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martes, 25 de agosto de 2020

EL HAMBRE CON HACHE

  El comandante ZZ conocía al ambre sin hache. Un ente que no pasaba de ser TENGOGANASDECOMERALGORICO, que no se distinguía de otros seres de su especie, al cual le habían jalado la hache durante un descuido transitorio. El HAMBRE se distinguía claramente por poseer otro comportamiento mássssss, digámoslo claramente y sin tapujos... enfermizo. Frente a frente, ambos se analizaban. La celda fría, gris y fétida, rezumaba humedad por cada una de sus grietas. De vez en cuando, ratones del tamaño de conejos, afloraban para huir despavoridos ante la figura erguida e imponente del HAMBRE, con hache. Ambos se observaban recelosos, como enemigos incondicionales, deseándose recíproca aniquilación.
  - ¿Tiene algo que alegar en su defensa? - el comandante ZZ carraspeó amedrentado al comenzar el interrogatorio.
  El HAMBRE no respondió. A cada una de las preguntas replicó con imperturbable mutismo.
 El comandante, sin mostrar el decaimiento que le producía el detenido, abandonó la celda. El estrépito al cerrarse la puerta, no inmutó al HAMBRE.
 Unos días después fue juzgado y condenado a cadena perpetua.      Durante años se mantuvo en prisión callado, astuto, dirigiendo los hilos de la devastación y el infortunio de quienes tuvieron el mal fario de caer en sus redes. De acuerdo a una demoledora amnistía fue puesto en libertad. De inmediato se conjuró con todos sus colaboradores, que desgraciadamente no fueron apresados, INJUSTICIA, MISERIA y GUERRA le vitoreaban  orgullosos, endiosando al vil camarada. 
  Nuevamente juntos, fortalecieron su maldad, poblando la Tierra de ODIO, DISCORDIA, INFORTUNIO y DOLOR, todos ellos dignos hijos de sus coléricos y sanguinarios padres. 
  El viejo comandante ZZ se encargó nuevamente de la persecución algunos siglos después. Esta vez se cercioró que el comando terrorista en su totalidad fuera aprehendido. Su tesón fue secundado por escasos presidentes de gobierno, embajadores, cónsules, delegados, reyes, virreyes, príncipes, sultanes, rajás, maharajás y emires del mundo. Suplicó apoyo incondicional para implantar la pena de muerte. La petición fue aceptada por unanimidad. 
  Los depravados fueron capturados en poco tiempo y aislados en cárceles de máxima seguridad. El comandante ZZ visitó los calabozos. Escrutó los rostros carentes de arrepentimiento de los feroces secuaces del MALSOBRELATIERRA, sin que dieran muestras del más mínimo signo de humanidad.
  - ¡Pelotón de fusilamiento! - tronó el comandante ZZ -. ¡Preparado!
 La hilera de soldados, con las miradas puestas en el objetivo común, alzaron los fusiles.
  - ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Disparen! - la orden del comandante ZZ se ejecutó de inmediato.
  Los prisioneros cayeron delante del paredón.
........................
 El comandante ZZ solo conocía la imparcialidad, que no pasaba de ser una simple chiquilla, un tanto farfullera y alocada a la que le gustaba disfrazarse de belleza e ingravidez. Comenzaba una nueva Era. Ante la humanidad desolada se erigía la JUSTICIA.

martes, 28 de julio de 2020

ATRACO PERFECTO

    Mauro circulaba a velocidad moderada por la carretera secundaria tosca y pedregosa. La señalización resultaba insuficiente y confusa, aunque este hecho constituía parte del plan. Pequeños arbustos se perfilaban a ambos lados de la vía. Nubarrones espesos poblaban los cielos, dándole a la tarde un aspecto tedioso de desolación creciente. "Ha sido el atraco perfecto", se repetía una y otra vez. Según lo planeado se refugiaría en Artagán, municipio abandonado de la provincia de Soria. No lo eligió al azar, sino tras un proceso minucioso de estudio. Se ubicaba apartado de todo, recluido entre colinas, olvidado del mundo. Por aquellos parajes no era probable que la policía merodease. Dos meses atrás, realizó una primera incursión con el fin de examinar palmo a palmo la zona. Contabilizó y visitó los pueblos fantasmas de la provincia. En Castilla eran numerosos. Artagán contaba con una veintena de casas, que años atrás, posiblemente mantuvieron cierto esplendor. Incluso contaba con una casa solariega de regio abolengo. En la fachada principal, un escudo blasonado, que conoció mejores tiempos, la distinguía de las demás casas del lugar.
Actualmente, el pueblo se despedazaba como si fuera de cartón. Casuchas ruinosas, habitadas únicamente por ratas y alimañas, unas pocas callejuelas siniestras y despobladas, esperaban un renacer floreciente, amparándose en una plaza silenciosa, de cuyos caños de la fuente pendían enmarañadas telarañas. El conjunto resultaba casi sobrecogedor pero sumamente apropiado para los planes de Mauro. 
 veinticuatro  horas después se preguntaría porqué no fue capaz de buscar respuestas alternativas a propósito de que funcionase el teléfono en una casa deshabitada, o cuál era la razón de que unas estancias relucieran mientras que en otras se acumulaba el polvo y la mugre. La respuesta era bien simple: Pese a sus buenas ideas, Mauro era un ser mediocre de pocas luces.
   Para lo del Banco Agrícola y Ganadero, necesitó una mano segura y certera en el interior. Conocía a Rogelio desde que eran críos, amiguetes del barrio. Mauro fue un  randa desde temprana edad. Lo de Rogelio era distinto.  Andaba a la zaga de lo peor del barrio y en más de una ocasión se había visto envuelto en situaciones que no encajaban con su carácter bonachón. En una de estas correrías, robaron un coche y se pegaron un golpe, destrozando el vehículo. Acababan de cumplir doce años. El padre de Rogelio le propinó tal paliza que no le quedaron ganas de más raterías. Además le apartaron del ambiente callejero, enviándole interno a un colegio, lo que le sirvió para enderezar su vida. Ahora trabajaba de guarda jurado en el Banco Agrícola y Ganadero. A juicio de Mauro, llevaba seis largos y agónicos años currando con conducta intachable, hasta que un mal día fue a tropezarse con el colega más simpático del barrio, según opinaba Rogelio.
   El bueno de Rogelio le contó con pelos y señales todos los avatares de la vida. A Mauro se le antojó el encuentro como una premonición. La suerte se ponía de su lado.
  Circulaba con tranquilidad, repasando una y otra vez el plan de refugio. Siempre pensó que por mucho que fuera meticuloso en los proyectos, había algo que al final le sorprendía para mal. Esta vez sería diferente. Durante años planeó el robo, le dio mil  vueltas a la idea, realizando ligeros cambios una y otra vez. Con la ayuda de Rogelio, el golpe fue magistral. Meter al amigo del barrio en el "negocio" implicó algunos riesgos, aunque también le abrió puertas. Trabajar solo había sido su máxima, pero jamás se había metido en algo tan gordo, como el asalto al banco más importante de la provincia. Tener un cómplice representaba gran ayuda. Significaría su jubilación anticipada. Rogelio conocía a la perfección los entresijos de la  entidad. Por una vez la voluntad divina se ponía de su lado. 
  Meses atrás salieron de marcha varios sábados. Tanteando el terreno, se decidió por fin a plantear la cuestión, ante un Rogelio desconcertado, que de entrada, rechazó la idea de inmediato. Sin darle tiempo a reflexionar, pasó a plantear la cuestión del dinero, es decir, el pico que se llevaría por la sencilla colaboración, que no implicaba ningún riesgo. Al final, Rogelio resultó no ser tan cándido, ya que en el momento que oyó el pastizal que obtendría a cambio de un minúsculo esfuerzo, se le tatuó en el cerebro el símbolo del euro. Propiciando algún que otro pormenor, Mauro contó con todo lo necesario para perpetrar, sin lugar a dudas su mejor trabajo, a la par de resultar uno de los más llamativos de la historia. El guarda jurado puso a su disposición los planos de la entidad, así como los de las dependencias que albergaba la cámara acorazada y le proporcionó los datos necesarios para llegar al interior, siguiendo la red de alcantarillado.
   Rogelio señaló que algunos empleados se quedaban una hora trabajando tras el cierre al público, de esta forma no fue necesario desconectar las alarmas. El estudio de la apertura de la cámara acorazada, les llevó casi dos meses. El vaciado íntegro se consiguió en doce minutos. Las bolsas millonarias se depositaron nuevamente en el camino de la cloaca.
   El compinche señaló que había un pequeño inconveniente: la chica de la limpieza, que comenzaba su turno cuando acababa el de los empleados y que se movía por todas las dependencias. Rogelio sugirió la idea de meterla en la banda. Le gustaba, habían salido un par de veces. Pretendía  impresionarla y que cayera rendida a sus pies.
   - No seas infantil, Rogelio - observó Mauro iracundo -. Las mujeres no sirven para implicarse en atracos de esta envergadura.
  - No la subestimes - protestó -, nos sería de gran ayuda una vez dentro. Es muy inteligente. Licenciada en Arte. ¿Qué te crees? 
   - ¿Y qué cojones pinta en el banco una licenciada en Arte dándole al mocho?
   - Las circunstancias, ya sabes...
   - Verás, Rogelio, majo, me da igual que sea licenciada en Arte o en Fregología - interrumpió Mauro, hiriendo los sentimientos del compinche -. Parece que no comprendes bien el asunto.
  - Toda la ayuda que podamos tener será bienvenida - aseguró Rogelio y una vez más insistió -: En serio te digo, que es muy inteligente.
   - Te voy a aclarar una cosita. Cuánto más inteligente sea una mujer, mayor riesgo corremos nosotros. No  me mires con esa cara de tonto. La inteligencia de ellas siempre va por encima de la nuestra.
   - Palmira es buena chica - defendió su argumento enojado.
   - ¿Qué demonios entiendes por buena?
   - Si se lo pido, nos ayudará - afirmó el guarda convencido.
   - Ninguna, escúchame bien lo que digo, ninguna mujer es buena y mucho menos si es lista. Te voy a dar un consejo gratis, muchacho: mantente alejado de las tías, sobretodo a partir de ahora. Es momento de gran concentración. El atraco tiene que ser tu vida. De aquí a unos meses, estarás pidiendo el finiquito.
 - Palmira nos hace falta - machacó tenaz -. Es suficientemente lista para saber lo qué le conviene una vez de entrar a formar parte de nuestro objetivo. 
 - Veo que no tienes ni idea de cómo funciona el cerebro de una mujer - Mauro suspiró insatisfecho -. Aunque te parezca mentira, su inteligencia está por encima de la de todos los hombres del mundo, incluidos los sabios más sabios. La mujer más tonta, está a años luz del hombre más inteligente.
 Rogelio sonrió bobaliconamente. Cambió de postura, se mostró nervioso y satisfecho de aprender algo más sobre féminas.
 - No las conozco muy bien porque he tenido pocas oportunidades. Soy tan tímido... - se disculpó.
 - Verás, muchacho - prosiguió Mauro envanecido -, nosotros sumamos dos más dos y nos da cuatro...
 - ¡Claro! Es que son cuatro - aseguró sin entender dónde pretendía llegar el cerebro de la operación.
 - Son cuatro - repitió el atracador -. Pero las tías van más lejos. Cavilan, maquinan, rumian, proyectan y conjeturan, de tal forma que de un simple razonamiento sacan chispas. Le dan al coco cosa mala. Llegan a conclusiones insospechadas.
 - En este caso, podemos utilizar la inteligencia de  Palmira a nuestro antojo - perseveró el guarda.
 - ¡Imposible tío! Te aseguro que no ha nacido el Fulano capaz de utilizar la inteligencia femenina a su favor. Con mi teoría, pretendo que entiendas  que su cerebro se ajusta a otros parámetros que no tienen nada que ver con los nuestros. Además, aunque te parezcan dulces y delicadas, te aseguro que  son hijas de Satanás. No se libra una, chaval. Te lo dice un experto en mujeres. Tu chica queda descartada. Disfruta del fruto de tu trabajo en soledad y échale un casquete de vez en cuando para tenerla contenta. Pero hasta ahí - sentenció ante la atenta mirada del compinche.
   - No es de ésas - respondió Rogelio atribulado.
 - ¿Qué no es de ésas? ¡Rogelio, tío! ¡No me jodas! ¿Todavía no te la has trajinado?
   El aludido negó con timidez.
  - Tío, pero ¿en qué siglo vives? Si no le echas un buen polvo, pensará que  eres ciruelo y en cuanto tenga la menor oportunidad, correrá a los brazos de otro.

  Dos kilómetros más adelante, tomó la bifurcación que le recluiría por un tiempo  indeterminado en Artagán.
...................................
 El inconfundible sonido de los neumáticos en contacto con la gravilla le hizo olvidar la preocupación que le mantenía en vilo desde hacía horas, el tiempo que Fosco llevaba desaparecido. Aunque estaba esperando al tipo, no pudo reprimir el temor y la angustia, que la sola presencia del hombre, le producía. Observó con atención tras las cortinas deshilachadas y mugrientas. Dirigió la mirada hacia las primeras casuchas deshabitadas del pueblo. Un SEAT LEON negro, enfilaba el camino pedregoso. Circundó la plaza, dando dos vueltas en torno a la fuente, como si estuviera haciendo un ritual que augurase una suerte benigna. Levantaba polvo a su paso, dirigiéndose certeramente a la casona. Su privilegiado refugio. "¿Qué se le había perdido al tipo en aquel paraje deshabitado?", se preguntó Amanda nerviosa. Trataba de recordar las indicaciones que la niña le dio días antes, sin conseguirlo. La huida repentina del perro, le produjo amnesia. No estaba dispuesta a permitir que ningún intruso irrumpiera de nuevo en su vida. Únicamente el conductor viajaba. Momentaneamente se alegró de no tener que lidiar más que con un fisgón. Tenía posibilidades de triunfar. Abrió el ventanuco con sigilo y observó con el corazón acelerado. La llamada del teléfono le sobresaltó. Turbada, sin perder de vista al visitante, la atendió. Le resultó chocante la extremada calma con la que le fue detallando el descabellado mensaje. Súbitamente recordó que la niña prometió volver a telefonear. Ahí estaba ella, con puntualidad matemática.
    - No sé cómo te las arreglas para meterte en tantos líos, querida - acertó a decir -. No te puedes imaginar lo que me ha pasado. Y a continuación detalló lo sucedido con Fosco pero omitió relatar la otra parte, la más peliaguda.
   - Actúa con tranquilidad - aconsejó la voz.
   - Eso es fácil de decir. No puedo pensar con normalidad. Si Fosco estuviera conmigo... - se quejó mimosa.
   - No te preocupes por el perro. Su olfato le hará volver a casa más pronto que tarde. Lo esencial ahora, es que sepas bandear la situación hasta que yo pueda acercarme. Está todo previsto.  Mi contrato de trabajo termina en tres días.  La suerte esta de nuestro lado, mamá. ¿Recuerdas todo lo que te dije antes?                                                              
  No respondió pero tuvo una idea repentina. Puso el ventilador en marcha a la máxima velocidad. Acercó la primera caja de bolsas de plástico a la ventana. Al principio se precipitaron de una en una pero enseguida salieron en tropel, hinchándose como globos.
 - ¿Qué demonios...? - se preguntó Mauro colérico, al tiempo que paraba en seco el motor, mirando  atónito el hatajo de bolsas de plástico que surcaban el cielo. Algunas chocaban contra el parabrisas. Se apeó. Atónito descubrió que las bolsas salían despedidas desde una estrecha ventana del último piso de la casona. Le pareció imposible que estuviera habitada. Todas las veces que había visitado el pueblo fantasma, la  casona estuvo vacía.
  - ¡Hay que joderse! - exclamó dando una patada a una de las bolsas que irracionalmente se le pegaba a la pernera del pantalón. Con paso incierto avanzó con sigilo hacia la casa.
 Desde el trastero Amanda observó con detenimiento al hombre que se apeó del SEAT LEON. Aparentemente  parecía un tipo simple. No se trataba de alguien corpulento ni siquiera peligroso. Esto le tranquilizó. Avanzaba ceñudo, se lamentó de que su estrategia no le hubiera ahuyentado. De pronto recordó que el encargo de la niña era hacer todo lo que estuviera en su mano para que el visitante se quedará cerca de ella. Pese a la seguridad de la niña, no se sentía con la suficiente fuerza para llevar a cabo el "trabajo". La tensión acumulada por los diferentes acontecimientos del día, le trastornaron y de nuevo la memoria se le quebró. "Es terrible, no soy capaz de concentrarme y ella se enfadará". Golpes rotundos en la puerta le hicieron temblar. Amanda descendió despacio los tres pisos, evitando que los escalones crujieran. En la planta baja, permaneció quieta. Por escasos segundos, reinó el silencio. Deseó con todas sus fuerzas que el entrometido se cansara y decidiera marcharse. Escuchó de nuevo otra sucesión de golpes enérgicos que se le antojaron  insoportables. Suspiró con desaliento y decidió abrir la puerta una pulgada.
 - Buenas tardes, señora. Siento molestarle. Se me ha averiado el coche y he pensado que tal vez usted sería tan amable de permitirme utilizar el teléfono. El móvil... - mostró el aparato -, aquí parece no haber cobertura.               "Mentira podrida", pensó Amanda pero sonriendo al desconocido, abrió la puerta completamente y  se hizo a un lado franqueando la entrada al misterioso visitante.
  - Pase usted. En este pueblo no se suelen ver forasteros. No me fío de los extraños. Una nunca sabe, se oyen cosas tan raras... Pero usted tiene pinta de buena persona - mintió la mujer, intentando descubrir las verdaderas intenciones del desconocido.
  Mauro, dándole las gracias, penetró en el interior. Durante unos instantes, ambos se estudiaron con detenimiento. Amanda se autoconvenció de que el rostro del hombre no albergaba nada temeroso. "Tal vez éste no sea el que me ha asegurado la niña que vendría a no sé qué... ¡Dios! Lo he olvidado por completo", se dijo, sintiéndose vulnerable. Era un tipo corriente, de unos treinta y cinco o cuarenta años, pelo corto, moreno, nariz recta, rostro redondo, labios finos pero muy sonriente, aparentemente tranquilo y educado.         A su vez, Mauro también observó meticulosamente a la mujer. aparentemente no parecía muy inteligente, de edad indeterminada, entre los sesenta o sesenta y cinco, chaparra y con algún kilo de más, coqueta, rubia gracias al tinte. Intuyó que la sonrisa era impostaba y que tras ella se escondía una curiosidad malsana. Tal vez fuera una loca. "No te fies, Mauro. Esa sonrisa es sibilina y esconde a una auténtica bruja", rumió el atracador. Ambos omitieron el episodio de las bolsas voladoras.
  - Venga por aquí - invitó Amanda atravesando un espacioso vestíbulo que rezumaba polvo por todos los rincones. Se adentró en un regio salón, amueblado al estilo rústico, sin una mota de suciedad. 
  - El teléfono - dijo señalando el aparato y  apartándose a un lado.
  - Muy amable - descolgó y marcó el número de Rogelio. Pero el maldito idiota no contestó. Esperó hasta que se cortó el sonido de llamada y sabiéndose observado por la extraña anfitriona, habló tranquilamente.
 - Buenas. Me he quedado atrapado en un municipio llamado Artagán, como a unos 30 o 40 km de Soria. Necesito un mecánico. Mi coche se ha averiado y a duras penas he podido llegar hasta aquí - guardo silencio, como esperando a las indicaciones del ausente interlocutor -. Parece un lugar poco concurrido... No tiene pérdida... Le hablo desde la única casa regia del pueblo... No, no lo creo... No tengo medio de llegar hasta allí... No, no... Imposible... Si no hay más remedio... Adiós, buenas tardes - colgó el receptor.
  - ¿Algún problema? - a Mauro le pareció que en la pregunta de la mujer se encerraba la ironía.
 - Una verdadera lástima. No podrán venir hasta mañana a primera hora del día. ¿Conoce algún lugar por aquí cerca donde pudiera pasar la noche?
 - ¡Qué contrariedad! - acertó a decir Amanda un tanto escamada.
  Él asintió visiblemente malhumorado.
  - ¿Cómo se las arregla usted? Quiero decir, para vivir en un  lugar tan apartado de... de todo - se interesó Mauro.
 - Viene un vendedor ambulante cada tres días con fruta, verdura y carne. El panadero pasa a diario. Los martes traen pescado - improvisó.
  - ¿Lleva mucho tiempo sola por estos parajes?
 - No. Llegué hace un par de semanas. Es un retiro temporal, que alargaré hasta mediados de noviembre - mintió -. ¡Pero mira qué soy tonta! ¡Todavía no me he presentado! Me llamo Amanda.
 - Soy Mauro López. Estoy de paso, camino... - vaciló unos segundos mostrando cierto nerviosismo y a continuación, añadió -: camino de la costa. No me arriesgaría a pedirle esto, si no fuera verdaderamente necesario. Necesito pasar una noche aquí. Mi coche...
 - No sé... - interrumpió bruscamente Amanda recelosa. Se le hundió el mundo solo de pensar que el individuo podía pasar una sola noche en la casa, aunque el nombre del sujeto le sonó al que le había comunicado la niña -. En realidad no le conozco de nada... Una mujer sola... No estaría bien, estoy segura de que lo comprende. ¿Qué pensaría la gente?          - ¿Qué gente, señora? ¡Aquí no hay nadie!
- No estaría bien - se limitó a repetir.
- Le pagaría, por supuesto - Mauro pensó que la mujer no estaba en su sano juicio.
  Amanda apretaba los labios y negaba con la cabeza.
- No se hable más. Pasaré la noche en el coche. Ha sido usted muy amable por dejarme utilizar el teléfono.
- Lo lamento mucho. Lo del coche, quiero decir. Estará pensando que soy una pobre solterona, una mojigata que...
- Hace usted bien en no fiarse de cualquiera. Corren malos tiempos. Crímenes, robos, violencia... Nos hacen desconfiar de nuestra propia sombra.
- Estoy pensando que tal vez pudiera ocupar una de las habitaciones de la planta baja. Hay sitio de sobra. No se puede mirar para otra parte cuando alguien atraviesa una situación como la suya - "Haz todo lo posible para no perder de vista al fulano". ¿Habían sido exactamente esas las palabras de su hija? -. La temperatura  baja mucho por las noches, no es lugar para dormir al relente.
 - Muy amable. No sabe cuánto se lo agradezco.
 Recorrieron un largo pasillo. La escalera ascendía hacia la oscuridad desolada. La dejaron a un lado y Mauro se dejó guiar hasta el final de un estrecho corredor. La anfitriona abrió una puerta y penetró en una habitación sencillamente amueblada.
 - En otros tiempos pertenecía al servicio - se disculpó Amanda, frotándose las manos nerviosa -. Es sencilla pero...
 - Más que suficiente. Muchas gracias - el intruso se mostró complacido.
 - Le traeré sábanas. A la derecha encontrará el baño. Supongo que le gustará asearse antes de la cena - sonrió apretando los labios.
 Mientras el agua caliente se derramaba por el cuerpo, sopesó la idea de trasladar las bolsas del dinero del maletero a la habitación. Cabía la posibilidad de que entonces se despertase la curiosidad malsana de la mujer, vicio bien arraigado en las de su sexo. Quizás en cuanto se durmiera, la misteriosa mujer, haría lo imposible por descubrir qué llevaba en ellas, suponiendo que sería algo importante para llevarlo hasta la habitación. La mente suspicaz de Mauro, maquinó a gran velocidad y se imaginó a la mujer escuchando en la radio la noticia del atraco. Deducir que el era el ladrón no le llevaría más de dos segundos. Sería mejor dejar el dinero donde estaba. Al fin y al cabo el pueblo estaba deshabitado. ¿Quién podía husmear por los alrededores? ¡Nadie!
   Al salir del baño comprobó que la mujer le había preparado la cama e hizo un poco más confortable la habitación, trayendo un radiador eléctrico, que en poco tiempo caldeó el ambiente.
 Consideró importante conocer el motivo por el que las bolsas habían salido despedidas por la ventana en el momento en que se adentró en el poblacho. En cuanto la mujer se acostase, indagaría sobre ello. ¿Sería posible que hubiera alguien más en la casa? Y si fuera así, ¿por qué razón permanecía en el anonimato? Tenía que averiguarlo. Se le ocurrió pensar que tal vez la mujer escondía algo.     Comprobó que la ventana daba a la trasera de la casa, con lo que desde ella no podía ver el coche. ¿Le había asignado esa habitación en concreto, intencionadamente? ¿Urdía ella algún oscuro propósito? Aunque parecía un poco lela, ¿pretendería hurgar entre sus pertenencias en cuanto se acostase? "No te hagas pajas mentales, Mauro", se dijo nervioso. "Aunque, ¿quién puede fiarse al cien por cien de una mujer?", se preguntó con incertidumbre. Resolvió que no se dormiría en toda la noche y estaría alerta a los ruidos. Si sorprendía a Amanda fisgoneando entre sus cosas, obraría en consecuencia. También cabía la posibilidad de que ella tuviera la certeza de que no había ninguna avería. Tuvo la precaución de esconderse el revólver en el calcetín, lo había visto en muchas películas. Comprobó que estaba listo para ser disparado. No era un asesino, pero si las circunstancias lo requerían, no tendría más remedio que librarse de ella. Se autoconvenció de que la extraña mujer solo estaba un poco chalada, por lo que no debía preocuparse.
 De pronto le asaltó el otro problema a la cabeza. ¿Cómo reaccionaría Amanda cuando llegase el panadero por la mañana? No le convenía ser visto. La noticia del atraco habría saltado a todos los informativos. Tal vez algún testigo había dado datos del coche. Siempre se destacaba algún listillo que recordaba un coche circulando en dirección contraria, la matrícula, color o cualquier dato relevante para la investigación.
  Súbitamente se sintió nervioso. El plan fallaba una vez más. ¿Otra de sus geniales ideas se truncaba o tan solo eran imaginaciones suyas? El pueblo debería estar vacío. "¡Maldita sea mi suerte!", masculló entre dientes. El silencio sobrecogedor le ponía nervioso. No se escuchaba ni siquiera un leve ruido procedente de la carretera secundaria. Todos los pueblos de la zona permanecían solitarios y precisamente en el que  él había elegido, en la casa que iba a ser su refugio  durante los próximos meses, se había instalado una mujer. "¡Hay que joderse! ¡qué mala estrella tengo", se lamentó iracundo. La mujer había mentido. Dijo que llevaba un tiempo en el pueblo. Cuando lo visitó, una semana antes, recorrió la casa de arriba abajo. No encontró más que suciedad e inmundicia y todos los muebles tapados.
  El sonido de llamada del móvil le sacó bruscamente de sus pensamientos. Rogelio, avisaba la pantalla.
  - Estaba a punto de llamarte - intentó mostrarse tranquilo.
  - Estoy preocupado. ¿Pasa algo?
  - ¿Qué si pasa? ¡No te lo vas a creer, muchacho! La casa está ocupada. La habita una misteriosa mujer, de unos sesenta y tantos tacos. Dice que se ha instalado para pasar unos cuantos meses - manifestó en susurros - ¿Te lo puedes creer? Hay que cambiar de planes. Mañana tienes que estar aquí  a primera hora, por ejemplo a las ocho de la mañana y hacerte pasar por un mecánico de coches.
  - No entiendo nada - Rogelio parecía preocupado -. ¿Me estás engañando?
   - No, Rogelio. Te estoy diciendo la verdad.
  - Mañana no sé si podré estar allí, los planes eran que no me ausentase del trabajo, ¿no lo recuerdas? Tú mismo lo propusiste.
  - Me acuerdo perfectamente. ¿Has escuchado lo que te acabo de decir?
   - Si, pero no me convence.
  - Te repito que hay que cambiar de planes. Es necesario que mañana a primera hora estés aquí, haciéndote pasar por un mecánico.
 - ¿Quieres hacerme creer que mañana a primera hora tengo que estar en ese pueblo perdido porque hay una señora en la casa y que me tengo que hacer pasar por un mecánico?
  - Exactamente eso es lo que he dicho.
  - ¿Pero por qué?
 - Se me ha averiado el coche y tengo que salir de este miserable pueblacho cagando leches. ¿Te ha quedado claro?
  - No del todo. Si se te ha estropeado el coche, ¿por qué no llamas a un mecánico de verdad?
 - ¡Dios me de paciencia! - exclamó a punto de perder los nervios y levantando el tono de voz, añadió -: He llamado al mecánico, el motor hace un ruido extraño.
 - No sé nada de motores, Mauro. No  entiendo bien qué tramas.
  - Limítate a estar mañana aquí. Ahora no puedo darte más detalles - susurró -. Ya lo entenderás. 
  - No sé, Mauro...Si mañana no me presento en mi puesto de trabajo, ¿no crees que pensarán que estoy implicado en el atraco?
   - Vas a trabajar como cada mañana pero pides el día libre  con cualquier disculpa. Te lo darán porque es un derecho de todo trabajador. Te presentas aquí, "me arreglas el coche" y salimos en busca de otro pueblo abandonado. Por aquí hay miles.
   - No lo veo claro.
 - No podemos quedarnos aquí porque esta señora no entraba en nuestros planes. ¿Todavía no te queda claro? - Mauro suspiró y apretó el puño. Empezaba a perder la paciencia.
  - No es tan fácil como lo piensas, tío. Si te ausentas del trabajo tienes que presentar un justificante que te tienen que firmar en el lugar que se supone que has estado. Tú eso no lo sabes porque no has dado un palo al agua en tu vida - la tensión de Rogelio aumentaba por momentos.
   - Yo te lo firmaré, no te preocupes.
  - No vale. No puedes hacerlo y no puedo dejar de trabajar al día siguiente de haberse cometido un atraco en el banco, sobre todo si he participado.
  - ¡Me cago en tu vida!  ¿Quién crees que  te va a relacionar con el puto robo de los cojones? Tú eres un tipo honrado. 
   - Lo pensaré, Mauro.
  - ¿Qué cojones tienes que pensar? Eres mi socio. Hemos llevado a cabo un proyecto inmenso, de mi cosecha - añadió con orgullo -. Por lo tanto, harás lo que yo te diga, ¿estamos?
  - Será como tu dices - respondió después de titubear durante escasos segundos -, aunque hay otro problema.
   - ¿Qué más?
   - ¿Qué le digo a Palmira?
  - Lo que te de la gana. Las mentiras piadosas funcionan muy bien con las tías.
 - Funcionarán con las fulanas con las que estás acostumbrado a codearte, con mi  chica, te aseguro que no vale cualquier disculpa.
  - A ver, Rogelio, majo. A ella le pones la misma disculpa que vas a poner en el trabajo. Todo tiene que ir coordinado, eso es importante. Solo vas a faltar un día. Por ejemplo puedes decir que se ha muerto tu tía Eduvigis, la del pueblo. Te aseguro que la gente se muere todos los días, independientemente de los atracos que ocurran.
   - De acuerdo, Mauro. Eso diré.
   - ¿Le has contado algo a Palmira? - Mauro sintió de pronto un estremecimiento.
   - No le he dicho nada.
   - ¿Nada? - le pareció que Rogelio vacilaba en la respuesta.
   - Nada.
  - ¡No me vengas con chorradas! ¿Seguro que no le has dicho que tu vida va a cambiar pronto? Estás nervioso, ¿o me equivoco?
  - Un poco nervioso si que estoy - Mauro se imaginó a Rogelio esgrimiendo su sonrisa bobalicona.
   - Estoy seguro que habéis especulado sobre el atraco.
   - Le he dicho que no quería hablar del tema.
   - ¿No le ha parecido extraño?
   - No es de ésas.
 - ¡Es cierto! ¡Lo había olvidado! Palmira no es de este mundo.
  - No es curiosa, quiero decir. Se fía de mí.
 - ¡Muchacho! Al final voy a pensar que la Palmira de los cojones viene del mismísimo Marte. ¡Palmira no es una mujer de verdad! Todas preguntan. Todas son curiosas. Todas parecen afiliadas a La Gestapo. Te aconsejo que la cojas de los pelos si es preciso y que le dejes bien claro que haces lo que te sale de los cojones. ¿Te ha quedado claro o te hago un croquis?
  - No soy tonto, Mauro - parecía ofendido.
  Por fin cortaron la comunicación. Mauro encendió un nuevo cigarrillo. Paseó por la habitación intentando tranquilizarse. Tenía que camelar a la vieja y evitar levantar sospechas. Conectó la radio del móvil. Enseguida hicieron referencia al atraco del Banco Agrícola y Ganadero. Se creía que habían sido tres atracadores, aunque también se barajaba la posibilidad de que hubieran sido dos. No había noticias del coche utilizado.  Respiró aliviado. Hasta el momento  la policía solo manejaba algunos datos poco claros.
......................................
 En cuanto Amanda dejó al misterioso intruso en la habitación, atisbó desde el ventanal del salón tratando de divisar la figura peluda de Fosco, que  seguía desaparecido.
  "Seguro que se ha tropezado con alguna perrita linda y estarán retozando por ahí", pensó  sonriendo para sí.
 La presencia del desconocido, representaba un serio problema para sus planes. ¡Si pudiera recordar todo lo que había dicho su hija! ¿Por qué le mentiría el sujeto? Era evidente que el coche no estaba averiado. ¿Sospecharía él que ella lo sabía? Tenía la certeza de que si. No parecía tonto el tipo. Con la esperanza de que Fosco hubiera sido encontrado por algún cazador, conectó el pequeño aparato de radio por si anunciaban el hallazgo. El locutor difundió una noticia sobre un atraco al Banco Agrícola y Ganadero de Vitoria, el llamado popularmente Patatero. Según la noticia un solo atracador había maniatado a los empleados, que permanecían en su puesto de trabajo. El hombre, de complexión delgada y mediana estatura, estuvo encapuchado en todo momento. Los empleados fueron reducidos y maniatados pero desde los primeros minutos vieron que el hombre se movía con soltura, pareciendo que conocía las dependencias bancarias, con lo que la policía podía asegurar que contó, sin lugar a dudas, con una ayuda importante desde el propio banco. La cámara acorazada fue abierta con la ayuda de un artefacto casero de mediana potencia. El vaciado integro no pudo durar más de quince minutos. El locutor aseguró que se habían llevado mil quinientos millones de euros.
   Amanda se sobresaltó. Su cuerpo comenzó a temblar y se sintió febril pero al momento meditó sobre la idea de que parte de ese botín cayera en sus manos.  Repentinamente recordó las palabras de su hija días atrás: "Un compañero de trabajo me ha contado que junto con un colega, va a realizar un trabajo que le va a llevar a la gloria. Se trata de un pobre infeliz, mamá. Le he sonsacado y enseguida me ha contado todo. Van a atracar el banco y aunque mi compañero será  maniatado, como  yo y otros empleados, sé que el tipo es el compinche del otro. También me ha dicho que se van a refugiar en Artagán. ¿Qué te parece? Escucha bien mamá. Ponte en viaje de inmediato y ocupas la única casa solariega que hay en el pueblo. El tipo me ha asegurado que van a esconderse en ella hasta que se olviden del asunto. Algo podrás inventarte cuando llegue el fulano. En principio llegará uno solo. Ese dinero tiene que ser nuestro".
  Retomó los pensamientos sobre el hombre al que había cobijado. Y ¿si fuera él el atracador del banco? Soñó con la posibilidad. Le daría un certero golpe en la cabeza. Si había sido capaz de deshacerse de uno, aunque ello hubiera sido  fortuito, bien podría suceder nuevamente. Aunque aquel pobre hombre tenía pinta de ser tan solo eso: un pobre hombre. Un desgraciado que había caído en el pueblo por algún oculto contratiempo y por la causa que fuera, prefería mantener en secreto. Por otra parte, no dejaba de ser extraño que alguien en su sano juicio, circulara por las inmediaciones. El pueblo y los alrededores estaban desolados. No estaría de más tomar algunas precauciones. No le inspiraba confianza pasar la noche con un completo desconocido. Debía pensar qué hacer para evitar que el hombre la sorprendiera en mitad del sueño. Lo único claro hasta el momento, era que con el visitante en la casa, le sería muy difícil deshacerse del cadáver. Por si esto fuera poco, no deseaba amanecer con la presencia del hombre, ya que comprobaría que ella había mentido, al no ver al panadero. El forastero había hablado con alguien desde su habitación. Tenía la vaga esperanza de que tal vez ese sujeto se personaría con la disculpa de reparar el coche y que el prójimo le recogería, a más tardar a primera hora del día siguiente.  Para rematar su mala suerte, Fosco no daba señales de vida.
  Horas después dispuso una cena fría a base de embutidos, queso y unas latas de sardinas y calamares que llevaba encima cuando se instaló en la casona. Alegó que  cenaba de manera frugal para evitar las digestiones pesadas, que siempre derivaban en pesadillas nocturnas. 
   - Este vino es muy bueno - aseguró la anfitriona, dando por hecho que la ocasión lo merecía -. Es un Rioja estupendo, se deja beber sin ganas.
  - Muchas gracias, señora. Ha sido un día complicado para mí, hasta el punto que no tengo mucho apetito pero al vino nunca le hago ascos.
   - Yo solo me serviré una copita. No estoy acostumbrada y luego me pongo tontorrona. Pero usted beba, beba, como si
estaría en su casa.
  Mauro, complacido no se hizo de rogar. Ambos hablaron poco, porque poco deseaban que supiera uno del otro. Se escuchó un sonido extraño en el exterior. Parecía que alguien arañaba la puerta de la calle. Había anochecido. Mauro sintió un vértigo incontrolable y se palpó el revólver del calcetín. Experimentó tranquilidad. Amanda abandonó el comedor como un rayo.
  - ¡Fosco! - exclamó con júbilo al abrir la puerta -. ¿Dónde has estado, sinvergüenza?
  Un enorme schnauzer gigante de pelo negro y rizado se coló a saltos en el comedor y al descubrir al desconocido, lanzó fuertes y poco amistosos ladridos.
  - Se llama Fosco - presentó la mujer con orgullo, mientras acariciaba y besaba la cabezota del sabueso -. Se escapó ayer y el muy granuja no ha vuelto hasta ahora.
   - ¿Es peligroso? - indagó Mauro, al que no le parecía muy amistoso.
   - Este grandullón solo es un pingo. Me tenías preocupada, Fosco. Por ahí de parranda. ¿No sabes que estos parajes pueden ser peligrosos?
   - Poco tendrá para golfear por aquí - sonrió Mauro ante la  perorata que la señora le soltó al perrete. No soportaba a la gente que trataba a los animales como si fueran niños -. Según usted no hay bicho viviente en los  alrededores.
  - Por aquí no pero por las montañas suelen verse cazadores y éste es un curiosón. Cualquier disparo fortuito y... ¡No quiero ni pensarlo! - volvió a colmar de caricias y besos al perrazo.
  Según la misteriosa dama, los cazadores merodeaban por aquellos lares, sin embargo, no había oído un solo disparo en sus frecuentes visitas al pueblo. Sospechó que la mujer mentía. Tal vez no fuera tan indefensa e inocente como aparentaba.  Por algo aseguraba él que de las mujeres no se podía fiar uno. Ésta parecía una mosca muerta y ésas eran las más peligrosas. Con toda probabilidad, si la mujer mentía, sería porque ocultaba algo. ¿Qué era ello? De nuevo recordó el episodio de las bolsas de plástico saliendo por la ventana. 
 "0jalá este tipo se marche antes del amanecer", reflexionó nerviosa. Seguramente no  había reparado en que no se escuchaba nada en muchos kilómetros. "Ha recalado en el pueblo huyendo del atraco", trató de convencerse a sí misma. No tenía claro si Palmira le ordenó retener en la casa al tío o hacer que se largara. O tal vez le instó a hacer lo imposible para encontrar el botín... No estaba segura de nada. Se le había presentado otro contratiempo añadido. A cada momento se sentía más vulnerable e incapacitada. ¿Qué debía hacer con el muerto del sótano?

  Entre los dos recogieron la vajilla y los restos de la cena, ante la atenta mirada de Fosco que no perdía detalle.
 - Soy muy madrugadora  pero usted no tiene prisa - aseguró Amanda después de un largo silencio.
 - Me temo que también tendré que madrugar. Espero que el mecánico llegue a primera hora - intentando controlar un nuevo bostezo, se disculpó -: Me caigo de sueño. Estoy muy cansado, ha sido un día difícil. Con su permiso, me retiro.
  Fosco se acostó junto a la puerta de entrada, lo que añadió otro inconveniente para abandonar la casa. Pretendía salir con la excusa de dar un paseo, antes de la llegada del panadero. Despertar sospechas era lo último que deseaba, después de que la noticia del atraco estaría en  boca de todos. En cuanto llegase Braulio, buscarían otro refugio completamente seguro. Otra cosa que pueblos abandonados no había en la zona.  Se tumbó en la cama. Barajó la idea de huir por la ventana. Esperaría un buen rato para dar tiempo a que la mujer cogiera el sueño profundo.
 Desde la planta baja, saltar no constituía peligro alguno, arrancaría el coche y huiría. Luego telefonearía a Rogelio. Para cuando la misteriosa mujer se diera cuenta solo vería una estela polvorienta en el camino.
 Recapacitó sobre la última conversación con Rogelio. En realidad la opinión de la chica le importaba un comino pero se quedó algo mosca porque Rogelio no le aclaró nada en referencia a lo que pensaba Palmira sobre el atraco, las preguntas que les hizo la policía o como se desarrollaron los acontecimientos después. Toda esa información le daría pistas sobre su actuación posterior. Con estos pensamientos se quedó profundamente dormido.
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  Amanda deseó con todas sus fuerzas no haberse pasado con la dosis. Se había acercado un par de veces hasta la habitación que ocupaba el siniestro huésped. A la segunda oyó que roncaba con alegría. A continuación, sus movimientos fueron rápidos y certeros. Conectó la radio para hacerse compañía y con los cascos en los oídos y el diminuto aparato en el bolsillo del delantal, descendió la escalera temerosa y temblando, seguida de Fosco, para ocuparse del cuerpo del hombre que descansaba eternamente en el sótano. Con sigilo, abrió la puerta y a tientas buscó el interruptor de la luz. La bombilla de escasa potencia, iluminó vagamente el centro de la cripta. Fosco, olisqueó y mordisqueó juguetón la alfombra enrollada. Husmeó a su alrededor. Emitió un sordo aullido.
 - Tienes razón, Fosco. Aquí huele a muerto - susurró Amanda.
  El perrazo insistía juguetón en torno a la vieja estera.
 - Aparta - ordenó Amanda con los brazos en jarras, meditando en cómo desembarazarse del cuerpo enrollado en ella. Sintió haberse precipitado con Mauro. Debió pensárselo dos veces. ¿Qué pasaría si ahora tenía dos muertos en lugar de uno? Comprendió que añadiría complicaciones. Ya contaba con serias dificultades para hacer desaparecer al hombre enrollado en la alfombra. Sujetó a Fosco, arrastrándolo por el collar, ya que se afanaba lamiendo el rostro pálido del hombre. Era lo único que quedaba al descubierto. Repentinamente se irguió, dejando que Fosco siguiera con la tarea que le mantenía entretenido. Elevó el sonido del aparato de radio. El locutor informaba sobre el atraco del banco. Tuvo el convencimiento de que el huésped era uno de los asaltantes y que los millones le esperaban en el SEAT. ¿Podían aspirar a parte del botín? ¿Por qué conformarse con una ridícula parte si podían disfrutarlo íntegramente? ¿Fue ese el mensaje de Palmira? ¿No decían que quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón? Una idea descabellada cruzó su cerebro como un relámpago. Su mirada se cruzó con la de Fosco. Éste, como adivinando que estaba a punto de producirse algo importante, ladró repetidas veces. Abandonó el sótano. Fosco permaneció obnubilado con el cadáver. Escuchó durante breves instantes. Mauro seguía roncando. Salió al exterior. Iluminándose con una linterna, bordeó el coche. Comprobó que estaba cerrado. Volvió a la casa. Buscó algo con lo que pudiera abrir el maletero. Tampoco obtuvo  buen  resultado. Se precipitó en la habitación donde Mauro continuaba abrazando a Morfeo, gracias a las gotas de MELATONIN disueltas en la copa de vino. Rebuscó con dedos temblorosos  en los bolsillos de la ropa del fulano. No tardó en encontrar las llaves del SEAT, ante lo que sonrió triunfal.
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  Excitada, volvió al interior de la casona. Ni siquiera notaba el peso de las bolsas. Comprobó con ellas todavía dentro del capó el contenido de ambas. 
 - ¡Dios de mi vida! - acertó a exclamar sin poder contenerse.
 Retornó al sótano.
 - Fosco, apártate de ahí - ordenó con cariño.
 El perro le dedicó apenas una mirada furtiva y volvió a enfrascarse en el asunto de la alfombra.
 - ¡Mira, campeón! Este tipo nos ha solucionado la vida - ladró entusiasmado, como si entendiera -. ¡Cómo lo oyes, muchacho! No será necesario preocuparnos de este otro Fulano. Dejaremos parte del botín, para cuando lo encuentre la pasma. Lo descubrirán, de ello me ocuparé personalmente. La policía, que no suele atinar mucho en sus pesquisas, pensará que el de la alfombra y éste bello durmiente que tenemos en casa, son los dos ladrones. Sin duda se volverán locos buscando a un tercer compinche, el que supuestamente ha huido con la mayor parte  del botín.
 Dicho y hecho. Introdujo en la casa una bolsa del Corte Inglés que encontró en el maletero, depositó en ella una irrisoria cantidad de dinero, colocándola en la habitación donde el atracador seguía roncando a pierna suelta. Fosco y Amanda huyeron en el AUDI del sujeto de la alfombra.
 - Lo importante es abandonar el pueblo cuanto antes, Fosco - utilizó una navaja para pinchar las ruedas del SEAT LEON,  no fuera a ser que el tipo se despertara y colérico les siguiera. A saber qué era capaz de hacer un ladrón furioso.  
 El perro ladró un par de veces y meneó el rabo, mostrándose contento. 
 - Lo más sensato e inteligente será volver a Vitoria. ¿Quién va a pensar que el dinero vuelve al punto de partida? ¿Sabes, muchacho? Acontecimientos de este tipo son los que dan alegría a la vida - exclamó eufórica.
 Antes de abandonar la casona de Artagán, se apropió del móvil del atracador. A los pocos kilómetros, realizó una llamada a un periódico local, notificando dónde podían encontrar a los atracadores del Banco Agrícola y Ganadero de Vitoria. Rogó a Dios para que el atracador estuviera vivo. No tenía práctica en drogar gente.
 - Señora, le agradecería que me repitiese todo lo que me acaba de contar pausadamente. Tiene usted el deber de... - el periodista que atendió la llamada, se interesó por conocer algunos detalles más.
 - ¡Váyase al diablo! - murmuró Amanda, al tiempo que lanzaba el teléfono por la ventanilla del coche.                         El periodista relató la noticia al director de La Gaceta de Soria y éste, aun pensando que podía tratarse de una broma, lo puso en conocimiento del jefe superior de policía. Dos dotaciones policiales se personaron en Artagán. Rodearon el pueblo fantasma y penetraron sigilosamente en la casona. Tal como aseguró la voz anónima, hallaron un cadáver enrollado en una polvorienta alfombra en el sótano. Veinticuatro horas después se supo la identidad del individuo, Ricardo Roncesvalles, conocido abogado soriano. También se supo que había fallecido a causa de un colapso. En una de las habitaciones, fue hallado un tal Mauro López, ladrón de poca monta, vecino de Vitoria. Al descubrirse, parte del botín, en la habitación donde dormitaba el sujeto, la policía, sagaz y eficaz, descifró que ambos individuos eran los atracadores del Banco Agrícola y Ganadero de la capital alavesa. Dedujeron que el tercer cómplice huyó con el resto del dinero, sin lugar a dudas, hacia el sur del país. En las inmediaciones se hallaron miles de bolsas de plástico. Esto resultó una incógnita sin resolver.
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   - Palmira - Amanda trató de disimular la euforia, cuando su hija atendió la llamada de teléfono -, cambio de planes, tesoro. Vuelvo a Vitoria. Me alojaré en el hotel Ciudad de Vitoria, reúnete conmigo. Ambas interrumpieron la comunicación sin mediar más palabra.
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 Madre e hija degustaban un suculento desayuno en la habitación del hotel. Prefirieron apartarse para que Amanda pudiera relatar los trepidantes acontecimientos del día anterior sin ser molestadas.  
 - Escucharme a mi misma narrar esta absurda historia, me servirá para templar los nervios. Atento Fosco - se dirigió con solemnidad al schnauzer, que había pasado la noche con ella. El dinero abre muchas puertas, incluso las prohibidas de que los animales entren  en  alojamientos hoteleros -. Ya sé que no lo vas a entender como si fueras una persona, pero tienes derecho a saberlo.
 El perrazo se repantigaba sobre la mullida alfombra. Dormitaba, manteniendo la respiración regular y acompasada ajeno a la exposición del ama. El pelo negro le caía ensortijado y brillante, tapándole casi por completo los ojos. El aspecto físico, poderoso y dominante, no restaba la amabilidad y lealtad que el animal poseía.
   - Empezaré diciendo  que todo comenzó al llegar al pueblo. Mi querida niña - acarició la mejilla de Palmira con deleite -, tu llamada me puso nerviosa. Ya me conocéis. De sobra sabéis mis problemas de memoria. A pesar de que me lo recalcaste varias veces, me perdí algunos detalles. Si tengo que centrarme en varias cosas a la vez, terminan por olvidárseme todas. Por esa razón llegó Fosco a mi vida. "Un perro inteligente como éste, además de ser un fiel amigo, te dará toda la seguridad que te falta", fueron tus certeras palabras, querida hija.
   - Continua mamá - invitó la joven.
   - Tengo que decir que me has ayudado mucho - se dirigió al perro con condescendencia -, aunque en principio no estaba por la labor de ocuparme de un ser tan grande como tú.
 - Mamá, me estás poniendo nerviosa, Céntrate en los hechos. 
 - Perdona, cariño. Tienes razón. Nos perdimos. Es porque todas estas carreteruchas con paisajes tan pobres, me resultan iguales y me asquean. Para colmo se acabó la gasolina. ¡Cómo te lo cuento, querida!  Me vi obligada a abandonar el CITROËN a unos tres kilómetros en dirección contraria. Quisieron los hados que nos encamináramos en la dirección correcta y no tuve problema para dar con la casa, de lo contrario, tal vez  no me lo hubieras perdonado nunca - Palmira apretó la mano de su madre, haciéndole ver que no tenía reproche alguno -. El aspecto misterioso se me antojó divertido. A pesar de tus instrucciones, me consumían los nervios. Inspeccioné la casona.  Subimos al trastero. Solo por el hecho de ver tantas bolsas de plástico, creo que será imposible volver a ver tantas juntas,  la excitación me nubló el pensamiento. Mientras permanecíamos en el trastero, ocurrió lo inesperado. Todavía me espanta el recordarlo. Escuchamos el sonido de la campanilla. Tan solo pasaban unos minutos de las nueve de la mañana.  Si, ¡ya lo sé! No hace falta que me lo digas, me asusté. Por si todo fuera poco, tuve que madrugar para realizar el viaje. No es que quiera echártelo en cara, querida hija, pero ya sabes que madrugar nunca me sentó bien. Te juro que no quise ponerme nerviosa, pero trasmití el miedo al pobre Fosco. Aunque es mucho más inteligente que yo, a ello llega cualquiera solo con mirarnos, a veces siento que asume mi personalidad. Mi temor era tal, que salió como alma que lleva el diablo. Sin saber a qué atenerme, bajé las escaleras tras él y al abrir la puerta, se lanzó sobre el caballero, como si fuera un amigo de toda la vida, le lamió la cara y se largó sin más. Fosco, eso no estuvo bien - regañó al perro -. El visitante, no salía de su asombro y reconoció haberse asustado bastante por el tamaño de Fosco. Se presentó como abogado de la familia Almanzor, que al parecer eran los dueños de la casona. Me soltó una perorata, que apenas comprendí. El hombre sudaba como un energúmeno. Hija te juro, que en aquel instante se me hundió el mundo y me olvidé por completo de las órdenes que me trasmitiste. No supe qué pintaba un abogado en ese pueblo de mala muerte. Fosco había desaparecido. A mi se me llevaban los demonios. Ya, ya sé, que los perros poseen  el olfato muy desarrollado y pueden recorrer kilómetros y volver después a casa. Pero la tensión acumulada me hizo pensar que no volvería a verle porque era la primera vez que pasábamos por allí y que no habría olfato que le pusiera en el camino de vuelta - Fosco  estiró el cuerpo, se irguió y lamió con frenesí el hombro de su ama. Ésta le correspondió con caricias -. El abogado debió imaginarse que era pariente de los dueños de la casa, dio por hecho que acababa de llegar de Argentina y que dispondría del uso de la casa por unos seis meses. Eso acrecentó un temor aun mayor, pues inmediatamente supuse que esa supuesta prima, llegaría de un momento a otro. ¿Cómo justificarme entonces? Se interesó por si todo era de mi agrado, agregando que se había encargado personalmente de ponerse en contacto con una empresa de limpieza, que en los próximos días dejarían impecable la casa.  Cuando el hombre volvió al coche a por no sé que papeles, me dio por subir al trastero. No me preguntes porqué. Me sentía cada vez más nerviosa. Creo que sin querer puse en funcionamiento el ventilador. Como consecuencia, las bolsas de plástico se hincharon y acertaron a colarse por la ventana. Desde abajo, al pobre abogado le debieron parecer figuras espectrales y digo yo, que ésta sería la causa del perrendengue que le dio al pobre. Otra explicación no cabe. Pasados unos minutos interminables, conseguí parar el aparato y al asomarme a la ventana, descubrí el cuerpo del abogado inmóvil sobre el capó del coche. No quieras saber cómo logré bajar, porque no lo puedo explicar. Me temblaba de pies a cabeza. Le tomé el pulso y el pánico se apoderó de mi. ¡El tipo estaba muerto! ¿Te lo puedes creer? ¡Palmó de la impresión! ¿Qué hacer en un momento así? Sin tus noticias, Fosco por ahí, desaparecido y yo con un muerto en un pueblo deshabitado - propinó al perrazo un azote en el lomo. Se sentía rabiosa.  
 Fosco se revolvió molesto, pero continuó atento al monólogo de Amanda.
   - Lo introduje en casa como pude, arrastras, ya sabes que nunca me he caracterizado por mi fuerza. No se me ocurrió mejor idea que enrollarlo en una de las alfombras del sótano. Volví al trastero, con la vaga esperanza de que regresase Fosco, descansar un rato en la desvencijada mecedora, meditar qué hacer con el muerto. Me dio por limpiar parte de la casa, para intentar templar los ánimos. En esas estaba, cuando apareció el otro. ¿Tú crees que en ese momento estaba para acordarme de lo que me habías dicho, nena? ¡No, queridos míos! No estaba para nada. Puse en practica de nuevo el ventilador y lo demás... 
   - Déjalo mamá. Lo has hecho estupendamente. Ha sido un buen golpe - Palmira sonrió complacida -. Me doy por satisfecha. Me siento muy orgullosa de ti. ¿Quién no ha soñado en convertirse en millonario de la noche a la mañana? Estoy segura que la policía indagará y llegará a conclusiones óptimas para nuestros intereses. Me siento capaz de apostar la cabeza de Fosco a que sus pesquisas serán erróneas, aunque eso solo lo sabremos tú y yo. Sucesos de este tipo solo se resuelven en las películas - Fosco optó por lamerse el hocico después de abrir la bocaza -. Todo pinta a nuestro favor. Jamás nos pescarán. ¡Somos ricas, Fosco! - acarició al perro - ¡Inmensamente ricas! Otra cosa, ¿cómo has hecho el viaje de vuelta?
 - En el  cochazo del pobre abogado. He tenido la precaución de abandonarlo lejos del hotel.
  - Eres formidable, mamá.
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   La policía apresaba a uno de los implicados en el atraco al banco. Se trataba de Rogelio Pérez, guarda jurado de dicha entidad. Su actuación desde el atraco fue sospechosa, se mostró muy nervioso solicitando un permiso al día siguiente. Dijo que una tía había fallecido pero le cambió de nombre repetidas veces. Empezó siendo su tía Eduvigis, luego fue tía Petra la fallecida y al cabo de un rato, en el siguiente interrogatorio, pasó a ser la prima Vicenta.  Fue detenido a la salida de Vitoria, siguiendo una dirección contraria a la del pueblo de la supuesta tía.  Un móvil  fue encontrado en el arcén, cerca de Artagán con un whatsApp sospechoso: "Hola Mauro: Estoy de camino, llegaré en pocos minutos a ese pueblacho. Nuestro golpe ha despertado gran expectación. No se habla de otra cosa. Otra cosa importante. He dejado la pensión. He pensado que un millonario tiene que vivir en casas importantes. De momento me hospedo en el Ciudad de Vitoria. He despilfarrado todos mis ahorros, pero ¿quién piensa en ahorrar cuando le salen los milloncejos por las orejas? Me he comprado un cochazo que te vas a caer de culo cuando lo veas. Se me ha ocurrido que podemos escapar en él. Se pone a más de 200 solo con pisarle un  poco". 
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   Amanda, su hija Palmira y Fosco fueron espectadores de lujo, cuando la policía irrumpió en la habitación que había ocupado Rogelio. Aunque allí no encontrarón ni un euro del cuantioso botín. 
   Al cabo de siete días, madre e hija, adquirieron billetes para París. Meses después  llevaban recorrida más de media Europa. 
  Mauro se cansó de declarar que una mujer de unos sesenta años y un perro enorme habitaban la casona donde fue detenido y que posiblemente fue ella la que huyó con el dinero. También aseguró no conocer de nada al individuo que apareció enrollado en una vieja alfombra en el sótano.
   Ambos atracadores cumplen condena. A sus abogados se les han acabado los argumentos para hacerles confesar dónde escondieron el dinero. Rogelio persiste en declarar que no tiene ni idea de qué pasó con el botín,  del cual no vio ni un euro. Mauro insiste en la historia de la señora  madurita que le drogó una noche. Asegura que el dinero desapareció del SEAT LEÓN. 

   Para Mauro, la vieja de la casona se ha convertido en una terrible obsesión. La policía está totalmente convencida de que es invención del sujeto. Braulio prácticamente no habla, hace tiempo que ha dejado de insistir que no sabe nada del dinero. Continúa profundamente enamorado de Palmira. Lo único que le ayuda a mantenerse vivo es  pensar que en cuanto salga comenzará la búsqueda. Está convencido de que ella también sentía algo profundo por él y que su amor tiene grandes posibilidades de triunfar.
   Ambos atracadores siguen persistiendo en su inocencia, se están volviendo locos y pronto ingresarán en un psiquiátrico...

martes, 23 de junio de 2020

EL POLVO DE TÍA HERIBERTA



  - El piso ofrece muchas posibilidades - el vendedor arrastraba las palabras, mientras se movía con soltura y sonreía enseñando los dientes de buen comercial.
  -  No quiero hacer obras, necesito entrar a vivir cuanto antes con los gastos exclusivos de la compra de la propiedad - se apresuró a aclarar Eduardo.
   - Entonces, permítame que le diga, que ésta es la casa adecuada - el vendedor dejó asomar una sonrisa sinuosa, visiblemente emocionado por la posible venta -. Como puede observar a simple vista es soleado, cómodo, claro, espacioso... De construcción impecable, ya ve, ni una columna a la vista, estructura de hormigón...
   De vez en cuando, guardaba unos silencios precisos, dejando que Eduardo asimilara la descripción, para volver de inmediato al tema. Como si tuviera miedo a olvidar una coma de la retahíla aprendida.
   - Los materiales empleados son de primera clase. Apenas cuenta con sesenta años de antigüedad y ya ve usted, no se ha movido una baldosa de su sitio. Es perfecto para una pareja o para una sola persona - se apresuró a aclarar -. Dos habitaciones, un salón-comedor, ideal y armonioso, donde las sobremesas no tengan fin. Un baño con ventana exterior en el dormitorio principal y un aseo, con dimensiones algo  más amplias que los espacios de este tipo. Espaciosa  cocina y terraza con una parte cubierta con más de cuatro metros de tendedero y un vasto espacio que puede recrear a su gusto para pasar las largas tardes de verano y veladas entrañables, degustando una copa, solo o en agradable compañía...   
   - Una maravilla - terció Eduardo, sintiéndose martilleado por el discurso del vendedor. Parecía que le hubieran dado cuerda. Se le antojó que el tipo hablaba a cada minuto más rápidamente.                                                                               - Con plaza de garaje, ascensor, calefacción individual de gas... - hizo un paro repentino para consultar por primera vez alguna anotación - ¡Ah! Casi lo olvido, hace un par de años renovaron  el tejado y reformaron los garajes.
   Calló repentinamente. Estiró los labios a modo de sonrisa y quedó quieto. De pronto pareció agotado. Pestañeó un par de veces y cambió de postura. Era un tipo menudo, estrecho de hombros y pequeña estatura. Parecía un niño enfundado en un traje de mayor. Los ojos vivarachos bailaban y daban color a la palidez del rostro. La boca grande, mostraba una hilera de dientes blancos, iguales y perfectos, ofertando una sonrisa comercial, más impuesta por la firma que representaba que por iniciativa propia, supuso Eduardo.
   - Y por si todo esto fuera poco - añadió dando una palmada -, lo venden con muebles. No sé si ha reparado usted en ellos pero son una joya.
   - ¿Por qué lo venden con los muebles? - preguntó Eduardo después de una rápida ojeada por el salón impecablemente amueblado.
   - La antigua propietaria era una señora, ¡qué digo señora! Era toda una dama - a Eduardo el tono que empleó le recordó a José Luis López Vázquez en "Atraco a las tres",  en el papel de Galindo, "un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo", decía en la película. Tomó aire y continuó -: murió el 31 de diciembre. Ha hecho un año ya. ¡Ciento dos años! Cómo se lo cuento. Y no se puede usted imaginar qué ciento dos años. Ya quisiera yo llegar a esa edad y tener la pinta de esa señora, se lo digo yo, que la conocía desde que era un niño. ¡Qué saber estar! ¡Qué porte! ¡Qué clase!
   - No lo dudo - Eduardo se autoconvenció de que el agente no hubiera hablado mejor si la dama en cuestión hubiera sido su señora  madre -. Y... Lo venden con muebles, ¿por? ¿Por qué razón dejan estas preciosidades?
   - Es cierto. Hablando de la señora Blandina, se me va el santo al cielo... - se disculpó -. La señora, debido a  enredos  familiares, se lo dejó a un único heredero, un sobrino no directo que vive en Madrid. Lo que pretende es venderlo cuanto antes y volver a sus asuntos. Creo que tenían poca relación y la herencia le sorprendió enormemente. Según tengo entendido, le está dando más quebraderos de cabeza que otra cosa...
   - Los muebles son preciosos y están muy bien cuidados - interrumpió Eduardo incómodo por la perorata - pero no estoy seguro de poder afrontar un gasto, quiza excesivo...
   - ¡Los peros! Siempre encontramos un pero, permítame la expresión, puñetero - el vendedor se mostró repentinamente serio -. No tiene que preocuparse por ese detalle. El sobrino de la finada, quiere deshacerse de todo cuando antes. Los muebles van incluidos en el precio. Todo lo que está en la casa va incluido en el precio. ¡Una ganga! ¿No le parece?
  - ¿No tendré que pagar más por ellos? - Eduardo manifestó sorpresa.
  - Ni un céntimo. ¿Es una ganga o no es una ganga?
 - ¡Es una ganga! - concluyó Eduardo, visiblemente emocionado.                                                                               - Un último detalle, muy valorado en la ciudad. No sé si usted es vitoriano...
   - Si, si, aunque mis padres se marcharon a Francia cuando yo era un crío, cuatro o cinco años contaba entonces...
   - ¡Figúrese! - el corredor metió baza de improviso, como si le hiciera falta hablar -. ¿No ha vuelto hasta ahora?
   - En contadas ocasiones, para ver a la familia... pero ahora que me he jubilado, quiero reencontrarme con mi tierra, a pesar de que no me quedan más que un par de primos. Mis padres me inculcaron el amor por esta hermosa ciudad y...
   - Entonces, le habrán hablado en numerosas ocasiones de las cuatro torres - Eduardo cada vez más malhumorado, fue interrumpido de nuevo, aunque en esta ocasión, se mostró solícito a escuchar.
  - ¡Si, hombre! ¡Orgullo de la ciudad!
 - Acompáñeme, por favor - el vendedor se mostró complacido -. Hablo tanto, que a veces se me olvida lo importante... ¡He aquí! La situación de la terraza le ofrece una panorámica de lujo de toda la ciudad. Ahí las tiene, a sus pies, como quien dice: Santa María, San Pedro, San Vicente y San Miguel. 
   - ¡Un lujo! - se vio forzado a responder Eduardo.
   - ¡Lo que yo le decía!
..................................
   - Todo ha ido sobre ruedas, señor Mújica. 
   - Lo celebro. Es usted un lince - manifestó la voz al otro lado de la línea telefónica -. Lo que deseo es quitarme ese piso de encima cuanto antes.
   - Además hemos tenido una suerte enorme. Este tío se ha pasado la vida en Francia, aquí tiene algunos primos, pero no conoce casi gente, con lo que hay muy pocas posibilidades de que, en caso de que las encuentre, alguien le pueda dar alguna información válida. 
   - No sé. En ese sentido no las tengo todas conmigo. A veces la providencia da señales a quien menos procede, ya me entiende.
   - Descuide, señor. He pensado que si ninguno de los dos hemos dado con ellas, después de rastrear el piso palmo a palmo, no va a ser este fulano quien las descubra, en caso de que existan. Me aseguró que no tenía intención de hacer obras. Que en caso que estén, vuelvo a repetir, se me ha ocurrido pensar que tal vez las emparedó. Aunque claro, es poco probable, ¿verdad? No me imagino a su tía levantando un tabique a su edad.
   - ¿En caso de que existan, dice usted?
  - Tal vez eran cosas de la señora Blandina, digo yo que con ciento dos años no tendría la cabeza en su sitio, ¿no le parece?
   - Por lo que  tengo entendido, la tía de mi esposa se conservó con la cabeza lúcida hasta última hora. 
   - Así se lo he hecho saber al comprador. Me he permitido la licencia de hacerle creer que conocía a su tía de toda la vida. En ciudades pequeñas, las personas respetables, se conocen y se tratan entre ellas. ¿No le parece? - sin esperar respuesta, prosiguió -: De todas maneras, nosotros seguimos con el plan. Nunca podrá encontrarnos. Y a partir de ahora,  encuentre o no a la tía de su tía - hizo una pausa para lanzar una sonora carcajada -, perdóneme, parece un laberinto lingüístico lo de la tía de su tía. Perdóneme... Lo que le decía es que tanto si da con ella como si no, nosotros estamos libres. 
   - Desde luego. Usted me ha salvado la vida. Cobrará el cheque prometido y...
   - Y aquí paz y después gloria, si me permite la expresión - interceptó de nuevo la conversación.
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SIETE MESES DESPUÉS...
   En aquella  mañana de principios de septiembre, Eduardo tuvo más de una oportunidad para recordar al corredor de fincas. Menudo, sonriente, meticuloso. Demasiado simpático. Nervioso, engolado, cursi. Empleaba un léxico excesivo, remilgado para ser relativamente joven. Eduardo no le calculaba más de cuarenta.
   Amaneció el día con una niebla espesa, envolvente,  acariciando la ciudad con ternura. Las nubes se abrazaban entre sí, aislando al sol. Hacía frío, ese fresco particular de Vitoria que presagia un invierno prematuramente cercano. Se frotó las manos observando a través  del ventanal que daba paso a la terraza, sin atreverse a cruzar la línea. Durante los días cálidos de la primavera y el verano se acostumbró a pasear a temprana hora por la ciudad casi desierta, que se desperezaba lentamente, con la parsimonia de las ciudades pequeñas, recogiendo la calma en las calles peatonales y en los parques. Envolviéndose en aromas herbáceos, dibujándose verde por todos los recovecos. Decidió no salir. Recordó que días atrás, buscando una agenda de direcciones, no logró abrir el cajón. Introdujo la mano, descubriendo que estaba desfondado. Arreglaría el cajón él mismo. Se trataba de un secreter antiguo muy bien conservado. Parecía de principios del XIX. Fue depositando sobre la mesita de la sala el contenido y con paciencia y método consiguió sacar el cajón. Efectivamente, las puntas se habían desprendido e incluso en los extremos habían dañado la madera sin compasión. El bricolage se le daba bien. Utilizó ángulos de refuerzo por la parte interior. De esta forma se salvaba incluso tener que hacer un nuevo fondo de cajón. "No encontraré mejor madera que ésta", se dijo.
   Al introducir de nuevo el cajón, descubrió una pequeña hendidura en un lateral. De manera que con un pequeño roce, se abrió y de la oquedad salió disparado un cuaderno de mediano grosor, bastante magullado. Tomó el cuadernillo con estupor. Lo abrió y le recibió una fotografía antigua. Aparecía una pareja joven. Ambos sonreían a la cámara. Parecían enamorados. En el reverso, el mensaje escrito a lápiz, casi borrado: "Siempre seremos uno". Leyó algunas páginas. Se trataba de un diario, que analizó de rabo a cabo. La señora Blandina había detallado sus años finales con caligrafía exquisita. La narración de la rutina era calmada. No necesitó esforzarse mucho para imaginársela abrigada con una toquilla de lana, al amparo de las faldas de la mesa camilla, que persistía impecable en el mismo ángulo del salón donde ella la dejó, escribiendo sus largas horas repletas de recuerdos, sus escasas charlas, con movimientos lentos, rapiñando algunas horas al tiempo. La letra se tornaba temblona con el paso de los años, mientras la oportunidad acariciaba con mesura el letargo final. En la última página, encontró un sobre muy sobado, como si se hubiera manoseado en repetidas ocasiones. En el interior había una carta, fechada el 2 de junio de 2010.
     "Querida tía Blandina:                                                               A la espera de que sigas gozando de la excelente salud  que siempre te ha caracterizado, te escribo unas líneas para darte la mala noticia de que tu querida tía Heriberta, mi tía abuela, acaba de fallecer. Siento ser yo quien te dé tan mala noticia, que imagino te caerá como jarro de agua fría, sabiendo lo unidas que estabais, ya que crecisteis como hermanas, pues os llevabais tan solo unos meses. Por deseo expreso de ella, te enviaré sus cenizas, no para que te las guardes, sino para que las dejes "volar" desde la balaustrada de San Miguel hacia la Virgen Blanca. Querida tía, aunque te parezca una tontería, te prometo por lo más sagrado, que son mis hijos, que ése era su deseo. Ya sabes lo que ansiaba viajar en avión, deseo que no pudo hacer realidad. Hace escasos meses la visitamos en la residencia y expresó un agónico antojo: que tú le hicieras "volar" desde San Miguel. Entiendo que a tu avanzada edad, no salgas mucho de casa, he sopesado esa posibilidad, pero también creo que cumplirás el deseo de tía Heriberta. Tal vez estés pensando que tengo una jeta impresionante. No es así, querida tía. Para mi, con los niños, la casa, el trabajo y Roberto, me es imposible viajar a Vitoria. ¿Te acuerdas de mi marido Roberto? Ya sabes cómo son los hombres, bueno, tía, tú de hombres entenderás poco, siempre soltera y libre. Te lo digo yo: los hombres son como niños, mimosos y siempre dando guerra. Resumiendo, nos es imposible viajar  y fíjate que tengo ganas de darte un abrazo. Antes de verano impensable acercarnos y en agosto nos es imposible, ya sabes, las vacaciones en la playa son sagradas para los niños. Estoy segura de que te haces cargo. Entendería que no te sintieras con ganas de llevar a cabo esta empresa, si fuera así, puedes remitirme de nuevo esta carta y entonces hablaría con Carlos Mújica, supongo que te acuerdas de él, es el marido de Nuria tu sobrina  y prima mía. Recordarás que ella falleció hace... no sé, por lo menos ¿veinte años? Por ahí andará. No tengo relación con él, siempre fue muy raro, pero salvo nosotros, es el único pariente que te queda, querida tía. Claro, que con tu edad, ¿cuántos parientes cercanos te pueden quedar?  Espero tus noticias y si en unos días, no recibo noticias tuyas, te remitiré a tía Heriberta en polvo, eso si. Se me saltan las lágrimas. Imposible seguir escribiendo.
 Un beso y un abrazo de tu sobrina"
   La firma ininteligible supuraba prisa. Para cubrir las apariencias, realizada sin ganasEscaseaba el cariño en cada renglón. La misiva,  gravitaba alrededor de una ironía sutil, envenenadora. En el remite del sobre se leía Lourdes Bengoa y una dirección de Zaragoza.            

   Volvió hacia atrás en la lectura del diario. Le llamó la atención que algunas páginas habían perdido la calma e incluso la escritura cambió repentinamente. El trazo más marcado y las palabras no parecían  haber sido escritas por la señora Blandina. El mensaje incongruente carecía de sentido. Se extrañó, pero como no la conocía en persona, no pudo dar crédito. Efectivamente, el trazo más marcado, escrito con rabia y desesperación, empezaba el 3 de junio de 2010 y se alargaba hasta una semana después. Ahora comprendía perfectamente la escritura y las consecuencias que tuvo. Había escrito entre otras lindezas. "No tienes corazón... ¿Qué si me acuerdo del borrego de tu marido? ¡Cómo olvidar a un ser tan necio!... ¿Qué no entiendo nada de hombres?... ¡Estúpida!... Todavía recuerdo a Rafael, el amor verdadero, tal vez porque fue el primero. Dieciséis años teníamos. El amor más dócil. Sin doblez, rezumaba curiosidad temprana. Fue el despertar, el descubrimiento no solo de mi cuerpo, sino también el de Rafael. El nacimiento de las caricias, los primeros besos, el despertar de los sueños. El anuncio de la ilusión. El padre de mi hijo, al que no llegué a conocer porque la muerte me lo arrebató en el primer aliento...  ¡Qué no sé nada de hombres! Rafael me abrió el camino al cielo y la hipocresía y la ignorancia de un padre con velada santurronería, dieron paso al infierno... Claro, que tú de eso no sabes nada. Se tapó, como se cubren las vergüenzas ajenas. Siempre fue mejor comerse los santos, que ver feliz a una hija. El hijo de la deshonra, decía mi padre, tu abuelo... Luego hubo otros muchos hombres en mi vida, ¿qué te crees?... ¡Vete a freír espárragos con tus hijos y el soplagaitas de tu marido!... Si hubieras entendido algo de hombres no te hubieras casado con un pelele. Claro que ese pelele tiene el riñón bien cubierto. En cuanto la pobre Heriberta te dejo su dinero, te faltó tiempo para arrinconarla en una residencia, de la que no sabías ni por dónde se entraba... Que no podías hacerte cargo de tu tía abuela, decías. Pero de su dinero, te faltó tiempo para hacerte cargo... En el fondo no sé de qué me extraño, eres la viva imagen de tu abuelo, mi honradísimo padre... Con cubrir las apariencias, creéis que es suficiente"
   Una semana después escribió: "A la imbécil de mi sobrina  Lourdes no le voy a contestar nada. Le escribiré a Carlos, ¡otro que tal baila! En eso coincidimos la tonta de Lourdes y yo. Carlos es un rancio, o por lo menos lo era en vida de mi sobrina Nuria. No le he vuelto a ver desde el funeral". 
 La rutina recuperó su acomodo habitual en la escritura de la señora Blandina, que se alargó en el tiempo hasta finales del año 2018, dos días antes de morir, según me contó el vendedor de la casa. Lo último que escribió la señora Blandina, con caligrafía temblona fue: "Acabo de echar a correos la carta que hace años debí remitir a Carlos, le digo que en unos días recibirá las cenizas de la tía abuela de Nuria, Heriberta, para que las  eche a volar desde algún lugar alto de Madrid. En definitiva y a estas alturas, a ella le dará igual volar desde un sitio que otro. Bien es cierto que su ilusión primera era hacerlo en su Vitoria natal, pero sabrá comprender mi estado y me perdonará, Estoy convencida de que no voy a poder llevar a cabo su deseo". 
   Supuso que las cenizas de tía Heriberta reposaban en algún lugar de la casa. ¡De su casa!
   Se había encariñado con la señora Blandina. La conoció a través de lo relatado con esmerada pulcritud en el diario. Todo reflejaba el buen espíritu que me trasmitió Bizaurze. El celo con el  que conservó los muebles, cómo estaba vestida la casa. Incluso le tomó cariño a tía Heriberta tras conocer sus desgraciados últimos años en la residencia, olvidada, engañada y apartada de su mundo. Todo obra de su sobrina Lourdes. 
   De esta manera se empeñó en dar con las cenizas costara lo que costara. Escuchaba una voz en su interior que le animaba a cumplir su último deseo. Maldijo al señor Mújica, que sabiendo lo de las cenizas, fue incapaz de buscarlas y cumplir la ilusión de la tía abuela de su esposa.
    "Haré que vuele desde la balaustrada de San Miguel, tía Heriberta", prometió elevando la vista hacia el cielo. Se sentía en deuda con la Señora Blandina.
   La tarea se convirtió en algo arduo y difícil de conseguir. Dio vuelta a toda la casa. Durante más de dos meses se empeñó casi a tiempo completo. Por fin descubrió una pequeña arquita en el doble fondo de un armario empotrado. La señora Blandina se le antojó como una experta en camuflaje. Fue lo primero que revisó, en sus primeras pesquisas, aunque sin vaciar  muebles.
  Bizaurze... ¿Qué había sido de aquel menudo hombrecillo, que con tanto ahínco y palabrería le vendió la vivienda? Explicó minuciosamente cada detalle, aseguró que no encontraría un solo pero al pisito. Enseño, convenció, vendió y con sigilo y premura, se esfumó.  ¿Constituía un pero el hallazgo del diario?  Gracias a su lectura comprobó la fortaleza de la señora Blandina, empatizó de tal modo con ella, que se sintió más cercano que si fuera de la familia. No, definitivamente era una suerte. Deseaba encontrar a Bizaurze para pedirle la dirección del tal Mújica, ponerse en contacto con él y cantarle las cuarenta. Nada más. De tía Heriberta se encargaba él.
   En la tarjeta que le había entregado con las escrituras de la venta del piso, se leía: 
                                 
                                    Íñigo Bizaurze
                                Corredor de Fincas
   En un extremo el domicilio de la Agencia inmobiliaria,
                                   C/. Zapatería, 89

   Se encontraba parado frente a la lonja que parecía llevar cerrada varios años. Sentado en una silla de madera, frente al local, que  observaba incrédulo,  permanecía un  anciano, a la espera de ver pasar las horas muertas. Le observaba con detenimiento. Eduardo se acercó, inclinándose junto a él.
   - Buenos días. ¿Vive usted por aquí cerca? - el  anciano asintió. Levantó el bastón e indicó el portal junto al local cerrado.
  - ¡Perfecto! Me va a ser de gran ayuda - aseguró  esperanzado -. ¿Cuánto hace que la inmobiliaria cerró?
  - En esta calle no recuerdo que hubiera ninguna - respondió con voz cascada -. No es buena zona para esa clase de negocios.
   - Ahí mismo, junto a su portal - mostró la tarjeta -. Es esta dirección. Hace unos meses un trabajador de la empresa me vendió un piso. El señor Bizaurze, tal vez haya oído hablar de él. Es un tipo moreno, no muy alto, de complexión menuda, andará por los cuarenta...
   - Tengo un problema - comenzó a decir el anciano del bastón -, con frecuencia se me queda la boca seca, si no la hidrato a menudo, no puedo hablar de seguido.
  - Comprendo. ¿Podemos ir a tomar algo? No hay problema.
  - Tengo una pequeña pensión... Usted comprenderá que no es para tirar cohetes - suspiró con el desaliento propio de quien posee la certeza de que no llegará a fin de mes.
  - Yo invito. Vamos donde usted quiera.
 - En el bar - señaló el vejete el establecimiento más cercano, levántando nuevamente la vara -, sirven un vino de año que resucita a un muerto y despacha una camarera joven que es un regalo del cielo.                                               - ¡Pues no se hable más! - Eduardo ayudó al hombre a incorporarse y avanzando sin prisa recorrieron la escasa distancia -. Soy Eduardo Arenaza.
   - Joaquín Bastida Hernández, para servirle - por primera vez sonrió, mostrando una boca casi vacía.
   - Dos choperas - anunció Joaquín con la voz rejuvenecida al cruzar el umbral -. En la mesa del fondo no nos molestarán.
   - Muchas gracias, guapetona - susurró con la sonrisa puesta y la mirada tuna.
   - Lo que usted mande, Joaquín - contestó la moza.
   - ¡Quién la pillara! - suspiró el viejo -. ¡Con lo que yo fui de joven! Hice el servicio militar en Melilla y no quedó morita intacta. Aquí donde me ve y aunque no se lo crea, era resultón y tenía una labia... Pero ahora las piernas no me siguen y tengo mil achaques.
   - El que tuvo retuvo - contestó Eduardo para animarle.
   - Pues verá usted, referente a ese local, lo último que hubo fue un bar de mala muerte, que cerró hará unos cinco o seis años.
   - No puede ser. Hace poco más de medio año, el tal Bizaurze me vendió la casa. Tiene que estar confundido.
   - Oíga usted, pollo. En abril me caen los ochenta y cinco. Llevo cuarenta y siete viviendo en el número 89 de la Zapatería. Aunque usted me vea arrastrar las piernas, la cabeza la tengo en su sitio y lo que hay dentro, está todo muy bien guardado en cajoncitos de memoria. Si yo le digo que en ese local no ha habido inmobiliaria jamás, usted se lo cree a pies juntillas, porque lo que digo va a misa. ¿Me entiende usted? - el anciano apretó los labios y dejó zanjada la cuestión. Desprendía un aroma dulzón, propio de la gente de edad avanzada, que a Eduardo le transportó a los últimos días de sus padres. Joaquín parecía sacar fuerzas de algún cajón, de ésos que mantenía a buen recaudo en la trastienda de la memoria. Se había transfigurado, ya no era el vejete que  cedía paso a la vida, amortiguando suspiros.
   - Lo pone en la tarjeta - se defendió Eduardo desesperado.
   - Pues como si lo pone en la Biblia. Eso demuestra que le engañaron - sonrió divertido. Bebía a sorbos muy pequeños, saboreando cada uno como si fuera el último y entre sorbo y sorbo se relamía complacido. Sesgadamente observaba con cautela los movimientos de la camarera, que obsequiaba con buen escote a los parroquianos y cuando ésta se aproximaba a nuestra mesa y tan solo le sonreía, a él se le deshacía la mirada sin cautela - ¿Estuvo usted en el interior del local?
   - No, no estuve. Contacté por teléfono con el vendedor.
  - ¿Lo ve? ¡Dios bendiga la inocencia! - exclamó Joaquín divertido -. Lo que yo decía, se burló de usted.
   - No sé a quién recurrir ahora.
   - Si no es indiscreción, ¿qué problema tiene?
   - En realidad no se trata de un problema. He encontrado una cosa importante en la que ahora es mi casa y deseaba contactar con el vendedor para mantener una conversación con el anterior propietario.
   - ¿Es algo valioso? - parecía que quisiera alargar el rato -. ¿Hace otra chopera?
   - Por mí no hay inconveniente. Pero son más de las dos, a usted le esperará alguien en casa para comer.
   - No, majo, no. Nadie me espera, eso es lo malo. Me traen la comida de servicios sociales. Vivo solo, sabe usted. No tengo prisa para nada. Hoy toca garbanzos, que no los paso desde la posguerra. Mi abuela me atiborraba a garbanzos y desde entonces la sola visión me trae malos recuerdos.
   - Pues venga esa chopera - exclamó Eduardo. Hizo una seña a la camarera - ¿Y si picamos algo? Tal vez pueda guardar los garbanzos para mañana. Invito yo, claro está.
   A medida que Joaquín pimplaba, se le fue soltando la lengua y tomó confianza rápidamente. Volvió a recordar  sus años mozos. Eduardo le dejó hablar. Joaquín experimentaba una placidez rejuvenecida hablando de la juventud. Le enseñó una fotografía de sus años mozos. La instantánea mostraba a un Joaquín muy joven del brazo de dos moritas. ¿A quién se parecía aquel mozo?
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   Habían pasado tan solo dos semanas desde el primer encuentro con Joaquín. Éste experimentó un sublime interés por "el problema" de Eduardo, mostrándose solícito para ayudarle en lo que hubiera menester. 
   - Trabajé durante cuarenta años como cartero. ¡No te puedes imaginar lo que da de sí ese empleo! Desarrollé dotes excepcionales para el espionaje qué ríete de Ramón Mercader. Muchacho, cuenta conmigo para lo que dispongas.
   En ocasiones Joaquín no contestaba al teléfono de inmediato, a pesar de tener el inalámbrico siempre en el bolsillo de la bata de casa. Andaba un poco duro de oído. A veces, el sonido de la televisión se escuchaba desde el portal. Eduardo le telefoneó  más de diez veces a lo largo de aquel día, sin obtener respuesta. Casi anochecía cuando entraba al portal número 89 de la Zapa. En la escalera le sorprendió un penetrante  olor a sopa de ajo. Algún peldaño crujió con entusiasmo. La luz mortecina de las bombillas de cada descansillo, le ofrecía la visión velada de algunas telarañas, amparadas en los rincones. Las manchas de humedad dibujaban nubes de pobreza, soledad y abandono de los inquilinos del inmueble. Le llegaban tenues los sonidos de algunas radios. Llamó con insistencia. No hubo respuesta. Algo más preocupado, descendió las escaleras, sin reparar en los desvencijados peldaños. El aire gélido de diciembre, con aromas vacíos le recibió. Sus fosas nasales fueron las más agradecidas. Traspasó el umbral del bar El Abuelo, el preferido del anciano, buscando a la ardiente camarera. No era su día de suerte. Se acercó a la barra.
   - ¿No trabaja hoy la chica rubia? - preguntó al joven que sin dejar de moverse de una punta a otra del mostrador, atendía expertamente.
   - Ha cogido quince días de vacaciones. ¿Qué le pongo?
   - Un tinto.
  - ¿No conocerá usted por casualidad a Joaquín? Es un anciano que vive unos portales más allá - señaló la dirección -, regordete él, con bastón, arrastra un poco una pierna...
    - Solo llevo dos días trabajando, casi no conozco a los vecinos - respondió sin mostrar mucho interés.
   Otro parroquiano se le acercó por detrás.
   - ¿Buscas a Joaquín? 
   - SI - respondió, dándose la vuelta -. ¿Sabe algo de él? Llevo todo el día intentando localizarlo.
   - Está bien que alguien se ocupe de Joaquín. Es muy mayor para vivir solo - sentenció el hombre -. No es bueno que los mayores vivan solos. La soledad de los viejos es venenosa, ¿no lo cree usted?
   - Totalmente, pero, ¿sabe algo de mi amigo?
   - No le he visto hoy.
   - Según tengo entendido no tiene familia. Él dice que  está acostumbrado a cuidarse solo.
   - Le conozco de toda la vida, aunque es mayor que yo - agregó el vecino con coquetería.
   - ¿Puede hacerme un favor? - consultó Eduardo -. Tengo la llave, pero me da reparo abrir sin un testigo, ¿comprende usted?
   - ¿Por si está muerto?
 - No quiero pensar eso, pero tal vez haya sufrido un accidente, no sé...
  - Pero usted quería hablar con la camarera - el hombre le observaba con detenimiento, como si fuera un intruso que se estaba inmiscuyendo en la vida del vecino de toda la vida.
  - Porque Joaquín venía todos los días al bar, sobre todo si era su turno.
   - ¿A usted también le gusta la camarera?
   - No, a mi no - respondió Eduardo paciente.
   - ¿Qué no le gusta la Vero? No será usted de la acera de enfrente, ¿verdad?
   - No, le aseguro que solo soy amigo de Joaquín.
   - A mi no me gusta los maricones.
   Ambos mantuvieron un silencio incómodo.
   - No se lo pediría si no fuera porque estoy preocupado por Joaquín - titubeó Eduardo. 
   - No quiero que me relacionen con esa gentuza - aclaró el viejo - ¿Usted?
   -  Yo, ¿qué?
   - ¿Le gusta que le relaciones con esos enfermos?
   - ¿A qué enfermos se refiere?
   - A los maricones.
  - No son enfermos - a Eduardo le costaba mantener la calma.
   - Ya, eso dicen todos.
   - Bueno, ¿me acompaña a casa de Joaquín? 
   - No quiero líos.
  - Solo pretendo saber si Joaquín está bien. Pero si le da miedo acompañarme, lo comprendo.
   El anciano acabó el vino de un trago y se dirigió a  una mesa cercana donde le esperaba una mujer que no perdía detalle de la conversación.
   - Pepi, voy con este señor a ver que ha sido de Joaquín - anunció -. Ahora vuelvo.
   - ¿A qué tienes que ir dónde no te importa? - dijo ella con cierto reparo.
   - El amigo, que piensa que está muerto - aseguró el viejo.
   - No he dicho tal cosa - se inmiscuyó Eduardo.
  - Con más razón - argumentó Pepi sin mirar al desconocido - ¡Cómo te gusta meterte en líos! Si está muerto, tendrás que ir a declarar a la policía.
  - ¡Qué exagerada eres! Ahora vuelvo.
 Salieron a la calle. El vecino observaba a Eduardo con detenimiento.
 - Cómo son las mujeres de remilgadas para estar cosas - comentó el vecino -. La Pepi se asusta por cualquier cosa.
 Eduardo sonrió.
 - ¿Y dice usted que son amigos? - indagó cuando llegaban al portal.
  - Me está ayudando en un asunto.
  - ¿Un asunto legal?
  - Si señor.                                                                            Dos minutos después llamó a la ambulancia. No les fue posible entrar en casa de Joaquín. Permanecía tumbado en el suelo junto a la puerta. Introdujo la mano por la rendija y comprobó el pulso, Latía y el cuerpo estaba caliente. El acompañante había desaparecido. Enseguida escuchó murmullo en el portal y al acercarse al hueco de la escalera, lo vio hablando con un grupo de gente, que se agolpaba queriendo enterarse de lo sucedido. El viejo daba explicaciones. También estaba Pepi.
  - No se como te las arreglas, Julio pero siempre te metes en líos - escuchó su protesta.
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 - Es muy  buena oportunidad para usted, Joaquín - aseguraba Vero, la camarera de El Abuelo. Le acariciaba la mano al anciano, mientras le hablaba con dulzura.
  Estaban sentados en una mesa del bar, junto con Pepi y Julio. Eduardo le acompañó en su vuelta a casa. Hicieron una parada en El Abuelo. Eduardo sabía que la mejor medicina para Joaquín era reencontrarse con la joven. Joaquín les escuchaba en silencio, mirando a unos y a otros, sin decir nada.
   - Tienes que aprovechar, Joaquín. Este señor te ofrece su casa, no se trata de que dejes la tuya, sino de que tengas compañía - Julio trataba de convencerlo -. Se ve que tu amigo tiene buen corazón, lo supe desde el primer momento en que le vi. Te has pasado las navidades en el hospital y se  ha ocupado de ti. ¿Quién hace eso?
   - La soledad es muy mala compañera. Las residencias son impersonales. Son aparcaviejos. Es  como si te tiraran a la basura porque ya no sirves para nada - sentenció Pepi con vena filosófica.
   - No quiero dar guerra a nadie. Estoy mejor en mi casa hasta que Dios quiera llamarme - aseguró Joaquín.
   - Es usted muy tozudo - agregó Vero.
   - Y muy chiquillo también - recriminó Pepi -. Obedezca por una vez, ¡caramba!
   Al final accedió, no sin que Eduardo le prometiera que podía recibir las visitas de sus amigos en su nueva casa y que se pasarían siempre que quisiera  por el bar. A Eduardo le dió la impresión que estaba cohibido por el ofrecimiento, pero deseoso de dar el paso. Una semana después estaba el traslado hecho e instalado. Al dueño de la casa se le presentaba un dilema. Durante la estancia de Joaquín en el hospital no quiso mencionar el tema, aunque creía conocer la causa del síncope sufrido por Joaquín. Según el doctor que le atendió fue una insuficiencia coronaria, por lo que le habían puesto un marcapasos. Pero Eduardo sabía  cuál había sido la causa de la insuficiencia.
   No habían avanzado nada en la investigación acerca del paradero de Bizaurze. Parecía que se lo hubiera tragado la tierra. Desestimó la tarea del rastreo. Pero relató con todo detalle lo referente al diario de la señora Blandina y todo lo que había averiguado a través de sus páginas. Para entonces ya sabía a quién le recordaba Joaquín. Lo descubrió una tarde por casualidad, al volver a releer algunas páginas, la foto cayó y al recogerla, vió el parecido tan extremado que tenía el joven de la foto con Joaquín en sus tiempos de mili. Fue atando hilos, una cosa derivó en otra y fácilmente llegó a la conclusión de que Joaquín era el hijo perdido de la señora Blandina. Joaquín también trataba de recabar pistas manejando las páginas del diario.
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   Iba para un mes que Joaquín vivía en casa de Eduardo. Se había recuperado muy bien y disfrutaba de la buena comida. Le gustaba todo, exceptuando los garbanzos. Para lo demás no ponía reparos. Se dejaba cuidar y se mostraba agradecido. Era fácil encariñarse con él.
   - Nací en  1934 - comenzó Joaquín una vez de que el café estuvo servido, un domingo en el que se había mostrado taciturno durante toda la mañana y melancólico a lo largo de la comida. El aroma del café invitaba a la confidencia -. Mi madre tenía diecisiete años cuando se quedó embarazada. 
   - ¿Qué sabes de tu madre?
   - Todo lo que me contó mi padre, Rafael. He visto la foto - rebuscó en una cartera ajada y sacó la misma fotografía que la que su madre había guardado con tanto celo entre las páginas del recuerdo.
   - Es sorprendente - aseguró Eduardo, casi sin dar crédito -. Parece mentira que nos hayamos encontrado -. ¿Tratas de decirme que viviste con tu padre? ¿Por qué no buscó al amor de su vida?
   - Eran tiempos difíciles para el amor entre distintos.
   - ¿Qué quieres decir?
   - Por el diario conoces un poco a mi abuelo. Debía ser un típo exigente a la par que tirano. La familia de mi madre estaba muy bien situada. Mi abuelo era médico. En aquellos años, los médicos eran personas importantes, llevaban sombrero, emblema de distinción en aquella Vitoria provinciana. Las apariencias pesaban como losas. Mi madre era menor de edad. La familia de mi padre era pobre, pero pobre de solemnidad y también analfabeta. A mi madre se la llevaron a Pamplona, a casa de unos familiares, en cuanto se enteraron de la deshonra. Mi padre nunca la olvidó. Ahora sé que ella tampoco - añadió con mansa calma -. Mi madre se las arregló para que le llegará una carta a su amado, pocos días antes de mi nacimiento. Los padres de entonces no eran como los de ahora.
   Hubo un silencio largo y espeso. Eduardo miraba sin ver a través del ventanal de la terraza. La tarde se cubría de frío y de templanza. De vez en cuando observaba a Joaquín, que con sonrisa beatífica, se perdía entre recuerdos insondables.
  - Ya te he dicho que mis abuelos paternos eran de condición económica, social y cultural muy inferiores. La ignorancia es bruta y por eso mismo, fácil de persuadir. Ambos abuelos hablaron, casi sin tocarse ni mirarse. A cada uno le producía repugnancia la presencia del otro. Joaquín, era el nombre de mi abuelo paterno, se explicó como mejor pudo, a golpes. El abuelo médico no sé como se llamaba, pero les regaló el niño, como quien dice. A mi no me quería. Firmaron un pacto. El niño a cambio de que mi padre no volviera a ver a mi madre. También aportó una cantidad de dinero. La pobreza y la incultura no están hechas para alimentar bocas. Aunque brutos e ignorantes, no faltaron a su palabra. 
   - Es una historia muy triste.
   - ¡De novela! - exclamó Joaquín emocionado -. Nací el 2 de abril de 1934. El mismo día que Manuel Azaña fundó el partido Izquierda Republicana. Mi abuelo paterno pensó que ese hecho era una injuria. ¡Ya ves! Rafael, mi padre, me contó que mi madre era una mujer dulce, apasionada y muy fuerte. Muy luchadora, también. De las que se dicen de rompe y rasga.
   - Eso me pareció a mi también al leer el diario. Una sufridora nata.
   - Una lástima que no haya tenido oportunidad de conocerla nunca. 
   - Por lo que leí del diario, a ella le contaron que tu habías muerto al nacer, por esa razón no te buscó. Si hubiera tenido la certeza de que vivías, hubiera revuelto medio mundo hasta encontrarte. 
   - ¡Qué crueldad! - Dijo Joaquín con los ojos arrasados -. ¡Que mal nacido es el hombre que niega a su propia hija el amor de sus entrañas! Le gustase o no mi padre, por encima de todo estaba la felicidad de su hija, yo era su nieto, fruto del amor - trasmitía rabia. Eduardo le tomó la mano. Se sentía sobrecogido.
   - Tranquilo, Joaquín. No se lleve mal rato. La vida le dió muchos desaires pero ahora le regala una nueva oportunidad.
   - No, hijo. No te engañes, la vida ni da ni quita. Somos nosotros. El cabrón de mi abuelo me robó mil oportunidades y tú me has regalado un trozo de felicidad, sin ser de mi sangre. Eso es lo hermoso de esta historia.
   - Ahora somos de la familia. Esa familia que no comparte ramas de árbol genealógico.
   -  ¡Ni puta falta que hace! En algún sitio he leído que los amigos son la familia que uno elige.
   Fueron pasando los días fríos, pálidos y  sombríos del invierno.
   - Desisto de encontrar a Bizaurce. A ese hombre se lo ha tragado la tierra - comenté durante un desayuno, unos días antes del cumpleaños de Joaquín.
   - ¿Qué piensas hacer con las cenizas de la tía Heriberta?
   - Lo que ella quería. Las tiraremos desde la balconada de San Miguel, cualquier día en cuento celebremos tu cumpleaños. Y, ¿esa cara de sorpresa? - indagó ante Joaquín que había levantado una ceja y disimulaba la risa.
   - No me parece buena idea - se limitó a responder.
   - Fue su último deseo. 
   - O el deseo de la bruja de Lourdes para quitarse el marrón de encima. Eres demasiado inocentón, Eduardo. Te lo crees todo - añadió sin poder contener la risotada.
   - No creo que nadie en su sano juicio sea capaz de jugar con los sentimientos de una anciana.
  - ¡Lo que yo digo! ¡Tontico perdido!
   - ¡Qué no! ¡Hombre! ¡Qué no puede ser!
   - Bien claro lo decía mi madre en el diario. Toda la familia era igual. De padres gatos, hijos michinos, que decía mi abuela. Descendientes de mi abuelo... ¡Cómo iban a ser!
   - Tu madre era hija de tu abuelo y era muy buena persona - protestó Eduardo airado.
   - Se parecería a mi abuela, que debía ser distinta. Buena gente, pero mujer al fin y al cabo.
   - ¿Ahora me sales con argumentos machistas?
   - No, hombre. Quiero decir que en aquellos años, las mujeres no tenían ni voz ni voto. A callar, que para hablar ya estaba el marido, que era el hombre de la casa. Pero volviendo a tía Heriberta y a Lourdes, que ya sabemos como las gasta la sobrina y el Mújica, ¿tú crees que tía Heriberta, que se había visto arrastrada a la residencia, le iba a pedir un último deseo a la sobrinita de marras, que le había encerrado allí para cogerse sus dineros?
   - Tal vez tengas razón - contestó mohíno -. Me hacía ilusión.
   - ¡Ah! Eso es otra cosa. Si a ti te hace ilusión, no tengo nada que decir - guardó silencio pero Eduardo intuyó que le gustaría agregar algo más.
   - Pero... Algo te ronda, ¿no es así?
   - ¡Qué bien me conoces! 
   - ¡Adelante! No te cortes. Dime lo que estás pensando.
   - Ya te lo he dicho. No es buena idea.
  - ¿Cómo no va a ser buena idea, Joaquín? A cualquier vitoriano que se precie le gustaría volar desde San Miguel.
  - Si, hombre si. ¡En tirolina! Piensa un poco porqué digo que no es buena idea.
   - Me sigue pareciendo un detalle precioso.
   - Pues, ¡no se hable más! Adelante con los faroles. Pero que sea sobre las nueve de la mañana, no más tarde.
  - Dame tu opinión y da opciones sobre lo que podemos hacer.
   - ¿Qué se puede hacer con el polvo de tía Heriberta? - explotó en una sonora carcajada - ¿De verdad crees que alguien que se expresa con esa desfachatez de las cenizas de un ser querido, puede hablar en serio? ¡Ay, Eduardo! ¡Qué sensiblón eres!
.......................
   El cumpleaños de Joaquín fue un acontecimiento. Lo celebraron por todo lo alto. Les acompañaron los primos de Eduardo,  Vero, Pepi y Julio.  
  - ¡Qué bueno eres, Eduardo! - Joaquín le abrazó emocionado, mientras ambos recogían la vajilla y los regalos  -. Ha sido un cumpleaños estupendo.
   No habían vuelto a mencionar nada de tía Heriberta. El 15 de abril, amaneció tardío. Lluvioso y triste. A Eduardo le pareció buen momento para llevar a cabo el deseo de la tía. No le dijo nada al respecto. Se pertrecharon con ropa de abrigo y Joaquín se enfundó la bufanda. Protestó porque no quería ir muy lejos. A primera hora cayeron cuatro copos y le amilanaron. 
   - Me lo tenía que haber imaginado - exclamó cuando le vio que metía la arquita de las cenizas en una bolsa de papel -. Mira que eres cabezota, Eduardo. Todo lo que tienes de buena persona, lo tienes de burro.
  - Tampoco es que tú hayas aportado ideas - soltó el aludido sonriendo.
  El camino lo hicieron en silencio. A Joaquín le costaba  andar un poco más de lo habitual. De vez en cuando se quejaba de frío, murmuraba por lo  bajo y se hacía el remolón.
  - ¿No puedes ir un poco más rápido? Nos va a costar una eternidad.
   - ¡Voy obligado! Lo podías haber tirado al Gorbea cualquier día de verano.
   - ¿Se te acaba de ocurrir? Porque esa brillante idea podías haberla mencionado antes.
   - Tú te has empeñado desde el principio en darle gusta a la familia, pues ahora apechuga.
   - Lo hago encantado. No tengo que apechugar con nada - Eduardo comenzó a enfadarse.
   - No te mosquees, hombre - murmuró de nuevo.
   - No te entiendo, ¿qué mascullas?
   - Que no les debes nada a esa familia.
   - Esa familia, como tú dices, son tu familia. Lo hago por tu madre.
   - Lo haces por ti - sentenció el viejo.
  - No elegí tener las cenizas de una desconocida en mi casa. Lo hago porque creo que es mi deber.
   - ¿Tu deber? ¡Tiene cojones!
   - Si no querías venir, con haberlo dicho, bastaba.
   - No me has dado la oportunidad. Está un día de perros, no hay cuatro gatos en la calle pero tú tenías que cumplir una misión, hoy precisamente.
   - Vamos por los Arquillos para evitar las escaleras.
   - ¿Más vuelta? ¡Me estás jodiendo el día!
  - Si quieres te quedas en un bar esperando, voy rápido, lo hago y vuelvo a buscarte dijo parándose en seco.
  - Tira, tira. Ya que he llegado hasta aquí, quiero ver el circo completo. Me voy a reír un poco de ti - volvían a estar parados y Eduardo le miraba con displicencia - ¡Venga! Eduardo, majo. ¡Arrea!
   Siguieron en silencio. Desde la balaustrada de San Miguel la plaza aparecía desierta. Caía una lluvia menuda y fría. Algunos viandantes caminaban deprisa. Nadie reparo en las dos figuras que se asomaban junto a Celedón. Eduardo abrió la arquita y el aire y el impulso hicieron el resto. El fino polvo de tía Heriberta se extendió como un enjambre de insectos que volaron sin orden. Algo de tía Heriberta se quedó sobre la balconada, pero lo demás se disipó en el aire y poco a poco descendió sobre el asfalto.
   - ¡Misión cumplida! - exclamó Joaquín e hizo intención de comenzar a andar.
   - Pareces divertido.
   - ¡Hombre! Enseguida empieza lo bueno, ya veras. Vamos que desde abajo lo veremos mejor.
   - ¿Así sin más? Un Padrenuestro le podemos rezar, ¿no te parece?
   - Hace frío y rezar también se puede mientras se anda.
  - ¿Dónde vas? - Eduardo muy serio vio que Joaquín se dirigía hacia la escalinata.
   - Si damos la vuelta, nos lo perdemos. ¡Mira, ya viene!
   Eduardo miró hacia la plaza, no vio nada de interés. Siguió a Joaquín que se acercaba a las escaleras con paso vacilante. Parecía que andaba más ligero.
   - ¿Ves lo que va a pasar con el polvo ese que has tirado? - A Joaquín se le veía divertido.
   Eduardo se paró en seco. La barredora del ayuntamiento recogía sin reparó todo lo que había en la acera, incluido el polvo de tía Heriberta que se había quedado por allí, supuestamente.
   - En la siguiente pasada se lleva el resto - casi no se le entendió la frase por la risa -. Somos una familia de cabrones, Eduardo y tú eres muy bonico. ¡No te quedes ahí parado!
   - ¿Por qué no me dijiste esto antes? - Eduardo también sonreía.
  - ¿Y perderme el espectáculo? Vamos a tomar algo al Mentirón. Invito yo.
   - ¡Razón no te falta! ¡Panda de cabrones! ¡Qué familia!
  - Tengo a quién parecerme. Mi padre me decía que me parecía mucho al abuelo, al cabrito, claro está - le bailaba una sonrisa dulce en la mirada -. Cógeme del brazo y aligera el paso, que hace rasca.