Vistas de página en total

lunes, 19 de julio de 2021

ESTO ES UN CUENTO CHINO

   






VITORIA-GASTEIZ, 4 DE JULIO DE 2142

  La abuela Carlota, que nos dejó hace poco menos de un año, a la temprana edad de 120 años, me decía con frecuencia que tenía nombre de vino de Rioja Alavesa, del bueno, de Crianza. Del que tenía denominación de origen y se elaboraba con uvas tempranillo. Soy Muriel.

  Por alguna razón poco razonable, como casi todas las razones, me llegó el recuerdo de la abuela en aquella fría noche. Transcurría el noveno mes que nevaba sin cesar. El hielo hacía casi inviable circular por las calles. No había ciudadano que no saliera a la calle pertrechado con palas y picos eléctricos, de batería o de pilas.

 Desvié la mirada con cierto recelo hacia el sujeto estático que permanecía inerte sobre la capa helada del asfalto. Su cabeza descansaba a mis pies. El me devolvió una mirada fija, fría, inalterable. Me estremecí.  El hielo del pavimento, se teñía paulatinamente de rojo. El tono iba desde el rojo intenso hasta el marrón oscuro, pasando por el granate. Faltaban escasamente dos horas para amanecer.

  - Estás temblando - la voz de Fonalso sonó a mi espalda como un jadeo confuso.

  - No es nada. Estoy bien - deseé convencerle con un susurro. 

  - Estás temblando - repitió y la voz me llegó como un eco.

  Observé el termómetro digital más cercano.

  - ¿Cómo quieres que esté? ¡Tenemos 19º bajo cero! - aullé como si fuera el responsable de la baja temperatura.

  - Estás temblando - volvió a repetir, posicionándose a mi lado pero sin mirarme. Parecía que fueran las únicas palabras que comprendía.

  - Ya te he oído - intenté no resultar muy tajante.

 - La baja temperatura no es razón suficiente - añadió clavándome sus ojos fríos y azules en los míos, cálidos y de miel -. hace meses que la temperatura se mantiene igual y no tiemblas de este modo.

 - Es por él - susurré, observando el cuerpo quedo del hombretón que yacía en el hielo.

 - ¿Qué hacemos?

- ¿Cómo que qué hacemos? ¡Nos lo llevamos, por supuesto! - ordené fríamente.

- Pesa demasiado. Este tío rondará los cien kilos o igual me quedó corto.

- Así es. Y supone una buena provisión de carne para una larga temporada - me escuché impasible e inalterable -. ¡Trae el coche! Te espero aquí.

- Habrá que cubrirlo con hielo.

Me acuclillé y me afané en acumular grandes placas de hielo sobre el enorme corpachón.

- Y... ¿Si alguien te pregunta o se acerca con malas intenciones?

- Déjate de chorradas y trae el coche de una vez - vociferé aterida de frío y visiblemente cansada.

- Me sabe mal dejarte sola.

- Por favor, Fonalso, ¡vete ya!

 Dudó un momento. Movió los labios con intención de replicar, pero se mantuvo callado y sin moverse.

- Cuanto antes te marches, antes volverás.

- Quédatelo. Te servirá de defensa - me tendió el pico que utilizamos para romper el hielo al caminar.

 Avanzó calle Francia adelante, moviéndose con dificultad. Me pegué a la pared, evitando cualquier ataque por sorpresa. Sujeté el pico con fuerza. Camuflé la vieja navaja de la abuela, de la que no me separaba jamás, en la manga del forro polar. Un ojo del hombretón quedó a la intemperie, mientras continuaba fijo en mí con malsana insistencia. Desistí abandonar el precario refugio para cubrirlo por completo de hielo. No había un alma en la calle. Tampoco circulaban coches. Ni un sonido humano. Ni una palabra. Solo se escuchaba el soplo profundo, devastador y recio del viento gélido. En esas estaba, cuando me sobresaltó el sonido de la llamada del relojteleminimóvil. Tuve que liberarme del guante de piel de foca para hurgarme en la ajustada manga del neopreno, mientras sujetaba el pico entre las piernas. En la pantalla apareció una playa paradisíaca. Tumbado a pleno sol permanecía el bronceado cuerpo de Lúa, mi hermana. Comencé a llorar de rabia, maldiciendo mi mala estrella.

  - ¡Hola, querida! - la voz de Lúa sonó cantarina -. Hace un tiempo maravilloso -. ¿Qué haces en la calle? ¿Todavía no ha amanecido? ¡No sé qué hora es allí! ¡Es tan fácil olvidarse de esas tonterías!

 - Es una larga historia - respondí sin ganas de darle más explicaciones.

  - Esto es precioso. ¡Lo mejor que han visto mis ojos! - continuó sin mostrar más interés por mí.

 Sonreí. Para Lúa, el último lugar de vacaciones, siempre y por sistema, resultaba ser lo mejor que habían visto sus ojos. Lo mismo aseguró de la Luna el verano anterior y del Ártico, dos veranos atrás.

  - ¿Qué hora es en Groenlandia? - pregunté por hablar de algo. No tenía ningún interés en conocer la hora de aquellas latitudes.

  - Hora de disfrutar en la playa, corazón. No sabes que nenes más monos hay por aquí. Claro, que la mayoría no son nativos - movió el relojteleminimóvil, que descansaba sobre la mesa contigua, al lado de una copa enorme con un jugoso licor dorado y hielos de colores, para que pudiese comprobar lo monos que eran los nenes -. ¿Ves?

  - Veo - musité.

  - ¡Qué sosa eres, Muriel! - guardó silencio unos instantes. Luego, más por curiosidad, que por mero interés, preguntó -: ¿Ocurre algo?

  - Continua nevando y helando.

  - ¡Vaya novedad! Me refiero... ¿Ha pasado algo nuevo?

  - Nada destacable.

  - ¿Nada? Está oscuro como la boca del lobo. Estás sola en la calle, parada como un pasmarote, con un careto que te lo pisas y... ¿Qué es el bulto del suelo?

  - Un tío.

  - ¿Un tío de quién?

  - Un tipo, Lúa. ¡Yo qué sé quién es!

  - Ese tipo se llamará de algún modo, digo yo.

  - No tengo ni idea.

  - ¿No tienes ni idea? ¿Cómo que no lo sabes? ¿Qué hace tumbado en el suelo cubierto de hielo? ¿Es una especie de apuesta o algo así?

  - Algo así.

  - ¿Algo así? ¿Qué quiere decir algo así?

  - Está muerto, Lúa - confesé, sintiéndome más tranquila.

  - ¿Muerto?

  - Por favor, Lúa deja de repetir cada cosa que digo.

  - No trates de cambiar de tema. Explícame ahora mismo qué haces en plena calle, de noche y con un muerto.

  - Nos lo tropezamos Fonalso y yo al volver del cine.

  - ¿Del cine? ¿Habéis ido al cine con el frío que hace?

  - ¿Eres boba o el calor te ha nublado el entendimiento? - estallé -. Estamos a 4 de julio. No ha parado de nevar y helar desde mediados de noviembre del año pasado. La vida continua, querida Lúa. No todos tenemos la oportunidad de viajar a tierras cálidas.

  - Perdona Muriel. Es que en cuanto salgo de casa, pierdo la noción de algunas cosas. Desconecto rápidamente. Para tres meses que tengo de vacaciones, no me voy a preocupar de la nieve, precisamente - hizo una pequeña pausa y añadió en tono nervioso -: Quizá te parezca un comentario tonto pero no entiendo qué haces a estas horas en la calle, con un tipo al que no conoces de nada y que por añadidura está tieso. ¿Dónde está Fonalso?

  - Ha ido a por el coche.

  - ¿A por el coche? ¿No estaréis pensando en comeros el cadáver?

  - Lo hace todo el mundo, Lúa. Estoy harta de gatos famélicos y ratas, portadoras de enfermedades, la mayoría de las veces. La carne humana es muy nutritiva. Lo dicen en todos los medios. Los expertos que estudian estas cosas, no paran de recomendarla.

  - ¡Cuatro locos, hermana! ¿No te das cuenta? De seguir divulgando semejantes tonterías, llegará un día en que nos matemos entre nosotros, con el pretexto de que es más sano comerse al vecino que una pata de gato.

 - Los felinos empiezan a escasear - me disculpé sintiendo remordimientos.

  - Todavía se vende comida normal, de la de toda la vida, en las tiendas.

  - Sabes de sobra que a precio de oro. No nos lo podemos permitir.

  - No sabéis nada de él. Tal vez esté enfermo. ¡A saber de qué se ha muerto ese pájaro! ¡Podéis morir! ¡No lo hagas! Prométemelo, por favor, Muriel.

  - No está enfermo.

  - ¿Cómo lo sabes? ¿Se lo has preguntado? - se mostró sarcástica.

  - Míralo - retiré un poco de hielo y le mostré el rostro blanquecino del Fulano a través del relojteleminimóvil.

  - ¿Debería conocerlo? - Lúa entornó los ojos, tratando de descubrir algún rasgo particular del cadáver -. ¿No me irás a decir que os vais a merendar a alguien de la cuadrilla?

  - Te he dicho que no lo conocemos de nada. Jamás me comería a alguien conocido.

  - ¡Al paso que vamos, no lo diría muy alto!

  - Dime la verdad, con la mano en el corazón. ¿Crees que tiene mala pinta?

  - Mala pinta no tiene pero de ahí a asegurar que esté sano al cien por cien...

  - Es un tío enorme, bien vestido, bronceado, de unos treinta y pocos años. Mira la cartera - se la mostré -. Es de piel auténtica y lleva 5300 euros, además de un montón de tarjetas.

 - ¿Más de cinco mil euracos como dinero de bolsillo? Muriel, cariño, es un  pez gordo. Lo estarán buscando y no tardarán en dar con vosotros. Moriréis en la cárcel.

 - Nadie sabe que ha muerto. No lo buscarán, ¿por qué iban a hacerlo?

 - ¿Por qué esos tipos tienen chips de seguimiento y en algún sitio saben hasta cuando mean, por ejemplo?

  - Éste no tiene implantado ningún chip.

  - ¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha confesado después de muerto? Tal vez te estén vigilando. ¿No tarda mucho Fonalso? Puede que ya esté detenido. Lo estarán torturando, cantará y en poco tiempo caerán sobre ti. ¡No tendrán piedad con vosotros!

  - No me pongas más nerviosa de lo que estoy. Fonalso tarda porque el coche es viejo y le cuesta arrancar. Respecto a lo de la vigilancia, te aseguro que nadie está tras de mí. Este tipo caminaba por nuestra misma acera, en dirección contraria. Le ha caído un carámbano de punta en la cabeza. Ha ocurrido hace media hora, tal vez un poco más.

  Escuché el sonido inconfundible  del motor de nuestro cascajo. Las luces del viejo utilitario, me enfocaron. Por tomar precauciones, me agazapé tras el cadáver, cerrando los ojos con fuerza, como si el gesto infantil me librara de ser descubierta por algún intruso. El coche se detuvo.

  - ¡Muriel! - exclamó mi compañero sacando la cabeza por la ventanilla.

  - ¡Aquí! - me incorporé -. ¿Quieres saludar a Lúa?

 - ¿Qué hay guapa? ¿Lo pasas  bien? - preguntó con aparente tranquilidad, una vez posicionado junto a mi y sonriendo, como solo los hombres son capaces de sonreír a una mujer que no sea la propia. Con esa tierna dulzura, casi babeando, sin poder apartar los ojos desorbitados de los prominentes pechos descubiertos de la rubia que se bronceaba, ajena a nuestras cuitas, en la hamaca contigua a la de Lúa.

  - Sé todo, cuñado. No hace falta que disimules.

 - Lo sabe - certifiqué ante la mirada fulminante de Fonalso -. He tenido que contárselo, ya sabes cómo es.

 - ¿Ya sabes cómo es? ¿Y cómo soy? - preguntó con su característica cara de grulla.

  - ¡Cotilla! -  me atreví  a responder.

  - Las cosas están mal por aquí - terció Fonalso, a tiempo de evitar una pelea a larga distancia.

  - ¿Problemas para conseguir las pilas para los coches?

  - Todavía podemos hacer frente a ese tipo de gastos, pero de no mejorar el tiempo... No sé qué va a ser de la humanidad - me miró sonriendo, como si su semblante tranquilo fuera garantía absoluta de que aguantaríamos y sobreviviríamos pasara lo que pasara.

  Le devolví la sonrisa. Para mi era la mejor garantía.

  - Tenemos que dejarte Lúa. No es conveniente que permanezcamos aquí más tiempo.

 - Si, es lo más sensato. Escúchame bien, Muriel. Tened mucho cuidado. Y tú - increpó a Fonalso -, no la dejes tanto tiempo sola. Andan sueltos muchos desaprensivos, capaces de cualquier cosa por llevarse carne fresca a casa.

  Me estremecí. Se habían dado unos cuantos casos de desapariciones misteriosas en los últimos meses. Cada vez eran más frecuentes.

 - Extremaremos los cuidados, no temas - prometió Fonalso, antes de cortar la conversación.

 Entre los dos cargamos en el maletero el enorme cuerpo del desconocido. Durante el recorrido hasta casa no dijimos palabra alguna. Pensaba en la abuela Carlota y en lo que diría acerca de los acontecimientos vividos en los últimos meses. Me daría ánimos para seguir luchando. No era que Fonalso no lo hiciera. A su manera, estaba pendiente de mí y me protegía. Pero la abuela era un ser especial, no solo porque nos crio a Lúa y a mí desde temprana edad, debido al fallecimiento de nuestros padres, sino porque era una mujer de su tiempo: moderna, futurista, vital y sobre todo, sabia. Tenía soluciones para todo y hubiera dado la salida perfecta sobre qué hacer en este caso concreto. Para la abuela no había lugar para la equivocación. Siempre hacía lo correcto.

  Una vez en casa, lo más difícil fue introducir el cadáver en el ascensor. No nos quedó más remedio que colocarlo atravesado en diagonal. Fonalso se adaptó en cuclillas bajo la cabeza inmóvil, mientras yo me senté sobre la piernas totalmente rígidas. De inmediato pasamos otro calvario para introducirlo en la pequeña cocina. Fue preciso desmontar la puerta, ya que alcanzó gran rigidez. Sudábamos como cerdos. Lo dejamos caer sobre la mesa, aunque las piernas y la cabeza quedaron fuera de la superficie, a ambos lados, como si se tratara de un truco de magia. Sin más dilación, Fonalso se hizo con el machete y comenzó a desmembrar el cuerpo, una vez que quedó desnudo por completo. Entonces tuvimos la absoluta certeza de que se trataba de un hombre sano. Ninguna cicatriz ni rastro de intervención quirúrgica. Guardé el dinero bajo las tablillas del linóleo del salón. Ya no existían las entidades bancarias. Todo el mundo guardaba el dinero en casa. Revisé con detenimiento los documentos del Fulano. Se llamaba Lesmo Corcuera Albéniz, estaba a punto de cumplir 38 años y era natural de Bilbao. En la cartera encontré el permiso de conducir, varias tarjetas de empresas y particulares, el carné de socio del Atlétic y otros papeles sin importancia para mí. No encontré ningún resguardo sobre la implantación de chips. Decidí meterlo todo en  un sobre, incluida la cartera y escribí la dirección para enviarlo por correo. Era lo menos que podíamos hacer por el pobre Lesmo. Una vez de que el cuerpo se transformó en filetes, chuletas, pechugas, muslos y huesos que harían buenos caldos, comenzó mi verdadera labor. Utilicé todos los táper y bolsas destinadas a la congelación de alimentos. Incluso congelé las vísceras, que para salsas resultaban suculentas, las manos y los pies para sopa y las costillas, por si el tiempo mejoraba en algún momento y era posible hacer una barbacoa en el patio trasero. 

  La ardua tarea me dejo exhausta y por primera vez en muchos meses, en cuanto me tendí en la cama, me subyugó Morfeo entre sus brazos pero inmediatamente Fonalso le dio un manotazo y lo desplazó durante un tiempo. Más tarde reapareció Morfeo y pude dormir como un bebé.




  Al día siguiente, desperté descansada y con bastante ánimo. Me sentía llena de energía y para las cinco de la mañana,  a pesar de los siete grados bajo cero que marcaba el termómetro de la cocina, estaba en pie, dispuesta a retomar la escritura del ensayo que tenía entre manos desde hacia casi un año. El día a día me resultada tedioso. Las ideas no llegaban a la mente y la imaginación desertó un lejano amanecer. En principio el tema central del ensayo eran las diferencias entre hombres y mujeres a lo largo de la historia. Me atasqué desde el comienzo e iba renqueante. Si conseguía escribir la mitad de una dina4, me daba por satisfecha, pero la mayoría de los días resultaba impensable llegar a tanto. Éste sería el quinto libro que publicaría, si conseguía dar con la clave y avanzar con rapidez.


  Normalmente escribía de noche, a partir de las veintitrés horas. Fonalso trabajaba desde casa, como casi todo el mundo en los últimos meses. A los hombres, por regla general, no les cuesta conciliar el sueño. Tal vez porque son menos retorcidos que nosotras. Los agudos ronquidos de mi chico me impedían concentrarme. El cerebro se negaba a elaborar alguna idea clara. Casi todas las noches sucedía lo mismo. Como si fuera un ritual maléfico. Unos treinta minutos después de comenzar la serenata de ronquidos, apagaba el portátil y me escondía con sigilo bajo las sábanas frías de la cama. A Fonalso es difícil que le despierte una guerra que se generé en nuestro dormitorio, pero en cuanto mi cuerpo rozaba la almohada e intentaba coger postura, me rodeaba con sus serpentinos brazos y me besaba despacio, muy delicadamente, de abajo hacia arriba, todo mi cuerpo. Algunas noches hubiera dado dinero por no seguirle el rollo. Mi ánimo, rara vez estaba por la labor de permitirme echar una cabezadita, pese a lo agotada que me sentía cada noche pero tampoco estaba para fantasías amatorias. Ahí tenía una diferencia básica entre géneros: Ellos siempre están dispuestos a hacerlo, pase lo que pase en el mundo. A nosotras, nos hacen falta algunos estímulos más, como por ejemplo, que el día nos haya motivado lo suficiente. Mi chico nunca se "atreve" a preguntar, si me apetece o no. Lo da por hecho. Gira mi cuerpo con la destreza de un experto amante y en segundos, con la pericia del mejor gimnasta, se me pone encima. No es que a mí me haga falta mucho preámbulo ni palabras románticas, pero a veces las echo de menos. No sé si les pasara a muchos hombres, pero mi Fonalso es mucho más tierno fuera de la cama que en ella. Lo hacemos. Cada noche, con variación de posturas, eso si. Con poco prólogo, también. Por mi parte de muy buen ánimo, también hay que decirlo. Metidos en harina, nunca me he negado. Según acabamos los dos, él se preocupa mucho de que yo alcance el orgasmo en primer lugar, se da la media vuelta y vuelve a sus ronquidos de rigor.

  - Ya verás que bien duermes luego - dice mi experimentado casanova cada noche antes de empezar.

  Pero no duermo, ni antes ni después.




  - ¿No tienes nada más que presentarme? - interrogó Cloe mirándome fijamente -. Esto es muy poco. No me vale.

  - Lo intento diariamente pero me es difícil. Llevo fatal lo del frío y la nieve - me disculpé.

  - Es difícil para todos - aseguró la editora con voz firme -. Te comprometiste en unas fechas y tienes que cumplirlas.

 Me asaltó la imagen del cuerpo troceado de Lesmo sobre la encimera de la cocina. Cerré los ojos y me recosté sobre el respaldo de la silla del despacho de Cloe.

  - ¿Estás bien? - se interesó y sin esperar respuesta, continuó -: Te veo muy pálida. ¿Quieres un vaso de agua?

  - No es nada. He pasado mala noche - pensé que un vaso de agua no iba a poder aniquilar mi desesperanza pero que tal vez un vermú, sería mi salvación. Nadie te ofrece algo de licor cuando estás en ese trance, entre el desmayo y el soponcio.

  - ¿Comes bien? Si tenéis dificultades para conseguir comida, puedo ayudaros.

- No tenemos problemas para conseguir comida - precisamente tuvo que hablar de comida en este momento -. Tengo el congelador a tope.

 - Muriel - su tono me pareció angustioso y suplicante -, tienes que trabajar con más intensidad. Puedes hacerlo. Sé que puedes.

 - Puedo hacerlo - me ordené, poco convencida.

 - Si tenéis problemas de dinero... No sé... Cualquier cosa que te preocupe... Ya sabes que puedes contar conmigo - ofreció con sincera amabilidad.

  - Todo está bien pero gracias de todas formas.

  - ¿Con Fonalso también?

  - Perfecto - sonreí recordando su pericia en la cama -. Sabes que es el alma de mi vida.

  - ¡Qué cursi eres a veces! - exclamó riendo de buena gana -. Si todo en tu vida está en orden, vuelve a casa, enciérrate en ese pequeño cubil que tenéis y ponte manos a la obra de inmediato. Se nos echan los días encima. No te apremiaría tanto, si tuviéramos más tiempo.

  - Haré lo que pueda - prometí con desgana.

  - Harás lo imposible - me corrigió severa -. En veinte o veinticinco días, todo lo más, el Pen Drive tiene que estar en la imprenta.

  Abandoné el despacho cabizbaja, con las ideas muertas y sin ánimo de poder resucitarlas. Pero en ocasiones, lo divino nos manda un mensaje para que tengamos la certeza de que Dios existe. Al doblar la esquina llegó el siguiente capítulo del libro, en forma de grupo turístico.



  Me aparté del centro y enfilé el camino viejo que conducía a Olarizu. Me topé con un café tranquilo, en el cual no había estado nunca. Solicité en la máquina de cafés, un capuchino y busqué con la mirada una mesa tranquila. Hacía unos veinte años que los bares funcionaban sin camareros. Las máquinas expendedoras se extendían en círculo en los recintos. Las había de cafés, de bebidas no alcohólicas, bebidas con alcohol e incluso de comida. El cliente abonaba la cantidad de dinero requerida y te devolvían el cambio. Al rato llegaba el pedido, que era preparado por la misma máquina. De la misma manera funcionaban las tiendas. Solo había un encargado, por si la máquina presentaba algún fallo, nada más. De esta manera uno podía realizar sus compras a cualquier hora del día o de la noche. 

 Una vez instalada, abrí el portátil, me concentré en el trabajo y comencé a transcribir el diálogo que poco antes había mantenido a la salida de la editorial con los turistas.

  - Perdona... ¿Serías tan amable de indicarnos si estamos lejos del Museo del Traje y el Diseño? - me abordó un grupo de jóvenes.

  - Tenéis que continuar hasta el final de la calle - respondí solícita -,  Mirad al fondo, ¿veis el letrero verde que sobresale? Seguís todo recto, Tenéis que pasar una cafetería muy grande y una librería de varios pisos. Luego torcéis a la derecha...

 - Torcemos a la derecha - repitió el que parecía ser el guía grupal, dirigiéndose a los demás para que pusieran atención.

 - Justo después de doblar la esquina hay un restaurante marciano - fruncí el ceño, intentando recordar cada edificio, paso por allí con mucha frecuencia pero cuesta recordarlo todo con precisión -. Debéis seguir todo recto hasta encontraros con una bifurcación. Tenéis que tomar la izquierda. Hay una gran floristería y el museo está en la acera de enfrente.

 Sonreí con la esperanza de no tener que repetirlo. El grupo aceptó de buen grado la explicación y una vez me lo agradecieron, una voz frenó mi camino.

 - ¿A cuántos metros está el museo? ¿No crees  que puede haber un camino más corto? 

 La voz procedía de un hombre, ¡cómo no! Como respuesta me provocaba darle un sopapo a mano abierta, sin embargo, escruté su rostro ambiguo y respondí:

 - Puede ser pero lo ignoro y no tengo ni idea de cuantos metros nos separan del museo pero siempre puedes consultar la información de Google, esa nunca falla.

  Retomé la escritura con ávida impaciencia.

  Existe una clara diferencia a la hora de expresar distancias, según la explicación dada por hombres o mujeres. Para los hombres es fácil expresarse en metros, sin embargo, las mujeres nos expresamos mejor refiriéndonos a distancias cortas, tomamos muchas más referencias, nos fijamos en otros detalles, quizá más sencillos pero igual de significativos. Creo que pocas mujeres conocemos de verdad, lo que significa una distancia, pongamos por ejemplo, de cien o doscientos metros. Para explicar la teoría, me remonté a la prehistoria. Es fácil suponer, que desde que el Hombre habita la Tierra, hombres y mujeres presentan diferencias en el modo de actuar. Tengo la certeza de que esto se debía a las diferentes obligaciones de unos y otras. Ellos dominan las distancias, porque los primeros pobladores salían lejos a cazar, debían alejarse mucho de las cuevas y volver con grandes piezas para alimentar a la familia. Animales, que como es lógico pensar, no merodeaban cerca de los poblados. Sin embargo ellas, se consagraban por entero al cuidado de la prole y apenas podían alejarse unos pasos de la cueva, lo justo para aprovisionarse de algunos vegetales y frutos para preparar el sustento. Por esta razón, nosotras, tal como nos enseñan estas primeras referencias, nos detenemos más en los detalles.

  Me sorprendí a mi misma. En poco tiempo aumenté considerablemente unos cuantos capítulos más del libro. Una idea abrió camino a otra y otra desencadenó en una tercera y para cuando me quise dar cuenta, tenía alrededor de cincuenta páginas escritas. El tiempo también avanzó. Decidí dejarlo de momento y volver a casa. 



  - ¿No recordabas que había partido? - preguntó Fonalso sin apartar la vista de la pantalla digital que ocupaba toda la pared frontal del salón.

  - Lo olvidé completamente - contesté malhumorada, me daba rabia perderme el partido. Mientras me quitaba el forro polar, los guantes y el gorro, pregunté -: ¿Cómo van?

  - Ganamos 0 - 5 y eso que jugamos con diez por doble amarilla a Soliguren.

  Desde que la nieve no cesaba de caer se modificó el calendario y horario de los partidos de fútbol. Al principio se suspendieron pero pasado el primer mes, volvió a reanudarse el campeonato, con algunas variaciones.

  - Este año volvemos a ser campeones de Liga y de Copa - aseguró Fonalso con el entusiasmo propio de todo forofo que se precie.

  Si viviera la abuela Carlota se sentiría muy orgullosa del Alavés. De ella heredé la afición y el amor incondicional por el equipo. El Alavés había pasado por muchos vericuetos pero llevaba más de ciento veinte años en Primera, por el contrario, el Barça, que durante siglos se mantuvo consolidado en Primera División, hacia más de cincuenta que no conseguía salir de regional.

  ¡¡¡GOOOOOOOOOL!!! - gritamos, saltamos,  aplaudimos y después pataleamos a dúo. Llegó el sexto del Alavés, manteniendo la portería a cero.  El Real Madrid, su adversario esta semana, estaba descompuesto, sin juego, sin iniciativa, sin aspiraciones. No en vano, era el último de la liga con tan solo cuatro puntos. En la repetición del gol, se cortó la retransmisión. Fonalso lanzó un juramento.

  - Sentimos la interrupción de la retransmisión del partido entre el Real Madrid y el Alavés, pero acabamos de recibir un teletipo desde la estación meteorológica de Tokio. Según fuentes oficiales, el temporal de frío y nieve que nos azota desde el mes de noviembre, está cercano a remitir y en pocos jornadas, volveremos a disfrutar de las altas temperaturas, propias de la estación estival en la que nos encontramos. Del mismo modo, el sol dejará de brillar en Groenlandia y los polos, donde habrá un descenso brusco de las temperaturas. Sin duda es la noticia más esperanzadora y positiva de todo el año. Perdonen las molestias y vuelvan a disfrutar del encuentro. Buenos días - el presentador más guaperas de la cadena MTF nos obsequió con una seductora sonrisa, antes de devolver la retransmisión al estadio madridista.

  - ¡Magnífico! - intenté abrazarme a Fonalso, que se deshizo de mi como quien ahuyenta a un molesto moscardón.

  - ¡Mierda! ¡Ha marcado el Real Madrid de una falta y no nos hemos enterado! - exclamó iracundo Fonalso -. Voy a rebobinar para ver el gol. 

 Desde hacia alrededor de setenta años, cada espectador podía rebobinar, parar o incluso meterse en el programa y interactuar, todo ello sin moverse del sofá.

  - No puede ser posible lo que estoy oyendo. ¿Eres consciente de lo que haces? - exclamé enfurecida sin dejar de mirarle.

  - ¿Qué hago? - preguntó a regañadientes sin apartar la vista de la pantalla.

  - Acaban de dar una noticia que nos devolverá la vida normal y tú solo te preocupas de que el Madrid ha marcado un gol. ¡Un mísero gol!

  - ¡Eso es fuera de juego! ¿En qué estará pensando el carachorra del árbitro?

  - ¿Te estás escuchando? - no daba crédito a sus palabras.

 - ¿No puedes esperar un poco? ¡Mira! Siempre intentan favorecer al Madrid. ¡Ya ves! No ha pitado la falta y han marcado en fuera de juego... Ha añadido cinco minutos. ¿Qué son cinco minutos de silencio? Luego hablas lo que quieras.

  Lo dejé repanchingado en el sofá y me refugié en el sancta sanctorum de toda mujer, por mil años que pasen: la cocina. Encendí un cigarrillo. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas.

  - ¿Qué te pasa ahora? ¿No te quedas a ver el final?

  De tener el valor suficiente, le hubiera estrangulado.

  - Ha sido un partido genial - terció una vez en la cocina, mientras ponía la mesa.

  - ¿Otra vez estás con la regla? - hasta el postre no se atrevió a lanzar la pregunta a la que recurre todo macho alfa que se precie, ante el silencio sepulcral de cualquier fémina en casos semejantes. Ante mi mutismo, ya en el café, se atrevió a lanzar -: ¿Qué tal en la editorial? 

  Estuvieron a punto de atragantárseme las chuletas asadas  de Lesmo que nos habíamos comido casi como cartujos, en completo silencio. Le lancé una mirada asesina, que tardó en comprender, ya que todavía volvió a la carga:

  - ¿Se puede saber que coño te pasa?

  - Qué eres el mayor gilipollas que se ha cruzado en mi camino. ¡Eso me pasa!

  - ¡Vaya! ¡Ya estás mosqueada! Pero... ¿Qué he hecho? - se mostró incrédulo, como si fuera un mártir maltratado.

  - Qué te has retirado cuando te he querido besar.

 - ¿Qué me he retirado? - me observó con los ojos muy abiertos, expectante, como si fuera una desquiciada -. Jamás hago esas cosas cuando te acercas a mí.

 - Hoy lo has hecho.

 - ¿Cuándo? - extendió los brazos, ofendido.

 - Después de la gran noticia, que dicho sea de paso, te ha dejado frío.

 - Bueno, chica, es que faltaba poco para acabar el partido y encima nos hemos perdido el gol del Madrid, que no ha sido nada claro. De un penalti que solo ha visto el hijo puta del árbitro.

 - ¡Ni qué hubiera sido el gol del empate! 

 - ¿Ahora eres del Madrid, que tanto le defiendes? - frunció los labios.

  - Y otra cosa, ¿hace falta acordarse tanto de la madre de ese señor?

 - ¡Oye, guapa! ¡No me toques los cojones! Que la primero que te pones como un basilisco en Mendizorroza contra los árbitros eres tú. Y encima, dice "ese señor", ¿desde cuando el árbitro es un "señor"? Qué tú eres la primera que los pones a parir y de repente es "ese señor". ¡Hay que joderse!

  No tuve más remedio que morderme la lengua. No le faltaba razón.

  - Dame ahora ese beso - sugirió dando por zanjada la discusión.

  - Ya no viene a cuento - me mostré resentida.

  - ¡Cómo no va a venir a cuento! Un beso nunca está de más.

  - ¡Tú lo has dicho! ¡Nunca está de más! Pero antes ha estado porque era más importante el partido que mis sentimientos.

  - Mira que eres dramática, además de rencorosa - sonrió divertido, se cruzó de brazos y se apoyó en la encimera de la cocina. Ladeó un poco la cabeza y a continuación, se concentró buscando algo en el relojteleminimóvil.

  Nunca se lo confesaría, pero esa postura de chulito, me volvía loca. Me contuve y continué mostrándome enfadada.

  - Es la noticia más esperada desde hace meses.

  - ¡Y dale leña al mono! ¡Qué si, chica! Pero podían haber esperado hasta el final del partido, que no quedaba tanto, digo yo - se movió rápido y me rodeó con los  brazos fuertes -. Anda, tonta, dame ese besito rico.

  - Ahora no me apetece - insistí.

  - Mira que sois rencorosas las mujeres - añadió con paciencia.

  - Y vosotros unos brutos.

  - Y nosotros unos brutos - repitió alzando los brazos y la mirada al techo -. ¿Me das un  beso o no?





    Tal como anunciaron, las temperaturas aumentaron paulatinamente en los días sucesivos. La  nieve dio paso a un ligero sirimiri que se prolongó durante un mes. En algunas ciudades, las inundaciones hicieron tantos estragos como anteriormente lo hicieron la nieve y el hielo. Poco a poco, la vida retornó a la cotidianidad. A Lúa no le quedó más remedio que suspender sus vacaciones de un día para otro. Volvió a mediados de julio con un fuerte constipado, que le mantuvo en cama varios días. Según dijo, se acostó una noche con 24 grados y a la mañana siguiente, amaneció con 29º bajo cero. Pese a los daños colaterales, regresó radiante de felicidad, debido a que por enésima vez ligó. Lúa siempre liga. Es algo que no me explicó pues es más bien feúcha, más bajita y llenita que yo. Fonalso asegura (y creo que es la opinión de muchos hombres), que no se trata del físico, sino que es algo metafísico. Según mi chico, es un conjunto de cosas: una mezcla de niña aparentemente buena, con carita de "yo no fui" y frívola bruja; algo entre tierna ursulina y golfa, en el buen sentido de la palabra, claro está. Lo intermedio entre la risa fácil y las lágrimas en su momento, la carcajada oportuna y el brillo perverso en la mirada, las palabras adecuadas y precisas, ese no morderse la lengua nunca y soltar lo primero que le venga a la mente. En definitiva, ese andar por la vida con desaire, con el orgullo de ser mujer y sobre todo con ese maravilloso don de gentes, que le hace tener amigos en todas partes.

  - No te lo vas a creer, Muriel. ¡He conocido a mi media naranja! - confesó entre estornudos.

  Sonreí. Lúa llevaba toda la vida conociendo a su media naranja, desde Alim, en párvulos hasta ahora. Incontables amores. Con demasiada frecuencia, la dulce naranja terminaba convirtiéndose en amargo limón. 

  - Como te lo cuento - prosiguió con la mirada rebosante de amor -, el primero apareció una noche en una fiesta en la playa. Chica, es un nene de lo más mono. ¡Todo ternura y corazón! Un poco joven, eso si. Pero es tan dulce.

  - ¿Cuántos años?

  - Veinte - rió con malicia.

  - ¡Lúa! Casi es infanticio.

  - Pero que antigua eres, hermana. Es mayor de edad y un tigre en la cama.

  - Ahórrate los detalles - ordené con rabia. No se trataba de envidia, Fonalso era un fiera, pero todos los amantes de Lúa empezaban siendo héroes en la cama y terminaban siendo maltratadores potenciales -. Te durará poco, es demasiado niño.

  - ¡Muriel! ¡Tú siempre dando ánimos! Si no fuera porque eres mi hermana y sé que eres más buena que el pan de pueblo, pensaría que te corroe la envidia.

  - Háblame del otro - invité sabiendo que no podría enturbiarle el momento.

  - Sagunto es otra cosa, te gustaría.

  - ¿Le conoceré?

  - Es poco probable. Es perro viejo y no creo que se deje cazar. Se trata de un solterón empedernido, forrado de euros hasta los cataplines. 

  - ¿Tan viejo es? - pregunté temiéndome lo peor.

 - Los setenta no cumple...

 - ¡Madre mía! ¡Tú no tienes término medio! ¿Éste también da la la talla? 

  - La da, la da. ¡Y no sabes de qué manera!

  - Eso es viagra, guapa. Déjalo que cualquier día, en plena faena, le da un jamacuco y se queda seco.

  - Pues mira, ¡muerte más feliz...!

  - ¿Te quedas a cenar?

 - No. De momento no me seduce la idea de catar a vuestro benefactor. No he traído coche y hasta casa tengo que hacer cuatro trasbordos de tranvía.

  - ¡Tú te lo pierdes, cuñada! Nuestro hombre congelado está de toma pan y moja - aseguró Fonalso, mientras yo hacia un mutis.

  - ¡Es broma, tonta! - se apresuró a aclarar Lúa -. El domingo vengo a comer y os cuento si alguno de mis ligues me ha llamado.

  Se marchó algo antes de las ocho, acompañada de su carismática frivolidad y los continuos estornudos. Vivía al final de la calle Uralanda, en lo que años atrás fue el pueblo de Landa. Desde hace algo más de un siglo, era el barrio más próspero de Vitoria.

 Unos minutos después de marcharse Lúa, escuché que Fonalso trasteaba en la cocina. Dirigí los pasos hacia allí. Para mi sorpresa, había despejado completamente la mesa, casi con esmero. Nada qué ver con la famosa escena de aquella antiquísima película, "El cartero siempre llama dos veces", que no sé porqué me vino a la mente.

  - ¿Y esto? - pregunté sorprendida.

 - Tu hermana y tú me habéis puesto cachondo - tenía un  brillo feroz en la mirada.

  Me lancé hacia él, buscando sus labios carnosos y jugosos.




 - De aquí a tres o cuatro meses estarás firmando ejemplares por todo el país. Será un éxito - vaticinó Cloe tras leer el contenido del Pen Drive del ensayo.

 - He llegado a la misma conclusión - sugerí entusiasmada -. Me costó un poco arrancar, pero luego fue todo rodado. A Lúa le ha encantado y aunque Fonalso, asegura que los hombres aparecen retratados como hace siglos, me ha felicitado.

  - ¡Pobrecitos! - exclamó sin piedad.





  Me despierto mareada, confusa. Con la extraña sensación de no haber dormido lo suficiente. Tengo frío. Son las 8:30. Alfonso se ha marchado ya. La casa rezuma silencio pero del patio llegan las voces de las vecindonas. Salto de la cama. Me observo en el espejo del baño. Me hago un mohín de desagrado. ¡Tengo ojeras! ¡Precisamente hoy! En dos horas tengo que estar firmando ejemplares de mi libro en el Bulevar. Menos mal que previamente paso por maquillaje y obran milagros. Vuelvo a la habitación. Levantó la persiana. El sol me obliga a entrecerrar los ojos. Abro la ventana de par en par. El día se augura precioso. El termómetro marca 17º. ¡Lástima que tenga que pasar el día firmando libros! Mañana bajan considerablemente las temperaturas y se prevén lluvias. En Vitoria pasan estas cosas. El libro ha sido un éxito rotundo y las críticas formidables. Con el anterior fue diferente. Según Alfonso, fue un éxito de ventas por las malas críticas recibidas. Afirma que tener críticas es como tener culo, que todo el mundo tiene uno, más o menos bueno. Las críticas nos ayudan porque lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien.

  En la ducha se me agolpan algunos recuerdos sobre lo soñado la noche pasada. Durante el desayuno, lo voy hilvanando todo. ¡Dios! ¡Qué barbaridad! Muriel, ahí tienes el argumento para el próximo libro, me digo a mi misma. Me apresuro a coger algunas notas, según me vienen las ideas desordenadas. 

 Estamos a 4 de julio de 2010. Este invierno ha nevado bastante, pero no para asustarnos. Por descontado que no nos zampamos a seres humanos encontrados en la calle. ¡Qué repelús! Solo de pensarlo, me dan escalofríos. Incluso algunos nombres de personas, aparecen en el sueño como un galimatías. ¡Fonalso! ¡Qué curioso! Mi pareja es Alfonso. No conozco a ningún Lesmo. Cloe y Lúa son reales. La abuela Carlota, murió el año pasado a punto de cumplir los cien, en plena forma y con la memoria intacta, eso si. Soy Muriel, tengo nombre de vino de Rioja Alavesa pero no remoto en el tiempo. Por descontado, Lúa jamás a pisado la Luna y mucho menos Groenlandia. Acaba de llegar de Mallorca, donde ha pasado dos semanas. Las vacaciones duran lo que han durado siempre, dependiendo de los calendarios y las profesiones. ¡Qué más quisiéramos que poder vaguear durante meses en playas paradisiacas! Los coches siguen funcionando con gasolina, aunque lo de las pilas merece más de un estudio detallado. La cadena de televisión MTF no existe todavía, aunque todo se andará. De momento, uno no puede pasar hacia adelante ni hacia atrás los programas de la tele ni meterse en el interior, a su antojo. Tampoco disfrutamos del Museo del Traje y el Diseño, aunque no sería mala idea. Landa sigue siendo un pueblecito precioso y medianamente alejado o cercano a Vitoria, según se mire y la calle de Uralanda es posible que no se construya nunca en ese enclave concreto. Para fortuna y regocijo de muchos el Barça sigue triunfando en primera división y para nuestra desgracia, el Glorioso continua cubierto de fango en segunda B. Confío en que salgan del pozo antes de 2142... Daremos tiempo para que algunas de estas cosas se cumplan y rogaremos a los dioses para que jamás lleguen las nieves perpetuas a estas latitudes...






  

  

domingo, 20 de junio de 2021

PURA CASUALIDAD

     Eneko consultó una vez más el reloj. Marcaba las 17:55. Ocupó una mesa al fondo del bar de la estación de RENFE. Disponía de aproximadamente una hora. Cuando llegase Gorka, tomarían unas copas para celebrarlo y desaparecerían durante varios meses. Desde su posición, interpeló al camarero para que le sirviera una caña. Golpeó la mesa con la palma de la mano, repetidas veces. Una vez que la bebida fue servida, se acercó a la máquina de tabaco. La golpeó repetidas veces con  violencia. El camarero le recriminó la acción y varias personas le dirigieron miradas airadas.

  - La puta máquina se ha tragado mi dinero - vociferó dirigiéndose al encargado de la barra.

  Éste abandonó momentáneamente su puesto y diligente, abrió la máquina, sacó un paquete de Lucky y le devolvió el cambio al muchacho. Eneko, más calmado, solicitó una baraja de cartas y comenzó a hacer solitarios.

  - Has puesto el siete de copas debajo del caballo y falta la sota - le advirtió una meliflua voz a su espalda.

  Se giró. Se trataba de un pequeño sabelotodo de unos seis o siete años.

  - Tienes razón chaval. Estoy un poco nervioso y no consigo concentrarme.

  - ¿Por eso miras todo el rato al reloj?

  - Espero a un amigo.

  - ¿A qué hora viene tu amigo? - se interesó una cría más pequeña.

  - Es mi hermana - anunció el sabelotodo con una nota de orgullo.

  - ¿Tu amigo es tardón? - curioseó la chiquilla.

  - No, no es tardón.

  - ¿Cómo te  llamas? - interrogó la niña -. Yo soy Carla y mi hermano se llama Martín.

  Eneko no contestó.

  - ¿Te ha comido la lengua el gato? - a la nena le hizo gracia su pregunta y se carcajeó. Su hermano le imitó.

  - Carla tiene razón. Te ha comido la lengua el gato - se burló Sabelotodo ante el regocijo de Carla, que palmoteó con entusiasmo.

  A Eneko nunca le gustaron demasiado los niños y la conversación se le empezó a hacer pesada.

  - No mires tanto al reloj, me pones nervioso - ordenó  repentinamente serio Sabelotodo -. Has vuelto a meter la pata. No puedes poner cartas del mismo palo en la misma fila. Yo sé hacer ese juego mejor que tú. Me lo enseñó mi abuelo.

  - No molestéis - se escuchó   una voz salvadora desde alguna mesa cercana. Los niños se resistían y continuaron junto a Eneko, mirándole fijamente.

 - Si no os vais de aquí ahora mismo os encerraré en el cuarto de las ratas y tiraré la llave - señaló una puerta al fondo del local en cuyo cartel se podía leer "privado". Ensayó una sonrisa pero lo único que fue capaz de ofrecerles fue una mueca terrorífica -. Todos los días me como algún niño crudo.

  Los chavales se alejaron y él volvió al solitario. La llantina de la nena le llegó de inmediato. Apuró la caña y salió al exterior, ante la atenta mirada de la madre, cargada de rencor.

  Las 18:10. Trató de encender un cigarrillo sin conseguirlo. Le temblaba el pulso. Una mano amiga le ofreció la llama de un encendedor.

  - Fumar no es bueno, chaval.

  - Déjeme en paz y métase sus putos comentarios por donde le quepan - increpó al desconocido.

  - Llevo rato observándote. Has estado recorriendo la calle de arriba hacia abajo, consultando el reloj a cada poco. Estás muy nervioso - añadió sin prestar atención a la respuesta del muchacho -. En poco más de treinta minutos has consumido siete cigarrillos.

  - ¿A usted que le importa?

  - Estaba sentado en esta mesa - señaló la primera junto a la ventana -. También te he observado en el interior del bar. Estás demasiado nervioso para cosa buena.

  - Pues siga sentado, abuelo. Lea el periódico o haga lo que le salga de la polla pero déjeme en paz - rugió Eneko. Le exasperaba la tranquilidad del anciano.

  - Ya no hay respeto por nada - terció otro peatón - ¡Menuda boca gastan los jóvenes de hoy en día!

  18:30 y Gorka sin dar señales de vida. Se alejó de los ancianos, que se olvidaron de él y entablaron conversación sobre el tiempo. Encendió otro cigarrillo. Cruzó de acera. Alguien le rozó el hombro. Dio media vuelta con tal ímpetu, que el camarero estuvo a punto de perder el equilibrio y ser derribado.

  - Perdone, pero no me ha pagado la caña.

 - Lo siento - farfulló, mientras que con mano temblorosa rebuscó en los bolsillos. Le tendió diez euros -. Quédese con el cambio.

  - ¡Muchas gracias, majo! - respondió el barman eufórico.

  Anduvo una manzana y dobló la esquina. El coche continuaba estacionado en el lugar que lo había dejado pero tenía un papel sujeto en el parabrisas. Aceleró el paso.

 - ¡Me cago en la puta! - masculló, percatándose de que había aparcado en un vado. Hizo una pelotita con la multa y la arrojó con fuerza a la papelera más cercana, con tan mala suerte que le atizó en el ojo a una señora. El acompañante le sermoneó y le llamó maleducado. Eneko respondió con un gesto obsceno. En realidad no debía cabrearse por la sanción de un coche robado y acto seguido olvidó el incidente.

 A las 18:45 no tenía noticias de Gorka. Ni siquiera había contestado a las dos llamadas que le hizo. Se autoconvenció de que esta vez le respondería. Pero el teléfono estuvo sonando hasta que se cortó. Encendió otro cigarrillo. Dio la vuelta a la manzana con paso rápido, sin reparar en nada. A las 18:55 volvió al bar de la estación. Se asomó pero no había ni rastro de Gorka. Reconoció al vejestorio que se inmiscuyó en sus asuntos y que le ahora le dedicaba una sonrisa plácida. Según lo previsto entró en la estación. Rebuscó el billete en los bolsillos y subió al tren cuando estaba a punto de arrancar.

  - ¡Cállate, maldita bruja! - tronó a alguien, que le interrumpió el paso en el centro del pasillo y que le golpeó en la rodilla con la maleta - ¿vas de carnaval? 

  Encontró el asiento y se recostó. Cerró los ojos con la esperanza de que el viaje le relajara. Trató de no pensar en nada. Se palpó el bolsillo donde llevaba las joyas y los cuatrocientos euros que había sacado del último piso desvalijado. ¿Qué había fallado? ¿Dónde coño estaba Gorka? Por lo menos podía escapar. Ya ajustaría cuentas más tarde con su socio. Tarde o temprano daría señales de vida. El sonido de whatsapp le sobresaltó. Las 19:10. Mientras leía un incipiente dolor punzante se le asentó en la cabeza. "Todo se ha ido al carajo. La vieja muy puta. Nos vemos  en Burgos". Respiró más calmado, cerró los ojos y se durmió.

-------------------------------

  La policía no tuvo dificultades para detener al ladrón. La octogenaria a la que pretendía robar no resultó tan frágil como aparentaba y se deshizo fácilmente del supuesto empleado del gas, que le pareció sospechoso desde que se presentó sin previo aviso. Salió al jardín y telefoneó a la compañía, así supo que no habían enviado a nadie para revisar la instalación. El joven huyó a los pocos minutos con una fea herida en la cabeza, de la que manaba abundante sangre.  La frágil anciana le propinó un fuerte golpe con una pesada sartén, que le abrió una brecha de varios centímetros en un costado de la cabeza, cuando le pilló fisgoneando en los armarios. A continuación se puso en contacto con la ertzaina, dio una descripción detallada del joven.  Gorka fue detenido en las inmediaciones de la estación de RENFE. Los agentes no tuvieron más que seguir el rastro de sangre.

  Al principio se mantuvo firme, asegurando que no tenía ningún cómplice, pero cuando las fuerzas flaquearon y la pérdida de sangre, le nubló el entendimiento y la vista, terminó confesándolo todo. Era su primer robo. Tan solo tenía diecisiete años.

  Eneko fue detenido al apearse en la estación de Burgos, gracias a un buen número de testigos que declararon haberse topado con un joven maleducado y nervioso que les hizo levantar sospechas.

  - Me dejó una cuantiosa propina - señaló un camarero.

  - Asustó a mis hijos, ya sabe como son los niños, a veces incordian un poco, pero son criaturas inocentes y sin malicia - aseguró una abnegada madre.

  - Nos asustó mucho, dijo que nos encerraría en el cuarto de las ratas y que comía niños crudos. Yo no me asusté porque soy un chico grande pero mi hermana se lo creyó todo - declaró un ufano Martín.

  - Me robaron el coche en la avenida del Zadorra.

  - Golpeó con violencia la máquina de tabaco y fumaba como un poseso - terció un anciano que se pasaba las horas muertas en el bar de RENFE, observando a cuantos merodeaban por allí.   

  Al conocer la noticia, una señora se personó en la comisaría con el ojo bastante enrojecido, debido al impacto sufrido por una bolita de papel, lanzada con fuerza por el sujeto. Muchos viandantes declararon haberse topado con un joven que les agredió a su paso, propinando embestidas y mamporros. El tipo marchaba ensimismado mirando el móvil sin parar.

  - Tropecé sin querer en el pasillo del vagón. Se burló del hábito - alegó una monja de clausura -. A pesar de la mala educación que demostró el muchacho, le pedí perdón y comprendiendo que era un pobre diablillo, le ofrecí una estampita de San Judas Tadeo, pero se deshizo de ella rompiéndola en mil pedazos - la hermana se santiguó.

  Sin llegar a comprender la razón exacta de que fuera detenido, Eneko se encontró dando cuenta de sus fechorías y del golpe frustrado de su compinche. Él fue el cerebro, era el mayor, contaba ya veinte años y llevaba tiempo delinquiendo.

  Confesó tener tantas ideas que no daba a basto para perpetrar todos los atracos que pretendía. Por ello sintió la necesidad de asociarse con alguien que le inspirase confianza. Aunque Gorka le pareció demasiado joven e inexperto, éste le aseguró ser un lince engañando a señoras de avanzada edad. Su aspecto aniñado les daba confianza. Las personas mayores son ingenuas por naturaleza. Le franquean la puerta a cualquier desconocido. Por eso le confió un trabajo tan importante.

 Por el mismo sistema, Eneko, desvalijó catorce pisos a lo largo del verano. No comprendía cómo el plan falló cuando mejor dominaba la situación.

  - Trata de no llamar la atención - le aconsejó  Eneko al socio -. Siempre lo hago y hasta ahora me ha ido de de puta madre. Si te pillan, será pura casualidad.

  

  

lunes, 10 de mayo de 2021

MAIUS

  Eres un rato breve en el calendario con sabor a madre,

me hueles a inocencia blanca, a pureza infantil.

  Histórico y fusilero, francés, revolucionario y estudiantil,

trabajador incansable, reivindicativo, orgulloso y fiestero.

  Trasgresor indomable, poeta y poesía,

rumor de viento, goteas mil fragancias de color y frescura.

  Posees las huellas romanas de la diosa Maya, la de la floración, 

las aguas inoportunas turban tus días, mientras la luz se recoge tardía.

  Eres masculino, vigoroso, fuerte, soleado y caluroso, amigo de rebecas al atardecer.

  Quinto en el orden, jamás hubo un quinto malo.

  Tus ojos esmeralda, se escudan en tempranos lirios,

rozas los sueños vulnerables de pasiones recién paridas.

  Transitas entre poemas y te engalanas verso a verso,

eres la mágica magia del regusto del preludio veraniego

y en ti mismo encierras, entre soberbias luces, 

la esencia de tu nombre: ¡MAYO!


miércoles, 14 de abril de 2021

ULTRAMARINOS...

 Regresa el recuerdo archivado en cajas como el latido impetuoso y desbordante que me abrasa...

  Cierro la bolsa del dolor, desdeñando el impulso de acibaradas lágrimas de incomprensión...

   Amortajo el tonel infame del insolente trance que me despojó del bullicio alborozado...

  Sentencio al vasto desamparo que clausura la energía en sacos de abigarradas emociones... 

  Retorna la frescura de la tarde abrigando delirios en cuartillos de lánguidas lozanías...
 
 A tu penúltimo anochecer de abril le susurro con una lata de nostalgia...
 
  A la esperanza de un resultado óptimo, le agrego una pizca de ilusión...

 A la inesperada partida, cuarto y mitad de inquietud devanada en tardes de rezumada primavera...

 Al cortejo de un adiós, dos o tres gramos de zozobra dinamitada...

 A la premura de una lágrima, un kilo de saciante remembranza...
  
  A la tarde empobrecida, cien gramos de desvelos inquietantes...

  A la premura de una añoranza exhumada, una loncha de tus mejores sonrisas...

 A la ensoñación de un momento, kilo y medio de tu bondadosa trayectoria...

 A la ingrata e infame despedida, un gramo de poderoso desasosiego...

  A la mansedumbre de tus pasos, un bidón de evocaciones Gran Reserva...
  
  Al adiós indecoroso, una garrafa de impunidad latente y estremecimiento...
  
  A la memoria de tu tiempo un sorbo de fragancia a fruta fresca y un caminata por aquel vetusto ultramarinos...
  
   

viernes, 12 de marzo de 2021

SOMOS FANTASMAS

  

  Me agazapé al amparo de una de las dos columnas que flanqueaban la plaza de aparcamiento en la segunda planta del parking de Artium. Perdí el rastro de Sonia y no me atrevía a mandarle un mensaje por temor a que nuestros perseguidores supieran nuestras ubicaciones...

 Esta historia que ahora rememoró,  aconteció hace quince años. Entonces era un chaval extraño, bueno, todavía soy un poco raro. Antes de narrar los acontecimientos que en 2006 nos llevaron a la situación caótica y peligrosa que Sonia y yo sufrimos, creo oportuno empezar la aventura desde el principio...

 Mi nombre es Daniel Betoño, "Betoñín" me apodaban porque a mis dieciséis años era canijo y delgaducho, "poca cosa" y desgalichado, decía mi amatxo.  No era  un adolescente al  uso. Estaba en contra de todo y de todos. Por sistema me caía mal todo el mundo, sobre todo los viejos de treinta y cinco años en adelante, entre otras cosas porque esa era la edad de mis padres, que me apedreaban constantemente con que debía estudiar para labrarme un porvenir, que si no hincaba codos no me quedaría más remedio que apechugar con un trabajo mal remunerado, que no se podía estar a la sopa boba, que sin estudios no iba a ser nada en la vida, que el sueldo, sin una titulación no me daría para mantener a la familia... y un porrón de historias más. ¿De dónde sacaban que quisiera formar una familia? ¿Por qué debía estudiar si no me apetecía lo más mínimo memorizar un montón de cosas inútiles que no me servirían para nada en la vida? ¿Por qué debía trabajar si no me gustaba madrugar? Encontraba placer merodeando de aquí para allá, siempre observando, espiando. Me sentía orgulloso de mí mismo y de mi trayectoria, ya que con tan solo quince años fundé mi propia empresa. Cierto era que de ella, no tenía conocimiento nadie en el mundo, porque tampoco se  caracterizaba por ser una empresa como tal y porque en ella no había hasta la fecha más empleado, jefe o gerente que yo mismo. En aquel momento, no me generaba ingresos muy altos pero estaba convencido de que con los años, llegaría a lo más alto y me convertiría en un afamado experto dentro de los de mi gremio. Con el fin de aprender todo lo concerniente al "oficio",  empecé desde el escalafón más bajo. De momento, no pasaba de ser un ratero, muy profesional, eso sí pero no cabía duda de que con el tiempo llegaría a ser un ladrón de élite. Trabajo para el que consideré necesitar horas de estudio y sobre todo de práctica. Podía pasarme  días enteros sin hablar con nadie. Tampoco sentía demasiada simpatía por los chicos de mi edad y menos interés me despertaban las chicas. Mi máxima era la de trabajar como Juan Palomo.

  Mi aventura arranca al fundar la "empresa", cuando...

 Tenía un hobby raro, una práctica un tanto irregular que  ejercitaba cuando todavía asistía a la ikastola. Esto me insuflaba grandes dosis de adrenalina. Estaba convencido de ser pionero.  A muchos de mi clase les gustaba robar pequeños objetos o pequeñas cantidades de dinero y estaban convencidos de que lo hacían casi todos los adolescentes en algún momento de sus vidas, sin que por ello acabasen ejerciendo de mangantes. Pero lo mío fue diferente, porque aspiraba a convertirme en ladrón en serie; es decir, plantearme un robo tras otro y vivir de ello.

...................

  Empecé con esto casi por casualidad. En una ocasión, mi madre me dejó en el aparcamiento del Corte Inglés con todas las  bolsas porque se dio cuenta de que había olvidado algo importante. Lo que más me gustaba desde que fui muy pequeño, era observar a las personas, sus movimientos, su comportamiento en general. La gente no procedía de igual manera en un garaje que en la calle. En aquellos escasos quince minutos que tardó en volver, me fijé en que alrededor de una veintena de personas no cerraban los coches con llave y me pareció muy significativo. A partir de entonces me colaba en los garajes particulares o en los aparcamientos públicos. Con naturalidad me escondía entre los coches estacionados. Me amparaba en la escasa luz y  probaba uno a uno los utilitarios que estaban abiertos. Jamás forcé cerraduras, no rompí cristales ni causé desperfectos. Revisaba en la guantera, si encontraba carteras, no tocaba el dinero pero anotaba los datos del DNI del fulano o los fotografiaba con el móvil con la intención de ir confeccionando un archivo. Como botín me llevaba la funda de unas gafas, algunos condones, aunque todavía no los usaba, paquetes de clínex, destornilladores, guantes, peines, fotografías, naipes, bolígrafos, algún mechero, cigarrillos... en fin, cualquier baratija que encontrase. ¿Se le podía llamar robar a esa tontería que hacía, más por pasar el tiempo que por otra cosa? El tema es que empecé por dedicar un día a la semana a estas prácticas. La tarde de los miércoles principalmente porque no había clase en la ikastola, en segundo lugar porque era muy ritualista y de ideas fijas y, en contra de lo que pensaban mis padres, me gustaba el orden en todo momento. No existían otras razones para que fuera siempre el mismo día de la semana. Poco a poco me fui inflando de curiosidad y a la vez que aumentaba el fichero de datos, crecía de igual modo, la recaudación. Un solo día me supo a poco y así amplié a dos y en seguida a tres días. Fue el 2006, cuando mi pasión dejó de ser un hobby y me lo planteé como un trabajo serio y aunque no lo crean, honrado. En aquella época eran cuatro días los que dedicaba a los aparcamientos. Lo de dejar los estudios no fue una decisión tomada a lo loco, como supusieron mis padres, sino que fue algo muy meditado. Llegué a pensar que me faltaría tiempo para la empresa y de pronto lo vi claro: Había llegado el momento de decidir. Una opción era seguir en la Ikastola, que poco me aportaba y otra,  avanzar y reafirmarme, en licenciarme y sacar el mayor provecho de mis "estudios" con el fin de que la empresa fuera tomando forma. Ese mismo día me acompañó la suerte. El primer coche que encontré abierto, me ofreció la oportunidad de un suculento regalo, un avance inverosímil y a la vez subyugante. Hallé una brillante, ligera y preciosa pistola. Fue en mi aparcamiento preferido, el de Artium. Aunque me pillaba un poco a desmano, por allí no me conocía nadie y me desplazaba en bici o monopatín. ¿Qué clase de persona deja el coche abierto con una pistola cargada en la guantera? Aún hoy, me cuesta entenderlo. Es el arma que utilizo actualmente. No es mi costumbre amenazar y no la he usado jamás, pero la llevo siempre conmigo. Es mi talismán.

  Por aquel entonces ya me había percatado que en la plaza correspondiente a un Lancia bastante abollado, posiblemente de segunda mano y de color azul oscuro, los viernes estacionaba un Citröen Xsara de color negro, brillante y algunos días merodeaba una Suzuki Burgman 400 nada despreciable, que quitaba el hipo y personalmente me inducía a pasarme las noches en blanco. Tal vez cuando ganase lo suficiente, podría comprarme una de ésas. Pasaron algunos días hasta percatarme de que el hecho tenía algún significado oculto. Pensé que se trataba de un padre de familia con dos hijos, o en el coche de la esposa  y una sola plaza de garaje. Enseguida comprendí que sucedía algo raro y mi intuición me invitó a presagiar que había encontrado un filón. En el poco tiempo que el Lancia permanecía en el parking durante las horas del mediodía, siempre abierto, extraje apenas cuatro baratijas, fruslerías de poca importancia. Se trataba de un utilitario viejo, mal cuidado y cuyo dueño parecía bastante desordenado. Cogí los datos del tipo y me apropié de un paquete de Ducados, bastante arrugado que contenía tres cigarrillos trochos como porros.

  Dos días después lo seguí hasta su domicilio. Algo no cuadraba. El tipo era demasiado joven para tener un hijo con carné de conducir. Indagué sobre el asunto como si tuviera en mi poder el diploma de investigador privado y tras algunas pesquisas en poco menos de una semana, conseguí saber que la esposa de Antonio, el del Lancia, tenía un amante que de momento llamaré Citröen. Otros datos se añadieron a la ficha del cornudo esposo, como que trabajaba en horario partido en la oficina de una empresa de  iluminación de Jundiz. Paraba poco tiempo en casa y a las tardes, una vez de dejar el coche, se daba una vuelta y se tomaba tres o cuatro cervezas con la cuadrilla. Su esposa pasaba muchas horas sola. No me meto en si resultaba lógico o no que la mujer buscase compañía, pero la historia era que conoció a otro hombre y éste la visitaba con bastante frecuencia, siempre en ausencia del marido.  A los  dieciséis años no era experto en ciertas cosas de la vida. Me faltaba experiencia, ahora lo reconozco. Tardé un tiempo en comprender que en casa de Lancia, se cocía algo raro en sus prolongadas ausencias. Para mi sorpresa, el del Citröen  impecable, lo dejaba siempre cerrado y no me quedó más remedio que "apuntarme" a un cursillo rápido para abrir cerraduras limpiamente. Descerrajar ya sabía, claro ¿Quién no lo sabe? Así que me vi obligado a renunciar a uno de los requisitos, que creía inviolables de mi pionera empresa. No me quedó más alternativa que tomar un socio, bueno, socia en este caso. Ya he dicho anteriormente, que uno de mis lemas era no causar destrozos en los vehículos.

  Albergaba la idea de conseguir la ayuda concreta de alguien, experto en el manejo de cerraduras, que me enseñase los conocimientos necesarios y que después se volatilizará y se olvidara de mí. Reconozco que pecaba de ingenuidad. Merodeando en un círculo bastante amplio y preguntando a antiguos compañeros de ikastola, di con la persona adecuada. Sonia venía altamente recomendada y estaba muy bien considerada entre los pillastres de varios barrios vitorianos. Quedamos en encontrarnos en la Florida, junto al quiosco de música. Sonia llegó puntual. En un principio me desilusionó. Esperaba a una chica con pinta de mangui, es decir, de delincuente precoz, pero ante mí se presentó una chiquilla bajita y delgaducha, más bien de mi estilo, es decir: pija. El pelo teñido de rojo y negro  le caía en una cascada lisa, brillante y bien cuidada. Vestía de marca, vaqueros y sudadera.  

  - ¿Betoñín? - dijo nada más llegar - Vamos al grano. ¿Qué es lo que quieres exactamente? - soltó a bocajarro, manteniendo la seriedad y los ojos color avellana fijos en mi poco atractivo rostro.

  - Antes de decirte lo que quiero saber... Creo que deberíamos conocernos un poco, ¿no? - repuse desconcertado.

  - ¿Conocernos? Soy Sonia. Unos colegas me han dicho que necesitas descerrajar un coche. Se me da genial - aseguró orgullosa, sonriendo por primera vez -. ¿Qué más necesitas saber de mí?

  - Lo más importante me lo has aclarado ahora mismo - me pareció que sería mejor dejar claro que no tenía segundas intenciones -.    Quiero aprender a abrir cerraduras de coches.

  - ¿Por qué?

 - ¿No dices que no te interesa nada de mí? Te digo simplemente lo que necesito aprender.

  - ¿Quieres robar un coche?

 - No exactamente. Solo pretendo curiosear un poco el interior.

  - Hostia, tío! ¿Estás bien?

  - De puta madre. 

 - A ver si me aclaro. ¿Quieres abrir un coche solo para curiosear por dentro?

  - Más o menos es eso, si.

 - Pues haz saltar la cerradura y listo. Eso ya sabrás hacer, ¿no?

- Va contra los principios de mi empresa - contesté convencido y tranquilo, con la clara intención de impresionarla.

 - ¿Tienes una empresa? ¡No jodas!

 - Bueno, de momento no es empresa tal como se entiende el concepto de empresa. Verás voy a montar un negocio de... de espías y atracos.

 - De espías y atracos - repitió Sonia, después de soltar un prolongado silbido - ¿De espías y atracos de los de película?

  - Algo así.

  - Me parece que si quiero conocerte mejor - aseguró sin poder contener la risa.

 Le relaté todo lo concerniente al asunto que me traía entre manos y aunque al principio me observaba con extrañeza, poco a poco su actitud y semblante, me otorgaron cierta confianza.

 - Me gusta tu negocio. Creo que en Vitoria no tendrás competencia alguna, bueno ni tampoco en Euskadi ni siquiera en España. ¡Macho, tiene una pintaza cojonuda!

  Sonreí agradecido.

  - ¿Qué requisitos pides?

  - No entiendo...

  - Si, tío. ¿Qué perfil buscas?

  - No busco perfil de nada. Solo quiero aprender a abrir coches sin que se note que han sido abiertos.

  - ¿Cuántos socios tienes?

  - Ninguno. 

  - ¿Cuánta gente tienes circulando por ahí?

 - Nadie. Trabajo solo - contesté comprendiendo por fin de qué iba.

 - ¡Madre mía!  ¡Eres el puto amo! ¡Flipo en colores! Te lo has montado de putísima madre, tío.

  Mi orgullo se infló.

 - Solo hay un pequeño problema - de pronto recobró la seriedad -. Si no entró a medias contigo, no hay trato.

  Mi orgullo se desinfló. Negué con la cabeza.

  - ¿No? - se dio la vuelta y comenzó a caminar despacio -. Ya nos veremos por ahí. Mucha suerte, Betoñín.

  - Espera, espera - en mi voz había desesperación -. No te vayas todavía.

  - Quiero ser tu socia e iremos a partes iguales - la resolución con la que se expresaba me produjo un regusto amargo de impotencia.

  - Me prometí a mi mismo que nadie entraría a formar parte de mi empresa. Es por principios. Lo dice el estatuto.

  - ¿El estatuto? - se rió en mi jeta -. No digas chorradas, tío. ¡Anda y que te den!

  Pero se mantuvo frente a mí con su media sonrisa, las manos en los bolsillos, mientras se retiraba un mechón de pelo que le tapaba el ojo derecho con un movimiento suave y certero de la cabeza. En ese preciso momento, sentí un escalofrío intenso y al momento siguiente, las manos me ardían y el estómago me pesaba. Supe que me estaba enamorando.

  - ¡Hecho! - exclamé eufórico -. Seremos socios a partes iguales.

  Extendí la mano esperando un apretón que sellara nuestro acuerdo pero Sonia se abalanzó y me estampó un beso en los labios cálido, largo, intenso, húmedo y dulce. De pronto me sentí crecer, experimenté un subidón, mientras una oleada de euforia se disparó en el interior de mi cuerpo de manera salvaje. Me dejé llevar, entreabrí ligeramente los labios y ella hizo todo lo demás. Su lengua me supo a chocolate, su saliva enjugó la sequedad de mi boca. Solo cuando nos separamos comprendí lo de aquel sabor tan dulce que paladearon mis inexpertos sentidos gustativos. Sonia comía una chocolatina cuando llegó a la cita. Todavía estrujaba el papel del kit - kat en la mano.

  - El coche que quieres abrir, ¿es de algún familiar? ¿De tus viejos? - preguntó excitada.

  - No, no conozco al tío más que de vista.

  Sonia me observó sorprendida.

 - ¿No decías que no te interesaba nada de mí? Te digo simplemente lo que necesito que hagas.

  - Antes no me interesaba nada de ti, pero... - esgrimió una abierta sonrisa, antes de añadir -: Ahora que nos hemos comido, es otro rollo, tío...

 Enseguida puso sus diestros conocimientos de "cerrajería" a mi alcance. En pocos segundos, abrió la cerradura del Citröen, usando un par de clips. Estiró el primero hasta dejarlo completamente recto, salvo en uno de sus extremos que dejo una pequeña curvatura redondeada, que me recordó a los ganchillos que usaba mi amatxo para tejer tapetes. Lo utilizó como si fuera una llave, introduciéndolo con suavidad en la pequeña cerradura. El segundo clip era el punto de apoyo, con él presionaba al primero. Lo movía con suavidad de abajo hacia arriba y de derecha a izquierda sin dejar de presionar con el segundo clip. Me tenía subyugado. Sus manos pequeñas y diestras se movían al compas que ella marcaba.

  - El movimiento ha de ser suave y rápido - me explicó en voz baja al tiempo que la cerradura cedió y la puerta estuvo abierta -. ¡Voilà!

 - ¡Qué  puto flipe! - exclamé temblando de emoción -. Tenemos que ser rápidos.  

  - ¿Cuánto tiempo suele estar el Fulano en la casa?

  - Alrededor de dos horas, pero a veces vuelve antes.

  - Entra tú y yo vigilo - dijo jugueteando con los clips.

  - Como quieras.

  Revisé la guantera, donde no encontré absolutamente nada. Estaba vacía por completo. Los asientos no tenían ni mota de polvo. Parecía recién sacado del concesionario. Así que me dispuse a mover un poco los asientos. Fue bajo la alfombrilla del asiento del copiloto. Encontré un paquete no muy grande, meticulosamente envuelto. Con manos temblorosas y menos diestras que cuando trabajaba en soledad, desprecinté con mimo la cinta aislante. Luego el papel me ofreció una caja de cartón precintada. Abrí la caja y mostré el contenido a Sonia, que abrió desmesuradamente los ojos y lanzó un silbido prolongado que denotaba sorpresa.

  - ¡Hostia, tío! ¿Cuánto crees que habrá?

  - Así por encima... diría que más de 6000 euros - lo dije a ojo, por echarme el farol pero no tenía ni idea de cuánto dinero podía contener la caja.

  - ¡Sal de ahí! - la orden sonó tan tajante, que estuve a punto de lanzar la caja y el contenido al aire. Le observé dubitativo -. ¡Coge el dinero y sal a toda leche! Si nos pilla estamos jodidos.

  - No puedo llevarme esto.

 - Tómalo como un préstamo. Necesitamos dinero para la empresa. Si no invertimos, nunca prosperaremos.

 - ¿Qué dices? Nunca he robado nada importante. Ya te dije que...

  - Deja la charleta para otro día, Betoñín. ¡Sal de una puta vez!

  - De momento no robo. Estoy aprendiendo el oficio.

 - Pero, ¡qué mono eres! Siempre hay una primera vez para todo.

 Su mirada era dura y fría. Obedecí y salí del coche. Las manos me temblaban y también las piernas. Sonia cerró el coche con suavidad. Me agarró del brazo y tiró de mi.

 - Escóndete el paquete, tío. ¿No pensarás llevarlo así?

 Me levanté la sudadera y lo introduje bajo la camiseta. La sensación del cartón sobre la piel fue como una bola de fuego. Salimos a la calle. Caminamos en silencio. Tomamos la calle Francia sin rumbo. De pronto sentí un mareo. Me paré en seco. Sonia me observó interrogante y me hizo un gesto, como preguntando qué me pasaba.

  - Imagínate que alguien nos ha visto.

 - En el parking no había un alma, Betoñín - aseguró observándome fijamente.

  - No sé. Ambos estábamos distraídos.

  - Betoñín, majo, creo que estás alucinando.

  - ¿Qué crees que pasará cuando se dé cuenta de que falta el dinero?

 - Lo ha dejado bajo el asiento, bien escondido. Ha cerrado el coche y cerrado lo ha encontrado. No creo que haya mirado. ¿Te ha visto alguna vez en el aparcamiento? - preguntó un poco preocupada cuando estábamos a punto de entrar en los grandes almacenes.

  - No estoy seguro, creo que no.

  - ¿De qué te preocupas? Aunque te hubiera visto alguna vez, es mucho presuponer que piense que seas tú el ladrón.

  - Seguramente es como dices. Estoy nervioso. Nunca me he llevado dinero - intenté taladrarme esta idea en el cerebro.

   - ¡A veces me pones negra! - exclamó.

  - ¿A veces? Si solo hace una hora escasa que nos conocemos - sonreí divertido por el comentario.

  - Te veo venir.

  - ¡Va a ser eso! Que me ves venir.

  En los aseos de caballeros del Corte Inglés, mientras Sonia esperaba en  el pasillo, conté la recaudación. Salí blanco, con la intención clara de decirle a mi socia, que teníamos que devolverlo. Hasta que el aire frío de febrero no me golpeó la cara, fui incapaz de hablar.

  - ¿Y bien? - preguntó Sonia en un inapreciable murmullo.

  - Nueve mil, tía. 

  - ¡Hostia! ¡Hostia! ¡Hostia! ¿Estás seguro?

  - Lo he contado dos veces.

 - No has tardado tanto. Contar ese pastizal tiene que llevar más tiempo.

  - He contado el primer taco de billetes uno por uno. Luego he multiplicado por todos los tacos.

  - ¿Te das cuenta, Betoñín? ¡Somos ricos!

  - No podemos quedárnoslo - mi voz reflejó indecisión.

  - ¿Estás gili, tío? ¡Nos lo hemos quedado! ¡Es nuestro! Tuyo y mío.

  - Voy a devolverlo.

 - Perfecto, tío. No esperaba menos de ti - dijo en tono jocoso -. Mañana volvemos al aparcamiento y cuando aparezca el tío, vas y le sueltas: "Hola majete, verás, resulta que ayer mi amiga y yo abrimos tu coche y rebuscando por aquí y por allá, un paquetito se me pegó a las manos. Y como en los estatutos de mi empresa, que no he escrito todavía, dicen... perdón, van a decir que no debo robar nada importante, pues una vez de visto y revisado el contenido, te lo devuelvo". ¿Tú eres idiota todo el rato o solo a tiempo parcial?

  - ¿Qué hacemos con esto? No podemos guardarlo en ningún sitio, no podemos abrir una cuenta bancaria, somos menores. Y, ¿si nos pillan? - imploré desesperado.

 - Lo guardaremos en un sitio seguro hasta que podamos alquilar una oficina o algo para empezar a trabajar en serio - sus palabras zumbaron tan convincentes, que casi me las creí.

 - ¿Sabes cuanto tiempo tiene que pasar hasta que podamos alquilar algo? Este dinero me quema. Tenemos dieciséis años, nos faltan dos para la mayoría de edad. Hasta entonces no podemos plantearnos nada en serio.

  - No te falta razón - argumentó, repentinamente aplanada.

  - Nos urge buscar un lugar seguro para guardarlo. Piensa en ello - declaré ofuscado.

  De camino a casa entramos en un bazar chino para comprar una cartera grande y guardar nuestro tesoro. Sonia decidió por los dos que no era cuestión de despilfarrar y que cualquier cosa de buen tamaño y sobre todo barata, nos serviría de momento.

  - Será cuestión de dos o tres semanas a lo sumo. Dedicaremos horas al asunto en el rincón de pensar y hallaremos la solución rápidamente - el argumento de Sonia chirrió en mis oídos pero  me aferré a la  confianza que esgrimía como si fuera dogma de fe.

  Con los paquetes de dinero guardados es un neceser de dos cremalleras de plástico, estampado con enormes rosas rojas nos paseamos durante casi dos años, hasta que cumplí los dieciocho. Ambos llegamos a la conclusión de que ningún sitio de su casa o de la mía nos convencía al cien por cien para guardar semejante pastizal. En caso de que nuestros padres o cualquier otro miembro de la familia dieran con ello, tendríamos que dar muchas explicaciones que nos acarrearían multitud de dificultades. Con ropa amplia, el problema se mimetizaba, pues la bolsa desaparecía en los bolsillos interiores de las cazadoras o chamarras. Con la llegada del verano fue otra historia. La bolsa se pegaba al cuerpo y el resultado fue bastante más desagradable, sobre todo a la hora de entrar en casa.

  El asunto del parking se caldeó bastante al día siguiente de robar el dinero. Llegué en primer lugar y me aposté frente a la entrada, camuflado bajo una gorra y con la capucha de la sudadera puesta. El cuello de la chamarra ajustado porque hacía un frío infernal. Las manos en los bolsillos. No era viernes, pero el Citröen Xsara, apareció cinco minutos después. El corazón se me subió a la garganta mientras me apoyaba fuertemente a la pared, pues el conductor bajó del coche y me dirigió una rápida mirada. Sentí que la cartera de flores me ardía en el bolsillo interior del chamarro. Enseguida dobló la esquina la esposa del Antonio. Sonia le había sacado una foto junto a su marido, un domingo al mediodía alternando por el centro. Se besaron con pasión. 

  - No comprendo como pudo ocurrir - dijo ella al separarse del cuerpo del otro individuo.

  - ¿Qué haremos ahora? - en la voz del hombre había una mezcla de desesperación y prisa.

  - No lo sé. No acierto a entender qué pudo ocurrir. Si no te descerrajaron la cerradura... No entiendo, Ricardo. Explícamelo, porque no lo entiendo - la mujer se desesperaba por momentos.

   Sonia llegó en plena disputa.  Nos besamos con ardor, más por los nervios que por ardor juvenil. Sentía el cuerpo nervioso de Sonia. Ambos estábamos blancos y me costaba moverme con naturalidad. 

  - ¿Entramos en La Bilbaína? - propuso Sonia.

  Una vez instalados en una mesa cerca del ventanal lateral donde veíamos a la pareja, ellos tuvieron la misma idea y ante nuestra sorpresa, ocuparon la mesa contigua, minutos después. Nos ofrecieron la oportunidad de escuchar la conversación.

  - Tal vez lo descubrió tu marido - auguró Citröen.  

  - ¡Imposible! ¿Qué motivo podía tener? Antonio no tiene ni idea de nada, Ricardo.

  - ¿Estás segura? Tal vez alberga alguna ligera sospecha. 

  - ¡Por Dios Ricardo! Antonio es como sois todos los hombres. Nunca se entera de nada. Vive en su mundo. Lo único que le preocupa es el trabajo, la liga de fútbol, el coto de caza y la cena de los viernes en la sociedad. Soy un cero a la izquierda en su vida, ya lo sabes.

  - Lo cierto es que el dinero desapareció en los escasos treinta minutos siguientes a que tú me lo dieras.

  - No entiendo porqué te moviste del parking. Delante de mí, escondiste el paquete. Nos despedimos. Y de repente, ¿se te ocurrió tomar un vino? Perdona, Ricardo, pero no lo entiendo.

  - ¿Qué es eso de que no lo entiendes? Estaba nervioso y asustado, cosa lógica y normal después de que se te ocurriese la feliz idea de cargarte a tu marido - Ricardo hizo una pequeña pausa. Tomó un sorbo largo de cerveza y continuó -: El escondite era perfecto, tú misma estuviste de acuerdo con ello. No alcanzo a imaginar quién pudo sospechar que debajo del asiento había nueve mil euros. En el parking no había un alma, Isabel. Solo estábamos tú y yo.

  - ¿Insinúas algo? - la mujer se mostró recelosa.

  - Nada, Isabel. No insinúo nada. Trato de hacerte entender que el dinero ha desaparecido misteriosamente.

  - Pues yo si estoy mosqueada. Cuando planeamos esto juntos, dijiste que tú te harías cargo de todo. De un día para otro, me dices que lo mejor sería buscar a alguien para el trabajo sucio. Que te sientes incapaz de matar a un tío. Un tío que sabes que no me hace feliz. No me gustó la idea de meter a terceros en el asunto pero accedí. Comprendo que para ti no será fácil cargarte a Antonio. Bien. Te encargas de buscar a un asesino y encuentras a un tipo que por el trabajo exige nueve mil euros, Ricardo. Me pareció una barbaridad y así te lo dije. ¿Tan difícil es pegarle un tiro a un fulano? Te consigo el dinero, que lo sacó de nuestra cuenta, la de Antonio y mía. Te doy el dinero y de repente, así, como por arte de birlibirloque, desaparece. Pues no lo entiendo, Ricardo. Por muchas vueltas que le doy, no me cabe en la cabeza. Ahora tendrás que apañártelas como puedas porque como comprenderás, no estoy para darte otros nueve mil euros - tronó Isabel.

  - Juanjo es un buen tío. Lo conozco desde hace años. Está pasando un mal momento económico y se niega a hacer el trabajo sino se lleva un buen pellizco, cosa lógica por otra parte.

  - Pues tú verás cómo resuelves el tema. Yo no suelto un euro más. Pero también te digo, que no soporto a Antonio ni un día más. 

  - No tengo que resolver nada, Isabel. La idea fue tuya.  Nunca he pretendido deshacerme de Antonio.

  - ¿Por qué no quieres entender que no me hace feliz? - sollozó Isabel y desde mi misa observé que sin una lágrima.

  - Te has encargado de grabármelo a fuego desde el día que nos conocimos. Ahora estoy pensando que cuando se te pase el enamoramiento, tal vez reconsideres que tampoco yo seré capaz de hacerte feliz. Tal vez entonces recurras a alguien que esté dispuesto a liquidarme y tal vez ese sujeto tenga menos escrúpulos que yo.

  - ¿Qué quieres decir? - en los ojos de la mujer reverberó una gélida frialdad.

  - Siempre dices lo mismo pero me cuesta creerlo. No pongas cara de "yo no fui". Tú no crees que me robaron el dinero. ¿Por qué tengo que creerme que tu marido no te hace feliz? - guardó silencio durante escasos segundos. Luego estalló -: Existe el divorcio, Isabel. No se puede ir matando a la gente porque no sean capaces de hacer felices a los demás.

   A Sonia se le escaparon algunos gritos, suspiros y lamentos pero nuestros vecinos de mesa ni se inmutaron. También yo me mostré excitado y me movía constantemente en la silla. Tan enfrascados en el diálogo macabro permanecía la pareja, que ni siquiera repararon en nuestra presencia. Varias veces estuve tentado de levantarme y soltar la cartera de plástico sobre la mesa y espetarles: "No os llevéis mal rato. Aquí está vuestro dinero. Podéis deshaceros del pobre Antonio cuando os venga en gana". 

  Sonia dice con frecuencia que por entonces, desarrolló un sexto sentido conmigo. Me leía y me lee el pensamiento. En la mesa de La Bilbaína me cogió las manos y señaló la salida. Pagué en la barra y nos encaramos al aire gélido.

  - ¡Hostia, Betoñín! ¡Qué se van a cargar al pobre Antonio! - lo musitó de tal manera que casi tuve que leerle los labios.

 - ¿Qué hacemos con el dinero? - me atreví a preguntar, intuyendo la respuesta.

 - ¡Betoñín, cariño! No empieces otra vez. ¿En un momento como éste, sigues pensando en el dinero?

  - ¿Tú sigues pensando en quedártelo?

 - ¿Qué hacemos ahora nosotros? - lanzó desoyendo mi pregunta.

 - Sabía que no teníamos que quedarnos con la maldita caja, ¡lo sabía!

 - Olvídate del puto dinero. Tenemos un problema mucho más gordo. Sabemos que pretenden cargarse a un tío.

 - Vayamos a la comisaria. La de Olaguibel nos pilla a mano - ofrecí como alternativa.

  - ¡Qué idea tan cojonuda! Se ve que piensas directamente con el culo. Vamos y les soltamos: "Sabemos que entre la esposa y el amante se van a cargar al marido de la primera". Ellos, tranquilamente, pretenderán saber de dónde hemos sacado tan magnífica información. Como respuesta y también muy tranquilamente, porque lo van a entender a la primera, les decimos que nos gusta pasarnos la vida en los aparcamientos, que vigilamos, que abrimos coches, que casi nunca robamos nada valioso pero que ayer nos encontramos nueve mil euros en una caja de cartón, escondidos bajo el asiento de un Citröen que abrimos con la ayuda de dos clips y que casualmente sabemos que es propiedad del amante. También podemos añadir que tenemos fotos y los datos necesarios de los implicados, además de los de la víctima. Se mostrarán súper agradecidos, si además les brindamos la conversación de los tortolitos, que se me ha ocurrido grabar. ¡De puta madre, tío! ¡A ver cuándo cambias el chip y te enteras de una puta vez que somos fantasmas! ¡Estamos en el parking pero para los efectos es como si no estuviésemos!

  - Estoy hasta las narices de que todo lo que hago y digo te parezca mal - exploté -. Me estoy hartando. Si quieres te doy el puto dinero y haces con él lo que te salga del higo. Sigo con mis aparcamientos y tú te vas a la mierda si te apetece.

  - Perdona, Betoñín - tardó unos minutos en asimilar el cabreo -. Esta pareja me ha rayado a tope.

  - Y otra cosa importante. Deja de llamarme Betoñín. Soy Daniel, ¿te queda claro?

  - ¡Clarísimo! Creía que Betoñín te gustaba. Me parece cariñoso, pero a partir de ahora, lo que tú digas. Te llamo Daniel, que es mucho más bonito.

  Nos alejamos hacia la calle Los Herrán. Desde la esquina vigilábamos el Citröen, sin levantar sospechas. Hasta el momento, no habían reparado en nuestra presencia. Tomar precauciones, no estaba de más. Al cabo de cuarenta y cinco largos minutos se encaminaron hacia el coche. Gesticulaban airadamente y a pesar de la distancia estaba claro que la agria discusión proseguía. Ricardo movía los brazos con brusquedad. Subió al coche y arrancó. Isabel se quedó inmóvil, durante cinco minutos. Luego, a paso lento y con los brazos cruzados, avanzó camino de su casa.

..........

  A regañadientes, pretendí olvidarme para siempre del parking, aunque era mi preferido. Para siempre es un concepto inmenso y nuevamente Sonia vislumbró el error.

  - Dani, di que no volverás mañana. Ve poco a poco. Si piensas en el destierro total, nunca serás capaz de dejarlo - se mostró conforme en no volver, pues nos enredamos demasiado y nuestras vidas peligraban. Ambos intuíamos que nada bueno saldría de aquel tinglado.

  Pero una cosa es el sentido común y otra el corazón. El deseo se impuso a la razón. La atracción triunfó. La dificultad de olvidar de la noche a la mañana el impulso, organizado y meticuloso del anhelo caprichoso y desbordado, imperó sobre la lógica más aplastante.

  Al día siguiente, sin lograr pegar ojo en toda la noche, a las ocho de la mañana, mandé un mensaje a Sonia.

  - Voy camino del parking.

  - Estoy allí en media hora. He pensado lo mismo. Al fin y al cabo hay otras dos plantas con un montón de coches que esperan nuestra revisión - se justificó.

  - Volveremos al trabajo. Lo importante es olvidarnos de Ricardo, Antonio y su mujer - escribí convencido de que era lo correcto.

  - Es cierto, Dani. ¿Qué nos importan a nosotros los problemas de esos tres? No hemos hecho nada malo. Tenemos la conciencia tranquila.

  - Desde luego - palpé la bolsa de plástico con "nuestros ahorros", como los llamaba Sonia y tantee la posibilidad de agregar que algo malo si habíamos hecho y que por lo menos, mi conciencia no estaba del todo tranquila, pero desistí, no era cuestión de añadir más leña.

   Merodeamos por la primera planta del parking durante casi dos horas. Hubo mucho movimiento de coches y recaudamos pequeñas cantidades de dinero con la disculpa de guardar para mejoras de la empresa. Sonia era muy meticulosa con el dinero y muy mirada para el engrandecimiento del negocio. Además nos hicimos con un pequeño botín de menudencias y recogimos datos personales de los conductores de varios vehículos que encontramos abiertos. No forzamos ninguna cerradura. Aunque no mencionamos el tema, ambos nos sentíamos inmersos en el asunto de Antonio-Isabel-Ricardo. Hacia quince minutos que Sonia había decidido acechar en dirección contraria a mi. Mientras yo me ocupaba de tres coches seguidos que se preveían sencillos pues los conductores los dejaron abiertos. Enfrascado en pensamientos inútiles sobre el planteamiento del asesinato, trabajaba sin descanso. Al salir de uno de los coches, una sombra me sorprendió escondiendo mi pequeño botín en los bolsillos de la chamarra. Me tocó el hombro ligeramente, apenas fue un roce, pero el respingo que me obligó a dar, estaba cerca de una dislocación de hueso.

  - ¿Se te ha perdido algo por aquí? - la voz me hizo temblar y me volví lentamente, esperando que no fuera el dueño del último coche que acababa de asaltar. El susto fue terrible pues reconocí al fulano. Mejor dicho, reconocí la ropa y el casco, que ahora llevaba bajo el brazo. Lo miré sin pestañear -. ¿Estás sordo? Te he hecho una pregunta.

  - Se me ha caído dinero, unas cuantas monedas - respondí rogando que no hubiera visto toda la escena de principio a fin. El tipo no era otro que el de la moto, el que apodábamos Suzuki.

  Sonia, unos metros alejada de nosotros, había visto la escena y lanzó hacia donde nos encontrábamos una lata de Coca-Cola que había comprado en el súper antes de llegar al parking y que no había abierto todavía. Impactó contra la cabeza del tipo, que perdió el equilibrio. La lata explotó al caer y el contenido se disperso como propulsado por una fuerza descomunal. Durante escasos segundos, no fui capaz de reaccionar. Mi cuerpo se mostraba contrario al movimiento y me quedé paralizado, sin entender bien lo que estaba pasando.

  - ¡Corre! ¡No te quedes ahí parado! ¡Corre! - escuché la voz suplicante de Sonia que a su vez se escuchaba cada vez más lejana. Entonces me percaté de que era porque corría hacia las escaleras. La seguí, dejando al tambaleante intruso medio atontado debido al impacto de la lata.

  Seguí a mi compañera con el corazón borboteando adrenalina. Al pie de la segunda planta, nos juntamos. Ella jadeaba por el esfuerzo.

  - Deberíamos marcharnos. Imagínate que el tío llama a alguien. 

  - ¿Qué hacía Suzuki en la primera planta? - estalló Sonia, visiblemente asustada.

  - ¡Vámonos de aquí! - invité cogiéndole de la mano y tirando de ella.

  - ¡Espera, espera un poco! Vamos a pensar...

  - No tenemos tiempo, si quieres pensar, date prisa  y piensa en cómo salir de aquí. 

  - ¡No! Este tío está aquí por alguna razón que se nos escapa.

  - Los que no vamos a poder escapar, somos nosotros si te empeñas en pensar.

  - ¿No te huele a encerrona? - insistió frenando mi carrera.

  - Me huele a que como nos pesquen, ya puedes encomendarte a San Judas, como dice mi amatxo.

 - ¿No lo entiendes? Precisamente eso es lo que están esperando. Que salgamos corriendo a toda leche.

  - Aquí no podemos quedarnos. ¿Qué hacemos? ¡Estamos atrapados!

  - Nos refugiaremos en los váteres - la cara se le iluminó ante la sugerencia de lo que consideró una idea genial -. Podemos pensar con calma la siguiente maniobra.

 Nos dirigimos hacia los aseos con rapidez sigilosa. Nos encerramos en uno. Previamente Sonia tuvo la feliz idea de bloquear los pestillos de las demás puertas. Evitaba que nuestro perseguidor nos diera caza, en caso de escudriñar por allí. Hicimos equilibrio sobre la tapa del váter.

  - Bien, salvados de momento. ¿Qué hacemos ahora? - suspiré.

  - Pensemos primero en como nos han podido relacionar. 

  - Esta claro que ellos saben algo que nosotros no sabemos - comencé a darle al coco.

  - Exactamente. ¿Has visto a Suzuki en alguna otra parte?

  - Nunca, de hecho le he reconocido por la ropa y el casco. Lo que está claro es que él si me conoce de algo... aunque pensándolo bien, tal vez el tío me conoce de verme por aquí. Por la razón que sea hoy me ha descubierto en la primera planta... ¡Me cago en su puta madre! 

  - Creo que el hecho de que te haya descubierto hoy no tiene relación con el asesinato - matizó Sonia.

  - Tal vez, pero si no es así, tenemos un grave problema.

 Escuchamos pasos precipitados y nos quedamos como estatuas abrazados. Me senté en la cisterna y Sonia lo hizo sobre mi. Ambos estiramos un poco las piernas. Ella apoyó su espalda contra mi pecho y nos cogimos de las manos. La bolsa del dinero se me incrustó en la cadera. Con la mano libre intenté sujetarme lo mejor posible. Al otro lado de la puerta alguien entró en los aseos. 

  - Parece que esto está vacío. Las puertas no funcionan - era la voz de Suzuki -. Ese mocoso puede jodernos bien.

  - ¿Cómo has podido perder al chaval? Lo tenías a huevo - Ricardo era el compañero.

  - Ha echado a correr. Algo me ha golpeado por detrás y el chaval ha huido. Ese niñato está siempre metido en el garaje. Fisgonea de aquí para allá. Supongo que es un mangui y que no supone ningún peligro para nosotros, pero no me fio. 

  - Tenemos que tener todo bien atado. No me gustaría que por una tontería y encima sin haber logrado el propósito, nos empapelaran por un puto criajo - tronó la voz de Ricardo.

  - ¿Has descubierto algo sobre le dinero?

  - ¡Nada! Es muy extraño. Estoy completamente convencido  de que alguien siguió a Isabel desde el banco hasta aquí y que ese mismo alguien, lo robó. 

   - También pienso que te pudiste quedar con el dinero.

  - Ya estás otra vez con eso. Mira que tienes manía - se defendió Ricardo - ¿Cuántas veces te tengo que repetir que reconozco haber metido la pata pero que fue un simple descuido?

  -  Nadie más que tú tiene la culpa. ¿Quién comete la torpeza de dejar nueve mil euros en el coche? Si te  hubieras quedado esperándome, nada de esto hubiera ocurrido, en el caso de que sigas insistiendo en que te robaron el dinero - se quejó Suzuki.

 - También he pensado que te acercaste hasta aquí y te llevaste los nueve mil y ahora pretendes sacar más tajada - Ricardo se mostró suspicaz -. Para rematar Isabel también está mosqueada y empieza a perder la paciencia. Por otro lado, Antonio puede sospechar...

  - ¡Para ya, Ricardo! - Suzuki propinó un fuerte golpe en la puerta de al lado -. Tú jodiste todo el asunto. Tenías que haber esperado un poco.

 - Esto me supera - terció Ricardo malhumorado -. Nunca he matado a nadie, nunca he planeado nada semejante. Teníamos un plan cojonudo: elegimos a la pareja adecuada, nos pareció fácil timarles. 

  - Pero luego te enamoraste de Isabel. Ya dice el refrán que de donde saques para la olla, no metas la polla. Tú siempre has sido un picha brava.

  - Me pareció una mujer sensible, llena de ternura y tan desgraciada con su esposo - se defendió Ricardo -. Ahora creo que es una bruja.

  - Desde el principio me pareció extraño. No me cabía en la cabeza que una señora tan delicada y sensible estuviera deseando liquidar al marido para liarse con el primero que se cruza en su camino.

  - No te pases, Javi. Cuando te plantee la idea de cargarnos al marido, estuviste de acuerdo desde el primer momento.

  - El tema es que hemos perdido el dinero y si no hay dinero, no hay muerto. No me arriesgo por muy infeliz que sea Isabel.

   El silencio fue tenso durante unos instantes.

  - Y con el chaval, ¿qué hacemos?

  - Tú te encargas de él. Si lo vuelves a ver merodeando por aquí... - dejo la frase en suspenso mientras un destello de desequilibrada zozobra recorrió mi cuerpo.

  Sonia se llevó una mano a la boca, se mordió el dedo y se apretó más contra mi hasta el punto de bloquearme la respiración. Me quedé helado.  A pesar de que llevábamos más de cinco minutos solos, desde que la pareja de matones había abandonado el aseo, no nos atrevíamos a movernos. Nuestros cuerpos temblaban y ni siquiera podía pensar con claridad cuál sería nuestro próximo movimiento. Pasaron quince largos minutos, sin que hubiéramos articulado palabra alguna y con las piernas entumecidas, decidimos abandonar nuestro precario escondite. Salimos sigilosos y acechando como animales salvajes, evitando el ataque certero de los depredadores. Nos amparamos en las sombras y avanzamos pegados a la pared. El motor de algún coche y algunas luces nos sobresaltaron, luego volvió la quietud. Sonia se movía pegada a mis talones, mientras mis ojos intentaban divisar a nuestros enemigos. Un disparo resonó junto a una columna y ahogamos un grito.

  - ¿Estás bien? - pregunté susurrando a mi espalda.

  - Todo lo bien  que se puede estar - musitó Sonia con voz temblorosa.

  - Van hacia las escaleras - la voz de Ricardo sonó apelmazada a nuestra izquierda. Los pasos de Suzuki rozaron rápidos el pavimento del parking y se detuvieron a escasos metros.

  - Iré hacia ese coche que acaba de aparcar - susurró Sonia -. Intentaré alcanzar la salida al amparo de su sombra, me pegaré al conductor todo lo que pueda, no se atreverán de ese modo. Tú corre todo lo que puedas en dirección contraria. Una vez que esté en la calle, llamaré a la policía. Sin esperar respuesta, avanzó con premura hacia la conductora, a medida que su figura menuda abandonaba mi compañía me sentí confuso y desorientado. Pero la figura no avanzó hacia la salida, sino que tomó el camino hacia nuestros perseguidores.

  Y ahí estaba yo, entre dos columnas, al amparo de un cuatro por cuatro. Por suerte, Sonia se percató a tiempo de que la mujer que pretendía que le sirviera de escudo, no era otra que Isabel.

  Me lancé en plancha hacia el suelo, arrastrando el cuerpo pegado a la pared, incorporándome para probar las cerraduras de los vehículos estacionados. Por fin encontré un Fort bastante viejo, que me ofreció un escondite seguro. Afortunadamente, Sonia me había enseñado a ponerlos en marcha. Salí de estampida y aunque mi manera de conducir dejaba bastante que desear, salté la barrera de seguridad y accedí a trompicones al exterior sano y salvo. Abandoné el coche en la entrada, supuse que en escasos minutos alguien saldría o entraría y daría la voz de alarma. Sería una buena oportunidad para Sonia. En la plaza junto al museo, un coche patrulla dejaba languidecer la tarde. Me acerqué sin tener claro lo que les iba a decir. Hoy es el día en que  no lo recuerdo con exactitud, solo el hecho de saber que Sonia estaba corriendo peligro, mantuvo bloqueada mi memoria durante meses. Lo cierto es que algo debí de relatar acerca de los planes de Ricardo y el motero porque fueron detenidos junto con Isabel, que según declararon a lo largo de los siguientes días, fue la instigadora de todo. Antonio salió ileso al igual que Sonia, que fue rescatada con un ataque de ansiedad. Se ocultó en el interior de un coche, encorvada entre los asientos delanteros y los traseros. Fuimos recompensados y aunque en un principio nuestros padres no comprendían qué se nos pudo perder en el parking, pronto reconocieron que sin nuestra intervención un hombre inocente podría haber perdido la vida. Sobre los nueve mil euros, no dijimos ni pío.

........

  Han pasado quince años. Sonia y yo seguimos juntos. Enamorados. Conseguimos fundar la "Empresa de Espionaje y Hurtos". A efectos legales EH es una compañía informática. Somos socios y trabajamos tal como la concebí hace quince años, o dicho de otra manera, hacemos lo mismo que en los aparcamientos. Nos llevamos grandes cantidades de dinero sin usar la fuerza bruta. Espiamos y perseguimos a individuos de alto standing durante meses y cuando tenemos todo bien atado, procedemos al hurto limpio. Nuestro negocio se encubre en una oficina que montamos con el dinero que durante dos años guardamos en la bolsa de flores del chino y que llevamos a cuestas día tras día. Continuamos merodeando por los aparcamientos. El preferido sigue siendo el de Artium. En la actualidad, administramos grandes capitales: dinero negro, gris, azul, rojo, o verde. Normalmente vamos a por políticos  o empresarios corruptos. Desgraciadamente, también tenemos que pagar facturas e impuestos, un par de veces al año, nos vemos obligados a asaltar bancos, como en el oeste americano. Muchos ciudadanos continúan con la mala costumbre de dejar los vehículos abiertos en el parking. Seguimos siendo tipos raros, apartados socialmente. Estamos muy lejos de todo lo que la sociedad considera normal. Insistimos en perpetuar a los especímenes raros: tipos como nosotros...

  Sonia está esperando un hijo, nuestro primer retoño. "Un nuevo Betoñín está en camino", según palabras de ella. En breve seré padre. Esta idea me asusta y aunque he pensado incluso en sentar la cabeza y buscar un trabajo tranquilo y normal, como el de cualquiera, mi compañera me lo ha quitado de la cabeza. 

  - Robar es lo que hacen los políticos, Dani. Lo nuestro es un negocio. 

  - Un negocio turbio, Sonia. Estamos a punto de ser padres, deberíamos ir pensando en el futuro, en el futuro honrado - rezongo convencido.

  - Es una empresa floreciente, cariño. Nadie en su sano juicio abandonaría un chollo de este calibre. ¿Recuerdas qué te dije cuando nos conocimos? - sin esperar respuesta, continua con su recurrente discurso -. Te dije que no ibas a tener competencia. Eres pionero, el puto amo, Betoñín. No sabemos hacer otra cosa.

 - Somos fantasmas - respondo cabizbajo -. ¿Qué educación le vamos a dar a nuestro hijo? No somos normales, carecemos de principios.

  - Deja de atormentarte - implora mimosa -. Debes reconocer que somos un par de fantasmas cojonudos.

  - Mi maestra, mi guía, mi apoyo... Mi amor - nos abrazamos -. No se que haría sin tu fuerza.

 - Te hundirías en la miseria y habrías renunciado a este suculento negocio - me coge la mano y le palpó la tripa. Mi hijo se mueve y me hace sentir un tío grande.