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domingo, 20 de junio de 2021

PURA CASUALIDAD

     Eneko consultó una vez más el reloj. Marcaba las 17:55. Ocupó una mesa al fondo del bar de la estación de RENFE. Disponía de aproximadamente una hora. Cuando llegase Gorka, tomarían unas copas para celebrarlo y desaparecerían durante varios meses. Desde su posición, interpeló al camarero para que le sirviera una caña. Golpeó la mesa con la palma de la mano, repetidas veces. Una vez que la bebida fue servida, se acercó a la máquina de tabaco. La golpeó repetidas veces con  violencia. El camarero le recriminó la acción y varias personas le dirigieron miradas airadas.

  - La puta máquina se ha tragado mi dinero - vociferó dirigiéndose al encargado de la barra.

  Éste abandonó momentáneamente su puesto y diligente, abrió la máquina, sacó un paquete de Lucky y le devolvió el cambio al muchacho. Eneko, más calmado, solicitó una baraja de cartas y comenzó a hacer solitarios.

  - Has puesto el siete de copas debajo del caballo y falta la sota - le advirtió una meliflua voz a su espalda.

  Se giró. Se trataba de un pequeño sabelotodo de unos seis o siete años.

  - Tienes razón chaval. Estoy un poco nervioso y no consigo concentrarme.

  - ¿Por eso miras todo el rato al reloj?

  - Espero a un amigo.

  - ¿A qué hora viene tu amigo? - se interesó una cría más pequeña.

  - Es mi hermana - anunció el sabelotodo con una nota de orgullo.

  - ¿Tu amigo es tardón? - curioseó la chiquilla.

  - No, no es tardón.

  - ¿Cómo te  llamas? - interrogó la niña -. Yo soy Carla y mi hermano se llama Martín.

  Eneko no contestó.

  - ¿Te ha comido la lengua el gato? - a la nena le hizo gracia su pregunta y se carcajeó. Su hermano le imitó.

  - Carla tiene razón. Te ha comido la lengua el gato - se burló Sabelotodo ante el regocijo de Carla, que palmoteó con entusiasmo.

  A Eneko nunca le gustaron demasiado los niños y la conversación se le empezó a hacer pesada.

  - No mires tanto al reloj, me pones nervioso - ordenó  repentinamente serio Sabelotodo -. Has vuelto a meter la pata. No puedes poner cartas del mismo palo en la misma fila. Yo sé hacer ese juego mejor que tú. Me lo enseñó mi abuelo.

  - No molestéis - se escuchó   una voz salvadora desde alguna mesa cercana. Los niños se resistían y continuaron junto a Eneko, mirándole fijamente.

 - Si no os vais de aquí ahora mismo os encerraré en el cuarto de las ratas y tiraré la llave - señaló una puerta al fondo del local en cuyo cartel se podía leer "privado". Ensayó una sonrisa pero lo único que fue capaz de ofrecerles fue una mueca terrorífica -. Todos los días me como algún niño crudo.

  Los chavales se alejaron y él volvió al solitario. La llantina de la nena le llegó de inmediato. Apuró la caña y salió al exterior, ante la atenta mirada de la madre, cargada de rencor.

  Las 18:10. Trató de encender un cigarrillo sin conseguirlo. Le temblaba el pulso. Una mano amiga le ofreció la llama de un encendedor.

  - Fumar no es bueno, chaval.

  - Déjeme en paz y métase sus putos comentarios por donde le quepan - increpó al desconocido.

  - Llevo rato observándote. Has estado recorriendo la calle de arriba hacia abajo, consultando el reloj a cada poco. Estás muy nervioso - añadió sin prestar atención a la respuesta del muchacho -. En poco más de treinta minutos has consumido siete cigarrillos.

  - ¿A usted que le importa?

  - Estaba sentado en esta mesa - señaló la primera junto a la ventana -. También te he observado en el interior del bar. Estás demasiado nervioso para cosa buena.

  - Pues siga sentado, abuelo. Lea el periódico o haga lo que le salga de la polla pero déjeme en paz - rugió Eneko. Le exasperaba la tranquilidad del anciano.

  - Ya no hay respeto por nada - terció otro peatón - ¡Menuda boca gastan los jóvenes de hoy en día!

  18:30 y Gorka sin dar señales de vida. Se alejó de los ancianos, que se olvidaron de él y entablaron conversación sobre el tiempo. Encendió otro cigarrillo. Cruzó de acera. Alguien le rozó el hombro. Dio media vuelta con tal ímpetu, que el camarero estuvo a punto de perder el equilibrio y ser derribado.

  - Perdone, pero no me ha pagado la caña.

 - Lo siento - farfulló, mientras que con mano temblorosa rebuscó en los bolsillos. Le tendió diez euros -. Quédese con el cambio.

  - ¡Muchas gracias, majo! - respondió el barman eufórico.

  Anduvo una manzana y dobló la esquina. El coche continuaba estacionado en el lugar que lo había dejado pero tenía un papel sujeto en el parabrisas. Aceleró el paso.

 - ¡Me cago en la puta! - masculló, percatándose de que había aparcado en un vado. Hizo una pelotita con la multa y la arrojó con fuerza a la papelera más cercana, con tan mala suerte que le atizó en el ojo a una señora. El acompañante le sermoneó y le llamó maleducado. Eneko respondió con un gesto obsceno. En realidad no debía cabrearse por la sanción de un coche robado y acto seguido olvidó el incidente.

 A las 18:45 no tenía noticias de Gorka. Ni siquiera había contestado a las dos llamadas que le hizo. Se autoconvenció de que esta vez le respondería. Pero el teléfono estuvo sonando hasta que se cortó. Encendió otro cigarrillo. Dio la vuelta a la manzana con paso rápido, sin reparar en nada. A las 18:55 volvió al bar de la estación. Se asomó pero no había ni rastro de Gorka. Reconoció al vejestorio que se inmiscuyó en sus asuntos y que le ahora le dedicaba una sonrisa plácida. Según lo previsto entró en la estación. Rebuscó el billete en los bolsillos y subió al tren cuando estaba a punto de arrancar.

  - ¡Cállate, maldita bruja! - tronó a alguien, que le interrumpió el paso en el centro del pasillo y que le golpeó en la rodilla con la maleta - ¿vas de carnaval? 

  Encontró el asiento y se recostó. Cerró los ojos con la esperanza de que el viaje le relajara. Trató de no pensar en nada. Se palpó el bolsillo donde llevaba las joyas y los cuatrocientos euros que había sacado del último piso desvalijado. ¿Qué había fallado? ¿Dónde coño estaba Gorka? Por lo menos podía escapar. Ya ajustaría cuentas más tarde con su socio. Tarde o temprano daría señales de vida. El sonido de whatsapp le sobresaltó. Las 19:10. Mientras leía un incipiente dolor punzante se le asentó en la cabeza. "Todo se ha ido al carajo. La vieja muy puta. Nos vemos  en Burgos". Respiró más calmado, cerró los ojos y se durmió.

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  La policía no tuvo dificultades para detener al ladrón. La octogenaria a la que pretendía robar no resultó tan frágil como aparentaba y se deshizo fácilmente del supuesto empleado del gas, que le pareció sospechoso desde que se presentó sin previo aviso. Salió al jardín y telefoneó a la compañía, así supo que no habían enviado a nadie para revisar la instalación. El joven huyó a los pocos minutos con una fea herida en la cabeza, de la que manaba abundante sangre.  La frágil anciana le propinó un fuerte golpe con una pesada sartén, que le abrió una brecha de varios centímetros en un costado de la cabeza, cuando le pilló fisgoneando en los armarios. A continuación se puso en contacto con la ertzaina, dio una descripción detallada del joven.  Gorka fue detenido en las inmediaciones de la estación de RENFE. Los agentes no tuvieron más que seguir el rastro de sangre.

  Al principio se mantuvo firme, asegurando que no tenía ningún cómplice, pero cuando las fuerzas flaquearon y la pérdida de sangre, le nubló el entendimiento y la vista, terminó confesándolo todo. Era su primer robo. Tan solo tenía diecisiete años.

  Eneko fue detenido al apearse en la estación de Burgos, gracias a un buen número de testigos que declararon haberse topado con un joven maleducado y nervioso que les hizo levantar sospechas.

  - Me dejó una cuantiosa propina - señaló un camarero.

  - Asustó a mis hijos, ya sabe como son los niños, a veces incordian un poco, pero son criaturas inocentes y sin malicia - aseguró una abnegada madre.

  - Nos asustó mucho, dijo que nos encerraría en el cuarto de las ratas y que comía niños crudos. Yo no me asusté porque soy un chico grande pero mi hermana se lo creyó todo - declaró un ufano Martín.

  - Me robaron el coche en la avenida del Zadorra.

  - Golpeó con violencia la máquina de tabaco y fumaba como un poseso - terció un anciano que se pasaba las horas muertas en el bar de RENFE, observando a cuantos merodeaban por allí.   

  Al conocer la noticia, una señora se personó en la comisaría con el ojo bastante enrojecido, debido al impacto sufrido por una bolita de papel, lanzada con fuerza por el sujeto. Muchos viandantes declararon haberse topado con un joven que les agredió a su paso, propinando embestidas y mamporros. El tipo marchaba ensimismado mirando el móvil sin parar.

  - Tropecé sin querer en el pasillo del vagón. Se burló del hábito - alegó una monja de clausura -. A pesar de la mala educación que demostró el muchacho, le pedí perdón y comprendiendo que era un pobre diablillo, le ofrecí una estampita de San Judas Tadeo, pero se deshizo de ella rompiéndola en mil pedazos - la hermana se santiguó.

  Sin llegar a comprender la razón exacta de que fuera detenido, Eneko se encontró dando cuenta de sus fechorías y del golpe frustrado de su compinche. Él fue el cerebro, era el mayor, contaba ya veinte años y llevaba tiempo delinquiendo.

  Confesó tener tantas ideas que no daba a basto para perpetrar todos los atracos que pretendía. Por ello sintió la necesidad de asociarse con alguien que le inspirase confianza. Aunque Gorka le pareció demasiado joven e inexperto, éste le aseguró ser un lince engañando a señoras de avanzada edad. Su aspecto aniñado les daba confianza. Las personas mayores son ingenuas por naturaleza. Le franquean la puerta a cualquier desconocido. Por eso le confió un trabajo tan importante.

 Por el mismo sistema, Eneko, desvalijó catorce pisos a lo largo del verano. No comprendía cómo el plan falló cuando mejor dominaba la situación.

  - Trata de no llamar la atención - le aconsejó  Eneko al socio -. Siempre lo hago y hasta ahora me ha ido de de puta madre. Si te pillan, será pura casualidad.

  

  

lunes, 10 de mayo de 2021

MAIUS

  Eres un rato breve en el calendario con sabor a madre,

me hueles a inocencia blanca, a pureza infantil.

  Histórico y fusilero, francés, revolucionario y estudiantil,

trabajador incansable, reivindicativo, orgulloso y fiestero.

  Trasgresor indomable, poeta y poesía,

rumor de viento, goteas mil fragancias de color y frescura.

  Posees las huellas romanas de la diosa Maya, la de la floración, 

las aguas inoportunas turban tus días, mientras la luz se recoge tardía.

  Eres masculino, vigoroso, fuerte, soleado y caluroso, amigo de rebecas al atardecer.

  Quinto en el orden, jamás hubo un quinto malo.

  Tus ojos esmeralda, se escudan en tempranos lirios,

rozas los sueños vulnerables de pasiones recién paridas.

  Transitas entre poemas y te engalanas verso a verso,

eres la mágica magia del regusto del preludio veraniego

y en ti mismo encierras, entre soberbias luces, 

la esencia de tu nombre: ¡MAYO!


miércoles, 14 de abril de 2021

ULTRAMARINOS...

 Regresa el recuerdo archivado en cajas como el latido impetuoso y desbordante que me abrasa...

  Cierro la bolsa del dolor, desdeñando el impulso de acibaradas lágrimas de incomprensión...

   Amortajo el tonel infame del insolente trance que me despojó del bullicio alborozado...

  Sentencio al vasto desamparo que clausura la energía en sacos de abigarradas emociones... 

  Retorna la frescura de la tarde abrigando delirios en cuartillos de lánguidas lozanías...
 
 A tu penúltimo anochecer de abril le susurro con una lata de nostalgia...
 
  A la esperanza de un resultado óptimo, le agrego una pizca de ilusión...

 A la inesperada partida, cuarto y mitad de inquietud devanada en tardes de rezumada primavera...

 Al cortejo de un adiós, dos o tres gramos de zozobra dinamitada...

 A la premura de una lágrima, un kilo de saciante remembranza...
  
  A la tarde empobrecida, cien gramos de desvelos inquietantes...

  A la premura de una añoranza exhumada, una loncha de tus mejores sonrisas...

 A la ensoñación de un momento, kilo y medio de tu bondadosa trayectoria...

 A la ingrata e infame despedida, un gramo de poderoso desasosiego...

  A la mansedumbre de tus pasos, un bidón de evocaciones Gran Reserva...
  
  Al adiós indecoroso, una garrafa de impunidad latente y estremecimiento...
  
  A la memoria de tu tiempo un sorbo de fragancia a fruta fresca y un caminata por aquel vetusto ultramarinos...
  
   

viernes, 12 de marzo de 2021

SOMOS FANTASMAS

  

  Me agazapé al amparo de una de las dos columnas que flanqueaban la plaza de aparcamiento en la segunda planta del parking de Artium. Perdí el rastro de Sonia y no me atrevía a mandarle un mensaje por temor a que nuestros perseguidores supieran nuestras ubicaciones...

 Esta historia que ahora rememoró,  aconteció hace quince años. Entonces era un chaval extraño, bueno, todavía soy un poco raro. Antes de narrar los acontecimientos que en 2006 nos llevaron a la situación caótica y peligrosa que Sonia y yo sufrimos, creo oportuno empezar la aventura desde el principio...

 Mi nombre es Daniel Betoño, "Betoñín" me apodaban porque a mis dieciséis años era canijo y delgaducho, "poca cosa" y desgalichado, decía mi amatxo.  No era  un adolescente al  uso. Estaba en contra de todo y de todos. Por sistema me caía mal todo el mundo, sobre todo los viejos de treinta y cinco años en adelante, entre otras cosas porque esa era la edad de mis padres, que me apedreaban constantemente con que debía estudiar para labrarme un porvenir, que si no hincaba codos no me quedaría más remedio que apechugar con un trabajo mal remunerado, que no se podía estar a la sopa boba, que sin estudios no iba a ser nada en la vida, que el sueldo, sin una titulación no me daría para mantener a la familia... y un porrón de historias más. ¿De dónde sacaban que quisiera formar una familia? ¿Por qué debía estudiar si no me apetecía lo más mínimo memorizar un montón de cosas inútiles que no me servirían para nada en la vida? ¿Por qué debía trabajar si no me gustaba madrugar? Encontraba placer merodeando de aquí para allá, siempre observando, espiando. Me sentía orgulloso de mí mismo y de mi trayectoria, ya que con tan solo quince años fundé mi propia empresa. Cierto era que de ella, no tenía conocimiento nadie en el mundo, porque tampoco se  caracterizaba por ser una empresa como tal y porque en ella no había hasta la fecha más empleado, jefe o gerente que yo mismo. En aquel momento, no me generaba ingresos muy altos pero estaba convencido de que con los años, llegaría a lo más alto y me convertiría en un afamado experto dentro de los de mi gremio. Con el fin de aprender todo lo concerniente al "oficio",  empecé desde el escalafón más bajo. De momento, no pasaba de ser un ratero, muy profesional, eso sí pero no cabía duda de que con el tiempo llegaría a ser un ladrón de élite. Trabajo para el que consideré necesitar horas de estudio y sobre todo de práctica. Podía pasarme  días enteros sin hablar con nadie. Tampoco sentía demasiada simpatía por los chicos de mi edad y menos interés me despertaban las chicas. Mi máxima era la de trabajar como Juan Palomo.

  Mi aventura arranca al fundar la "empresa", cuando...

 Tenía un hobby raro, una práctica un tanto irregular que  ejercitaba cuando todavía asistía a la ikastola. Esto me insuflaba grandes dosis de adrenalina. Estaba convencido de ser pionero.  A muchos de mi clase les gustaba robar pequeños objetos o pequeñas cantidades de dinero y estaban convencidos de que lo hacían casi todos los adolescentes en algún momento de sus vidas, sin que por ello acabasen ejerciendo de mangantes. Pero lo mío fue diferente, porque aspiraba a convertirme en ladrón en serie; es decir, plantearme un robo tras otro y vivir de ello.

...................

  Empecé con esto casi por casualidad. En una ocasión, mi madre me dejó en el aparcamiento del Corte Inglés con todas las  bolsas porque se dio cuenta de que había olvidado algo importante. Lo que más me gustaba desde que fui muy pequeño, era observar a las personas, sus movimientos, su comportamiento en general. La gente no procedía de igual manera en un garaje que en la calle. En aquellos escasos quince minutos que tardó en volver, me fijé en que alrededor de una veintena de personas no cerraban los coches con llave y me pareció muy significativo. A partir de entonces me colaba en los garajes particulares o en los aparcamientos públicos. Con naturalidad me escondía entre los coches estacionados. Me amparaba en la escasa luz y  probaba uno a uno los utilitarios que estaban abiertos. Jamás forcé cerraduras, no rompí cristales ni causé desperfectos. Revisaba en la guantera, si encontraba carteras, no tocaba el dinero pero anotaba los datos del DNI del fulano o los fotografiaba con el móvil con la intención de ir confeccionando un archivo. Como botín me llevaba la funda de unas gafas, algunos condones, aunque todavía no los usaba, paquetes de clínex, destornilladores, guantes, peines, fotografías, naipes, bolígrafos, algún mechero, cigarrillos... en fin, cualquier baratija que encontrase. ¿Se le podía llamar robar a esa tontería que hacía, más por pasar el tiempo que por otra cosa? El tema es que empecé por dedicar un día a la semana a estas prácticas. La tarde de los miércoles principalmente porque no había clase en la ikastola, en segundo lugar porque era muy ritualista y de ideas fijas y, en contra de lo que pensaban mis padres, me gustaba el orden en todo momento. No existían otras razones para que fuera siempre el mismo día de la semana. Poco a poco me fui inflando de curiosidad y a la vez que aumentaba el fichero de datos, crecía de igual modo, la recaudación. Un solo día me supo a poco y así amplié a dos y en seguida a tres días. Fue el 2006, cuando mi pasión dejó de ser un hobby y me lo planteé como un trabajo serio y aunque no lo crean, honrado. En aquella época eran cuatro días los que dedicaba a los aparcamientos. Lo de dejar los estudios no fue una decisión tomada a lo loco, como supusieron mis padres, sino que fue algo muy meditado. Llegué a pensar que me faltaría tiempo para la empresa y de pronto lo vi claro: Había llegado el momento de decidir. Una opción era seguir en la Ikastola, que poco me aportaba y otra,  avanzar y reafirmarme, en licenciarme y sacar el mayor provecho de mis "estudios" con el fin de que la empresa fuera tomando forma. Ese mismo día me acompañó la suerte. El primer coche que encontré abierto, me ofreció la oportunidad de un suculento regalo, un avance inverosímil y a la vez subyugante. Hallé una brillante, ligera y preciosa pistola. Fue en mi aparcamiento preferido, el de Artium. Aunque me pillaba un poco a desmano, por allí no me conocía nadie y me desplazaba en bici o monopatín. ¿Qué clase de persona deja el coche abierto con una pistola cargada en la guantera? Aún hoy, me cuesta entenderlo. Es el arma que utilizo actualmente. No es mi costumbre amenazar y no la he usado jamás, pero la llevo siempre conmigo. Es mi talismán.

  Por aquel entonces ya me había percatado que en la plaza correspondiente a un Lancia bastante abollado, posiblemente de segunda mano y de color azul oscuro, los viernes estacionaba un Citröen Xsara de color negro, brillante y algunos días merodeaba una Suzuki Burgman 400 nada despreciable, que quitaba el hipo y personalmente me inducía a pasarme las noches en blanco. Tal vez cuando ganase lo suficiente, podría comprarme una de ésas. Pasaron algunos días hasta percatarme de que el hecho tenía algún significado oculto. Pensé que se trataba de un padre de familia con dos hijos, o en el coche de la esposa  y una sola plaza de garaje. Enseguida comprendí que sucedía algo raro y mi intuición me invitó a presagiar que había encontrado un filón. En el poco tiempo que el Lancia permanecía en el parking durante las horas del mediodía, siempre abierto, extraje apenas cuatro baratijas, fruslerías de poca importancia. Se trataba de un utilitario viejo, mal cuidado y cuyo dueño parecía bastante desordenado. Cogí los datos del tipo y me apropié de un paquete de Ducados, bastante arrugado que contenía tres cigarrillos trochos como porros.

  Dos días después lo seguí hasta su domicilio. Algo no cuadraba. El tipo era demasiado joven para tener un hijo con carné de conducir. Indagué sobre el asunto como si tuviera en mi poder el diploma de investigador privado y tras algunas pesquisas en poco menos de una semana, conseguí saber que la esposa de Antonio, el del Lancia, tenía un amante que de momento llamaré Citröen. Otros datos se añadieron a la ficha del cornudo esposo, como que trabajaba en horario partido en la oficina de una empresa de  iluminación de Jundiz. Paraba poco tiempo en casa y a las tardes, una vez de dejar el coche, se daba una vuelta y se tomaba tres o cuatro cervezas con la cuadrilla. Su esposa pasaba muchas horas sola. No me meto en si resultaba lógico o no que la mujer buscase compañía, pero la historia era que conoció a otro hombre y éste la visitaba con bastante frecuencia, siempre en ausencia del marido.  A los  dieciséis años no era experto en ciertas cosas de la vida. Me faltaba experiencia, ahora lo reconozco. Tardé un tiempo en comprender que en casa de Lancia, se cocía algo raro en sus prolongadas ausencias. Para mi sorpresa, el del Citröen  impecable, lo dejaba siempre cerrado y no me quedó más remedio que "apuntarme" a un cursillo rápido para abrir cerraduras limpiamente. Descerrajar ya sabía, claro ¿Quién no lo sabe? Así que me vi obligado a renunciar a uno de los requisitos, que creía inviolables de mi pionera empresa. No me quedó más alternativa que tomar un socio, bueno, socia en este caso. Ya he dicho anteriormente, que uno de mis lemas era no causar destrozos en los vehículos.

  Albergaba la idea de conseguir la ayuda concreta de alguien, experto en el manejo de cerraduras, que me enseñase los conocimientos necesarios y que después se volatilizará y se olvidara de mí. Reconozco que pecaba de ingenuidad. Merodeando en un círculo bastante amplio y preguntando a antiguos compañeros de ikastola, di con la persona adecuada. Sonia venía altamente recomendada y estaba muy bien considerada entre los pillastres de varios barrios vitorianos. Quedamos en encontrarnos en la Florida, junto al quiosco de música. Sonia llegó puntual. En un principio me desilusionó. Esperaba a una chica con pinta de mangui, es decir, de delincuente precoz, pero ante mí se presentó una chiquilla bajita y delgaducha, más bien de mi estilo, es decir: pija. El pelo teñido de rojo y negro  le caía en una cascada lisa, brillante y bien cuidada. Vestía de marca, vaqueros y sudadera.  

  - ¿Betoñín? - dijo nada más llegar - Vamos al grano. ¿Qué es lo que quieres exactamente? - soltó a bocajarro, manteniendo la seriedad y los ojos color avellana fijos en mi poco atractivo rostro.

  - Antes de decirte lo que quiero saber... Creo que deberíamos conocernos un poco, ¿no? - repuse desconcertado.

  - ¿Conocernos? Soy Sonia. Unos colegas me han dicho que necesitas descerrajar un coche. Se me da genial - aseguró orgullosa, sonriendo por primera vez -. ¿Qué más necesitas saber de mí?

  - Lo más importante me lo has aclarado ahora mismo - me pareció que sería mejor dejar claro que no tenía segundas intenciones -.    Quiero aprender a abrir cerraduras de coches.

  - ¿Por qué?

 - ¿No dices que no te interesa nada de mí? Te digo simplemente lo que necesito aprender.

  - ¿Quieres robar un coche?

 - No exactamente. Solo pretendo curiosear un poco el interior.

  - Hostia, tío! ¿Estás bien?

  - De puta madre. 

 - A ver si me aclaro. ¿Quieres abrir un coche solo para curiosear por dentro?

  - Más o menos es eso, si.

 - Pues haz saltar la cerradura y listo. Eso ya sabrás hacer, ¿no?

- Va contra los principios de mi empresa - contesté convencido y tranquilo, con la clara intención de impresionarla.

 - ¿Tienes una empresa? ¡No jodas!

 - Bueno, de momento no es empresa tal como se entiende el concepto de empresa. Verás voy a montar un negocio de... de espías y atracos.

 - De espías y atracos - repitió Sonia, después de soltar un prolongado silbido - ¿De espías y atracos de los de película?

  - Algo así.

  - Me parece que si quiero conocerte mejor - aseguró sin poder contener la risa.

 Le relaté todo lo concerniente al asunto que me traía entre manos y aunque al principio me observaba con extrañeza, poco a poco su actitud y semblante, me otorgaron cierta confianza.

 - Me gusta tu negocio. Creo que en Vitoria no tendrás competencia alguna, bueno ni tampoco en Euskadi ni siquiera en España. ¡Macho, tiene una pintaza cojonuda!

  Sonreí agradecido.

  - ¿Qué requisitos pides?

  - No entiendo...

  - Si, tío. ¿Qué perfil buscas?

  - No busco perfil de nada. Solo quiero aprender a abrir coches sin que se note que han sido abiertos.

  - ¿Cuántos socios tienes?

  - Ninguno. 

  - ¿Cuánta gente tienes circulando por ahí?

 - Nadie. Trabajo solo - contesté comprendiendo por fin de qué iba.

 - ¡Madre mía!  ¡Eres el puto amo! ¡Flipo en colores! Te lo has montado de putísima madre, tío.

  Mi orgullo se infló.

 - Solo hay un pequeño problema - de pronto recobró la seriedad -. Si no entró a medias contigo, no hay trato.

  Mi orgullo se desinfló. Negué con la cabeza.

  - ¿No? - se dio la vuelta y comenzó a caminar despacio -. Ya nos veremos por ahí. Mucha suerte, Betoñín.

  - Espera, espera - en mi voz había desesperación -. No te vayas todavía.

  - Quiero ser tu socia e iremos a partes iguales - la resolución con la que se expresaba me produjo un regusto amargo de impotencia.

  - Me prometí a mi mismo que nadie entraría a formar parte de mi empresa. Es por principios. Lo dice el estatuto.

  - ¿El estatuto? - se rió en mi jeta -. No digas chorradas, tío. ¡Anda y que te den!

  Pero se mantuvo frente a mí con su media sonrisa, las manos en los bolsillos, mientras se retiraba un mechón de pelo que le tapaba el ojo derecho con un movimiento suave y certero de la cabeza. En ese preciso momento, sentí un escalofrío intenso y al momento siguiente, las manos me ardían y el estómago me pesaba. Supe que me estaba enamorando.

  - ¡Hecho! - exclamé eufórico -. Seremos socios a partes iguales.

  Extendí la mano esperando un apretón que sellara nuestro acuerdo pero Sonia se abalanzó y me estampó un beso en los labios cálido, largo, intenso, húmedo y dulce. De pronto me sentí crecer, experimenté un subidón, mientras una oleada de euforia se disparó en el interior de mi cuerpo de manera salvaje. Me dejé llevar, entreabrí ligeramente los labios y ella hizo todo lo demás. Su lengua me supo a chocolate, su saliva enjugó la sequedad de mi boca. Solo cuando nos separamos comprendí lo de aquel sabor tan dulce que paladearon mis inexpertos sentidos gustativos. Sonia comía una chocolatina cuando llegó a la cita. Todavía estrujaba el papel del kit - kat en la mano.

  - El coche que quieres abrir, ¿es de algún familiar? ¿De tus viejos? - preguntó excitada.

  - No, no conozco al tío más que de vista.

  Sonia me observó sorprendida.

 - ¿No decías que no te interesaba nada de mí? Te digo simplemente lo que necesito que hagas.

  - Antes no me interesaba nada de ti, pero... - esgrimió una abierta sonrisa, antes de añadir -: Ahora que nos hemos comido, es otro rollo, tío...

 Enseguida puso sus diestros conocimientos de "cerrajería" a mi alcance. En pocos segundos, abrió la cerradura del Citröen, usando un par de clips. Estiró el primero hasta dejarlo completamente recto, salvo en uno de sus extremos que dejo una pequeña curvatura redondeada, que me recordó a los ganchillos que usaba mi amatxo para tejer tapetes. Lo utilizó como si fuera una llave, introduciéndolo con suavidad en la pequeña cerradura. El segundo clip era el punto de apoyo, con él presionaba al primero. Lo movía con suavidad de abajo hacia arriba y de derecha a izquierda sin dejar de presionar con el segundo clip. Me tenía subyugado. Sus manos pequeñas y diestras se movían al compas que ella marcaba.

  - El movimiento ha de ser suave y rápido - me explicó en voz baja al tiempo que la cerradura cedió y la puerta estuvo abierta -. ¡Voilà!

 - ¡Qué  puto flipe! - exclamé temblando de emoción -. Tenemos que ser rápidos.  

  - ¿Cuánto tiempo suele estar el Fulano en la casa?

  - Alrededor de dos horas, pero a veces vuelve antes.

  - Entra tú y yo vigilo - dijo jugueteando con los clips.

  - Como quieras.

  Revisé la guantera, donde no encontré absolutamente nada. Estaba vacía por completo. Los asientos no tenían ni mota de polvo. Parecía recién sacado del concesionario. Así que me dispuse a mover un poco los asientos. Fue bajo la alfombrilla del asiento del copiloto. Encontré un paquete no muy grande, meticulosamente envuelto. Con manos temblorosas y menos diestras que cuando trabajaba en soledad, desprecinté con mimo la cinta aislante. Luego el papel me ofreció una caja de cartón precintada. Abrí la caja y mostré el contenido a Sonia, que abrió desmesuradamente los ojos y lanzó un silbido prolongado que denotaba sorpresa.

  - ¡Hostia, tío! ¿Cuánto crees que habrá?

  - Así por encima... diría que más de 6000 euros - lo dije a ojo, por echarme el farol pero no tenía ni idea de cuánto dinero podía contener la caja.

  - ¡Sal de ahí! - la orden sonó tan tajante, que estuve a punto de lanzar la caja y el contenido al aire. Le observé dubitativo -. ¡Coge el dinero y sal a toda leche! Si nos pilla estamos jodidos.

  - No puedo llevarme esto.

 - Tómalo como un préstamo. Necesitamos dinero para la empresa. Si no invertimos, nunca prosperaremos.

 - ¿Qué dices? Nunca he robado nada importante. Ya te dije que...

  - Deja la charleta para otro día, Betoñín. ¡Sal de una puta vez!

  - De momento no robo. Estoy aprendiendo el oficio.

 - Pero, ¡qué mono eres! Siempre hay una primera vez para todo.

 Su mirada era dura y fría. Obedecí y salí del coche. Las manos me temblaban y también las piernas. Sonia cerró el coche con suavidad. Me agarró del brazo y tiró de mi.

 - Escóndete el paquete, tío. ¿No pensarás llevarlo así?

 Me levanté la sudadera y lo introduje bajo la camiseta. La sensación del cartón sobre la piel fue como una bola de fuego. Salimos a la calle. Caminamos en silencio. Tomamos la calle Francia sin rumbo. De pronto sentí un mareo. Me paré en seco. Sonia me observó interrogante y me hizo un gesto, como preguntando qué me pasaba.

  - Imagínate que alguien nos ha visto.

 - En el parking no había un alma, Betoñín - aseguró observándome fijamente.

  - No sé. Ambos estábamos distraídos.

  - Betoñín, majo, creo que estás alucinando.

  - ¿Qué crees que pasará cuando se dé cuenta de que falta el dinero?

 - Lo ha dejado bajo el asiento, bien escondido. Ha cerrado el coche y cerrado lo ha encontrado. No creo que haya mirado. ¿Te ha visto alguna vez en el aparcamiento? - preguntó un poco preocupada cuando estábamos a punto de entrar en los grandes almacenes.

  - No estoy seguro, creo que no.

  - ¿De qué te preocupas? Aunque te hubiera visto alguna vez, es mucho presuponer que piense que seas tú el ladrón.

  - Seguramente es como dices. Estoy nervioso. Nunca me he llevado dinero - intenté taladrarme esta idea en el cerebro.

   - ¡A veces me pones negra! - exclamó.

  - ¿A veces? Si solo hace una hora escasa que nos conocemos - sonreí divertido por el comentario.

  - Te veo venir.

  - ¡Va a ser eso! Que me ves venir.

  En los aseos de caballeros del Corte Inglés, mientras Sonia esperaba en  el pasillo, conté la recaudación. Salí blanco, con la intención clara de decirle a mi socia, que teníamos que devolverlo. Hasta que el aire frío de febrero no me golpeó la cara, fui incapaz de hablar.

  - ¿Y bien? - preguntó Sonia en un inapreciable murmullo.

  - Nueve mil, tía. 

  - ¡Hostia! ¡Hostia! ¡Hostia! ¿Estás seguro?

  - Lo he contado dos veces.

 - No has tardado tanto. Contar ese pastizal tiene que llevar más tiempo.

  - He contado el primer taco de billetes uno por uno. Luego he multiplicado por todos los tacos.

  - ¿Te das cuenta, Betoñín? ¡Somos ricos!

  - No podemos quedárnoslo - mi voz reflejó indecisión.

  - ¿Estás gili, tío? ¡Nos lo hemos quedado! ¡Es nuestro! Tuyo y mío.

  - Voy a devolverlo.

 - Perfecto, tío. No esperaba menos de ti - dijo en tono jocoso -. Mañana volvemos al aparcamiento y cuando aparezca el tío, vas y le sueltas: "Hola majete, verás, resulta que ayer mi amiga y yo abrimos tu coche y rebuscando por aquí y por allá, un paquetito se me pegó a las manos. Y como en los estatutos de mi empresa, que no he escrito todavía, dicen... perdón, van a decir que no debo robar nada importante, pues una vez de visto y revisado el contenido, te lo devuelvo". ¿Tú eres idiota todo el rato o solo a tiempo parcial?

  - ¿Qué hacemos con esto? No podemos guardarlo en ningún sitio, no podemos abrir una cuenta bancaria, somos menores. Y, ¿si nos pillan? - imploré desesperado.

 - Lo guardaremos en un sitio seguro hasta que podamos alquilar una oficina o algo para empezar a trabajar en serio - sus palabras zumbaron tan convincentes, que casi me las creí.

 - ¿Sabes cuanto tiempo tiene que pasar hasta que podamos alquilar algo? Este dinero me quema. Tenemos dieciséis años, nos faltan dos para la mayoría de edad. Hasta entonces no podemos plantearnos nada en serio.

  - No te falta razón - argumentó, repentinamente aplanada.

  - Nos urge buscar un lugar seguro para guardarlo. Piensa en ello - declaré ofuscado.

  De camino a casa entramos en un bazar chino para comprar una cartera grande y guardar nuestro tesoro. Sonia decidió por los dos que no era cuestión de despilfarrar y que cualquier cosa de buen tamaño y sobre todo barata, nos serviría de momento.

  - Será cuestión de dos o tres semanas a lo sumo. Dedicaremos horas al asunto en el rincón de pensar y hallaremos la solución rápidamente - el argumento de Sonia chirrió en mis oídos pero  me aferré a la  confianza que esgrimía como si fuera dogma de fe.

  Con los paquetes de dinero guardados es un neceser de dos cremalleras de plástico, estampado con enormes rosas rojas nos paseamos durante casi dos años, hasta que cumplí los dieciocho. Ambos llegamos a la conclusión de que ningún sitio de su casa o de la mía nos convencía al cien por cien para guardar semejante pastizal. En caso de que nuestros padres o cualquier otro miembro de la familia dieran con ello, tendríamos que dar muchas explicaciones que nos acarrearían multitud de dificultades. Con ropa amplia, el problema se mimetizaba, pues la bolsa desaparecía en los bolsillos interiores de las cazadoras o chamarras. Con la llegada del verano fue otra historia. La bolsa se pegaba al cuerpo y el resultado fue bastante más desagradable, sobre todo a la hora de entrar en casa.

  El asunto del parking se caldeó bastante al día siguiente de robar el dinero. Llegué en primer lugar y me aposté frente a la entrada, camuflado bajo una gorra y con la capucha de la sudadera puesta. El cuello de la chamarra ajustado porque hacía un frío infernal. Las manos en los bolsillos. No era viernes, pero el Citröen Xsara, apareció cinco minutos después. El corazón se me subió a la garganta mientras me apoyaba fuertemente a la pared, pues el conductor bajó del coche y me dirigió una rápida mirada. Sentí que la cartera de flores me ardía en el bolsillo interior del chamarro. Enseguida dobló la esquina la esposa del Antonio. Sonia le había sacado una foto junto a su marido, un domingo al mediodía alternando por el centro. Se besaron con pasión. 

  - No comprendo como pudo ocurrir - dijo ella al separarse del cuerpo del otro individuo.

  - ¿Qué haremos ahora? - en la voz del hombre había una mezcla de desesperación y prisa.

  - No lo sé. No acierto a entender qué pudo ocurrir. Si no te descerrajaron la cerradura... No entiendo, Ricardo. Explícamelo, porque no lo entiendo - la mujer se desesperaba por momentos.

   Sonia llegó en plena disputa.  Nos besamos con ardor, más por los nervios que por ardor juvenil. Sentía el cuerpo nervioso de Sonia. Ambos estábamos blancos y me costaba moverme con naturalidad. 

  - ¿Entramos en La Bilbaína? - propuso Sonia.

  Una vez instalados en una mesa cerca del ventanal lateral donde veíamos a la pareja, ellos tuvieron la misma idea y ante nuestra sorpresa, ocuparon la mesa contigua, minutos después. Nos ofrecieron la oportunidad de escuchar la conversación.

  - Tal vez lo descubrió tu marido - auguró Citröen.  

  - ¡Imposible! ¿Qué motivo podía tener? Antonio no tiene ni idea de nada, Ricardo.

  - ¿Estás segura? Tal vez alberga alguna ligera sospecha. 

  - ¡Por Dios Ricardo! Antonio es como sois todos los hombres. Nunca se entera de nada. Vive en su mundo. Lo único que le preocupa es el trabajo, la liga de fútbol, el coto de caza y la cena de los viernes en la sociedad. Soy un cero a la izquierda en su vida, ya lo sabes.

  - Lo cierto es que el dinero desapareció en los escasos treinta minutos siguientes a que tú me lo dieras.

  - No entiendo porqué te moviste del parking. Delante de mí, escondiste el paquete. Nos despedimos. Y de repente, ¿se te ocurrió tomar un vino? Perdona, Ricardo, pero no lo entiendo.

  - ¿Qué es eso de que no lo entiendes? Estaba nervioso y asustado, cosa lógica y normal después de que se te ocurriese la feliz idea de cargarte a tu marido - Ricardo hizo una pequeña pausa. Tomó un sorbo largo de cerveza y continuó -: El escondite era perfecto, tú misma estuviste de acuerdo con ello. No alcanzo a imaginar quién pudo sospechar que debajo del asiento había nueve mil euros. En el parking no había un alma, Isabel. Solo estábamos tú y yo.

  - ¿Insinúas algo? - la mujer se mostró recelosa.

  - Nada, Isabel. No insinúo nada. Trato de hacerte entender que el dinero ha desaparecido misteriosamente.

  - Pues yo si estoy mosqueada. Cuando planeamos esto juntos, dijiste que tú te harías cargo de todo. De un día para otro, me dices que lo mejor sería buscar a alguien para el trabajo sucio. Que te sientes incapaz de matar a un tío. Un tío que sabes que no me hace feliz. No me gustó la idea de meter a terceros en el asunto pero accedí. Comprendo que para ti no será fácil cargarte a Antonio. Bien. Te encargas de buscar a un asesino y encuentras a un tipo que por el trabajo exige nueve mil euros, Ricardo. Me pareció una barbaridad y así te lo dije. ¿Tan difícil es pegarle un tiro a un fulano? Te consigo el dinero, que lo sacó de nuestra cuenta, la de Antonio y mía. Te doy el dinero y de repente, así, como por arte de birlibirloque, desaparece. Pues no lo entiendo, Ricardo. Por muchas vueltas que le doy, no me cabe en la cabeza. Ahora tendrás que apañártelas como puedas porque como comprenderás, no estoy para darte otros nueve mil euros - tronó Isabel.

  - Juanjo es un buen tío. Lo conozco desde hace años. Está pasando un mal momento económico y se niega a hacer el trabajo sino se lleva un buen pellizco, cosa lógica por otra parte.

  - Pues tú verás cómo resuelves el tema. Yo no suelto un euro más. Pero también te digo, que no soporto a Antonio ni un día más. 

  - No tengo que resolver nada, Isabel. La idea fue tuya.  Nunca he pretendido deshacerme de Antonio.

  - ¿Por qué no quieres entender que no me hace feliz? - sollozó Isabel y desde mi misa observé que sin una lágrima.

  - Te has encargado de grabármelo a fuego desde el día que nos conocimos. Ahora estoy pensando que cuando se te pase el enamoramiento, tal vez reconsideres que tampoco yo seré capaz de hacerte feliz. Tal vez entonces recurras a alguien que esté dispuesto a liquidarme y tal vez ese sujeto tenga menos escrúpulos que yo.

  - ¿Qué quieres decir? - en los ojos de la mujer reverberó una gélida frialdad.

  - Siempre dices lo mismo pero me cuesta creerlo. No pongas cara de "yo no fui". Tú no crees que me robaron el dinero. ¿Por qué tengo que creerme que tu marido no te hace feliz? - guardó silencio durante escasos segundos. Luego estalló -: Existe el divorcio, Isabel. No se puede ir matando a la gente porque no sean capaces de hacer felices a los demás.

   A Sonia se le escaparon algunos gritos, suspiros y lamentos pero nuestros vecinos de mesa ni se inmutaron. También yo me mostré excitado y me movía constantemente en la silla. Tan enfrascados en el diálogo macabro permanecía la pareja, que ni siquiera repararon en nuestra presencia. Varias veces estuve tentado de levantarme y soltar la cartera de plástico sobre la mesa y espetarles: "No os llevéis mal rato. Aquí está vuestro dinero. Podéis deshaceros del pobre Antonio cuando os venga en gana". 

  Sonia dice con frecuencia que por entonces, desarrolló un sexto sentido conmigo. Me leía y me lee el pensamiento. En la mesa de La Bilbaína me cogió las manos y señaló la salida. Pagué en la barra y nos encaramos al aire gélido.

  - ¡Hostia, Betoñín! ¡Qué se van a cargar al pobre Antonio! - lo musitó de tal manera que casi tuve que leerle los labios.

 - ¿Qué hacemos con el dinero? - me atreví a preguntar, intuyendo la respuesta.

 - ¡Betoñín, cariño! No empieces otra vez. ¿En un momento como éste, sigues pensando en el dinero?

  - ¿Tú sigues pensando en quedártelo?

 - ¿Qué hacemos ahora nosotros? - lanzó desoyendo mi pregunta.

 - Sabía que no teníamos que quedarnos con la maldita caja, ¡lo sabía!

 - Olvídate del puto dinero. Tenemos un problema mucho más gordo. Sabemos que pretenden cargarse a un tío.

 - Vayamos a la comisaria. La de Olaguibel nos pilla a mano - ofrecí como alternativa.

  - ¡Qué idea tan cojonuda! Se ve que piensas directamente con el culo. Vamos y les soltamos: "Sabemos que entre la esposa y el amante se van a cargar al marido de la primera". Ellos, tranquilamente, pretenderán saber de dónde hemos sacado tan magnífica información. Como respuesta y también muy tranquilamente, porque lo van a entender a la primera, les decimos que nos gusta pasarnos la vida en los aparcamientos, que vigilamos, que abrimos coches, que casi nunca robamos nada valioso pero que ayer nos encontramos nueve mil euros en una caja de cartón, escondidos bajo el asiento de un Citröen que abrimos con la ayuda de dos clips y que casualmente sabemos que es propiedad del amante. También podemos añadir que tenemos fotos y los datos necesarios de los implicados, además de los de la víctima. Se mostrarán súper agradecidos, si además les brindamos la conversación de los tortolitos, que se me ha ocurrido grabar. ¡De puta madre, tío! ¡A ver cuándo cambias el chip y te enteras de una puta vez que somos fantasmas! ¡Estamos en el parking pero para los efectos es como si no estuviésemos!

  - Estoy hasta las narices de que todo lo que hago y digo te parezca mal - exploté -. Me estoy hartando. Si quieres te doy el puto dinero y haces con él lo que te salga del higo. Sigo con mis aparcamientos y tú te vas a la mierda si te apetece.

  - Perdona, Betoñín - tardó unos minutos en asimilar el cabreo -. Esta pareja me ha rayado a tope.

  - Y otra cosa importante. Deja de llamarme Betoñín. Soy Daniel, ¿te queda claro?

  - ¡Clarísimo! Creía que Betoñín te gustaba. Me parece cariñoso, pero a partir de ahora, lo que tú digas. Te llamo Daniel, que es mucho más bonito.

  Nos alejamos hacia la calle Los Herrán. Desde la esquina vigilábamos el Citröen, sin levantar sospechas. Hasta el momento, no habían reparado en nuestra presencia. Tomar precauciones, no estaba de más. Al cabo de cuarenta y cinco largos minutos se encaminaron hacia el coche. Gesticulaban airadamente y a pesar de la distancia estaba claro que la agria discusión proseguía. Ricardo movía los brazos con brusquedad. Subió al coche y arrancó. Isabel se quedó inmóvil, durante cinco minutos. Luego, a paso lento y con los brazos cruzados, avanzó camino de su casa.

..........

  A regañadientes, pretendí olvidarme para siempre del parking, aunque era mi preferido. Para siempre es un concepto inmenso y nuevamente Sonia vislumbró el error.

  - Dani, di que no volverás mañana. Ve poco a poco. Si piensas en el destierro total, nunca serás capaz de dejarlo - se mostró conforme en no volver, pues nos enredamos demasiado y nuestras vidas peligraban. Ambos intuíamos que nada bueno saldría de aquel tinglado.

  Pero una cosa es el sentido común y otra el corazón. El deseo se impuso a la razón. La atracción triunfó. La dificultad de olvidar de la noche a la mañana el impulso, organizado y meticuloso del anhelo caprichoso y desbordado, imperó sobre la lógica más aplastante.

  Al día siguiente, sin lograr pegar ojo en toda la noche, a las ocho de la mañana, mandé un mensaje a Sonia.

  - Voy camino del parking.

  - Estoy allí en media hora. He pensado lo mismo. Al fin y al cabo hay otras dos plantas con un montón de coches que esperan nuestra revisión - se justificó.

  - Volveremos al trabajo. Lo importante es olvidarnos de Ricardo, Antonio y su mujer - escribí convencido de que era lo correcto.

  - Es cierto, Dani. ¿Qué nos importan a nosotros los problemas de esos tres? No hemos hecho nada malo. Tenemos la conciencia tranquila.

  - Desde luego - palpé la bolsa de plástico con "nuestros ahorros", como los llamaba Sonia y tantee la posibilidad de agregar que algo malo si habíamos hecho y que por lo menos, mi conciencia no estaba del todo tranquila, pero desistí, no era cuestión de añadir más leña.

   Merodeamos por la primera planta del parking durante casi dos horas. Hubo mucho movimiento de coches y recaudamos pequeñas cantidades de dinero con la disculpa de guardar para mejoras de la empresa. Sonia era muy meticulosa con el dinero y muy mirada para el engrandecimiento del negocio. Además nos hicimos con un pequeño botín de menudencias y recogimos datos personales de los conductores de varios vehículos que encontramos abiertos. No forzamos ninguna cerradura. Aunque no mencionamos el tema, ambos nos sentíamos inmersos en el asunto de Antonio-Isabel-Ricardo. Hacia quince minutos que Sonia había decidido acechar en dirección contraria a mi. Mientras yo me ocupaba de tres coches seguidos que se preveían sencillos pues los conductores los dejaron abiertos. Enfrascado en pensamientos inútiles sobre el planteamiento del asesinato, trabajaba sin descanso. Al salir de uno de los coches, una sombra me sorprendió escondiendo mi pequeño botín en los bolsillos de la chamarra. Me tocó el hombro ligeramente, apenas fue un roce, pero el respingo que me obligó a dar, estaba cerca de una dislocación de hueso.

  - ¿Se te ha perdido algo por aquí? - la voz me hizo temblar y me volví lentamente, esperando que no fuera el dueño del último coche que acababa de asaltar. El susto fue terrible pues reconocí al fulano. Mejor dicho, reconocí la ropa y el casco, que ahora llevaba bajo el brazo. Lo miré sin pestañear -. ¿Estás sordo? Te he hecho una pregunta.

  - Se me ha caído dinero, unas cuantas monedas - respondí rogando que no hubiera visto toda la escena de principio a fin. El tipo no era otro que el de la moto, el que apodábamos Suzuki.

  Sonia, unos metros alejada de nosotros, había visto la escena y lanzó hacia donde nos encontrábamos una lata de Coca-Cola que había comprado en el súper antes de llegar al parking y que no había abierto todavía. Impactó contra la cabeza del tipo, que perdió el equilibrio. La lata explotó al caer y el contenido se disperso como propulsado por una fuerza descomunal. Durante escasos segundos, no fui capaz de reaccionar. Mi cuerpo se mostraba contrario al movimiento y me quedé paralizado, sin entender bien lo que estaba pasando.

  - ¡Corre! ¡No te quedes ahí parado! ¡Corre! - escuché la voz suplicante de Sonia que a su vez se escuchaba cada vez más lejana. Entonces me percaté de que era porque corría hacia las escaleras. La seguí, dejando al tambaleante intruso medio atontado debido al impacto de la lata.

  Seguí a mi compañera con el corazón borboteando adrenalina. Al pie de la segunda planta, nos juntamos. Ella jadeaba por el esfuerzo.

  - Deberíamos marcharnos. Imagínate que el tío llama a alguien. 

  - ¿Qué hacía Suzuki en la primera planta? - estalló Sonia, visiblemente asustada.

  - ¡Vámonos de aquí! - invité cogiéndole de la mano y tirando de ella.

  - ¡Espera, espera un poco! Vamos a pensar...

  - No tenemos tiempo, si quieres pensar, date prisa  y piensa en cómo salir de aquí. 

  - ¡No! Este tío está aquí por alguna razón que se nos escapa.

  - Los que no vamos a poder escapar, somos nosotros si te empeñas en pensar.

  - ¿No te huele a encerrona? - insistió frenando mi carrera.

  - Me huele a que como nos pesquen, ya puedes encomendarte a San Judas, como dice mi amatxo.

 - ¿No lo entiendes? Precisamente eso es lo que están esperando. Que salgamos corriendo a toda leche.

  - Aquí no podemos quedarnos. ¿Qué hacemos? ¡Estamos atrapados!

  - Nos refugiaremos en los váteres - la cara se le iluminó ante la sugerencia de lo que consideró una idea genial -. Podemos pensar con calma la siguiente maniobra.

 Nos dirigimos hacia los aseos con rapidez sigilosa. Nos encerramos en uno. Previamente Sonia tuvo la feliz idea de bloquear los pestillos de las demás puertas. Evitaba que nuestro perseguidor nos diera caza, en caso de escudriñar por allí. Hicimos equilibrio sobre la tapa del váter.

  - Bien, salvados de momento. ¿Qué hacemos ahora? - suspiré.

  - Pensemos primero en como nos han podido relacionar. 

  - Esta claro que ellos saben algo que nosotros no sabemos - comencé a darle al coco.

  - Exactamente. ¿Has visto a Suzuki en alguna otra parte?

  - Nunca, de hecho le he reconocido por la ropa y el casco. Lo que está claro es que él si me conoce de algo... aunque pensándolo bien, tal vez el tío me conoce de verme por aquí. Por la razón que sea hoy me ha descubierto en la primera planta... ¡Me cago en su puta madre! 

  - Creo que el hecho de que te haya descubierto hoy no tiene relación con el asesinato - matizó Sonia.

  - Tal vez, pero si no es así, tenemos un grave problema.

 Escuchamos pasos precipitados y nos quedamos como estatuas abrazados. Me senté en la cisterna y Sonia lo hizo sobre mi. Ambos estiramos un poco las piernas. Ella apoyó su espalda contra mi pecho y nos cogimos de las manos. La bolsa del dinero se me incrustó en la cadera. Con la mano libre intenté sujetarme lo mejor posible. Al otro lado de la puerta alguien entró en los aseos. 

  - Parece que esto está vacío. Las puertas no funcionan - era la voz de Suzuki -. Ese mocoso puede jodernos bien.

  - ¿Cómo has podido perder al chaval? Lo tenías a huevo - Ricardo era el compañero.

  - Ha echado a correr. Algo me ha golpeado por detrás y el chaval ha huido. Ese niñato está siempre metido en el garaje. Fisgonea de aquí para allá. Supongo que es un mangui y que no supone ningún peligro para nosotros, pero no me fio. 

  - Tenemos que tener todo bien atado. No me gustaría que por una tontería y encima sin haber logrado el propósito, nos empapelaran por un puto criajo - tronó la voz de Ricardo.

  - ¿Has descubierto algo sobre le dinero?

  - ¡Nada! Es muy extraño. Estoy completamente convencido  de que alguien siguió a Isabel desde el banco hasta aquí y que ese mismo alguien, lo robó. 

   - También pienso que te pudiste quedar con el dinero.

  - Ya estás otra vez con eso. Mira que tienes manía - se defendió Ricardo - ¿Cuántas veces te tengo que repetir que reconozco haber metido la pata pero que fue un simple descuido?

  -  Nadie más que tú tiene la culpa. ¿Quién comete la torpeza de dejar nueve mil euros en el coche? Si te  hubieras quedado esperándome, nada de esto hubiera ocurrido, en el caso de que sigas insistiendo en que te robaron el dinero - se quejó Suzuki.

 - También he pensado que te acercaste hasta aquí y te llevaste los nueve mil y ahora pretendes sacar más tajada - Ricardo se mostró suspicaz -. Para rematar Isabel también está mosqueada y empieza a perder la paciencia. Por otro lado, Antonio puede sospechar...

  - ¡Para ya, Ricardo! - Suzuki propinó un fuerte golpe en la puerta de al lado -. Tú jodiste todo el asunto. Tenías que haber esperado un poco.

 - Esto me supera - terció Ricardo malhumorado -. Nunca he matado a nadie, nunca he planeado nada semejante. Teníamos un plan cojonudo: elegimos a la pareja adecuada, nos pareció fácil timarles. 

  - Pero luego te enamoraste de Isabel. Ya dice el refrán que de donde saques para la olla, no metas la polla. Tú siempre has sido un picha brava.

  - Me pareció una mujer sensible, llena de ternura y tan desgraciada con su esposo - se defendió Ricardo -. Ahora creo que es una bruja.

  - Desde el principio me pareció extraño. No me cabía en la cabeza que una señora tan delicada y sensible estuviera deseando liquidar al marido para liarse con el primero que se cruza en su camino.

  - No te pases, Javi. Cuando te plantee la idea de cargarnos al marido, estuviste de acuerdo desde el primer momento.

  - El tema es que hemos perdido el dinero y si no hay dinero, no hay muerto. No me arriesgo por muy infeliz que sea Isabel.

   El silencio fue tenso durante unos instantes.

  - Y con el chaval, ¿qué hacemos?

  - Tú te encargas de él. Si lo vuelves a ver merodeando por aquí... - dejo la frase en suspenso mientras un destello de desequilibrada zozobra recorrió mi cuerpo.

  Sonia se llevó una mano a la boca, se mordió el dedo y se apretó más contra mi hasta el punto de bloquearme la respiración. Me quedé helado.  A pesar de que llevábamos más de cinco minutos solos, desde que la pareja de matones había abandonado el aseo, no nos atrevíamos a movernos. Nuestros cuerpos temblaban y ni siquiera podía pensar con claridad cuál sería nuestro próximo movimiento. Pasaron quince largos minutos, sin que hubiéramos articulado palabra alguna y con las piernas entumecidas, decidimos abandonar nuestro precario escondite. Salimos sigilosos y acechando como animales salvajes, evitando el ataque certero de los depredadores. Nos amparamos en las sombras y avanzamos pegados a la pared. El motor de algún coche y algunas luces nos sobresaltaron, luego volvió la quietud. Sonia se movía pegada a mis talones, mientras mis ojos intentaban divisar a nuestros enemigos. Un disparo resonó junto a una columna y ahogamos un grito.

  - ¿Estás bien? - pregunté susurrando a mi espalda.

  - Todo lo bien  que se puede estar - musitó Sonia con voz temblorosa.

  - Van hacia las escaleras - la voz de Ricardo sonó apelmazada a nuestra izquierda. Los pasos de Suzuki rozaron rápidos el pavimento del parking y se detuvieron a escasos metros.

  - Iré hacia ese coche que acaba de aparcar - susurró Sonia -. Intentaré alcanzar la salida al amparo de su sombra, me pegaré al conductor todo lo que pueda, no se atreverán de ese modo. Tú corre todo lo que puedas en dirección contraria. Una vez que esté en la calle, llamaré a la policía. Sin esperar respuesta, avanzó con premura hacia la conductora, a medida que su figura menuda abandonaba mi compañía me sentí confuso y desorientado. Pero la figura no avanzó hacia la salida, sino que tomó el camino hacia nuestros perseguidores.

  Y ahí estaba yo, entre dos columnas, al amparo de un cuatro por cuatro. Por suerte, Sonia se percató a tiempo de que la mujer que pretendía que le sirviera de escudo, no era otra que Isabel.

  Me lancé en plancha hacia el suelo, arrastrando el cuerpo pegado a la pared, incorporándome para probar las cerraduras de los vehículos estacionados. Por fin encontré un Fort bastante viejo, que me ofreció un escondite seguro. Afortunadamente, Sonia me había enseñado a ponerlos en marcha. Salí de estampida y aunque mi manera de conducir dejaba bastante que desear, salté la barrera de seguridad y accedí a trompicones al exterior sano y salvo. Abandoné el coche en la entrada, supuse que en escasos minutos alguien saldría o entraría y daría la voz de alarma. Sería una buena oportunidad para Sonia. En la plaza junto al museo, un coche patrulla dejaba languidecer la tarde. Me acerqué sin tener claro lo que les iba a decir. Hoy es el día en que  no lo recuerdo con exactitud, solo el hecho de saber que Sonia estaba corriendo peligro, mantuvo bloqueada mi memoria durante meses. Lo cierto es que algo debí de relatar acerca de los planes de Ricardo y el motero porque fueron detenidos junto con Isabel, que según declararon a lo largo de los siguientes días, fue la instigadora de todo. Antonio salió ileso al igual que Sonia, que fue rescatada con un ataque de ansiedad. Se ocultó en el interior de un coche, encorvada entre los asientos delanteros y los traseros. Fuimos recompensados y aunque en un principio nuestros padres no comprendían qué se nos pudo perder en el parking, pronto reconocieron que sin nuestra intervención un hombre inocente podría haber perdido la vida. Sobre los nueve mil euros, no dijimos ni pío.

........

  Han pasado quince años. Sonia y yo seguimos juntos. Enamorados. Conseguimos fundar la "Empresa de Espionaje y Hurtos". A efectos legales EH es una compañía informática. Somos socios y trabajamos tal como la concebí hace quince años, o dicho de otra manera, hacemos lo mismo que en los aparcamientos. Nos llevamos grandes cantidades de dinero sin usar la fuerza bruta. Espiamos y perseguimos a individuos de alto standing durante meses y cuando tenemos todo bien atado, procedemos al hurto limpio. Nuestro negocio se encubre en una oficina que montamos con el dinero que durante dos años guardamos en la bolsa de flores del chino y que llevamos a cuestas día tras día. Continuamos merodeando por los aparcamientos. El preferido sigue siendo el de Artium. En la actualidad, administramos grandes capitales: dinero negro, gris, azul, rojo, o verde. Normalmente vamos a por políticos  o empresarios corruptos. Desgraciadamente, también tenemos que pagar facturas e impuestos, un par de veces al año, nos vemos obligados a asaltar bancos, como en el oeste americano. Muchos ciudadanos continúan con la mala costumbre de dejar los vehículos abiertos en el parking. Seguimos siendo tipos raros, apartados socialmente. Estamos muy lejos de todo lo que la sociedad considera normal. Insistimos en perpetuar a los especímenes raros: tipos como nosotros...

  Sonia está esperando un hijo, nuestro primer retoño. "Un nuevo Betoñín está en camino", según palabras de ella. En breve seré padre. Esta idea me asusta y aunque he pensado incluso en sentar la cabeza y buscar un trabajo tranquilo y normal, como el de cualquiera, mi compañera me lo ha quitado de la cabeza. 

  - Robar es lo que hacen los políticos, Dani. Lo nuestro es un negocio. 

  - Un negocio turbio, Sonia. Estamos a punto de ser padres, deberíamos ir pensando en el futuro, en el futuro honrado - rezongo convencido.

  - Es una empresa floreciente, cariño. Nadie en su sano juicio abandonaría un chollo de este calibre. ¿Recuerdas qué te dije cuando nos conocimos? - sin esperar respuesta, continua con su recurrente discurso -. Te dije que no ibas a tener competencia. Eres pionero, el puto amo, Betoñín. No sabemos hacer otra cosa.

 - Somos fantasmas - respondo cabizbajo -. ¿Qué educación le vamos a dar a nuestro hijo? No somos normales, carecemos de principios.

  - Deja de atormentarte - implora mimosa -. Debes reconocer que somos un par de fantasmas cojonudos.

  - Mi maestra, mi guía, mi apoyo... Mi amor - nos abrazamos -. No se que haría sin tu fuerza.

 - Te hundirías en la miseria y habrías renunciado a este suculento negocio - me coge la mano y le palpó la tripa. Mi hijo se mueve y me hace sentir un tío grande.


 

 

  

  

  

jueves, 11 de febrero de 2021

CENTURIA

       Hoy habla el corazón, ése que se viste de blanquiazul, que desde lo más profundo borbotea amor cercano, desenfrenado, pasional e inquieto. Es el amor embrionario, con el que se nace, el que  se predispone a amamantar un escudo desde el vientre materno. Es un gen, algo que se te pega al plasma y que desde el mismo momento en que eres concebida, crece contigo. Es el amor que se hereda, que sabe rico, que fragua milagros cuando las cosas no pintan bien, que te marca a fuego una palabra mágica, que rezuma un himno que se te cincela a la memoria antes de aprender a hablar.

  Este amor surge como una letanía agónica, que te envuelve en sufrimiento y obliga a este pobre corazón a latir a mil. Que hace que te sepa a manjar suculento algunas tardes y que otras te predispone al vomito irreparable.

  Es el amor a lo que consideras muy tuyo, lo que crees que te  pertenece por derecho, lo que presupones  que existe para ti, para tu disfrute, tu alegría y tus lágrimas. Aunque parezca mentira, todo amor te hace llorar y éste en concreto, te inclina también al juramento soez, al berrido enfadado, a la desidia injusta y al fracaso más absoluto.

   Este es el amor incondicional, a veces peregrino y otras insurrecto pero siempre intachable. Es el amor compartido y cuantos más voces lo aclamen, más orgullosa te sientes.

  A pesar de los años es el amor glorificado, vitoreado aunque a veces se  apelmace, se vuelva torpe, se caiga, se niegue a levantarse.  Otras, resurge de sus cenizas, aguanta patadas y palizas descomunales, se hunde en la miseria más absoluta o baila en los salones más lujosos. Es imprevisible, informal, pequeño y enorme a la vez, humilde, honrado y sobre todo es gloriado: es el Glorioso.

  Es una religión, un  precepto a seguir, una bandera, una idea, u arraigado sentimiento, una pasión incontrolada, un orgullo vitoriano,  es un muchacho que acaba de cumplir 100 años y se tambalea como funambulista una vez más. Ha estado tantas veces en la cuerda floja y tantas ha salido ileso de sus tropezones, que confiada, le auguro muchos años más de vida.

  Aunque el corazón se me salga del cuerpo, aunque el sufrimiento parezca ser eterno, por muchos disgustos que nos dé, nunca podré dejar de amarle. Por mis venas seguirá corriendo sangre albiazul, esgrimiré su nombre como baluarte de orgullo. Siempre serás mío. Siempre  con el corazón  rezumando  DEPORTIVO ALAVÉS.


   

lunes, 25 de enero de 2021

BRATVÁ

      Los sueños de Malkovich morían con agonía lenta. Huyendo de la precaria y miserable vida que soportaba en Omsk, su Rusia natal, hacía ocho años que se había instalado en una ciudad tranquila, demasiado tranquila para un detective privado como él, ansioso de poder resolver casos que le otorgaran cierta fama. Pero en aquella Vitoria provinciana nunca pasaba nada.

  Harto de arrastrarse como un desdichado, de enzarzarse en préstamos inútiles y de pedir dinero a algunos paisanos que recalaron en la ciudad verde y gris, desmantelaba el pequeño habitáculo que le había servido de despacho y en los últimos diez meses, también de vivienda. Debía miles  de euros y dándose por vencido había decidido abandonar su profesión y aceptar cualquier oferta laboral para sobrevivir e ir pagando deudas.

  El sonido áspero del tele portero le apartó de sus pensamientos. Pulsó el interruptor y esperó sentado tras la mesa de roble, que se incluyó con el alquiler de la oficina, junto a un par de sillas, un archivador y una estantería. A su alrededor, el desorden era monumental. Cajas de cartón repletas de expedientes y agendas, pilas de papeles y estanterías casi vacías.

  - ¡Adelante! - invitó elevando el tono de voz, cuando vio una sombra al otro lado del cristal traslúcido.

   - ¿Malkovich, detective privado? - los ojos miopes se movieron alrededor de la estancia, sin detenerse en ningún rincón en particular.

   - El mismo. Siéntese, por favor - invitó preguntándose si se trataría de una esposa celosa engañada por el marido, aunque ésta parecía demasiado joven para ser la esposa sufrida de nadie. Las parejas en España se casaban a la edad que en Rusia eran abuelos. El oficio siempre era igual: esposos enredados en otras faldas, meciéndose en otras camas, abrazando nuevos amores y sintiéndose  hombres renacidos al ser mimados por otros labios y acariciados con nuevas ternuras.

  - No sé cómo empezar - nerviosa, temerosa y asustada, se tocaba un enorme colgante de plata que resaltaba el generoso escote.

  - Le sugiero que comience desde el principio. Tómese el tiempo que quiera. No hay prisa - intentó tranquilizar a la joven. Tal vez fuera universitaria, seguramente soltera. ¿Perseguiría las andanzas de un noviete escurridizo? Le pareció poco probable -. ¿Le apetece tomar algo?

  Ella rechazó el ofrecimiento con un gesto rápido de la mano.

  - Estoy casi convencida de haber matado a un hombre - las palabras salieron apresuradas, como quien tiene la seguridad de que al pronunciarlas, se borrarían la culpabilidad y el dolor.

   Por primera vez desde que la futura cliente llegó al despacho, la observó con detenimiento. El rostro tenía el color de la cera. Probablemente se debía al desasosiego, pues los brazos, manos, piernas y escote se exhibían bronceados. Los ojos azules enrojecidos, presentaban el aspecto de quién ha pasado horas llorando. Salvo un pálido rosa en los labios, no iba maquillada. Le calculó unos veintipocos años. Pese a todo ello, con el aspecto de muñeca de porcelana, resultaba atractiva.

   - ¿Cree haber matado a un hombre? Perdóneme pero no le entiendo - Malkovich se mostró intrigado.

   - A usted le parecerá extraño. Debo confesarle que yo misma me siento confusa.

   - No sé preocupe. Estoy aquí para ayudarle. Confíe en mí. ¿Quién es la supuesta víctima?

   - No conocía de nada al desdichado que se cruzó en mi camino.

   Malkovich arqueó las cejas, revelando su interés creciente.

   - Y por si todo esto fuera poco, he de añadir que el cadáver ha desaparecido - aseguró la joven abrumada.

   - ¡Por favor, señorita...!

 - Perdone. Todavía no me he presentado. Es por la angustia que tengo. Soy Susana Eguía.

   - Verá Susana. Creo que su problema tiene fácil solución. Un cadáver no desaparece con facilidad - argumentó el detective desilusionado -. Tal vez ese pequeño detalle indique que el sujeto en realidad está todavía vivo. 

   - Estoy completamente segura de que ese hombre estaba muerto cuando lo dejé  - aseguró la joven con insistencia.

   - Disculpe - Malkovich inclinó el torso hacia adelante, mostrándose más interesado -. Por favor, no omita ningún detalle, por superficial que le parezca. Cuéntemelo todo desde el principio.

   - Ocurrió el pasado sábado - comenzó el relato clavando las pupilas en los ojos del detective -. Como cada sábado mis amigas y yo volvíamos a casa después de una noche de juerga. Serían alrededor de las cinco y media. Hasta la esquina de la calle Prado, vamos las cuatro juntas. Luego continuo sola. Cerca de la catedral nueva, escuché voces. Alguien discutía acaloradamente. Desde la distancia, no veía claramente. Habitualmente uso lentillas, aunque por razones que no vienen al caso, últimamente me veo obligada a usar gafas. Ya ve cómo son - el grosor de los cristales delataba una avanzada miopía -. Por esa razón no llegué a distinguir bien a las personas implicadas en la trifulca. De haber llevado las lentillas, estoy completamente segura de que no me hubiera perdido detalle. Pero lo que si reconocería en cualquier parte, es la voz de uno de ellos, pues aun teniendo su mismo acento, la de este sujeto, resultaba inconfundible.

 Malkovich se revolvió en la silla giratoria.

   - Gritaba como un poseso - continuó Susana -: "Si no te apartas de este puto caso, seré yo mismo quien termine contigo", creo que esas fueron las palabras exactas. Otra voz más débil le maldecía y pedía ayuda.

  - ¿Llegó a ver cuántos eran los que intervenían en la trifulca?

 - Escuché cuatro tonos de voz diferentes, aunque no lo puedo asegurar.

   - Prosiga - invitó el detective.

  - No me atreví a seguir avanzando y me acurruqué a las sombras de Vicente Goicoechea, agradeciendo la poca luz que hay en la zona. Me mantuve quieta durante un tiempo que no puedo precisar, pero que me pareció una eternidad. Poco después las voces cesaron. Avancé unos metros, adentrándome en la calle, intentando mimetizarme a la pared del edificio de Juntas Generales para no ser vista. Tres hombres pasaron de largo por la otra acera y desaparecieron seguidamente. Me mantuve escondida unos minutos más, sin atreverme a abandonar mi precario refugio. Cuando mi reloj marcaba las seis y ya había amanecido, me atreví a cruzar y me dirigí hacia la calle Magdalena, por la acera de los jardines. Percibí un bulto junto a la parada del tranvía. Me acerqué con recelo. Se trataba de un hombre de unos treinta años, mas o menos. Estaba herido. Débilmente imploró ayuda a mi paso. Aunque hubiera querido pasar de largo, me fue imposible, ya que el sujeto, se aferró a la pernera de mi pantalón con desesperación, implorándome angustiado que no le dejara solo. Me incliné junto a él. Le palpé el cuerpo y di con el cuchillo que tenía clavado en el costado izquierdo. Gimió de dolor y palideció. A mi escasa visibilidad natural, se añadió un problema más: no supe reaccionar y las lágrimas me empañaron los cristales de las gafas. El pánico que se instaló en mi interior me confundió. Creo que apoyé la palma de la mano en el mango del cuchillo. Como consecuencia, éste penetró por completo y con suavidad se deslizó en el lacerado cuerpo. La mano del desgraciado, que se aferraba con mediana fuerza a mi ropa fue aflojándose hasta desplomarse minutos después. El terror se apoderó de mi. La ansiedad me ahogó. La angustia me cortó la capacidad de reflexión. No podía respirar. El corazón me latía a galope. La inquietud me agobiaba. Tardé varios minutos en reaccionar. Me separé  unos metros del cuerpo, dándole la espalda. Fueron escasos segundos. Medité sobre dar aviso a la ertzaintza. Cuando volví junto al cadáver... ¡Había desaparecido! El desconcierto me hizo huir de allí rápidamente.

  - ¿Por qué ha venido aquí? ¿No cree que hubiera resultado más lógico denunciar los hechos en la comisaria? - el detective se dirigió a Susana con tranquilidad.

   - No me he atrevido a contarle a nadie lo que ocurrió el pasado sábado. Durante estos días esperaba leer la noticia en algún periódico. Me siento desprotegida y  muy asustada - sonrió como disculpándose, como confiriéndose ánimos para proseguir con la rocambolesca aventura -. Además, tengo la sensación de que si voy con esta historia a la comisaria, piensen que estoy loca, sobre todo teniendo en cuenta que no hay cadáver. Me dieron referencias de usted muy positivas y encontré su número en las páginas amarillas.

 - ¿Qué desea usted que haga exactamente?

   - Aclarar el asunto, por supuesto.

   - Verá señorita... No veo la necesidad de...

   - Usted es detective - interrumpió la desesperada joven, mostrándose incomprendida ante la reacción del detective -. ¡Debe hacer lo que le pido! Puedo pagarle.

   - No es ese mi terreno, precisamente. Me ocupó de cosas más triviales, me temo. Y como le digo, no veo la necesidad de aclarar un asunto que está muy claro. Tal vez usted se sobrepasó con la bebida. Es muy normal entre la juventud de hoy en día. Quizá creyó ver algo, que en realidad no ocurrió. ¿Quién le dice a usted, pongamos por caso, que no se trataba del rodaje de una película?

   - ¿Lo dice en serio? ¡No me lo puedo creer! - exclamó desconcertada.

   - Un ajuste de cuentas en el peor de los casos - prosiguió Malkovich con su relajado tono de voz -. No fue usted culpable de nada. En el hipotético caso de que la historia que me ha narrado sea verdad, es decir, que el hombre estuviera mal herido, hubiera muerto de igual manera. Le aconsejo que trate de tranquilizarse, vuelva a su casa y olvide el asunto. Estoy seguro que todo es producto de su imaginación. 

 Abandonó el despacho con desesperación y tan nerviosa como se mostró al llegar. Anduvo con paso rápido la distancia hasta su casa, pensando en las palabras del detective. 

.........

  - Hay un cabo suelto - afirmó Yuri media hora después ante una taza de café humeante en una mesa del Harria, apartada de las miradas y los oídos indiscretos. He tenido la desagradable visita de una jovencita un tanto insegura, que al parecer presenció el suceso cuando regresaba a casa después de una noche de farra. La chismosa asegura que Malkovich está muerto y que el cadáver desapareció. Se trata de una telka (1) bastante cegata. Lleva gafas de culo de vaso. Me ha asegurado que reconocería mi voz en cualquier lugar.

  - Además de cegata, sorda - su acompañante parecía divertido. 

  - Pero, imagínate por un momento que lo que dice la puta es cierto y que el tío desapareció.

  - ¡Tú mismo lo has dicho, Yuri! Venía de marcha, es posible que bebiese más de la cuenta, la gente joven mezcla toda clase de brebajes, salen a ponerse hasta el culo de copas, no te creas que beben agua del Carmen, como dicen las viejas por aquí y para remate es miope. No creo que debamos preocuparnos.

  - Lo cierto es, que a pesar de ser corta de vista, estuvo allí. Desde la acera de enfrente no nos pudo distinguir y mi voz se le ha olvidado o por lo menos no me ha identificado. Nuestro acento es igual para la gente de aquí. Esto nos favorece, Sacha pero escuchó lo que dijimos, eso si que lo recuerda porque me lo ha repetido tal cual y...

  - Y eso solo significa que tiene buena memoria - concluyó el camarada -. Lo que me preocupa es que haya desaparecido el cadáver. ¿Crees que Malkovich estaba en condiciones de abandonar el lugar por su propio pie?

  - Tal vez el tío cayó al rail del tranvía y la chica no lo vio. Ella se marchó asustada y Malkovich conseguiría marcharse por su propio pie o le auxiliaría otra persona.

  - Es posible que sucediera como dices, Yuri. Solo le dimos una  buena felpa.

 - Aunque a la fulana no le falta imaginación. Me ha asegurado que el tío tenía un cuchillo clavado en el costado, el mismo con el que afirma, remató a la víctima. Me preocupa no saber dónde está el puto detective. Por su oficina no ha aparecido y tal como estaba cuando lo dejamos, por su propio pie, muy lejos no pudo ir.

  - Respecto a lo del cuchillo, hay un detalle... No sé cómo decirte esto, Yuri - argumentó el colega visiblemente preocupado.

  - Habla de una vez, Sacha.

 - Creo recordar que de momento solo pretendíamos asustarle.

 - Y eso fue lo que hicimos. Tal como nos ordenaron. De momento, una simple advertencia.

  - ¿Entonces?

  - Entonces, ¿qué, Sacha?

  - Yo no le pinché.

  - Yo tampoco. 

  - ¿Fue Oleg?

  - No lo creo.

  - ¿De dónde cojones salió el cuchillo?

 - No hay cuchillo. Ya te digo que la "telka" tiene mucha imaginación.

  - La puta te lo dijo, ¿no? Según ella le terminó de rematar con el cuchillo que tenía Malkovich en el costado.

  - ¿A qué viene esa chorrada? Tú mismo lo dijiste, se ponen hasta arriba de copas, igual le pegan a alguna otra cosa, ¡qué sé yo! Ya te he dicho que no ve tres en un burro, le parecería y con un poco de imaginación...

   - En realidad... Tal vez esa cyka (2) vio lo que vio...

  - ¿Qué estás insinuando?

  - Me falta el kindjal.

  - ¡Ya nasral na saku! (3) - maldijo el ruso.



          1. Forma despectiva de referirse a una mujer.

          2. Prostituta.

        3. ¡Me cago en la puta! (traducción literal)          

........

  - ¿Cómo te ha ido? - interrogó Malkovich, incorporándose en la cama, visiblemente dolorido.

   - Creo que bien. Como tú aseguraste,  me ha aconsejado que olvide el asunto. Ha intentado convencerme de que no ocurrió nada, que todo fue debido a la noche de copas. Se ha mostrado un poco nervioso pero no ha movido un solo músculo cuando le he asegurado que reconocería una de las voces, si la volvía a escuchar. Le habrá parecido gracioso. Pero yo a poco me cago de miedo. Es un tipo corrosivo.

   - ¿Ha mostrado interés?

 - Desde luego que sí. Sobre todo cuando le he asegurado que creía haber matado a un hombre y el asombro se ha manifestado en su expresión cuando le he asegurado que el muerto había desaparecido. No me ha gustado el comentario, pues ha dado por hecho que todo fue  ideado por mi exceso de copas. También ha sugerido que podía tratarse del rodaje de una película, ¿te lo puedes creer?

  - ¿Cómo está el despacho? 

  - Me ha dado la impresión que lo están desmantelando, que buscan algo o que te va a suplantar.

  - No lo creo. Yuri es el jefe de la Bratvá, la mafia rusa. El cliente que me contrató buscaba a su hija de dieciséis años, desaparecida.  Según la versión del padre, la adolescente había empezado una relación con un chaval ruso, que no les gustó desde el principio. Solo conocen el nombre. Hedeon se llama. Seguramente el chaval actúa de enlace. Lo más probable será que la cría se encuentre retenida en algún lugar a la espera de ser vendida para la prostitución. Los rusos buscan menores de edad, vírgenes, pues son las que alcanzan el precio más alto en el mercado.

   - Baran, ¿no te parece que es hora de que intervenga la ertzaintza?

   - Todavía no. Me faltan algunos datos importantes, como  saber cuántos tipos hay implicados y sus nombres. El tal Yuri es un viejo conocido. Estuvo varios años detenido en Rusia.

   - Me fije en las calaveras que tenía tatuadas en los dedos. Eran cinco.

   - Pues eso indica que se ha cargado a cinco tíos. Ya has hecho bastante por mi. Vuelve a tus estudios. A partir de ahora me las arreglaré solo.

  - Puedo ser de gran ayuda. Es más, me necesitas. Dime qué más puedo hacer por ti - suplicó Susana.

  - Esto no es un juego. Ya has hecho bastante. Es muy arriesgado, esa gente es feroz e implacable. Te agradezco mucho tu ayuda, pero hasta aquí ha llegado tu colaboración. 

  - Tal como estás, poco puedes hacer tú solo. Tienes varias costillas rotas.

 - Tengo contactos que saben moverse en el mundo de estos esbirros.

  - Si voy con  las gafas tengo aspecto de lerda - sonrió haciendo un pucherete.

 - ¡No! Con lo que has hecho, te has arriesgado mucho. No sé si eres consciente pero has puesto tu vida en peligro.

  - Se cuidarme sola. También cuido de ti o ¿tienes alguna queja desde el sábado que te rescate tras tu llamada?

  - Ninguna. Tu trabajo ha sido impecable pero ya vale. No quiero ni pensar en lo que pensarían tus padres si te pasara algo, sin contar con lo que me haría la policía... Para empezar me quedaría sin licencia. Desde que puse un pie en Vitoria, has sido la compañera de casa ideal, me alquilaste la habitación e insististe en que  me quedara, a pesar de no tener con qué pagarte. Fuiste mi primera y única amiga en la ciudad. Sigues siendo mi amiga. Te quiero. Te estaré eternamente agradecido. Pero no deseo que te involucres más. Dedícate a tus estudios y olvídate de mi.

  - ¡Qué fácil debe ser para ti! Nunca podré olvidarte - musitó desviando la mirada.

  - Somos amigos, muy buenos amigos. Los mejores amigos. También somos pareja. Nos amamos. Pero no eres mi ayudante.

 - Pero te tengo que olvidar - declaró -. Así de fácil.

  - No está en mis proyectos olvidarme de ti. De sobra sabes que no eres un pasatiempo. Te amo y no deseo que te ocurra nada malo.

  - Pero, yo si te tengo que olvidar... ¡Qué bonito!

  - Me has entendido perfectamente. Mientras esté enredado en este turbio asunto, debes apartarte de mi.

   - ¿Qué significan las torres tatuadas? - preguntó tras un rato de silencio incómodo.

   - Son los años que se ha estado en prisión. Cada torre significa un año. Yuri tiene unas cuantas, ya lo sé.

  - Tenían un color y un aspecto horrible, se le veían en el torso, llevaba algunos botones sueltos de la camisa. 

  - Lo del color es porque se las han hecho en prisión - desvió la mirada de la joven -. ¿Quieres que te cuente como lo hacen?

   - Si, por favor.

   - Es muy fuerte lo que te voy a contar, así que luego, te vas y te olvidas de mi mientras no resuelva el caso. ¿De acuerdo?

 - Ya veremos - respondió Susana resuelta.

  - Tienes que prometerme que dejarás de verme. No sé cómo me deje convencer.

   - Porque me necesitas.

   - Te he dicho que puedo arreglármelas solo. Es mi oficio y sé cómo hay que actuar. Yo soy el que corre riesgos.

   - Podría ser tu ayudante - insistió la joven.

   - No, no y no. No puedes.

   - ¿Por qué no?

   - Eres una chiquilla.

 - Tengo casi treinta años - aseguró orgullosa.

  - ¡Casi treinta dice! Los próximos que cumplas serán los veintitrés. Te queda mucho camino para los treinta.

  - El tiempo pasa rápido y siempre dices que soy muy madura para mi edad.

   - Pero muy joven.

  - ¡Y dale leña al mono! Veintitrés años es la edad perfecta para buscar un trabajo.

  - Un trabajo normal, Susana. Lo que tú pretendes es jugar a detectives. No eres más que una chiquilla y este trabajo es para hombres - aseguró sabedor de que el comentario le iba a ofender.

  - ¡Ah! ¡No! Por ahí no vayas porque me encuentras. ¡Chorradas machistas, las justas!

  - Tienes que centrarte en los estudios. Serás una estupenda doctora, trabajo mucho más tranquilo que el mío.

  - Cuéntame cómo se hacen esos tíos los tatuajes en prisión - desoyó los consejos de su novio.

  - Utilizan suela de zapato, que deshacen lentamente en algún recipiente que aguante el calor, pues  tienen que calentarlo. En ocasiones hacen un pequeño fuego dentro de la celda. Mezclan orina y algo de jabón y de esta forma tan rudimentaria, consiguen elaborar algo parecido a la tinta. Te dije que no te iba a gustar - aseguró interrumpiendo el relato ante la expresión repulsiva de Susana.

  - Cualquier detective que se precie tiene que empezar por saber algunas cosas desagradables.

  - ¿No te cansas nunca? Déjalo ya, Susana.

  - Continua, ya tenemos la tinta hecha y ¿ahora qué?

  - Modifican una máquina eléctrica de afeitado, añadiéndole una aguja. Por eso sale el color apagado que viste. La mayoría de las veces, se producen infecciones serias. En ocasiones, les provoca la muerte. Aunque la mayoría de las veces libran.

  - Son tipos duros - concluyó Susana pensativa.

  - Tú lo has dicho. Piensa solo por un momento a quiénes te enfrentas.  Son muy peligrosos.

  .........

    Malkovich continuó sus pesquisas en solitario. A regañadientes, Susana aceptó el consejo de apartarse del caso. El detective alquiló una casa bastante destartalada por poco precio. Era un cuchitril de una habitación con baño en la escalera, pero tan solo le cobraban cien euros de alquiler. Estaba convencido de que en cuanto resolvería el asunto de la mafia rusa, volvería a casa de Susana. Soñaba con el desenlace afortunado para él, que le premiaría con cierto prestigio y renombre y podría seguir ejerciendo la profesión que tanto le gustaba. Por medio de alguno de sus contactos fue descubriendo algunas cosas importantes.

  - Jefe, traigo información de primera - aseguró un joven escuálido y demasiado tatuado, hombre de confianza que le hacía algunos trabajos. Le apodaban "El Chispas" -. He descubierto que Oleg Sidorov es un ciudadano ruso que malvive en Samara, que no tengo ni pajolera idea de dónde cae, en un piso viejo y húmedo, junto a su mujer y tres hijos de corta edad.

 -Samara es una gran ciudad del suroeste de Rusia, a orillas del Volga - aclaró el detective.

  - Lo que usted diga, jefe. Este tipo es uno de los que le atacaron. Estuvo preso en Siberia, por delitos sexuales aunque no tiene delitos de sangre.

  - ¿Tu fuente es fiable?

  - Si, jefe. De total confianza. Mi prima Amaia, trabaja en un bar del barrio de San Cristóbal. Al lado hay un club nocturno. El dueño tiene un lío con una chica que es amiga de Amaia. 

  - ¿Puedes ir al grano? - cortó el detective, cansado de la cantidad de primas que tenía "El Chispas", una para cada ocasión que precisase.

  - Jefe, usted me ha preguntado por la fiabilidad de la información y yo le pongo en conocimiento de dónde ha salido - hizo un gesto dando por hecho que no se estaba apartando del tema y continuó con la retahíla -. Resulta que la amiga de mi prima, la chica del club, que se llama Paqui, bueno que nadie la conoce por Paqui, porque en su día a día se hace llamar Jazmín, que es mucho más sensual y glamuroso... Bueno, ya termino, jefe, no me mire usted tan mal. Jazmín es chica de compañía en El Harén, que es como se llama el club y suele estar con el tal Oleg y éste en cuanto bebe un poco se sincera con la Paqui, que es muy buena en eso de escuchar. Dice la Amaia que quería ser psicóloga, aunque no acabó los estudios primarios y...

  - ¿Qué más sabes acerca del caso?

 - El fulano viene a Vitoria durante cuatro o cinco meses cada año. Junto a Yuri y otro tipo, que Jazmín conoce solo de vista, pero que suele ir siempre con Oleg al club, forman parte de una organización criminal muy peligrosa. Jazmín le ha descrito a la Amaia el físico del tipo ése, es grande y muy fuerte. Tiene la cabeza rapada y tatuajes en casi la totalidad de ella y en la frente, algo que en el club les da bastante repelús a las chicas, aunque pese a su apariencia no es de los clientes más bestias.

  - Encaja con uno de los que me atacó.

  - Jazmín también conoce al tal Yuri, que también es asiduo del  Harén  y las otras chicas dicen que es muy violento con ellas. Pero eso ya lo sabrá usted, por ser el que más conoce de los tres, ¿no?

   - Así es. Este espécimen no dudaría en meter dos tiros a su propia madre si se opusiera a sus órdenes. Es un sicario que ha reventado numerosos chales en el sur y ha estado detenido, por lo menos un par de  veces en nuestro país.

  - Otra cosa, jefe. Me he pasado por su oficina. No han dejado ni las estanterías y por lo visto buscaban algo importante porque han destrozado un tabique y han levantado algunas baldosas del suelo.

  - Muchas gracias, Chispas - Baran extrajo cuarenta euros de la billetera y se los dio al joven -. Cuando te enteres de algo más, ya sabes dónde encontrarme. Ten mucho cuidado.

  - Con la mitad me basta, jefe - aseguró el chaval, rehusando parte de la recompensa -. Siempre tengo cuidado.

  Ambos sonrieron y Baran le acarició la espalda agradeciendo el detalle.

.........

  - ¿Te dio cuarenta euros por la información?

  - Tal como te dije, eso fue lo que me ofreció porque es lo que me da siempre. Y tal como me ordenaste solo le cogí veinte.

  - Bien hecho, Chispas. Aquí tienes los otros veinte -. Tengo que irme.

  - ¿Una cervecita?

 - No puedo. He quedado con el "casero" de Baran, que no es otro que un buen vecino mío para que me devuelva los cien euros del alquiler y a su vez los ingrese en la cuenta que Baran y yo tenemos a medias. Ese cuchitril es un almacén de mis padres.

  - Como se entere de lo que estás haciendo, se le va a poner una mala hostia del copón.

  - No se va a enterar. Tú chitón, ¿eh?

  - ¡Tranqui! Soy una tumba. Pero con lo orgulloso que es... - El Chispas torció la boca para demostrar lo que sucedería si llegara a saber la verdad.

  - Cuando todo esto acabe, le voy a obligar a tragarse todo ese orgullo tonto que tiene.

  - ¿Me alquilarás a mi ese pisito?

  - ¡Chispas! Si no vale para nada. Es pequeño, frío, húmedo, viejo y además oscuro. Para remate, tiene el baño en la escalera. Solo la taza y un lavabo minúsculo, sin ducha. Me pueden denunciar por alquilar semejante antro.

  - Pues a  mi me parece coqueto.

  - Tú te has fumado algo raro. ¡Coqueto, dice! - sonrió divertida -. Te dejo. Muchas gracias, Chispas.

  - Las que tu tienes, chata.

.......

  Habían pasado dos días desde que El Chispas fuera con la información. Baran, a oscuras en el húmedo cuchitril donde se vio forzado a residir, jugueteaba con el cuchillo que a pesar de los golpes, pudo robarle a uno de los atacantes. Se trataba de un kindjal en muy buen estado. Podía tratarse de una pieza de colección. Este tipo de armas fue usado a lo largo del siglo XIX en zonas del Cáucaso. Era un ejemplar de los mejores que había tenido entre manos Malkovich. Muy puntiagudo y de acero inoxidable. La hoja podía tener algo más de cuarenta centímetros. Sólido y resistente. El mango con algunos puntos de goma, ofrecían refuerzo, proporcionándole un fuerte agarre en cualquier situación, sobre todo en ataque, aunque fuera utilizado con guantes. Hubiera sido imposible salir vivo si en realidad le hubieran atacado con el arma. Malkovich pensó que Susana tuvo muy buena idea al añadir esa parte en el relato ante Yuri. Sonrió pensando en la muchacha y en sus extraordinarias ocurrencias. Se hallaba sumido en estos pensamientos cuando un email saltó al correo electrónico del portátil. Arrinconó el cuchillo y se acercó ansioso de buenas noticias. Leyó en voz baja: "Tus atacantes fueron: Yuri Kozlov, que tú bien conoces, Oleg Sidorov y Sacha Ivanov. Éste último experto en el manejo de cuchillos. ¿Te has llegado a preguntar la razón de que unos tipos tan violentos no usaran más que los puños?". Se identificaba como Amigo. Le fue imposible rastrear el correo electrónico del tal "Amigo", que por alguna razón, prefería actuar desde el anonimato.

  Baran se hacía la misma pregunta reiteradamente. Los tipos de la Bratvá no se andaban con tonterías. Les gustaba la violencia y disfrutaban matando. ¿Cuál era la razón de que no le hubieran rajado el cuello?  Agradeció al Amigo la información.

  Pensó en darse una vuelta por el club en el que trabajaba la tal Jazmín, aunque era bastante arriesgado dejarse caer por allí. No tenía el cuerpo para soportar otra paliza. Recurrió entonces a un viejo amigo, policía local jubilado que era un lince para ciertos trabajos. Ricardo, aseguró que esa misma noche se daría una vuelta por el club pues algunas de las chicas eran buenas amigas y conocía a la tal Jazmín. Cuarenta y cinco minutos después, Malkovich recibió un segundo email, éste muy aclaratorio: "Investiga a una tal Noelia San Juan. Creo que la conoces muy bien." Nuevamente firmaba Amigo.

  Decidió dar una vuelta por algunos otros antros, regresando a la guarida pasadas las cinco de la madrugada. Tirando del hilo de Amigo, descubrió datos muy interesantes y claves para el caso. El correo electrónico anunciaba nuevo email: "Sé de buena tinta que esta banda lava millones de euros que ingresan en cuentas fantasmas a través de las cuales, circulan millones en negro. El dinero procede de diversos países de Europa. Utilizan una red de empresas, aparentemente legales. Trabajan en la zona de Donostia en inmobiliarias y en seguridad privada. Tienen sus residencia aquí para no levantar sospechas. Vitoria es un emplazamiento muy tranquilo. Te han utilizado. Creen que eres un detective mediocre, de tres al cuarto - Baran intuyó cierto retintín en el comentario de Amigo -. ¿Has investigado lo que te dije?"

  Me puse manos a la obra inmediatamente.

............

  A sus veinte años Hedeon aspiraba grandes lujos. Contaba cinco años cuando sus padres emigraron de Rusia y se instalaron en Vitoria. Por entonces, seguía al pie de la letra los consejos del progenitor. El viejo le inculcó ideas que en la actualidad le provocaban arcadas. Le aseguraba que el estudio le proporcionaría las claves necesarias para salir de la miseria, le daría un buen trabajo, conocería a una buena chica, se casaría y formaría una familia. ¡Qué equivocado estaba! Un buen trabajo no lo daban los estudios ni el paso por la universidad. El salario del padre dio para lo justo, sin muchos caprichos. A los doce renunció a los libros y desoyendo los consejos paternos, se olvidó de los amigos de la escuela, buscando nuevas amistades entre los pocos rusos afincados en Vitoria. Los había buenos, malos y peores. Hedeon se decidió por el último grupo, no porque albergara malos sentimientos, sino porque el dinero fluía rápidamente y sin esfuerzo.

  Atravesaba la Virgen Blanca con paso decidido palpando el bote de clonazepam que llevaba en el bolsillo de la cazadora. Esto le aportaba seguridad y crecía la confianza en sí mismo. Dobló la esquina de Diputación y desapareció, entrando en un portal frente al palacio de la Diputación Foral, tras mirar disimuladamente a derecha e izquierda. Subió los peldaños de dos en dos. Hizo sonar el timbre en el tercer piso. Le franqueó la entrada una mujer de unos cuarenta años, desaliñada, bastante robusta y de movimientos pesados.

  - Hay problemas con una de las chicas de la última remesa que trajiste - anunció la mujerona con voz lastrada que resonó en el pasillo.

- Traigo lo que Yuri pidió.

- Te digo que hay problemas. ¿No escuchas?

 - Yuri aseguró que estaba nerviosa. Pues se le da una dosis doble y listo. 

  - Habrá problemas - sentenció la mujer, moviendo su orondo cuerpo pesadamente a lo largo de un estrecho y lúgubre pasillo.

  El joven desapareció tras una puerta. Dentro de la pequeña habitación interior, se hacinaban una veintena de chiquillas muy jóvenes, algunas de aspecto aniñado. Tumbadas sobre jergones, dormitaban semidesnudas. Un fuerte hedor a sudor y orines, le obligó a frenarse en el quicio de la puerta. Se alumbró con una linterna de mano. Paseó el haz de luz por la habitación, enfocando cada rostro pálido. Avanzó hacia una de las chicas. Sujetó la linterna con la boca,  enfocando el rostro de la jovencita. Sin esfuerzo, incorporó el cuerpo flácido y le agitó con brusquedad  los hombros. A duras penas la muchacha intentó abrir los ojos. Hedeon le propinó dos cachetes fuertes. Se escuchó un leve quejido.

  - ¡Abre los ojos! - ordenó Hedeon malhumorado - ¡Abre los ojos de una puta vez!

   - ¿Te lo dije o no te lo dije? - la voz tosca de la mujer sobresaltó al ruso y se volvió para recriminarla -. ¡Alto ahí! Solo te ocupas de ésa pero ni te has dado cuenta de que falta una.

   - ¿Qué dices, vieja? - Hedeon paseó la mirada por el cuartucho. Observó a la mujerona, que con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, le recriminaba con la mirada, mientras un cigarrillo pendía de los labios carnosos y amoratados por el vino. Las ojeras y las bolsas de los ojos, le conferían un aspecto ruinoso.

  - Digo que esta mañana te he llamado. Tú eres el encargado de estas putitas pero como solo tienes ojitos para ésa - señaló a Leire, desdeñosa.

  - Métete en tus asuntos.

  - Estos son mis asuntos, yo vigilo lo que tu traes.

  - ¿Se ha escapado? - preguntó sin comprender -. Si se ha escapado es cosa tuya.

  - ¡Pareces tonto! Te he llamando muchas veces. ¿Ni siquiera miras el móvil? Eres un  inútil. No sé en qué estaría pensando Sacha cuando te recomendó para este trabajo.

  - Deja de maldecir y dime de una puta vez que cojones ha pasado.

  - Tuve que recurrir a tu promotor - rio, exhibiendo una dentadura amarillenta -. Vino y se la llevó.

  - ¿A dónde?

  - ¡Y yo qué sé! Se la llevó y punto. ¿Todavía no sabes de lo que te estoy hablando?

  - ¿Era esa cyka del pelo corto? ¿Esa que no hacia más que llorar? Dime, vieja, ¿es ésa la que se ha llevado Sacha?

  - Si. Ésa misma. 

  - ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

  - A simple vista, Sacha, ha asegurado que se había quedado pajarito - soltó una carcajada áspera -, pero para tal diagnóstico, ya estaba yo aquí. La he descubierto esta mañana. Fría como el mármol. Posiblemente llevaba muerta desde ayer. La atiborraste de pastillas y le hiciste beber más de media botella de güisqui.

  - ¿Muerta? No puede ser.

 - Pues ha sido - ironizó la mujer sonriendo -. Tonto de los cojones, que no tienes ni media hostia y te crees que lo sabes todo.

  - No paraba de llorar y gritar. Me limito a cumplir las órdenes que me da Yuri, nada más.

  - ¿Sus órdenes fueron que se quedase tiesa?

  - Que la hiciera callar. Y es lo que hice.

  - Hay que tener los cojones muy bien puestos para este trabajo y tú no los tienes.  Se han perdido miles de euros por tu culpa.

  - ¿Y a ti qué te importa, vieja bruja?

 - De esto comemos todos. No lo olvides. 

  - No lo olvido. Yuri está contento de mi trabajo.

  - Ya veremos que piensa cuando se entere de esto.

  - Déjame en paz.

  -  Te dejo con tu amor - se dio la vuelta y su sonora carcajada dejó un rastro de hediondez y amargura en la habitación.

  Hedeon se concentró en despertar a la  muchacha que a duras penas mantenía el equilibrio apoyando la espalda en el cuerpo de otra compañera cuya respiración leve y rítmica le hacía parecer dormir a placer. Escuchó la aguardentosa voz de la vieja, como un susurro  que rasgaba las paredes de la alcoba. Posiblemente le ponía al tanto a Yuri.

  "Estará echando mierda sobre mí, que es lo único que sabe hacer" - pensó nervioso. Volvió a agitar a la muchacha con más fuerza.

  - ¡Despierta, cojones! No me hagas esto Leire.

  - Hedeon - farfulló ella todavía con los ojos cerrados y acto seguido, un poco más claramente -: Sácame de aquí, por favor.

  - Si, cariño. Estoy contigo. Pero tienes que hacer lo que te diga, ¿vale? - sin dejar de sujetar el cuerpo, abrió el bote del medicamento y le introdujo cuatro pastillas en la boca. Luego, destapó la botella de güisqui y con voz melosa, agregó -: Bebe, anda sé buena con  tu Hedeon. Bebe un poco más, cariño.

  -¡Ayúdame! - tartamudeó Leire antes de dormirse.

  Fue lo último que escuchó decir a la chica antes de que la linterna se le cayera de la boca y rodara por la habitación. Luego su cerebro solo percibió el silencio.

.........

  Tras leer el tercer email del supuesto amigo, Baran tuvo un mala sospecha. La forma de expresarse en este último le otorgaba la certeza de la verdadera entidad que escondía el seudónimo de Amigo. Debía pararle los pies. Se llevó las manos a la cabeza. Tal vez tuvieran razón y le quedaba grande el caso. Llevaba casi una semana sin ponerse en comunicación con los padres de Leire. ¡Tenía tan poco que contarles! Los problemas se le acumulaban y de seguir mucho tiempo sin avances importantes, no podría ni siquiera pagar el ridículo alquiler del cubículo donde habitaba. La llamada telefónica le sacó de sus sombrías meditaciones.

  - Tengo información fresca - anunció la voz pletórica de Ricardo al otro lado -. Me he movido bastante por los tugurios nocturnos de nuestra ciudad. La tal Jazmín tiene información de primera. Apúntate el nombre porque la tía sabe latín. Verás, o bien el tal Oleg es muy confiado o ella trata de echar mierda sobre alguien. No lo sé. El asunto es que por un par de papelinas, la tía habla lo que no está escrito.

  - ¿Qué es eso tan interesante que has averiguado?

  - Casi todas las rusas que trabajan en el País Vasco las trae Oleg, que es el que se encarga de seleccionar la mercancía. Yuri es el responsable de la trama aquí, en el País Vasco. La mayoría vienen con un supuesto contrato de trabajo o con intención de estudiar. El caso es que si traen diez chicas, por poner un ejemplo, de aquí tiene que salir el doble, pero las nuestras han de ser vírgenes y menores de diecisiete años.

  - Eso no es nuevo, Ricardo. Las embaucan con señuelos pocos claros, les prometen el oro y el moro y las llevan a Rusia. Es fresco el hielo, ¿no tienes nada más?

  - Tranquilo tío - Ricardo pareció divertido -. El jefe supremo en Kazán, que es de donde traen a las chicas, es un viejo amigo tuyo. Agárrate a los machos: Andréi Búbka.

  - ¿Estás seguro? - preguntó Baran después de soltar un prolongado silbido.

  - Eso es lo que dice la tal Jazmín y yo la creo -. Y todavía hay más. Los millones que este tráfico genera los remiten a Rusia por medio de un testaferro, como es natural. Este sujeto se hace llamar Juan Ibarra. He investigado un poco más y, aquí viene lo gordo, el tipo no es otro que el novio de  Jazmín, el dueño de El Harem...

  - ¿El fulano que tiene varios clubes de alterne en varias zonas del País Vasco y que se ha montado un negocio de apuestas que le genera pingües beneficios?

  - ¡Vaya! Tú también te has aplicado.

  - Pero el fulano es en realidad Juan Ibarra, aunque en el club se le conoce por Pepe Martínez. En realidad el nombre completo es Juan José Ibarra Martínez.  Jazmín no conoce su verdadera entidad. Así que es posible que la chica haya dicho la verdad en todo lo que te contó. 

  - ¿Cómo te has enterado de todo eso?

  - Un Amigo me dio un nombre y he tirado del hilo. El buen Pepe tiene montados varios negocios muy lucrativos con apariencia de legalidad. Además es un viejo conocido.

.......

  - Quiero verte - lanzó Baran cuando la voz que esperaba escuchar respondió a la llamada.

  - ¡Vaya! ¡Qué sorpresa! Yo también te quiero y te he echado de menos - hizo una corta pausa, esperando algún comentario agradable, prosiguiendo en tono más cariñoso -. ¿Cómo estás? ¿Sigues en el caso de los rusos?

  - Quiero verte ahora. 

  - Estoy ocupada, tengo que estudiar.

  - Ahora, Susana.

  - Si suspendo tuya será la culpa. ¿Es eso lo que quieres? - respondió después de lanzar un suspiro prolongado a través del hilo.

  - ¡Ahora!

  - ¿Me vas a hacer el amor? Si tienes tantas ganas, podemos quedar esta noche. Sabes que mi casa está siempre abierta para ti y... mi cama también.

  - En diez minutos nos vemos en La Presumida - colgó sin esperar respuesta.

  Cuando estaba a punto de salir de casa, recibió otro email. Amigo volvía a la carga pero esta vez el correo era muy distinto. "Nos vemos en la hornacina de la Virgen Blanca. Pásate primero por las escaleras interiores de San Miguel, en Mateo de Moraza. Han aparecido dos muertos."

  .......

    El reloj de San Miguel marcaba las ocho y diez cuando Baran subió las escaleras de tres en tres. La mañana se desperezaba tímidamente. La niebla fresca presagiaba buen día, aunque de momento a Baran se le adhería a la camisa con rapidez. Varios ertzainas habían acordonado la zona. Le detuvieron en el acceso, enseñó la licencia y la joven ertzaina, evitando dirigir la mirada asustada hacia los cuerpos, le dejó pasar.

  - ¿Los han identificado? - preguntó a uno de ellos.

  - ¡Hombre, Malkovich! ¿Qué te trae por aquí? - preguntó Iñigo, se conocían por Susana. Fueron pareja hasta que conoció al ruso -. Éste es un asunto un poco feo, tío.

  - Estoy investigando una trama muy enredada. La Bratvá, nos ataca - respondió. Señalando al chaval -. Ése es ruso. Creo que su nombre es Hedeon.

 - ¿Qué sabes tú de los rusos?

 - Un padre desesperado me ha contratado. Su hija Leire de dieciséis años comenzó a salir con un chaval ruso hace unos meses. De un día para otro la chica decidió ser modelo. Empeoró en los estudios y quería viajar. Del tipo solo conocían el nombre: Hedeon. Las discusiones en casa eran continuas. Hace diez días la niña se fugó con el noviete, del que no han vuelto a saber nada.

  - ¿Prostitución? ¿Drogas?

 - Venta de jovencitas vírgenes. ¿Sabéis algo de eso?

  - Estamos investigando a un grupo por vender armas a África.

  Una corriente gélida apareció en las oscuras escaleras. Todos los presentes mantuvieron el tipo y dirigieron la mirada hacia el cuerpo de la chica, a la que el forense había dado la vuelta. Baran respiró tranquilo. No era Leire.

  - ¿Es la chica que buscas? - preguntó Íñigo con desaliento.

  - Afortunadamente no, pero refuerza mi teoría -. Tengo que hacer una cosa urgente y limar algo más el caso. Pero esta tarde os pongo sobre la mesa todo lo que tengo sobre el caso. ¿Cómo han muerto?

  - Al chico le han dado un fuerte golpe en la cabeza. A ella le harán la autopsia, pero seguramente habrá sido sobredosis - el ertzaina propinó un par de palmadas en el hombro de Baran, con confianza y sonrió, antes de añadir -: Perfecto, tío. Ten cuidado.

  - Por casualidad, no habrás visto a Susana por aquí, ¿verdad?

  - ¿A Susana? No. ¿Qué pinta Susana en este asunto? - la curiosidad se perfiló en el rostro de Íñigo.

 - Si yo te contara - contestó el detective echando a andar en dirección a la calle. El aire fresco le regaló una nueva esperanza.

........

  La explanada de la Virgen Blanca le recibió desierta y silenciosa.  Presentaba la quietud propia de una mañana de verano. Personas mayores, en su mayoría, circulaban con la parsimonia tranquila que otorga la edad por los Arquillos. La niebla todavía era cerrada. A lo lejos, la plaza y el parque de La Florida, se desdibujaban sumiéndose en espesa inactividad. 

  - ¿Qué haces ahí parado? - el sonido suave de la voz que esperaba, le hizo dar un respingo.

  Se volvió en redondo. Junto a Baran, Susana sonreía y aunque le provocaba abofetearla, la abrazó con frenesí.

  - Te quiero - musitó la chica con ternura.

  - ¿Qué te dije sobre el caso? - regañó Baran.

  - Que me apartara - contestó casi sumisa para crecerse un segundo después -. Pero sabía que me necesitabas.

  - Tengo contactos. Te has metido dónde nadie te ha llamado.

  - ¡Pero me ha gustado tanto! - se excusó mimosa - ¿Qué te ha dicho Íñigo?

   - ¿Cómo sabes que he hablado con Íñigo?

  - ¡Qué soy muy buena en esto, chaval! No te lo crees, pero soy buenísima - estalló desenvuelta.

......

  Andréi Búbka era paisano de Baran y compañero de estudios. Muy unidos en otro tiempo. Participó en el atraco de un banco, en el que resultaron heridos dos miembros de la banda. Andréi desapareció y más tarde se le dio por muerto. Pasados unos años, unos turistas hicieron unas fotos en Londres y en ellas salía Andréi perfectamente reconocible. Esas fotos cayeron en manos de la policía y dieron  la vuelta al mundo. Pero el delincuente se volatilizó nuevamente. Desde entonces estaba en búsqueda y captura.

 ........

  Hizo una llamada. Concertó la cita y con paso decidido y calculado, atravesó la Virgen Blanca. Siguió por el parque de La Florida  y avanzó en dirección a la Senda. Hubiera preferido caminar con sosiego por la zona de la ciudad, que desde su llegada, le había estimulado fantasía y le embriagaba fascinación. A lo largo del paseo, los plataneros se mecían a ritmo acompasado, produciendo un murmullo armonioso. Le hubiera otorgado placidez tomarse un café en el velador de la cafetería, acomodándose al ritmo lento de la ciudad. El sosiego de mediodía le aprestaba la espiritualidad divina del silencio amodorrado en los jardines y en las fuentes donde el agua producía el sonido que invita al deleite natural en pleno centro vitoriano. Todo el conjunto, amparándose por los muros neogóticos de la catedral, a un lado y de la lectura intempestiva de estudiantes o jubilados en la Casa de la Cultura, por otro frente. Sumido en pensamientos afrancesados, verdes, floreados y de reposo calmo, llegó ante la verja de la casa de Noelia San Juan. Se respiraba quieta y derretida imperturbabilidad, que abrumaba al visitante. La inmovilidad resultaba invasora. Trémulos se filtraban los rayos del sol. Baran empujó la verja que se abrió calladamente. Atravesó el parterre impecable. La fragancia de las rosas y los coloridos hibiscus despejaron el camino de incertidumbre. Ascendió los peldaños de acceso a la puerta principal y pulsó el timbre que dibujó un sonido uniforme en el interior de la casa.

 - Buenos días, Malkovich - Noelia abrió inmediatamente seguido de la llamada, como si hubiera estado esperando tras la puerta -. Sigues siendo muy puntual - añadió pero le impedía el paso sin moverse del sitio.

  - ¿Puedo pasar?

 - ¿Has venido a detenerme? - había arrogancia en la voz.

 - No es ese mi cometido. Lo mío es más  de ir averiguando, pista tras pista.

  - Lo tuyo es joder al personal - sonrió con amargura.

  - ¿Cómo te metiste en esto? - observó sin dar crédito a la mujer que tenía ante sí. Entró en la vida de Noelia cuando su padre, un conocido empresario, muy vinculado a la ciudad, le contrató. Fue su primer caso nada más recalar en Vitoria. Se trataba de que investigase las andanzas de su yerno, también empresario y como suponía San Juan, metido en asuntos sucios, además de resultar un esposo poco entregado a la familia y relegar a un segundo plano a Noelia desde el momento mismo de contraer matrimonio. Ocho años atrás, Noelia era una mujer de facciones agradables y cuerpo escultural. Ante Baran se presentaba un despojo. Su peso había aumentado considerablemente. Tenía las piernas hinchadas y las manos enrojecidas. El pelo lacio, sin brillo y blanco, caía en una enmarañada melena hasta los hombros. Las ropas viejas desentonaban en el umbral de la casa -. ¿Qué necesidad tenías?

  - Juan es el amor de mi vida - respondió con la mirada pétrea, frotándose las manos estropeadas - ¿Es tan difícil de entender? - sus palabras se asemejaron a ladridos.

   - Hablemos dentro - Baran la apartó sin esfuerzo y entró en el silencio de la casa triste. Se sentía incómodo ante ella. En el fondo, continuaba mostrándose altiva y majestuosa, como antaño.

  - ¿Te manda el viejo?

  - No. Me contrataron para buscar a una chiquilla que... 

  - Cuando me enteré que el padre de la niña te había contratado, pensé que sería un  acierto. Supuse que no llegarías a nada - la carcajada inundó el salón y se extendió a través de los muros -. Me parecías vulgar, un detective mediocre, un pelagatos. Me equivoque.

  - Puedes echar toda la mierda que quieras sobre mí. En esta ocasión tú pierdes y yo gano.

  - ¿Has venido a restregarme tu triunfo? Te creía más honesto.

  - He venido para saber por qué razón te has metido en este sucio mundo. 

  - Por amor. ¿Te satisface la respuesta? - tensó la boca a modo de sonrisa pero solo fue una mueca grotesca -. Juan me engañó con muchas, aunque ninguna era definitiva. Siempre volvía a mi y me hacía sentir viva.

  - La respuesta no es clara - Baran se giró -. Una vez te dije que el amor que sentías resultaba enfermizo y que te llevaría al desastre.

  - La vida me sonreía - continuó Noelia como si hablara para sí -, hasta que apareció esa ramera de Jazmín. Juan me abandonó definitivamente por una rastrera puta. Viajé y me instalé en Londres. Conocí a Andréi. Con frecuencia hablábamos de ti. No resultó porque no era capaz de olvidar a mi marido. Nos separamos como pareja pero me propuso un negocio redondo. A pesar de proporcionarme muchos millones, no conseguí ser feliz. ¿Sabes que el dinero no da la felicidad? Le propuse a Andréi mi vuelta a casa. Aceptó con la condición de que me encargara del suculento negocio aquí. Eligió a los mejores hombres para que me respaldaran.

  - Pero  Juan no volvió contigo.

- Tardé demasiado tiempo en comprender que no me había amado nunca. Mi padre decía que esas cosas las sabe cualquier mujer por intuición - sonrió con tristeza al recordar al padre.

  - Me rebajé ante él. Le supliqué. No me hubiera importado compartirlo con otras mujerzuelas y así se lo insinué. Se rió en mi cara pero comprendió que el negocio resultaba beneficioso y se propuso formar parte de nuestra asociación. Por tenerlo cerca... Siempre pensé que tarde o temprano volvería a mi.

  - Pero la realidad fue que te hizo más daño.

 - ¿Te crees que lo sabes todo? Juan y tu os parecéis mucho. No sois inteligentes. No valéis más que para calentar algunas camas, que dejáis enfriar de inmediato.

  - ¡Qué poético!

 - No deberías burlarte. Estás vivo gracias a mi. En el fondo te tengo simpatía. El viejo confío en ti aunque a mi me resultas patético. Soy sensible y sentimental. Me caen bien los tontos.

  - Muy sensible, ya se ve. Sobre todo con las chicas.

  - Las cuidaba de maravilla.

 - Las secuestrabais, las dragabais. Vivían hacinadas en un  cuartucho y pretendíais venderlas. A ti no te cuidaron de ese modo.

  - ¡Qué sabrás tú!

  - Tu padre hubiera dado la vida por ti.

  - Les ordené a mis chicos que te dieran una paliza. Estaba convencida de que te retirarías del caso. Te viene grande el asunto.

 - ¿Te tengo que agradecer que me dieran solo una paliza?

 - Sacha come de mi mano. A una palabra mía… Se recrean matando -  hizo una pausa esperando algún comentario del detective -. Pero al final no has resultado tan mediocre. Se ve que en  estos años has aprendido algo.

 - Todavía conservas la casa - argumentó Baran.

 - Venía cada semana. Me gusta esta casa. ¿A qué me enfrento? - preguntó después de un largo suspiro.

 - A muchos años de cárcel. Una lastima porque no has nacido para ello.

  - Le pediré ayuda al viejo. Soy su única hija - su voz desafiante hirió a Baran como un cuchillo afilado.

 - ¡No lo sabes! - exclamó Baran sin volverse siquiera, avanzando por el camino de gravilla -. Tu padre murió a principios de año.

........

 - Íñigo reconoce que has hecho un estupendo trabajo - Susana estiró las piernas en la cama y besó con ternura a Baran que se vestía en el dormitorio -. ¿Por qué no te quedas un rato más conmigo?

  - He quedado con el padre de Leire. Me ha ingresado una suculenta cantidad de dinero. Luego me pasaré por la inmobiliaria. He visto un local céntrico, más amplio y bonito para alquilar.

  - ¿Cómo está la chica? -  se interesó Susana con la seriedad oportuna. 

  - Aturdida, avergonzada pero contenta de volver a abrazar a su familia. 

  - ¿Y las demás?

  - Les costará un tiempo volver a la vida normal pero lo pueden contar.

  - ¿Por qué quieres una oficina más grande?

  - Tiene que tener dos despachos - sonrió al espejo, mientras Susana se incorporaba.

  - ¿Es lo que estoy pensando? - pregunto eufórica, entrecerrando los ojos miopes.

  - Necesito un despacho para mi y otro para mi ayudante - respondió, observándola de reojo.

  - ¿Estoy contratada? ¿Seré tu ayudante a partir de ahora?

  - Lo serás.

  - Hablemos de las condiciones, sueldo, vacaciones...

  - No te pases de lista que todavía me puedo arrepentir.

  - No lo harás. Sabes que me necesitas.



        

          1. Forma despectiva de hablar de   una mujer.

          2. Prostituta.

          3. ¡Me cago en la puta!