. Se sintió fuerte. El mocoso le devolvió una mirada valiente.
¡Pobre Don Semprón! Pocas cosas le regaló la vida, salvo una existencia miserable y mucha cobardía. Aprendió a soportar y a callarse, a guardarse la rabia y las respuestas, a disimular la irritación, a esconder la inquina malsana que sentía, a robar y a matar... la vida también le enseñó a matar.
En marzo cumpliría treinta y tres años enmascarando su verdadera identidad y arrastrando la vida de otro. El paso del tiempo había velado los recuerdos. Supervivencia era la palabra más hermosa. Se disculpaba pensando que los daños colaterales, a veces son necesarios. Por una vez, fue inteligente. Mató a un hombre sin sentir remordimientos. Fue una necesidad. Algunas oportunidades llaman a tu puerta solo una vez y él supo aprovecharla. Esa persona le resolvería el futuro. La miseria es mala compañera de camino, nadie que no la haya experimentado, tenía derecho a juzgarle. En caso de ser descubierto, ése sería el argumento: Fue una simple cuestión de supervivencia. Semprón se llamaba el hombre. Lo conoció por casualidad. Contaba unos años más que él y portaba la titularidad de un pequeño comercio y la licencia para la apertura. Nadie le conocía en el lugar, no tenía familia. Era un trotamundos, como él. Se convirtió en su salvoconducto.
Lo apuñaló por la espalda sin pesadumbre. Como un eco le llegó la voz nítida del padre. "¡Cobarde!"
Le arrebató el dinero, la documentación y hasta el nombre. Los documentos del auténtico Semprón le otorgaron una nueva existencia, la misma con la que soñaba desde que pudo albergar recuerdos. Se olvidó de su nombre, del barrio chabolero, del padre egoísta y sobre todo de la miseria.
Aquella mañana fresca solo el rocío le acompañó en la nueva travesía.
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Cuarto día de secuestro del maldito bicharraco de la vieja. Sonrió divertido, aunque le empezaba a cansar la travesura infantil. Se maldijo una vez más por no contar con la iniciativa de los muchachos. Para él resultó bien difícil mostrar una pizca de imaginación. A cambió contó con la hebilla del cinturón, amenazante y cercana. Detalle suficiente para cortar cualquier tipo de creatividad. Quien quiera que fuese el que realizó la llamada telefónica evidenciaba mucho ingenio.
"Pedir rescate por el secuestro de un gato ¡Un gato! ¡Manda cojones!", se dijo entre divertido y colérico.
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Atisbó por el ventanuco del pasillo que daba al patio trasero. La mañana estaba fría. Un silencio vago y desvaído envolvía a la soñolienta urbanización. Le extrañó que el aprendiz de Lucifer anduviese tan madrugador en vacaciones. Marchaba decidido con el sobresalto pintado en el semblante. Circundó el patio. Don Semprón cruzó la casa con rapidez. Con cautela pretendió elevar la persiana del balcón de la fachada principal. Escudriñó la avenida desolada y sigilosa. El criajo avanzaba a paso ligero con un saco de los que regaló las navidades pasadas en la mano. Dirigió la mirada hacía las ventanas y le pareció que sonreía con malicia. "¿Qué tramará el granuja?", se preguntó el tendero. Descendió apresurado, procurando que no crujiesen los peldaños de madera. Descorrió los postigos. Se mantuvo alerta unos segundos. Fuera no se escuchaba ningún sonido. Dio dos vueltas al llavín, con la vaga esperanza de atrapar a Mairu. Abrió después de desconectar la alarma. El saco descansaba a un lado de la puerta. El mozalbete trotaba silbando, despreocupado, embutido en la chamarra. Agarró la bolsa y volvió a encerrarse en el interior de la tienda oscura. Revisó el contenido.
- ¡Me cago en la leche! - exclamó al descubrir el gato muerto -. ¡Es verdad que esos malandrines te secuestraron!
- ¡Mire, Don Semprón! ¡Blas ha vuelto a casa! - todavía tenía el saco en la mano, cuando escuchó alegre a la vieja, que abrió la puerta sin ser oída.
- Me alegro mucho, Doña - respondió desconcertado y sin poder disimular el asombro.
- Ha sido como un milagro - argumentó la vieja.
- Perdóneme, pero tengo algo importante que hacer - casi empujó a la vieja, cerró la puerta y bajó de un golpe seco la persiana veneciana.
"¿Qué hacía el crío con un gato muerto?, reflexionó sobre el asunto. Revisó de nuevo el contenido del saco, como para cerciorarse de que no se trataba de una alucinación. ¡Parecían gemelos!
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miércoles, 23 de enero de 2019
EL APRENDIZ DE LUCIFER
A Mairu se le ocurrió la idea de secuestrar a Blas a la mañana siguiente tras la bronca mantenida con Doña Juana en el patio trasero común a las casas colindantes.
No comprendía porqué lógica todos los vecinos se ponían de parte de la vieja, aunque tal vez esa fuera la razón principal: que era demasiado vieja para llevarle la contraria. No le parecía justo que él siempre saliera escaldado.
El caso había sido que aquella maldita tarde de finales de año a los pillastres del barrio se les ocurrió "podar" el árbol de Navidad de Doña Juana y cuando ésta se percató de la gamberrada, clamó airada de tal manera, que el mismo Satanás abandonó el infierno.
Mairu tuvo la mala suerte de atravesar el estrecho y solitario sendero. Pretendía pasar desapercibido, pues volvía de robar algunas bolsitas de frutos secos en la trastienda de don Semprón.
- ¡Ven aquí! ¡Mozalbete! ¡Te pesqué! - exclamó orgullosa, mientras le retorcía el lóbulo de la oreja sin piedad -. Te mereces una buena paliza.
Mairu observó boquiabierto la hazaña de los muchachos. En otras circunstancias se hubiera reído pero la oreja le ardía. La vieja, además, le zarandeaba con fuerza.
- Yo no he hecho nada - se atrevió a declarar, mientras saltaban las primeras lágrimas.
- ¿Cómo que no? Me han despertado vuestras risotadas endiabladas.
- Yo no estaba con ellos. Vengo de casa de Don Semprón - a riesgo de ser descubierto en su fechoría, mostró su pequeño botín.
- Sois una panda de delincuentes que no conseguiréis nada en la vida.
El muchacho le observó iracundo pero se mantuvo callado.
- Pero, ¿sabes quiénes fueron verdad? - preguntó la vieja soltándole la oreja y bajando la voz.
- ¿Qué ha pasado? - tras ellos se escuchó la cascada voz de Don Semprón, al otro lado del seto.
La vieja hizo alarde de unos buenos reflejos, según la voz se les acercaba, arrancando de las manos de Mairu las bolsitas de frutos secos, que desaparecieron de inmediato entre los pliegues de sus largos faldamentos.
- ¡Dios bendito! - exclamó el tendero al acercarse y ver el destrozado abeto -. ¿Ha sido este delincuente?
- No soy un delincuente - protestó atemorizado.
- ¡Cállate! - ordenaron al unísono, al tiempo que le propinaron una bofetada cada uno.
En completo silencio, los tres observaron el desaguisado: las ramas esparcidas por el césped, algunos adornos hechos añicos. Solo las luces continuaban su intermitente parpadeo a sus pies.
- ¡Qué poca vergüenza! - bramó Don Semprón y le arreó otro sopapo al lastimado Mairu.
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Se le había ido de las manos. En realidad no calibró ninguno de los problemas que acarreaba con el secuestro. Se lamentaba de ser tan impulsivo. Simplemente pensó en hacer algo que le doliera a la vieja y en ese momento vio a Blas atravesar el cercado. Lo más inteligente hubiera sido meditar cada paso, sopesar los peligros, qué hacer con él, dónde esconderlo, qué le daría de comer y sobre todo cómo pedir el rescate. Al fin y al cabo, Blas vivía con la vieja. Si lo hubiera meditado bien, hubiera llegado a la conclusión de que cualquier día hubiera sido mejor para llevar a cabo su propósito.
Se proponía llegarse hasta la trastienda de Don Semprón, ya que la tarde anterior la vieja le arrebató los frutos secos. Esta vez llevaba un saco, necesitaba vengarse de las cachetadas del viejo. A medio camino, apareció Blas y fue visto y no visto. En pocos segundos fue a parar al saco y Mairu deshizo el camino. Blas pataleó e intentó luchar. De poco le sirvió. Volvió a entrar en la casa por la misma ventana por la que salió. Avanzó de puntillas por el pasillo. Su madre dormitaba con su serie favorita de la televisión. Subió al trastero y abandonó en un rincón el fardo. Pasados unos minutos, aflojó el nudo, que mientras corría había atado. A continuación la cabeza de Blas asomó y sus ojos verdes, fríos y hechizantes se clavaron en Mairu.
Enseguida se presentó el primer problema: mantenerlo en silencio. No paraba de llorar y no se atrevía a amordazarlo.
Inmediatamente surgió el segundo problema: la comida.
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Esa misma noche su madre puso el grito en el cielo. Las tres botellas de leche de la despensa habían desaparecido.
Una vez acostado, le asaltó el tercer problema: cómo pedir el rescate. Podía enviar un anónimo, pero no sabía como escribirlo. No tenía práctica en pedir rescates.
Para entonces, la vieja estaba desesperada. Lloraba e iba de casa en casa contando su tragedia. Algunos vecinos, le ayudaron a colocar fotografías de Blas por las farolas y árboles del barrio.
- Es tan pequeño e inocente. Me hace tanta compañía.
En una caja del trastero encontró un simulador de voz en buen estado e hizo la llamada correspondiente desde el teléfono fijo de casa.
- Señora Juana, escúcheme con atención. Si quiere volver a ver a su gato Blas con vida tiene que depositar quinientos euros en billetes de veinte en la bifurcación de la carretera, junto al mojón. Lo hará este jueves a las doce de la noche. No haga tonterías o Blas morirá. No avise a la policía. Le estaremos vigilando - colgó asustado y sudoroso. Temblaba y sintió un ligero escalofrío. Presintió que no fue muy convincente.
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- Sé que se trata de algún malandrín del barrio - les decía la vieja a las vecinas.
- Estos chicos son unos diablillos.
- ¿Diablillos dice usted? ¡Son aprendices de Lucifer! ¡Dios mio! Mi pobre Blas es alérgico al jamón de York y tiene que tomar unas gotas para el corazón.
Mairu se sobresaltó al escuchar la conversación. Lo de las gotas podía darle problemas, aunque tuvo la certeza de que la vieja pagaría. En cuanto a lo del jamón de York, creía que era exagerado, Blas estaba sano como un roble. No había más que verlo.
- Llame a la policía - le animaba Don Semprón que se había unido a la charla.
- Ya lo he hecho y ¿sabe qué me han contestado? - no espero respuesta -. Que no están para atender tonterías, que intenté arreglarlo con los secuestradores, qué quién va a secuestrar a un gato, que habrán sido los chavales del barrio. Casi se han reído en mis narices. ¿Se dan ustedes cuenta? ¿Para que queremos policía si cuando los necesitamos se hacen los suecos?
- En parte tienen razón doña - era la madre de Mairu quien hablaba -. Nadie pone en duda que para usted Blas es parte de la familia, pero no deja de ser un gato.
- ¿Parte de mi familia? ¡Es mi familia! ¡Nadie me comprende! ¡Solo le tengo a él! - sollozaba Doña Juana con angustia.
Mairu pensó pedir ayuda a alguno de sus amigos, aunque se vería obligado a compartir el dinero del rescate. De esta manera no podría comprar todas las chuches que pensaba. A sus once años se planteó el secuestro, además de como escarmiento para la vieja, como una hazaña que marcaría su vida. Sería considerado como el jefe entre los muchachos y todos le admirarían. Eso también acarrearía problemas. Sus padres no lo aprobarían y además de un severo castigo, tal vez también le propinarían una buena paliza. ¿Merecería la pena darse a conocer como el secuestrador de Blas? A pocos días de Reyes, si el asunto no salía bien, se podía despedir de los regalos.
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El tercer día de secuestro estaba desesperado. Blas se atiborraba de leche pero no parecía ser suficiente. Decidió hacer una visita furtiva al frigorífico. No había nada que pudiera servir. En la despensa encontró una lata de bonito en aceite y de la basura recuperó un paquete con unas lonchas de chorizo con moho. Si de verdad Blas tenía tanta hambre como parecía, no debería hacerle ascos a la comida aunque no estuviera en buenas condiciones.
Hasta ese momento todos los vecinos creían que Blas se había perdido y que los muchachos del barrio le telefonearon a la vieja para gastarle una broma. Nadie pensaba que a Blas le hubieran secuestrado.
El minino cenó como un señor. Se relamió con la lata de atún, engulló el chorizo y se bebió la poca leche que quedaba y que tenía un fuerte olor a podrido. Enseguida se durmió.
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La mayor sorpresa llegó a la mañana siguiente, el cuarto día del secuestro y el día que debía hacerse el pago del rescate. Desde que Blas estaba en el trastero, Mairu se levantaba antes de amanecer. Lo hacía para darle algo de alimento, obligarle a caminar un poco por el húmedo y frío lugar y volverlo a encerrar en la caja donde el pobre pasaba las horas.
Le extrañó no escuchar el tenue maullido. Tal vez ya no estuviera asustado. Al fin y al cabo, Blas le conocía de toda la vida, es decir desde que la vieja lo encontró en la calle, recién nacido, hacia ya cuatro o cinco años.
Abrió la caja despacio. Estaba quieto, tieso, más gris que nunca. Mantenía una babilla espesa alrededor de la boca. Lo rozó ligeramente con un dedo. Estaba frío. Muerto.
Tal vez también era alérgico al chorizo o pudiera ser que tanto la leche como el embutido no estaba en buenas condiciones. Y ¡encima sin haber cobrado el rescate! ¡Cómo podía tener tan mala suerte!
Sin pensarlo dos veces, introdujo el saco en la caja y sin tocar a Blas, lo pasó de un sitio a otro. Le daba asco tocarlo. En alguna ocasión escuchó que los animales muertos eran portadores de enfermedades. No estaba muy seguro, pero tal vez la muerte fuera contagiosa. Anudó el saco todo lo fuerte que pudo. El bulto parecía más pequeño que cuando lo trajo. Entonces una sonrisa se le dibujó en el rostro.
- ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! - exclamó en voz alta sin poderse contener -. Tal vez esto me solucione la papeleta.
No se fijó hasta ese momento. El saco era de la tienda de Don Semprón. "FRUTOS SECOS DE PRIMERA. CASA SEMPRÓN", se leía en letras rojas.
"Si lo abandonó cerca de la tienda, tal vez la culpa recaiga sobre él", se dijo. Se sonrió. Era muy buena idea y además en principio también quería vengarse de él. Merecía un escarmiento por tener la mano demasiado larga. Destrozó la caja. Era grande y estaba en buen estado pero había servido de ataúd y no le pareció buena idea dejarla para guardar cualquier cosa. Lo metió todo en una bolsa enorme del Corte Inglés. Todavía en pijama, salió al exterior por la ventana que daba a la parte trasera del patio. Tiritó, no supo si de frío o de miedo. Escondió la bolsa entre los arbustos y volvió a entrar en la casa por la misma ventana.
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Cuatro horas después, bien abrigado, salió al patio. Con rapidez sacó la caja y la bolsa con el cadáver de Blas. Dejó los cartones en el contenedor y corrió por el camino que le llevaría a la tranquilidad. Ya no pensaba en el rescate. Ni siquiera le importaba el dinero.
Al pasar por la casa de la vieja vio que ésta le saludaba con la mano. Sonreía, sostenía algo entre los brazos. La vieja se acercó con resolución hacia él. Mairu se quedó petrificado. Un gato idéntico a Blas lamía con fervor la arrugada mano de la vieja.
- Mira, chaval, mi chiquitín ha vuelto a casa.
- Me me me ale alegro mucho, Doña Juana - tartamudeó, parándose en seco y preguntándose a quién demonios llevaba en el saco.
- Siento haberos acusado injustamente - terció acariciando la mejilla sonrosada del crío.
Había olvidado por completo la llamada del secuestrador y él no estaba dispuesto a recordárselo.
- Tengo prisa. Me alegro mucho de que Blas haya vuelto a casa - gritó mientras corría, asiendo con fuerza el ligero saco.
Bordeó la trastienda de Don Semprón y se llegó hasta la puerta principal. En el piso superior vivía el viejo. Todavía no había levantado las persianas. Faltaba casi una hora para las once, en vacaciones nadie madrugaba y la tienda se abría muy tarde. Con delicadeza dejó el saco con el bicho muerto junto a la entrada y enfiló silbando la calle principal con dirección al parque. Allí estaban siempre sus amigos, los del barrio. Les echaba de menos, hacia días que no aparecía por allí...
No comprendía porqué lógica todos los vecinos se ponían de parte de la vieja, aunque tal vez esa fuera la razón principal: que era demasiado vieja para llevarle la contraria. No le parecía justo que él siempre saliera escaldado.
El caso había sido que aquella maldita tarde de finales de año a los pillastres del barrio se les ocurrió "podar" el árbol de Navidad de Doña Juana y cuando ésta se percató de la gamberrada, clamó airada de tal manera, que el mismo Satanás abandonó el infierno.
Mairu tuvo la mala suerte de atravesar el estrecho y solitario sendero. Pretendía pasar desapercibido, pues volvía de robar algunas bolsitas de frutos secos en la trastienda de don Semprón.
- ¡Ven aquí! ¡Mozalbete! ¡Te pesqué! - exclamó orgullosa, mientras le retorcía el lóbulo de la oreja sin piedad -. Te mereces una buena paliza.
Mairu observó boquiabierto la hazaña de los muchachos. En otras circunstancias se hubiera reído pero la oreja le ardía. La vieja, además, le zarandeaba con fuerza.
- Yo no he hecho nada - se atrevió a declarar, mientras saltaban las primeras lágrimas.
- ¿Cómo que no? Me han despertado vuestras risotadas endiabladas.
- Yo no estaba con ellos. Vengo de casa de Don Semprón - a riesgo de ser descubierto en su fechoría, mostró su pequeño botín.
- Sois una panda de delincuentes que no conseguiréis nada en la vida.
El muchacho le observó iracundo pero se mantuvo callado.
- Pero, ¿sabes quiénes fueron verdad? - preguntó la vieja soltándole la oreja y bajando la voz.
- ¿Qué ha pasado? - tras ellos se escuchó la cascada voz de Don Semprón, al otro lado del seto.
La vieja hizo alarde de unos buenos reflejos, según la voz se les acercaba, arrancando de las manos de Mairu las bolsitas de frutos secos, que desaparecieron de inmediato entre los pliegues de sus largos faldamentos.
- ¡Dios bendito! - exclamó el tendero al acercarse y ver el destrozado abeto -. ¿Ha sido este delincuente?
- No soy un delincuente - protestó atemorizado.
- ¡Cállate! - ordenaron al unísono, al tiempo que le propinaron una bofetada cada uno.
En completo silencio, los tres observaron el desaguisado: las ramas esparcidas por el césped, algunos adornos hechos añicos. Solo las luces continuaban su intermitente parpadeo a sus pies.
- ¡Qué poca vergüenza! - bramó Don Semprón y le arreó otro sopapo al lastimado Mairu.
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Se le había ido de las manos. En realidad no calibró ninguno de los problemas que acarreaba con el secuestro. Se lamentaba de ser tan impulsivo. Simplemente pensó en hacer algo que le doliera a la vieja y en ese momento vio a Blas atravesar el cercado. Lo más inteligente hubiera sido meditar cada paso, sopesar los peligros, qué hacer con él, dónde esconderlo, qué le daría de comer y sobre todo cómo pedir el rescate. Al fin y al cabo, Blas vivía con la vieja. Si lo hubiera meditado bien, hubiera llegado a la conclusión de que cualquier día hubiera sido mejor para llevar a cabo su propósito.
Se proponía llegarse hasta la trastienda de Don Semprón, ya que la tarde anterior la vieja le arrebató los frutos secos. Esta vez llevaba un saco, necesitaba vengarse de las cachetadas del viejo. A medio camino, apareció Blas y fue visto y no visto. En pocos segundos fue a parar al saco y Mairu deshizo el camino. Blas pataleó e intentó luchar. De poco le sirvió. Volvió a entrar en la casa por la misma ventana por la que salió. Avanzó de puntillas por el pasillo. Su madre dormitaba con su serie favorita de la televisión. Subió al trastero y abandonó en un rincón el fardo. Pasados unos minutos, aflojó el nudo, que mientras corría había atado. A continuación la cabeza de Blas asomó y sus ojos verdes, fríos y hechizantes se clavaron en Mairu.
Enseguida se presentó el primer problema: mantenerlo en silencio. No paraba de llorar y no se atrevía a amordazarlo.
Inmediatamente surgió el segundo problema: la comida.
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Esa misma noche su madre puso el grito en el cielo. Las tres botellas de leche de la despensa habían desaparecido.
Una vez acostado, le asaltó el tercer problema: cómo pedir el rescate. Podía enviar un anónimo, pero no sabía como escribirlo. No tenía práctica en pedir rescates.
Para entonces, la vieja estaba desesperada. Lloraba e iba de casa en casa contando su tragedia. Algunos vecinos, le ayudaron a colocar fotografías de Blas por las farolas y árboles del barrio.
- Es tan pequeño e inocente. Me hace tanta compañía.
En una caja del trastero encontró un simulador de voz en buen estado e hizo la llamada correspondiente desde el teléfono fijo de casa.
- Señora Juana, escúcheme con atención. Si quiere volver a ver a su gato Blas con vida tiene que depositar quinientos euros en billetes de veinte en la bifurcación de la carretera, junto al mojón. Lo hará este jueves a las doce de la noche. No haga tonterías o Blas morirá. No avise a la policía. Le estaremos vigilando - colgó asustado y sudoroso. Temblaba y sintió un ligero escalofrío. Presintió que no fue muy convincente.
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- Sé que se trata de algún malandrín del barrio - les decía la vieja a las vecinas.
- Estos chicos son unos diablillos.
- ¿Diablillos dice usted? ¡Son aprendices de Lucifer! ¡Dios mio! Mi pobre Blas es alérgico al jamón de York y tiene que tomar unas gotas para el corazón.
Mairu se sobresaltó al escuchar la conversación. Lo de las gotas podía darle problemas, aunque tuvo la certeza de que la vieja pagaría. En cuanto a lo del jamón de York, creía que era exagerado, Blas estaba sano como un roble. No había más que verlo.
- Llame a la policía - le animaba Don Semprón que se había unido a la charla.
- Ya lo he hecho y ¿sabe qué me han contestado? - no espero respuesta -. Que no están para atender tonterías, que intenté arreglarlo con los secuestradores, qué quién va a secuestrar a un gato, que habrán sido los chavales del barrio. Casi se han reído en mis narices. ¿Se dan ustedes cuenta? ¿Para que queremos policía si cuando los necesitamos se hacen los suecos?
- En parte tienen razón doña - era la madre de Mairu quien hablaba -. Nadie pone en duda que para usted Blas es parte de la familia, pero no deja de ser un gato.
- ¿Parte de mi familia? ¡Es mi familia! ¡Nadie me comprende! ¡Solo le tengo a él! - sollozaba Doña Juana con angustia.
Mairu pensó pedir ayuda a alguno de sus amigos, aunque se vería obligado a compartir el dinero del rescate. De esta manera no podría comprar todas las chuches que pensaba. A sus once años se planteó el secuestro, además de como escarmiento para la vieja, como una hazaña que marcaría su vida. Sería considerado como el jefe entre los muchachos y todos le admirarían. Eso también acarrearía problemas. Sus padres no lo aprobarían y además de un severo castigo, tal vez también le propinarían una buena paliza. ¿Merecería la pena darse a conocer como el secuestrador de Blas? A pocos días de Reyes, si el asunto no salía bien, se podía despedir de los regalos.
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El tercer día de secuestro estaba desesperado. Blas se atiborraba de leche pero no parecía ser suficiente. Decidió hacer una visita furtiva al frigorífico. No había nada que pudiera servir. En la despensa encontró una lata de bonito en aceite y de la basura recuperó un paquete con unas lonchas de chorizo con moho. Si de verdad Blas tenía tanta hambre como parecía, no debería hacerle ascos a la comida aunque no estuviera en buenas condiciones.
Hasta ese momento todos los vecinos creían que Blas se había perdido y que los muchachos del barrio le telefonearon a la vieja para gastarle una broma. Nadie pensaba que a Blas le hubieran secuestrado.
El minino cenó como un señor. Se relamió con la lata de atún, engulló el chorizo y se bebió la poca leche que quedaba y que tenía un fuerte olor a podrido. Enseguida se durmió.
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La mayor sorpresa llegó a la mañana siguiente, el cuarto día del secuestro y el día que debía hacerse el pago del rescate. Desde que Blas estaba en el trastero, Mairu se levantaba antes de amanecer. Lo hacía para darle algo de alimento, obligarle a caminar un poco por el húmedo y frío lugar y volverlo a encerrar en la caja donde el pobre pasaba las horas.
Le extrañó no escuchar el tenue maullido. Tal vez ya no estuviera asustado. Al fin y al cabo, Blas le conocía de toda la vida, es decir desde que la vieja lo encontró en la calle, recién nacido, hacia ya cuatro o cinco años.
Abrió la caja despacio. Estaba quieto, tieso, más gris que nunca. Mantenía una babilla espesa alrededor de la boca. Lo rozó ligeramente con un dedo. Estaba frío. Muerto.
Tal vez también era alérgico al chorizo o pudiera ser que tanto la leche como el embutido no estaba en buenas condiciones. Y ¡encima sin haber cobrado el rescate! ¡Cómo podía tener tan mala suerte!
Sin pensarlo dos veces, introdujo el saco en la caja y sin tocar a Blas, lo pasó de un sitio a otro. Le daba asco tocarlo. En alguna ocasión escuchó que los animales muertos eran portadores de enfermedades. No estaba muy seguro, pero tal vez la muerte fuera contagiosa. Anudó el saco todo lo fuerte que pudo. El bulto parecía más pequeño que cuando lo trajo. Entonces una sonrisa se le dibujó en el rostro.
- ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! - exclamó en voz alta sin poderse contener -. Tal vez esto me solucione la papeleta.
No se fijó hasta ese momento. El saco era de la tienda de Don Semprón. "FRUTOS SECOS DE PRIMERA. CASA SEMPRÓN", se leía en letras rojas.
"Si lo abandonó cerca de la tienda, tal vez la culpa recaiga sobre él", se dijo. Se sonrió. Era muy buena idea y además en principio también quería vengarse de él. Merecía un escarmiento por tener la mano demasiado larga. Destrozó la caja. Era grande y estaba en buen estado pero había servido de ataúd y no le pareció buena idea dejarla para guardar cualquier cosa. Lo metió todo en una bolsa enorme del Corte Inglés. Todavía en pijama, salió al exterior por la ventana que daba a la parte trasera del patio. Tiritó, no supo si de frío o de miedo. Escondió la bolsa entre los arbustos y volvió a entrar en la casa por la misma ventana.
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Cuatro horas después, bien abrigado, salió al patio. Con rapidez sacó la caja y la bolsa con el cadáver de Blas. Dejó los cartones en el contenedor y corrió por el camino que le llevaría a la tranquilidad. Ya no pensaba en el rescate. Ni siquiera le importaba el dinero.
Al pasar por la casa de la vieja vio que ésta le saludaba con la mano. Sonreía, sostenía algo entre los brazos. La vieja se acercó con resolución hacia él. Mairu se quedó petrificado. Un gato idéntico a Blas lamía con fervor la arrugada mano de la vieja.
- Mira, chaval, mi chiquitín ha vuelto a casa.
- Me me me ale alegro mucho, Doña Juana - tartamudeó, parándose en seco y preguntándose a quién demonios llevaba en el saco.
- Siento haberos acusado injustamente - terció acariciando la mejilla sonrosada del crío.
Había olvidado por completo la llamada del secuestrador y él no estaba dispuesto a recordárselo.
- Tengo prisa. Me alegro mucho de que Blas haya vuelto a casa - gritó mientras corría, asiendo con fuerza el ligero saco.
Bordeó la trastienda de Don Semprón y se llegó hasta la puerta principal. En el piso superior vivía el viejo. Todavía no había levantado las persianas. Faltaba casi una hora para las once, en vacaciones nadie madrugaba y la tienda se abría muy tarde. Con delicadeza dejó el saco con el bicho muerto junto a la entrada y enfiló silbando la calle principal con dirección al parque. Allí estaban siempre sus amigos, los del barrio. Les echaba de menos, hacia días que no aparecía por allí...
lunes, 17 de diciembre de 2018
VUELVE...
Vuelve...
cada año un poco más pronto... Primero entra la lotería, que se puede acceder a la suerte desde agosto para el mismísimo 22 de diciembre, con el pensamiento asentado, murmurándonos en el oído "¡y si toca aquí!"
También vuelve El Almendro, que no quebrará jamás gracias a aquel publicista que puede estar a estas alturas jubilado.
Regresa...
la iluminación callejera, en Vitoria, un año más con remarcada austeridad y con un ligero tufillo a racanería; se engalanan los escaparates, aldabeando sus exquisiteces; los descuentos y las rebajas, los lazos rojos, los Olentzeros y los Reyes Magos, que algunos los enjuician poco magos y nada majos y se hace hueco al barrigón de Papa Noel, sus renos y su orondo saco repleto de regalos. Y ya nos hemos fundido la paga extra, que también vuelve pero que poco dura.
Reaparece...
la publicidad trasnochada y la original en televisión, del cava, los mazapanes, la sidra y los polvorones (como los Felipe II no hay otros); las comidas pantagruélicas y las reuniones familiares, las discusiones con los cuñados y las fingidas sonrisas a los repelentes sobrinos.
Retorna...
el aguacero de whatsApp ñoños, los reenvíos a todo bicho viviente en todas las redes sociales, deseando pasiones inolvidables, amores certeros, venturas mil y lozanía y robustez a los tropecientos mil contactos de "amigos", de los que en realidad solo ponemos cara a unos veinte y con los que únicamente nos sentimos bien con un grupo reducido.
Se muda...
la fiebre agónica y el compromiso de quedar con gente que no vemos en el resto del año, que durante 355 días nos importa un bledo si se rompe una pierna o emigran a las Chimbambas, pero que los últimos quince días del año recordamos y el corazón se nos torna mantequilla de Soria (excelente, dicho sea de paso) y el corazón nos repica sensiblería como si llamasen a maitines.
Se acerca el día de la salud...
como presagio resignado de que es lo único verdaderamente importante, pero algo acecha, impulsándonos a invertir los euracos en algún décimo que otro, con la esperanza de brindar con los amigos de toda la vida, con la ilusión de juntarnos con los entrañables del barrio en el bar de siempre, ése que es como nuestra segunda casa, por si suena la flauta y además de buena salud, engordamos la cartilla de ahorros.
Retornan... los que están lejos, el calor familiar al amparo de una buena gestión personal, las sonrisas honestas, los abrazos cálidos, la felicidad efímera, el balance personal del año, los nuevos propósitos que se empolvarán y se harán viejos, allá por mediados de enero, para volver a reaparecer el siguiente diciembre nuevamente vigorosos.
Renace...
la infancia infatigable, que en algunos se esconde profunda y otros llevamos estampada sobre la piel...
Resuena...
el Noche de Paz y el Tamborilero, mientras el corazón se nos encoge recordando años pasados y se nos nublan los ojos.
Torna...
el Belén monumental de la Florida, inmenso y elegante y los mercadillos artesanales y los abetos naturales.
Se arriman...
los que se fueron de nuestro lado para estar más presentes que cuando los disfrutábamos al alcance del abrazo.
Se allega...
la nostalgia y los empolvados recuerdos de otras navidades añejas.
Y vuelve la Rata del Asfalto...
no para desearte felicidad inmensa para todo el año, porque no existe, pero si tranquilidad y sosiego, que disfrutes con los tuyos, que pongas en marcha algunos objetivos, que tengas planes estupendos, que pases horas interminables con quien te haga sentir bien y que 2019 te sientas satisfecho de ti mismo.
cada año un poco más pronto... Primero entra la lotería, que se puede acceder a la suerte desde agosto para el mismísimo 22 de diciembre, con el pensamiento asentado, murmurándonos en el oído "¡y si toca aquí!"
También vuelve El Almendro, que no quebrará jamás gracias a aquel publicista que puede estar a estas alturas jubilado.
Regresa...
la iluminación callejera, en Vitoria, un año más con remarcada austeridad y con un ligero tufillo a racanería; se engalanan los escaparates, aldabeando sus exquisiteces; los descuentos y las rebajas, los lazos rojos, los Olentzeros y los Reyes Magos, que algunos los enjuician poco magos y nada majos y se hace hueco al barrigón de Papa Noel, sus renos y su orondo saco repleto de regalos. Y ya nos hemos fundido la paga extra, que también vuelve pero que poco dura.
Reaparece...
la publicidad trasnochada y la original en televisión, del cava, los mazapanes, la sidra y los polvorones (como los Felipe II no hay otros); las comidas pantagruélicas y las reuniones familiares, las discusiones con los cuñados y las fingidas sonrisas a los repelentes sobrinos.
Retorna...
el aguacero de whatsApp ñoños, los reenvíos a todo bicho viviente en todas las redes sociales, deseando pasiones inolvidables, amores certeros, venturas mil y lozanía y robustez a los tropecientos mil contactos de "amigos", de los que en realidad solo ponemos cara a unos veinte y con los que únicamente nos sentimos bien con un grupo reducido.
Se muda...
la fiebre agónica y el compromiso de quedar con gente que no vemos en el resto del año, que durante 355 días nos importa un bledo si se rompe una pierna o emigran a las Chimbambas, pero que los últimos quince días del año recordamos y el corazón se nos torna mantequilla de Soria (excelente, dicho sea de paso) y el corazón nos repica sensiblería como si llamasen a maitines.
Se acerca el día de la salud...
como presagio resignado de que es lo único verdaderamente importante, pero algo acecha, impulsándonos a invertir los euracos en algún décimo que otro, con la esperanza de brindar con los amigos de toda la vida, con la ilusión de juntarnos con los entrañables del barrio en el bar de siempre, ése que es como nuestra segunda casa, por si suena la flauta y además de buena salud, engordamos la cartilla de ahorros.
Retornan... los que están lejos, el calor familiar al amparo de una buena gestión personal, las sonrisas honestas, los abrazos cálidos, la felicidad efímera, el balance personal del año, los nuevos propósitos que se empolvarán y se harán viejos, allá por mediados de enero, para volver a reaparecer el siguiente diciembre nuevamente vigorosos.
Renace...
la infancia infatigable, que en algunos se esconde profunda y otros llevamos estampada sobre la piel...
Resuena...
el Noche de Paz y el Tamborilero, mientras el corazón se nos encoge recordando años pasados y se nos nublan los ojos.
Torna...
el Belén monumental de la Florida, inmenso y elegante y los mercadillos artesanales y los abetos naturales.
Se arriman...
los que se fueron de nuestro lado para estar más presentes que cuando los disfrutábamos al alcance del abrazo.
Se allega...
la nostalgia y los empolvados recuerdos de otras navidades añejas.
Y vuelve la Rata del Asfalto...
no para desearte felicidad inmensa para todo el año, porque no existe, pero si tranquilidad y sosiego, que disfrutes con los tuyos, que pongas en marcha algunos objetivos, que tengas planes estupendos, que pases horas interminables con quien te haga sentir bien y que 2019 te sientas satisfecho de ti mismo.
jueves, 22 de noviembre de 2018
A golpe de manecillas trota el tiempo como mandan los cánones del mes, emprendiendo la caminata mientras se mece en alfombra de crisantemos, amparando la paz de santos y difuntos...
El alba, casi a diario amodorrado, se despereza bostezando y a regañadientes, cansino y tardío...
El sol tristón se oculta avergonzado de ver a las nubes besarse, entre la niebla y el relente...
Se suceden las horas taciturnas, frías, perezosas, macilentas, sumisas, tediosas y colmadas de superchería...
Mansamente cae el atardecer, suspirando recuerdos de un verano que supo a poco, añorando el renacer primaveral y algunos agasajos plácidos...
Las mañanas se tornan tardes madrugadoras, en las horas que quedan libres los pucheros, los crepúsculos se atropellan con casto aburrimiento, adoleciéndose de una temprana y recia negrura, paladeando aromas de castañas asadas...
La lluvia se esparce perforando el calendario, retrasando los amaneceres desconsolados...
Silencio, puro enjambre de mortecinos corazones...
Van pasando las horas en susurros de melancolía...
Noviembre acecha ensombrecido, gris, antipático, cabizbajo, mientras callejea por veredas aquietadas entre los arrullos del viento.
El alba, casi a diario amodorrado, se despereza bostezando y a regañadientes, cansino y tardío...
El sol tristón se oculta avergonzado de ver a las nubes besarse, entre la niebla y el relente...
Se suceden las horas taciturnas, frías, perezosas, macilentas, sumisas, tediosas y colmadas de superchería...
Mansamente cae el atardecer, suspirando recuerdos de un verano que supo a poco, añorando el renacer primaveral y algunos agasajos plácidos...
Las mañanas se tornan tardes madrugadoras, en las horas que quedan libres los pucheros, los crepúsculos se atropellan con casto aburrimiento, adoleciéndose de una temprana y recia negrura, paladeando aromas de castañas asadas...
La lluvia se esparce perforando el calendario, retrasando los amaneceres desconsolados...
Silencio, puro enjambre de mortecinos corazones...
Van pasando las horas en susurros de melancolía...
Noviembre acecha ensombrecido, gris, antipático, cabizbajo, mientras callejea por veredas aquietadas entre los arrullos del viento.
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